Salud mental en contexto de encierro y barrios populares

Salud mental en barrios populares y cárceles: cómo brindar soporte emocional a quienes tienen derechos básicos vulnerados

 Una iniciativa de Dircoms + RED/ACCION

Tres profesionales que ofrecen talleres y espacios de atención psicológica en estos lugares hablan de los cambios que puede generar el simple hecho de ser escuchado. Y explican por qué, en medio de carencias materiales o de la privación de la libertad, este tipo de servicios son muy necesarios.

Collage del trabajo de psicólogas en barrios populares

Intervención: Julieta De la Cal.

En lugares donde muchas de las necesidades básicas no están satisfechas así como en situaciones de privación de la libertad, la salud mental suele ser dejada completamente a un costado. Quién se preocuparía por conseguir una consulta con un psicólogo o tener alguien con quién hablar de sus emociones y sentimientos cuando no se sabe si va a haber para comer al día siguiente. 

“En los barrios populares se vulneran los derechos más básicos de las personas y si bien hay muchas cosas que se están haciendo desde espacios comunitarios organizados por referentes muchas veces del mismo barrio y también por el Estado, hay muchísimo por hacer aún. Y la salud mental es sin dudas una deuda pendiente”.

La que afirma es Adela Sáenz Cavia, quien es Licenciada en Ciencias Políticas, tiene una Maestría en Comunicación, otra en Educación emocional, es counselor (consultora psicológica) y está dedicada a esa labor desde hace una década. Cuando comenzó, su deseo era trabajar con grupos la gestión de las emociones, pero en ese momento era muy cercana al padre Pepe Dipaola y cuando él llegó a Villa La Cárcova, en José León Suárez, le pidió que comenzara a atender a los vecinos y vecinas. Lo hizo “porque había mucha demanda y mucha necesidad de atención psicológica por parte de la gente del barrio y había muy, muy, pero muy poca oferta de psicólogos que quisieran ofrecerse como voluntarios con una continuidad”, “que es lo que sucede, en general, con mucho del voluntariado: es muy difícil sostenerlo en el tiempo”, dice. 

Así comenzó a acompañar, primero a los y las adolescentes, aunque siguió luego con personas de todas las edades. 

“Los primeros casos que atendí tenían que ver con muchos chicos jóvenes que tenían hermanos o amigos en consumos y adicciones. Si bien los espacios de vulnerabilidad, sobre todo vinculados a los curas villeros, tienen un lugar que se llama ‘El hogar de Cristo’, que es para chicos y chicas que consumen drogas o alcohol, las familias muchas veces requieren un apoyo extra, individual”, explica. 

Espacio de acompañamiento grupal. Imagen: gentileza Adela Sáenz Cavia.

Las historias que conocía la movilizaban. “Muchas son como las que podemos ver en otros grupos sociales: crisis de ciclo vital, pérdidas, duelos, separaciones, angustias y miedos por la situación económica que la pandemia ha empeorado mucho. Aunque en un contexto muy diferente. He visto muertes de jóvenes (o heridos de gravedad) por estar en fuegos cruzados. Y también muchas situaciones de abuso, violencia contra las mujeres y violencia en general, porque las personas que viven en los barrios populares están en marcos de violencia mucho mayor y enfrentan riesgos diarios muy diversos. Sus hijos e hijas están mucho más expuestos a la droga y la violencia en general y son situaciones que generan miedos y cuidados mayores de los que implica vivir en otros barrios y la necesidad de contención emocional es clave”.

Alejandra Menis, psicóloga del programa Jakairá de la Comuna 15 (se desempeña en los barrios Carbonilla y El playón de Chacarita)  —que es el programa en territorio de Fundación Kaleidos que tiene como eje la restitución de derechos de las y los adolescentes, principalmente de poblaciones vulneradas, de aquellos que son madres y padres, y de sus hijos e hijas— coincide en que las situaciones con las que se encuentran “tienen que ver con situaciones de vulneración de derechos muy complejas. Situaciones habitacionales donde son muchas personas viviendo en lugares muy pequeños en condiciones de hacinamiento; niños y adolescentes con trayectorias escolares complicadas; situaciones laborales, en general, de mucha labilidad y de mucha fragilidad; con muchísimas dificultades en el acceso a la salud y con muchísimas dificultades en el acceso a la justicia”. 

“Acompañamos situaciones de violencia de género donde las denuncias no terminan de tener efectos directos en la tranquilidad y en la estabilidad emocional de las personas que denuncian”.

Las dificultades de los y las adolescentes

En muchos casos, cuenta, al acompañar a adolescentes que son madres y padres y a sus hijas e hijos pueden observar “cómo la situación de vulneración de derechos en relación a cuestiones tan estructurales de sus vidas deviene en situaciones muy complejas en los vínculos con sus familias de origen pero también con sus hijos e hijas”. “Y lo que vemos es una situación de un profundo escepticismo, de pensar que se haga lo que se haga va a ser muy difícil salir, que el techo es muy bajito, que uno puede ponerle muchísimo empeño pero igual hay limitaciones materiales muy concretas que devienen en obstáculos que se presentan muy rápido al momento de querer implementar sus proyectos o sus sueños”.

Eso, explica la psicóloga, significa a veces que los adolescentes no sepan qué responder frente a la pregunta: “¿A vos qué te gustaría hacer?”, o les dé lo mismo. “Los que somos psicólogos y psicoanalistas sabemos que el achatamiento del deseo tiene consecuencias muy complejas para el psiquismo en relación a que es aquello que motoriza a seguir adelante, a soñar, a tener proyectos. Cuando el deseo está tan achatado, no por cuestiones individuales de falta de voluntad o de esfuerzo, si no por cuestiones estructurales más dañadas, eso va teniendo efectos en su subjetividad, que en general son muy profundos”, explica.

Menis destaca también que una de las necesidades de los y las adolescentes que viven en situaciones de hacinamiento es la “poca privacidad”, sobre todo en esa etapa de sus vidas. “Esas condiciones habitacionales y ese estatuto que cobra lo público y lo privado en esas condiciones, donde hay muy poco que termina siendo realmente privado, les resulta bastante mortificante”, dice.

También en las cárceles

La falta de intimidad, de un espacio personal, también afecta la salud mental de aquellas personas privadas de la libertad. Así lo detectó María Eugenia “Maiu” Barrio, que también es consultora psicológica y trabaja hace varios años en cárceles, con jóvenes adultos, hombres y mujeres, aunque principalmente con mujeres. Hasta antes de la pandemia, Barrio llevaba a cabo un espacio de escucha individual en la cárcel de San Martín. El suyo fue el primer espacio de escucha que se creó “con la intención de colaborar con el bienestar de las internas” (porque en un comienzo fue solo para mujeres). 

“Las cárceles son un lugar donde el espacio íntimo prácticamente no existe. En los pabellones puede haber entre 25 o 100 personas. En las celdas entre 4 y 10. Me encontré con una situación de mucha necesidad de un espacio íntimo. Yo podía darles ese espacio a las que se anotaban voluntariamente”. 

De ir al penal un solo día a la semana, luego de un mes Barrio pasó a ir cuatro. Tenía anotadas más de 100 internas para el espacio de escucha que ya estaba desbordado. “Eso dejo en evidencia la falta de este tipo de espacios y del cuidado de la salud mental y del bienestar de los y las internas”. 

Ante la demanda imposible de cubrir, Barrio optó por ofrecer, además del espacio de escucha, talleres y encuentros grupales dentro de los pabellones para tratar de llegar a más internas. Allí abordaban “las problemáticas de la convivencia o las que había en ese pabellón específico, y se fomentaban reflexiones que colaboraban al bienestar individual pero también al bienestar comunitario dentro del pabellón y a la mejor convivencia entre ellas”, cuenta. 

Propuesta de acompañamiento grupal en la cárcel de San Martín. Imagen: gentileza Maiu Barrio.

Algo similar hizo Sáenz Cavia que, hasta la pandemia, iba todos los viernes a La Cárcova y escuchaba y acompañaba historias muy diversas. Pero ya no lo hacía sola. Con el tiempo formó un equipo de consultoras psicológicas: integró a Laura Salvador y María Sol Franzetti a su trabajo en el barrio y entre las tres intentaban cubrir algo de la demanda de acompañamiento que las sobrepasaba a ellas y a los profesionales de salud mental de la salita del barrio que en general están abocados a los casos más agudos o más urgentes.  

Saenz Cavia pensó que una forma de dar respuesta a más personas era hacer un trabajo grupal y comenzó, junto a sus compañeras, a ofrecer espacios colectivos de educación y gestión emocional. Sobre todo a  “referentes y educadores sociales de los barrios porque muchos son de los mismos barrios y se dan a la tarea de cuidar y generar contención para los niños, niñas y adolescentes que van a los espacios, pero hay muy poca contención y muy poco trabajo enfocado en ellos, entonces puse mucho el foco ahí”. Ese acompañamiento, cuenta, lo hizo en Villa Itatí (Quilmes), en Villa Palito (La Matanza), en Puerta de Hierro (La Matanza), en José  C Paz, en Polvorines, y en La Cárcova, donde comenzó. Y también pudo continuarlo por zoom durante la pandemia.

La escucha como clave

“Yo creo que en un principio lo que más llamaba la atención para anotarse en el espacio de escucha era justamente venir a un espacio en el que había mucha intimidad, donde era la interna la que se anotaba y llegaba a un lugar donde estábamos ella y yo. Y mientras compartíamos un té o un mate y una charla descontracturada, donde la prioridad era el generar confianza mutua, dejar de lado los prejuicios y priorizar el vínculo entre nosotras, se empezaban a dar charlas de todo tipo”, dice Barrio.

El impacto de ese espacio de escucha y del acompañamiento psicológico en las personas privadas de la libertad “es increíble”, señala, “porque adentro de un penal conviven muchísimas historias, entonces cualquier reflexión o cualquier pequeño cambio de mirada que pueda colaborar en el día a día hace una gran diferencia”. 

Cuando terminaron los talleres del año pasado, Barrio realizó una encuesta entre las participantes para medir, justamente, el impacto del acompañamiento, de los espacios de escucha y las actividades grupales en el pabellón femenino. “Todas decían que los encuentros habían cambiado algo de su día a día. Muchas de ellas decían que tenían mejor relación con sus familias, con sus parejas y con sus compañeras a partir de los encuentros de gestión emocional”, cuenta.  

Actividad de Jakairá en la Comuna 15. Imagen: gentileza Alejandra Menis.

Desde Jakairá, mediante el acompañamiento con los y las adolescentes, los espacios de contención y escucha buscan recuperar los deseos, los derechos, “entendiendo que siempre es un camino largo y que uno acompaña durante un tiempo, pero que algo de eso puede permitir que después tenga otra trayectoria, no solo para sus propias vidas si no para la de sus hijos e hijas”, dice Menis.

Y agrega: “Creo que en la adolescencia se hace muy necesario el armado de redes muy fuertes, de redes comunitarias, de redes de pares, de redes familiares, de redes institucionales que puedan acompañar esos recorridos, no solamente dando respuesta concreta a sus necesidades, si no también en una lógica de autonomía progresiva acompañando sus posibilidades de apropiarse de esa red”.

Sáenz Cavia destaca que después de las primeras veces, de las primeras historias que abordó en La Cárcova, aprendió que “gran parte del trabajo que hay que hacer es de escucha y validación emocional”. “Cuando voy a los barrios yo me encuentro con personas con vidas muy ricas. No veo casos, sino historias que muchas veces necesitan, como lo podemos necesitar cualquiera de nosotros, escucha, presencia y validación de lo que sienten, y lo que buscan es más que nada acompañamiento, testimonio y guía”.

“El abordaje que hacemos desde el counseling en general y desde mi visión en particular es ver a las personas y sus historias desde la potencia que tienen, con la idea de ayudarlos a identificar y poner en valor sus fortalezas personales y comunitarias y que desde allí puedan levantarse, rehacer y salir adelante. Buscamos ofrecer autonomía, integración social y un agenciamiento crítico y transformador respecto a las situaciones con las que lidian”, explica.

Más que resiliencia

Sáenz Cavia dice que en los barrios vulnerables conoció las historias de resiliencia más increíbles y conmovedoras y que cada una de las personas la transformó y la convirtió en una mejor persona, porque en el proceso de ayudar a otros nos transformamos nosotros. Barrio dice, en la misma dirección, que si bien es ella quien cruza el muro del exterior al interior del penal, la que sana en cada charla, en cada encuentro con los internos e internas, también es ella. Ambas reconocen que no alcanza. Las profesionales destacan que hay mucho, muchísimo más por hacer para mejorar la salud mental de las poblaciones vulnerables en los barrios o en situación de privación de la libertad.

“Creo que hace falta mucho trabajo pero creo también que es muy importante que ese apoyo vaya de la mano de una validación de sus historias de vida, de su emocionalidad y su vivencia. Muchas veces he visto personas que quieren ayudar haciendo hincapié en todo lo que hay que cambiar en los barrios sin mirar todo lo que ya hay. Porque es desde lo que hay que se pueden hacer esos cambios necesarios. Por eso la validación emocional y cultural es para mí fundamental para abordar el trabajo”, dice Sáenz Cavia. Y agrega un deseo: que más profesionales de la salud mental se sumen a esa tarea.

Menis sostiene que el Estado “es el primer responsable de dar respuestas a estas necesidades básicas para que la salud mental no quede como un privilegio de clase si no como un derecho universal”. Principalmente si se trata de la atención a niños, niñas y adolescentes, sabiendo que no atender esta demanda los primeros años de vida puede traer consecuencias. “Lo que hacemos todas las organizaciones de la sociedad civil y fundaciones es intentar acompañar esas políticas y, en la medida de nuestras posibilidades, advertir cuáles son las vacancias y en qué podemos complementar”.

Espacio de acompañamiento grupal. Imagen: gentileza Adela Sáenz Cavia.

Barrio coincide que los que se ponen la salud mental de poblaciones vulnerables al hombro son las fundaciones, asociaciones y organizaciones. Pero no basta.

“Somos muchos los que entramos todos los días, traspasamos el muro llevando diferentes actividades: deportivas, lúdicas, talleres, oficios… Y entre todos colaboramos a que las y los internos hagan algo diferente en su día a día para que esto contribuya a su reinserción social. Cuando me preguntan por qué elijo trabajar en un ámbito carcelario, siempre menciono cuatro cosas: el respeto absoluto a la víctimas de estas personas privadas de su libertad; que ellos rompieron una regla social que fue o está siendo juzgada por un juez y no por mí; que es superimportante lo que nosotros como sociedad hagamos en el tiempo que estas personas están aisladas para que cuando vuelvan a reinsertarse en la sociedad no vuelvan a cometer un delito como el que los llevó a estar aisladas; y que todo lo que hagamos va a hacer la diferencia”. 

“Entonces cruzar el muro y que haya personas dispuestas a escuchar, a cambiar la mirada, a utilizar el tiempo que están ahí para poder convertirse en su mejor versión, me da muchísima esperanza. Pero las organizaciones, fundaciones y personas que entramos todos los días para aportar lo hacemos a pulmón, ad honorem, buscando financiamiento, lo hacemos sin saber si lo vamos a poder seguir haciendo el año que viene porque va a depender de un montón de cosas. Entonces sería muy interesante que este tipo de acciones pudieran ser sostenidas en el tiempo, con compromiso, con responsabilidad, acompañadas por una política a largo plazo, continua, constante y con apoyo económico y social. Lo que se está haciendo hoy no es suficiente. Tenemos el tiempo y la oportunidad y la tenemos que aprovechar”.


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