Caminantes, comentado por Juan Rapacioli | RED/ACCIÓN

Caminantes, comentado por Juan Rapacioli

Caminar puede ser tanto una marcha hacia lo desconocido como una estrategia para ordenar los pensamientos. En Caminantes, el escritor argentino Edgardo Scott compone un abanico de ideas.

Caminantes
Edgardo Scott
Godot

Uno (mi comentario)

De Bob Dylan a Kendrick Lamar, pasando por el lado salvaje de Lou Reed, el tema de la caminata tiene un gran impacto en la cultura popular. En la literatura, particularmente, funciona como un imaginario diverso: metáfora del viaje, el conocimiento y la reflexión, pero también de la distracción, la evasión y la alucinación. Caminar puede ser tanto una marcha hacia lo desconocido como una estrategia para ordenar los pensamientos. En Caminantes, el escritor argentino Edgardo Scott compone un abanico de ideas, citas, referencias y posiciones literarias (y filosóficas) en torno al acto de caminar, a partir de una división estética (pero también ética): flâneurs, paseantes, walkmans, vagabundos, peregrinos. No se trata de la caminata calculada y por momentos opresiva que Leto y el Matemático configuran en Glosa, la novela de Juan José Saer, sino una manera de caminar (y de escribir) que se abre al mundo: con una prosa concisa, cuidada y también celebratoria, Scott muestra los andares de autores como Edgar Allan Poe, Domingo Faustino Sarmiento, Robert Walser, Jorge Luis Borges, Anne Carson, W. G. Sebald, Néstor Sánchez, Hebe Uhart, Werner Herzog, Virginia Woolf y Nick Cave. El libro aborda no sólo las formas que el tópico de la caminata adopta, sino la manera en que los autores asumen el caminar: como tarea, como fuga, como avance, como recorrido, como soledad o como forma de diálogo con el universo. Caminar, parece decir Scott, es una manera de leer. Una forma de descifrar el mundo, pero también, y sobre todo, de estar en el mundo: salir a caminar como quien entra en la escritura.

Dos (la selección)

“El paseante de Walser no es un introspectivo, no es, mucho menos, un observador. En verdad, ha logrado la alquimia de las imágenes. Sus imágenes interiores ya son exteriores y viceversa. Ha negado, rechazado al mundo, nada lo interpela ni conmueve; lo ha trascendido. Nada lo toca, podría decirse. No hay conmoción interior o, al revés, todo ya está conmovido y el mundo nada puede agregar en su intercambio. Por eso ocurre, por supuesto, un efecto y un desorden parecido al delirio. Un delirio amable, no desesperado. Y por eso el paseante camina iluminado y feliz. Como un avión sobre las nubes, al que ninguna tormenta lo alcanza. Como una metáfora simple.”

Tres

“El camino sugiere soledad, es posible, pero más aún el paseo. ¿Cuál es la diferencia de una caminata, de caminar, con dar un paseo? En el Río de la Plata hay un giro útil, tan exacto como expresivo: dar una vuelta. Pasear es dar una vuelta. Ir a dar una vuelta, eso es pasear. De modo que en el sentido mismo de la marcha está incluido el retorno; volver al inicio, al punto de partida. Se da un paseo y se vuelve. Se da una vuelta y, justamente, se vuelve. ¿Se vuelve, se regresa igual o distinto? Esa es la incógnita. En ese paseo ocurre, si tenemos suerte, si tenemos valor, alguna experiencia.”

Cuatro

“En cada paseo la conciencia de Rousseau se va desenredando y enredando a la vez. El delirio canta sus estribillos preferidos. Aunque el cuerpo retorne cada día al mismo lugar del que salió. Hay un rasgo del paseo de Rousseau que lo hace propio de esta serie de caminantes y caminatas: la soledad. Es un paseo solitario. Se pasea, se camina solo. Y esa soledad no es por falta de compañía. No es eventual, pasajera, transitoria. Se llega, se arriba, se ha conjurado y llegado a esa soledad. Hasta podría haber alguien al lado y de todas maneras Rousseau estaría solo en su paseo.”

Cinco

“Los paseos, las caminatas de Virginia son completamente operativas. La ficción, sus ficciones, son el verdadero lugar que desea habitar, el verdadero cuarto propio del cual no querría salir nunca. No en vano su mayor ficción, Mrs. Dalloway, imita ese movimiento. Los paseos de Virginia no son para nada un vagabundeo lírico, son funcionales y necesarios. Aun imprescindibles. El frágil equilibrio de sus ficciones —y de su cabeza— descansa en aquel trabajo terapéutico. Pero claro, así como Sartre es un burgués que escribe pero no cualquier burgués que escribe es Sartre, Virginia Woolf camina y toma notas, pero no cualquiera que camina y mira la gente y toma notas en Londres es Virginia Woolf.”

Seis

“El flâneur borgeano se apartará de la ciudad y la multitud para ir hacia las orillas. El flâneur de Borges será arrabalero. Es que Borges escribe en la ciudad de Roberto Arlt. Y todo es tan repartido y paradójico entre ellos dos. La ciudad le pertenece a Arlt, el suburbio a Borges. Centro y periferia como una cinta de Moebius. Mientras Arlt quiere estafar e incendiar Buenos Aires, Borges persigue las calles de tierra, las casas bajas, la llanura, los patios. Por eso camina hasta la orilla de un río que no es el Río de la Plata sino el río verdadero, el río fundador y mítico de su literatura y de la nuestra: el Riachuelo.”

Siete

“Sebald nunca declina sus paseos errantes. Su vagabundeo epifánico. Sabe que de ellos está hecha su literatura. Ahí está su forma y su estilo. Por eso sus libros adquieren esa impronta paradojal: frente a la escritura de la caducidad, de los merodeos y asaltos de la muerte, de la vanidad de cualquier empresa humana, cualquier paseo, cualquier errancia sobre cualquier región del planeta, se vuelve una experiencia extraordinaria. Al errar por cualquier sitio, Sebald siempre parece recorrer feliz un planeta propio, deshabitado y extraño. Las ruinas incomprensibles de una civilización perdida. Nos guía sin rumbo por senderos que llevan a la fuente original, a la belleza desinteresada, permanente y absoluta, a la poesía inmanente de estar vivos.”

Juan Rapacioli (1987) es escritor y periodista. Trabajó siete años en la Agencia Nacional de Noticias Télam. Publicó Dispersión (2015) y Vidrio (2017).