Ser testigo: cuál es el verdadero precio que paga quien ve demasiado | RED/ACCIÓN

Ser testigo: cuál es el verdadero precio que paga quien ve demasiado

¿Qué debemos hacer cuando presenciamos un acto de violencia? Y, en realidad, ¿qué somos capaces de hacer? Ser testigo de un acto violento puede ser traumático pero, a la vez, los testigos son una parte esencial de las palizas como la que sufrió Báez Sosa: muchos de los agresores tienen la necesidad de mostrarse.

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Una de las cosas que más impactan en el crimen de Fernando Báez Sosa a manos de diez rugbiers en Villa Gesell es el video que exhibe la paliza mortal. Muestra una pequeña multitud de pibes echándose sobre su víctima hasta acabar con ella. Ser testigo de algo así puede dejarte un trauma: los psicólogos hablan del estrés postraumático que aparece, a veces, en quienes observan episodios violentos. Y ese video, de hecho, nos convierte a todos en testigos.

El rol del testigo puede ser variado. En Twitter, por ejemplo, alguien replicó ese video y despertó una discusión en la que hubo comentarios como este: “El que graba [es] tan enfermo como los que golpean” (@GriAliendro). O como este otro: “[…] Grabar no tiene nada de malo. Sean bienvenidos al mundo de las redes sociales y la tecnología. Si no lo grababa, no sabrían quién fue el que lo mató” (@Octa_perez_).

Ahí arriba, en realidad, se discute acerca del comportamiento de un “buen” testigo. El escenario es una sociedad argentina cada vez más violenta: 604 varones entre 15 y 29 años murieron por agresiones en 2018, según el Ministerio de Salud de la Nación. Esto no está lejos de dos víctimas por día, y la proporción es casi de tres varones por cada mujer.

Lo que, a su vez, cobra sentido frente a este dato: la esperanza de vida de los hombres en toda América es 5,8 años inferior a la de las mujeres –según un informe de la Organización Panamericana de la Salud– y esto se debe, muchas veces, por las expectativas arriesgadas y tóxicas para con los hombres de una sociedad machista.

Parte del dilema de ser testigo quizás tenga que ver con una sensación de desprotección. Frente a eso, el Ministerio de Justicia tiene, por ejemplo, un protocolo para testigos que han sido víctimas de terrorismo de Estado. “Acompañar se vuelve una medida posible de protección, ya que muchas veces la existencia de una red que sostenga a la víctima-testigo evita llegar a situaciones donde el terror paraliza e impide continuar con este proceso”, explica el protocolo. “La función de acompañamiento implica considerar la dimensión subjetiva en el trabajo con cada víctima-testigo y en cada situación particular”.

Hicimos una encuesta en Twitter. “¿Fuiste testigo de algún acto violento?”, preguntamos. El 53% lo fue:

“¿Cómo creés que reaccionarías?”, preguntamos. El 66% dijo que intervendría; el 24%, que se iría; y el 10%, que filmaría:

¿Qué debemos hacer cuando presenciamos un acto de violencia? Y, en realidad, ¿qué somos capaces de hacer? Sí, ser testigo de un acto violento puede ser traumático pero, a la vez, los testigos son una parte esencial de las palizas como la que sufrió Báez Sosa: muchos de los agresores tienen la necesidad de mostrarse.

Como dice Juan Branz, investigador del Conicet y autor del libro Machos de verdad: Masculinidades, Deporte y Clase en Argentina, en esta entrevista: “En la exhibición del poder no hay descontrol sino un sistema que está operando, y una naturalización de la violencia. Para esto tiene que funcionar un triángulo de actores: perpetradores, perpetrados y testigos –como se puede ver en el video que circuló en redes sociales, donde nadie interviene para frenar el ataque-”.

Así parecen haber actuado otros rugbiers que, dos días antes del crimen de Báez Sosa, golpearon a otro chico (Mateo Romby), también en Villa Gesell. Lo grabaron ellos mismos y lo subieron a una story de Instagram en la cuenta @taadeoabraham (hoy cerrada):

En la teoría, hay que atestiguar valientemente. El propio presidente Alberto Fernández así lo pidió en un tweet hace unos días (por un caso distinto al de los rugbiers). Y dijo que “el callar lo que se ha visto vuelve cómplice al que calla”:

Pero no es tan fácil, a veces. “Los testigos responden de forma muy diversa, según el grado de involucramiento y la acción que llevan adelante”, dice Miguel Espeche, el coordinador general del programa de salud mental barrial del hospital Pirovano. “A veces, ser muy pasivo frente a algo así genera que no haya una descarga reparatoria; y tener una actitud más proactiva, como la que tuvo la chica que le hizo RCP a Báez Sosa, si bien es emocionalmente de alto voltaje, puede transformar en una acción positiva la violencia que se ha testimoniado”.

Así, ser testigo de actos violentos (y no intentar detenerlos) también podría dejarte un cargo de conciencia y hacerte sentir, casi, como un cómplice.

Sofía Arnoldi, que desde su usuario de Twitter respondió a nuestra encuesta, dijo que fue testigo de una paliza en El Bolsón y que no pudo hacer nada por la víctima porque el miedo la paralizó:

“Siempre hay que tener en claro si era operativo, útil y eficaz intervenir en una situación así, o si era agregar más problemas a la cuestión”, dice Espeche sobre la culpa por no intervenir.

“En situaciones de violencia explícita, con gente muy trastornada, intervenir a veces se circunscribe a llamar a la policía. De todas maneras, si aun así la idea es que sí se podría haber intervenido y uno se siente culpable al respecto, habrá que reflexionar acerca de lo que motivó el bloqueo y pensar que la próxima vez uno estará más preparado”. Espeche agrega que hay que tener en cuenta que estas cosas se dan en forma repentina, mientras uno está en otra cosa, y ponerse en situación rápidamente no es tan fácil.

A Reyvis Henrríquez –un venezolano de 25 años que vive en Buenos Aires y que trabaja en un call center– le pegaron en la calle hace cinco meses. Esa madrugada iba junto a su novio cuando fue hostigado y pateado por una patota de pibes. Los agresores se veían como “malandras o chorros de no más de 21 años”, recuerda. (Aunque hizo la denuncia, nunca se los identificó).

Mientras duró la cuestión, nadie más se metió. “No puedo juzgar a los testigos porque entiendo el miedo de intervenir en un acto así y salir lastimado”, dice él. “Agregando que la sociedad es muy individualista y aunque de seguro todos pensaron lo mismo del miedo, si pensaban de un modo colectivo capaz habría sido otra cosa y se habrían acercado varias personas”.

Nadie grabó su episodio. Si alguien lo hubiera hecho, quizás hoy los agresores estarían presos o haciendo una probation.

“Un acto violento genera muchas reacciones”, explica la psicóloga Mariana Wikinski, autora de El trabajo del testigo: Testimonio y experiencia traumática. “Genera miedo, impulso heroico, correr la vista por no soportar lo que se ve y también genera la necesidad de ser testigo. Esta necesidad tiene que ver con un sentimiento de empatía, de responsabilidad para con la víctima y de castigo a las personas crueles. Es la necesidad de dar cuenta de lo visto para contribuir a que se haga justicia por alguien indefenso”.

Un momento del videotape que registró la paliza a Rodney King.

Quizás el ejemplo más icónico del testigo comprometido y con una cámara en la mano sea George Holliday, quien en 1991 grabó la paliza que cuatro policías blancos de Los Ángeles le dieron a un taxista negro llamado Rodney King. El video, que Holliday hizo porque pasaba por ese lugar de casualidad, se vio alrededor del mundo. Y dio origen a los mayores disturbios raciales de la historia: seis días de furia y 63 muertos.

En el caso de los testigos profesionales -los fotorreporteros-, todos estos asuntos cobran un matiz más explícito. Kevin Carter fotografió en Sudán a un niño famélico, desnutrido, siendo acechado por un buitre. Y aunque la foto ganó un premio Pulitzer en 1994, la acción de fotografiar, en vez de ayudar, despertó una enorme controversia. Años más tarde, en Siria, otro fotógrafo, Abd Alkader Habak, dejó su cámara y corrió a socorrer a las víctimas de un atentado con coche bomba. Intervenir o no: las dos acciones de un testigo.

Un bulo -una falsedad articulada de manera deliberada- que circula en Internet dice que la etimología de la palabra “testigo” remite a “testículo” porque los romanos se tomaban los testículos al declarar la verdad en un juicio, como muestra de su compromiso. Falso: el latín “testis” (testigo) se forma del indoeuropeo “tristi”, cuyas raíces son “tria” (“tres”) y “stare” (“estar [de pie]”): el testigo es la tercera persona presente en una situación entre otras dos. Pero si aquel bulo circula, es porque tiene sentido: todos pueden ver, pero no cualquiera sabe ser testigo.

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