La coherencia oculta del presidente Fernández | RED/ACCIÓN

La coherencia oculta del presidente Fernández

El presidente no parece preocupado por no contradecirse ni por seducir a los moderados. ¿Quién es su audiencia?

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Las palabras de un Jefe de Estado, en cualquier lugar del mundo, son un hecho político. Alberto Fernández dio tres mensajes en los últimos días: cuando echó al Ministro de Salud, cuando habló desde México junto a AMLO, y en la apertura de Sesiones Ordinarias del Congreso. A pesar de las apariencias, parece haber un objetivo claro debajo de la superficie de los mensajes.

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Foto: Telam

La coherencia oculta. Artistóteles de algún modo ya lo decía hace 24 siglos: no importa tanto lo que se dice, ni cómo se dice; lo que más cuenta es a quién y para qué. La exégesis de las palabras de Alberto Fernández podría llenar la biblioteca de Alejandría: casi cada frase presidencial cuenta con otra, pronunciada por él mismo hace diez años o diez minutos, que expresa justo lo contrario. YouTube reboza de ejemplos. Quizá el error esté en buscar coherencia en los conceptos, cuando su consistencia está en otro lado.

  • Somos buenos. El presidente pidió la renuncia a Ginés González García porque el escándalo de los vacunatorios VIP no le dejaba opción. El mensaje, sin embargo, fue el de la despedida de un héroe a quien se le “ha montado un escenario mediático de escarnio público”. Eso explica el panegírico: “Guardo por @ginesggarcia mi sincera gratitud. Ha sido una persona fundamental para que la pandemia no arrecie sobre los argentinos. Ha sido capaz de poner de pie un sistema de salud quebrado y de darle a cada argentino la atención pertinente cuando el virus lo hizo víctima”. Leloir.
  • No es para tanto. Ante la pregunta de los medios que insistían con el tema, ya en México, Fernández se pronunció, molesto: “El hecho es lo suficientemente grave como para que un ministro de la talla de Ginés González García haya debido dejar su cargo, pero terminemos con la payasada”. Y remató: “No hay ningún tipo penal en la Argentina que diga será castigado al que vacune a otro que se adelantó en la fila”. Abogado atento a la formalidad del delito, no presta atención a la indignación ciudadana.
  • Los malos son los otros. Las casi dos horas de discurso en el Congreso sirvieron para identificar con claridad a los enemigos: el gobierno de Macri, la oposición, el Poder Judicial (por un momento personalizado en la jueza Highton de Nolasco y el fiscal Stornelli), los medios de comunicación, las empresas que suben los precios, los que enarbolan contra su gobierno “críticas maliciosas que responden a intereses inconfesables de poderes económicos concentrados”. O sea, todos los que no apoyan a este gobierno incondicionalmente. Polarización.

El presidente no parece preocupado por no contradecirse ni por seducir a los moderados. Su audiencia es la vicepresidenta y su objetivo principal es no confrontar con ella ni sus seguidores. Todos sus mensajes se explican con esa lógica.

“El príncipe que es elegido con el favor popular debe conservar al pueblo como amigo”, decía Maquiavelo. ¿Y el que llega a príncipe por haber sido elegido por una persona? El florentino recomendaba otra cosa, pero no todos pueden hacerlo.

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Tres preguntas a Daniel Innerarity. Español, filósofo de la política, autor de múltiples libros, es considerado uno de los 25 grandes pensadores del mundo por la revista francesa Le Nouvel Observateur.

  • ¿Cómo te parece que los gobiernos están manejando la crisis del covid?
    En una primera aproximación, diría que esta crisis exige a los gobiernos tomar decisiones en contextos trágicos. En este momento compiten en la sociedad lo que los sociólogos llaman subsistemas: sistemas de valores que ven la realidad desde distintas perspectivas y ponen algunas dimensiones por encima de otras: la económica, la sanitaria, etc. Quienes tienen que tomar decisiones desde la cúspide se ven obligados a combinar intereses muy contrapuestos. Lo que protege nuestra salud, daña la economía. Y la economía también tiene que ver con la vida y la muerte de las personas. En la balanza hay bienes muy valiosos que no podemos desatender. El arte de la política debe atender a todas esas dimensiones de la realidad.
  • Decías que una crisis como ésta genera el desafío de la excepción, la efectividad y la transformación. ¿Cómo es eso?
    La vida política es de normalidad. Cuando en Venecia se decretó la primera cuarentena, fue por 30 días y luego se extendió a 40. Hay una tentación en el poder de extender la situación de excepción porque es cómoda. Los ciudadanos deben vigilar para que la autoridad no abuse de esa prerrogativa que tiene por un tiempo limitado y para una finalidad concreta. Sobre la efectividad, existe el mito de que el gobierno es más efectivo si se saltea ciertos procedimientos democráticos, como es el caso de China, y mi hipótesis que sucede lo contrario: a más información, el sistema es más inteligente y más capaz de resolver situaciones complejas. Y sobre la transformación, el subconsciente colectivo dice que la normalidad institucional es conservadora. Deberíamos ser capaces de introducir en nuestro sistema político una mayor voluntad transformadora, respetando la pluralidad.
  • ¿Las sociedades humanas son capaces de aprender?
    Aprender significa conocer algo que no conocíamos, con un elemento de sorpresa. Yo percibo que mucha gente no se prepara para la sorpresa sino para confirmar sus puntos de vista previos. Muchos dicen: ¿Ven? El mundo tiene que configurarse de acuerdo a lo que yo decía. Esto lo dicen los ecologistas radicales o nacionalistas, sólo por poner dos ejemplos. Mientras usemos la crisis como una estrategia de confirmación, aprenderemos poco. Los que aprenden son los que no lo tienen todo claro. También diría que el aprendizaje es inversamente proporcional a la moralización de los problemas: siempre que dividimos el mundo en buenos y malos, salen ideas poco claras. Una crisis plantea un desafío cognitivo, nos obliga a pensar si los conceptos con los que estamos entendiendo la realidad son los adecuados o si tienen que ser revisados.

Las tres preguntas a Daniel Innerarity son un extracto de una entrevista hecha por Marcela Küpfer, en julio de 2020 en el ciclo Puerto de Ideas en Vivo. Para acceder al video completo, podés hacer click acá.

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El futuro del trabajo después del covid. La consultora McKinsey produjo un reporte en el que identifica algunas tendencias que parece que llegan para quedarse tras la pandemia: se alteran especialmente las ocupaciones que requieren de mayor proximidad física, se hace permanente la modalidad remota en muchos trabajos, el e-commerce de consolida, crece el pluriempleo (más de un trabajo, por pocas horas, con sueldos bajos), muchos tendrán que cambiar de trabajo.

El impacto social de estos cambios obliga a las empresas y los gobiernos a tomar un rol activo. Asoman presiones de diverso tipo para generar cambios regulatorios: más necesidad de expertos en reputación y lobby.

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Academia. Un artículo de la Harvard Business Review, citado por Facundo Etchebehere, propone un posible paso siguiente a la Responsabilidad Social Empresaria (RSE) tradicional: la Responsabilidad Política Empresaria (RPE). Se trata de las acciones que llevan a cabo las compañías para promover políticas públicas beneficiosas para toda la sociedad, y su divulgación.

Las acciones políticas de las empresas –el lobbying o el financiamiento de campañas–, pueden lograr un impacto mayor en la protección del medio ambiente, por ejemplo, que las acciones directas de cuidado ambiental. Etchebehere señala que la clave está en definir proactivamente “cómo ser parte de la solución a los problemas sociales, siguiendo un enfoque basado en principios de transparencia y responsabilidad política, e integrando esfuerzos de funciones internas como Sustentabilidad, Marketing o Asuntos Gubernamentales, que en muchas ocasiones operan en silos”. Una oportunidad.

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Juan

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