Vivir en la villa no es gratis: sin acceso al mercado formal de alquileres, pagan hasta $ 10.000 por mes | RED/ACCIÓN

Vivir en la villa no es gratis: sin acceso al mercado formal de alquileres, pagan hasta $ 10.000 por mes

Muchos vecinos de barrios populares tienen empleo e ingresos como para pagar un alquiler reglamentario. Sin embargo, les cuesta cumplir requisitos formales que demandan las inmobiliarias o son discriminados por su condición social.

Foto: Florencia Tuchin

Se estima que el 40% de la población que vive en villas alquila su vivienda en un mercado informal. Allí se pagan precios cercanos al del mercado formal de alquileres, pero nadie brinda seguridad en su tenencia por la falta de documentación legalizada. Al no contar con contratos, si no pagan en fecha, los pueden echar ese mismo día. Permanentemente están expuestos a conflictos.

Los datos sobre el mercado informal de alquileres son escasos. El último informe “Vivir en la villa no es gratis”, que realizó el Consejo de Organizaciones Sociales de la Defensoría del Pueblo de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, es de junio de 2018. Allí se puede observar que alquilar en una villa porteña costaba entre $4.000 y $10.000. Para la misma fecha, el precio promedio de un departamento de un ambiente en el mercado formal era de $8,615.

La zona sur de la Ciudad es la que presenta el mayor porcentaje de villas, hoteles-pensión, inquilinatos y conventillos. Si bien está compuesta por las Comunas 4 (Barracas, La Boca, Nueva Pompeya y Parque Patricios), 8 (Villa Soldati, Villa Riachuelo y Villa Lugano), 9 (Liniers, Mataderos y Parque Avellaneda) y 10 (Villa Real, Monte Castro, Versalles, Floresta, Vélez Sarsfield y Villa Luro), la concentración de las condiciones de indicadores sociales más críticos se encuentran en las Comunas 4 y 8.

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“El acceso al alquiler en el país está sujeto a que la población inquilina logre cumplir con numerosos requisitos formales y económicos. Además, existen condiciones sociales discriminatorias relacionadas a nacionalidad, composición familiar o barrio de residencia actual. Estas barreras incluyen la acreditación de ingresos formales, la comprobación de domicilios, pagos de depósito, adelantos y otros. Pero el principal requisito que limita el acceso a muchas familias es el de presentar garantías propietarias para lograr una vivienda de alquiler”, comenta Ariel Alejandro Sosa, coordinador de Programas de Hábitat para la Humanidad Argentina.

La población inquilina que vive en un marco de informalidad suele alquilar piezas en hoteles, pensiones o villas. Son los inquilinos que acceden a la “ultima opción” de la oferta disponible. Estas personas no alquilan formalmente y en condiciones justas por no poder cumplir con las condiciones que impone el mercado. Poseen ingresos necesarios y pagan su alquiler “informal” por décadas, pero no tienen registro de pago.

Como la mayoría alquila un cuarto dentro de una casilla, una consecuencia de este tipo de alquiler son las condiciones de hacinamiento. Se suele compartir el baño y la cocina con otras familias.

Durante los ’90, Guillermo Balanza vivió durante ocho años en la villa 21-24 en una casa de madera precaria y sigue en contacto con vecinos de distintos asentamientos porque hoy se acerca a través del voluntariado. Por una cuestión de seguridad, luego, se mudaron a un conventillo de la zona sur de la Ciudad y le dejaron la casa a una pareja joven, a la que se le había incendiado su vivienda. “El negocio inmobiliario es muy común en las villas, tanto la venta como el alquiler. El ambiente es propicio para los negocios sin control. Cuando un vecino no paga el alquiler, los desalojos son violentos. Al estar todo en negro, no existe la mediación judicial. Es todo por la fuerza”, relata.

Guillermo recuerda que cuando vivía en la villa soñaba tan solo con poder dar un dirección real. “Al decir que vivía en la casa 40 de la manzana 24, automáticamente se me cerraban muchas puertas”, comenta.

Para Balanza, un gran problema son las condiciones que exige el mercado inmobiliario formal, porque les resultaban inalcanzables. Del alquiler informal en un conventillo pasó a ser uno de los inquilinos del proyecto de Hábitat Para la Humanidad Argentina. La organización compró un conventillo deshabitado en La Boca, lo demolió y construyó un edificio con ocho departamentos para destinar al alquiler social. “Pasé de ser un inquilino informal a poder vivir en un departamento a estrenar con reglas claras. Eso ayuda mucho anímicamente”, enfatiza. Ahora él se mudó con su novia, que es propietaria, y está adquiriendo un terreno donde piensa construir.

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