En el Bajo Flores, un taller de estética y peluquería busca desarticular la violencia de género

Una red de docentes, familias y organizaciones de este barrio porteño trabaja para que las adolescentes que viven allí afiancen su identidad y se revinculen con sus madres. Así luchan contra una matriz de violencia, generando espacios de escucha y contención.

Por Emilia Erbetta

13 de septiembre de 2018

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-¿Qué es la belleza para vos?

Sábado a la tarde en Flores, el barrio más grande de Buenos Aires. Un grupo de 20 mujeres, algunas adolescentes, otras sus mamás, están en ronda en una de las salas del Centro de Formación Profesional Nº 24 (CFP), para la primera clase del taller de estética, peluquería y maquillaje con perspectiva de género.

-Actitud - contesta una de ellas.
-Quererse - dice otra.
-Lo que no se ve.

Responden con un ovillo de tela en las manos. Mientras piensan la respuesta buscan con la mirada a otra compañera. Cuando terminan, se lo lanzan y en ese gesto le ceden la palabra.

-¿Qué podés aportar vos al taller? -pregunta una docente.
-Yo acá, para lo que necesiten, voy a estar
-Buena onda
-Abrazos
-Consejos

Y el ovillo vuelve a saltar hacia otras manos.

* * *

El taller es una iniciativa de la Red de Docentes, Familias y Organizaciones del Bajo Flores, que trabaja acompañando a las adolescentes y sus familias cada vez que una de ellas falta de su casa por demasiados días. Los miembros de la Red ayudan y asesoran con la denuncia, organizan marchas frente a las comisarías, cortes de calles, hablan con la escuela y con los medios y en muchos casos incluso recorren los barrios buscándolas hasta que aparecen. Con más de 3 años de trabajo y organización horizontal y comunitaria, el proceso de búsqueda ya está bastante aceitado, pero el después -la situación que se abre cuando las adolescentes vuelven a casa- todavía es muy complicado: si el Estado no acompaña, si no hay propuestas para que las chicas puedan encontrarle un sentido a revincularse con su familia, a volver a la escuela, nada garantiza que no vuelvan a desaparecer.

El taller que empezó hace una semana en el CFP no es la primera de las experiencias de este tipo que motoriza la red. “El año pasado armamos un taller en la Cazona de Flores que buscaba responder a esa pregunta: “aparecen las pibas ¿y ahora qué?”, cuenta Andrea, docente del Distrito 8° y parte de la Red casi desde el comienzo. Es que, con las chicas de vuelta en casa, resuelta la angustia que genera la ausencia, se abrían preguntas nuevas y urgentes: “¿Por qué se van? ¿por qué están acá? ¿qué hacemos para sostener esa estadía en en barrio, en la casa, en la escuela?”.

Buscando respuestas a esas preguntas, notaron no había actividades diseñadas especialmente para las adolescentes. “Así surgió la idea de armar un espacio fuera del barrio donde las pibas pudieran transitar esta adolescencia que no pueden hacerlo en el barrio porque la esquina está tomada por los narcos, la plaza no existe, en la casa de la amiga no se pueden juntar, porque la única salida es ir del reviente al boliche”, explica Andrea. “Entonces pensamos un lugar que se sostuviera una vez por semana y donde durante algunas horas ellas pudieran transitar la adolescencia de una manera diferente: con una mirada de acompañamiento, cuidada”.

Durante varios meses de 2017, un grupo de chicas del barrio fueron al cine, hicieron serigrafía, conversaron sobre qué querían hacer de sus vidas. Algunas propuestas funcionaban bien y otras no tanto. Pero había un momento en el que la tarde y la palabra fluían libremente: cuando estaban frente al espejo, pintándose las uñas o pasándose la planchita, aparecían relatos que no habían aparecido antes y que les permitieron a quienes son parte de la Red entender lo que hoy llaman “la trama compleja de las adolescencias precarizadas”.

Así surgió la idea de armar el taller en el CFP 24 de Flores, que empezó el sábado 18 de agosto pasado: quince encuentros de tres horas pensados para que las chicas y sus madres se vinculen en un espacio distinto, donde la palabra circule sin miedos. Les hacía ruido hacer un taller asociado a la belleza pero entendieron que no se trataba de juzgarlas sino de escucharlas. Por eso, el taller también es una experiencia transformadora para las docentes de la Red.“Para poder acompañarte tengo que escuchar tu deseo. Y saber que tengo que escuchar tu deseo es reconocerte como sujeta. No sos un objeto más al que yo le deposito un saber”, explica Andrea. .

Prepararon el taller durante meses. Lo discutieron en un proceso guiado por la experiencia de estos tres años y lo que aprendieron de cada historia. Así surgió la idea de que el taller fuera para madres e hijas. “Una de las lecturas que surge de los acompañamientos es la brecha cultural generacional sarpada que hay entre las pibas y sus madres, que no tiene que ver solamente con la edad, sino también con la cultura”, explica Jaz, miembro de la red y parte de un bachillerato popular que funciona en el barrio. Es que aunque muchas de las mamás sos jóvenes, llegaron al Bajo Flores hace unos diez o quince años, cuando el barrio era distinto. Muchas de ellas, además, vienen de zonas rurales de Bolivia, un mundo muy diferente al que hoy habitan su hijas.

“Apostamos a que la perspectiva de género va tanto para las pibas como para las madres”, dice Jaz. “Todas las mujeres somos criadas en una cultura muy machista. Queremos problematizar los estereotipos de belleza: vamos a darnos el espacio para contenernos, para desnaturalizar y cuestionar determinadas violencias y desde ahí generar pensamiento comunitario”.

Armaron lo contenidos del taller a partir de los ejes temáticos propuestos por el CFP: manicuría, maquillaje, cuidado de la piel, peluquería. No es un taller de formación para el trabajo: el objetivo no es que las chicas y sus madres se capaciten laboralmente sino que encuentren una oportunidad de vincularse de otra manera, liberadas al menos por un rato del peso enorme de la vida cotidiana en la villa.

Hace tres años, Andrea fue al Encuentro Nacional de Mujeres por primera vez. Entre la grilla de actividades encontró un taller de “mujer y tiempo libre”. En ese momento pensó “qué pavada”. Hoy lo ve de otra forma: entiende que el ocio es un animal escurridizo para las mujeres en general (en Argentina el 76 % del trabajo doméstico no remunerado y las tareas de cuidado recaen sobre nosotras) pero para las mujeres del Bajo Flores es un lujo que no pueden darse.

Para las mujeres de la 1.11.14 -migrantes, trabajadoras, jefas de hogar- y sus hijas, permitirse unas horas de autocuidado, de conversación con otras mujeres, puede ser revolucionario.

La Red lleva tres años trabajando en el diseño de estrategias comunitarias para acompañar y contener a las adolescentes del barrio, para entender cómo se cruzan en sus vidas la pobreza, el machismo, la violencia y el deseo. “Apostamos a un encuentro de construcción colectiva del saber pero también buscamos generar momentos de cohesión grupal”, explica Jaz. “No solo para que se hagan amigas las pibas o las madres del taller sino para que se cuestionen ciertas cosas que tenemos naturalizadas para que después puedan hacerse amigas de otras vecinas. Partimos de la premisa de que la violencia no es amor ni una forma de relacionarse, de que los hombres no valen más que las mujeres. Desde allí, todo lo que trabajemos va a ser disruptivo”.

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