Libros para niños en un barrio vulnerable | RED/ACCIÓN

"¡Libros, libros!": El grito que permitió a niños y adultos de un barrio porteño postergado un escape del confinamiento

 Una iniciativa de Dircoms + RED/ACCION

El Mitre, en el norte de la Capital Federal, es una zona de seis manzanas que sufrió especialmente el aislamiento que impuso la pandemia. En medio de necesidades económicas pero también emocionales y educativas, tres amigas decidieron ayudar llevando material de lectura. Y las familias del barrio destacan que su impacto fue enorme: “El barrio está muy convulsionado (por hechos de violencia) y los libros a los chicos los sacan de eso, les dan un momento para que vuelvan a ser niños”.

La entrega de un libro al vecino del barrio Mitre.

Foto: Verónica Sukaczer. Intervención: Julieta de la Cal.

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Ningún cuerpo crece sano si le falta alimento. Tampoco si le falta lectura. 

La lectura es la herramienta cognitiva más importante con la que contamos los seres humanos. Aprendemos leyendo: libros escolares, recetas de cocina, mensajes de texto, carteles en la vía pública, instrucciones para armar lo que sea. 

Aprendemos a leer (y no saber leer es una tragedia que hay que combatir educando), en los primeros años de la escuela primaria, pero en verdad ingresamos a la lectura mucho antes, cuando nos leen los cuentos de la infancia y comenzamos a entender esa correlación entre la voz que narra, la imagen y los signos arbitrarios que se desparraman por la página del libro. Pronto desearemos conquistar la letra escrita, leer solos.

Los relatos de los primeros años lo abren todo: el vocabulario, el lenguaje figurado, la comprensión del mundo y la construcción, a través de la imaginación, de mundos inventados. Todo está en los libros y todo lo sabemos por los libros.

Alguna vez Stephen King dijo: "Los libros son la magia más portátil que existe". Pero esa magia no es gratuita. Los libros hay que comprarlos o encontrarlos en las escuelas o acercarse a las bibliotecas. ¿Qué sucede, entonces, cuando una pandemia mundial cierra todo, prohíbe los contactos sociales, nos confina a los hogares, detiene el mundo? En ese momento en que un libro podría hacer la diferencia, ¿cómo llegar al libro?

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Entre las calles Correa, Posta, Arias y Melián del barrio de Saavedra de la ciudad de Buenos Aires, se levanta otro barrio que tiene nombre, Presidente Mitre, pero no tiene reconocimiento oficial. Un pequeño mundo con una población estimada de 4.000 habitantes, seis manzanas, casas humildes y caminos interiores sin calles. Un barrio que fue creciendo, desde los años ´40, de espalda a la fábrica Philips, de espalda al shopping Dot, de espalda a los imponentes edificios de oficinas y a muchos de los porteños que desconocen esa realidad de aldea en plena Buenos Aires.

No es fácil ni romántica la vida en el barrio. Faltan obras para que no se inunde, falta urbanización, falta seguridad, falta hasta que cada hogar tenga una dirección con calle y número. En cambio, sobra prejuicio. Cuando pasa algo, para muchos vecinos de Saavedra, la culpa es de alguien del barrio Mitre. 

En 2012 se propuso construir un muro de dos metros alrededor del barrio, para que no se inundara. Un modo de que nada entre. Tal vez, que tampoco salga nada. La Justicia frenó la construcción y el Mitre siguió creciendo, recibiendo a quien no elige a dónde ir, despidiendo a quienes tienen mejor suerte. En 2020 la pandemia logró lo que no se había podido ocho años antes: cercar este barrio que no es barrio. Encerrados, muchos chicos perdieron todo contacto con la escuela. También con la lectura, que lo abre todo.

Entonces, como en las buenas historias, llegó Libros en el barrio.

Mujeres reparten libros en el barrio Mitre.
Foto: Verónica Sukaczer.

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Es un domingo bochornoso de diciembre y las familias sacaron las mesas afuera (¿se llama vereda si no hay calle por la que pasen los autos?), ahí nomás de la plaza sobre la calle Correa, que sirve de patio para todos. 

Hay música, parrillas, piletas de lona, perros que no son de nadie, tendederos con ropa secándose al sol, chicos que juegan a tirarse agua con botellas plásticas sin supervisión de adultos. 

El tiempo dentro del barrio Mitre parece correr diferente al tiempo de afuera, hay un aire a otra época, hasta que llegan Mariel, Julieta y Pato con los libros, sus pecheras celestes y amarillas y un tubo de cartón que oficiará de susurrador. Llegan las chicas que reparten libros. 

Mariel Pujol, diseñadora gráfica, vive muy cerca del barrio Mitre. Dos años antes de la pandemia había sido voluntaria en el centro comunitario, dando clases de apoyo escolar a los más pequeños y poniendo atención a las realidades del sitio: familias numerosas, casas reducidas en las que se dificulta la convivencia y una institución escolar que no se involucra lo necesario.

Cuando se decretó el confinamiento estricto, Mariel pensó que los libros serían buenos aliados para sobrellevar el encierro. Entonces juntó los que encontró a mano y, acompañada por su hijo adolescente, salió a repartirlos. Estaba naciendo la iniciativa Libros en el barrio.

“No vengo del mundo de los libros”, cuenta Mariel. “Los amo pero no soy mediadora y a veces me siento poco capacitada. Fue algo de reacción, como un manotazo de supervivencia, donde no me hice muchas preguntas. La primera vez que fui al barrio fue a mediados de abril del 2020. Había escuchado que hacían una olla popular todos los días a la hora de la cena, organizada por los miembros de la murga Los Goyeneche, luego se sumaron otras organizaciones. La gente formaba fila en la calle del medio, frente a la plaza y recibía su porción de comida caliente, recién hecha. Entonces yo me acercaba, ya de noche, con una bolsa con libros y preguntaba a cada persona si quería alguno para ellos o sus hijos e hijas en casa. La idea era que volvieran a sus hogares, más allá de con un plato de comida, con una historia linda que contar, un libro que leer, otro mundo que compartir y escapar un ratito de tanta realidad dura”.

Una de las integrantes de Libros en el barrio susurra un poema a una niña.
Foto: Verónica Sukaczer.

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Mariel, Julieta y Pato se reúnen en la placita del barrio y bajan, de un auto, las cajas con libros. Esta vez, por las fiestas, los ejemplares llegan envueltos para regalo (también hay bolsitas con caramelos) y catalogados para que cada niño reciba uno acorde a su edad e intereses. 

Un vecino, en cuanto observa el movimiento, alcanza un chango de compras en el que acomodar los libros, para que el recorrido sea más llevadero. Y los chicos que estaban jugando en la plaza, prestan atención, saben lo que va a pasar.

A la primera niña que se acerca, Pato le ofrece susurrarle un poema. Los susurradores son tubos largos de cartón, pintados y decorados, por los que simplemente alguien recita, y el sonido amplificado llega al oído del otro, en un acto que tiene mucho de íntimo y que revuelve emociones. 

Pato les lee a los chicos que se acercan poemas de María Elena Walsh: "En Tucumán vivía una tortuga viejísima, pero sin una arruga..."; también letras de canciones populares: "Dicen que Santa Teresa, se comió una milanesa..."; y luego ofrece susurrador y papelitos con poemas escritos para que le susurren a ella. 

Una de las niñas, que todavía no lee con seguridad, le inventa una historia con un sapo y así la magia que rodea a los cuentos y poemas sucede. Esos niños volverán hoy a sus casas con un libro.    

“Un dúo de nenas, Cielo y  Aimé —sigue contando Mariel esta historia—, me esperaban siempre para ver qué les llevaba. Eso me dio una pista de que los libros eran una salida, pero como en la cola (de la olla popular) estaban más o menos siempre las mismas familias, no estaba llegando a muchos chicos y chicas. Entonces decidí comenzar a hacer las visitas casa por casa. Junté unos cien libros y salí a recorrer callecitas. Tocaba timbre o golpeaba palmas, en el barrio el confinamiento se cumplía a rajatabla. Las primeras veces me miraron raro, pero casi nadie dijo no. Al principio no entendían que regalaba los libros, que no los tenían que devolver ni pagar. Pero una vez aclarado eso, todo fluyó, se generó el código. Las abuelas y abuelos fueron nuestros grandes aliados en esos tiempos, y los chicos y chicas comenzaron a esperar las visitas. Fueron unos treinta y dos fines de semana ininterrumpidos de visitas y de forjar vínculos, casi sin querer". 

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A Mariel le habían comentado que en el barrio vivían, aproximadamente, mil chicos. Por lo que ella se propuso juntar mil libros. Luego un censo casero que realizó casa por casa le dio una cifra de alrededor de 530 chicos de entre 0 y 18 años. 

Una vez conocida la población, el siguiente paso fue juntar libros, que llegaron a través de donaciones de editoriales y particulares. Libros en el barrio realiza mensualmente pedidos de ejemplares a través de sus redes, y ofrece pasar a retirarlos. 

Al comienzo de la pandemia, cuando todavía no se sabía mucho del covid, Mariel guardaba los libros por diez días y los desinfectaba uno por uno. En esa época, recuerda, "No debíamos salir a no ser que fuera por extrema necesidad y bueno, mi extrema necesidad fue llevar libros al barrio. Me pareció que era tan necesario como ese plato de comida de Los Goyeneche". 

Por ese tiempo, además, Mariel sumó a Julieta, que organiza la lógistica, y a Pato, que es mediadora de la lectura, a esta acción que comenzaba a resultarle difícil llevar adelante sin ayuda.  

Julieta Penedo es museóloga y gestora cultural y cuenta con claridad cómo funciona Libros en el barrio: "Una vez que ya tenemos los libros clasificados por edades y géneros literarios, nos encontramos con Mariel en alguna esquina. Buscamos los changuitos y partimos. Nos vamos metiendo por las calles del barrio y tocando puertas o aplaudiendo al grito de ‘llegaron los libros’, ahí salen todos o nos cruzamos con los chicos y chicas que vienen corriendo por las calles".

“Además —continúa—, siempre estamos pensando en nuevas modalidades de acercamiento y alianzas que hagan crecer el proyecto. Hace unos meses empezamos con lecturas en la plaza del barrio donde Pato, que es narradora y mediadora de literatura infantil, nos deleita con unas hermosas historias. Y todos se sientan alrededor de ella rodeados de libros álbum para tocar, mirar y leer. La idea es seguir sumando ideas y actividades al proyecto”.

Pato Pereyra, bióloga, profesora de Biología y promotora de la lectura, por su parte, cuenta: “En cada casa nos anunciamos o nos anuncian los perros, porque no hay timbre, así que golpeamos palmas y gritamos ‘libros, libros’ como los vendedores callejeros, y cuando salen preguntamos edades y gustos para que elijan o elijamos desde lo que tenemos. A veces hay que vender el libro, porque no es lo que esperaban. Entonces les leemos, o yo les cuento un poco del libro o la historia, o les decimos que si quieren algo específico trataremos de conseguirlo para la próxima. En los últimos meses también ofrezco para los adultos que están solos: ‘¿Querés un libro para vos?’, pregunto. No solo nos piden libros, sino que muchas veces nos piden revistas para colorear y cuadernillos de lectoescritura. Los libros se les regalan. No esperamos que vuelvan, pero últimamente notamos esta iniciativa surgida de los propios vecinos y vecinas: nos ofrecen los libros que ya leyeron para que los sigamos repartiendo, o nos donan libros que tienen”.

Las tres amigas responsables de Libros en el barrio.
Foto: Verónica Sukaczer.

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El comienzo de la pandemia fue difícil para todos pero mucho más para quienes no pudieron, por falta de dispositivos y/o de conexión, trasladar parte de esa vida conocida a la virtualidad. Eso fue lo que sucedió en el barrio Mitre, en donde muchos chicos perdieron el contacto con la escuela. 

Pato, atenta a la importancia de la lectura pero también a las necesidades educativas de los chicos, dice: “En la escuela este año fue muy difícil destinar espacios a la lectura, porque no se volvió a la presencialidad completa hasta mitad del año. Por eso, entre las primeras cosas que me llamaron la atención estuvo que niños y niñas de ocho años aún no hacían una lectura fluida. Se perdió mucho porque no hubo posibilidad de acompañarlos desde la casa, y fueron casi dos años en un momento en que el acompañamiento era necesario".

Una trabajadora social del barrio, Zunilda Espósito, que da apoyo escolar a los chicos y conocen bien las necesidades de las que habla Pato, explica: "Hasta julio pasado todo estuvo cerrado, fue un momento muy duro, mucha gente que partió,  y la mayoría de los chicos no tuvo clases, solo alguna cosa muy esporádica de la escuela. Lo único activo en el barrio fue lo de los libros, todas las familias recuerdan esta presencia en un momento de mucha ausencia". 

De esta presencia que fue Libros en el barrio comenta Vilma, una vecina: “Mis chicos dibujaban y leían historietas, de la escuela mandaban la tarea por Whatsapp o virtual, por eso las chicas me ayudaron mucho con el tema libros”. Otra vecina, Nilda, por su parte, dice: “Está bueno porque incentivan a los chicos a leer”; y Verónica: “El barrio está muy convulsionado (por hechos de violencia) y los libros a los chicos los sacan de eso, es algo nuevo para ellos que les den libros, es un momento para que vuelvan a ser niños”. Otra mujer que no llega a dar su nombre, cierra esta rueda de experiencias: “Yo vivo sola, volví acá (al barrio) y que venga una persona y te dé una buena…”. Una buena, un libro, una historia, un grupo de tres mujeres llevando magia portátil a un barrio que la pide a gritos. 

"Creo que todas buscamos a través de las lecturas —dice Mariel—  empoderar a estos chicos y chicas, darles una voz de la que se sientan orgullosos. La identidad del Mitre es algo muy fuerte. Este año, además, queremos aumentar nuestro contacto con otras instituciones del barrio y fuera de él. Fortalecer las redes para darles más oportunidades a las infancias.

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En su muro o feed de Instagram, Libros en el barrio comparte historias de sus lectores. Como la de Loana, que pidió un ejemplar de Cumbres Borrascosas; y la Jazmín, que aprendió a leer con los libros que le regalaron. Mariel acerca otras experiencias: las de familias que armaron sus bibliotecas por primera vez, robándole espacio a placares u otros rincones de la casa; la de la abuela Pichu que no pudo continuar con la primaria por la pandemia pero siguió leyendo los libros de poesía que le llevaron. "Fue tiempo de tender redes", dice Mariel, y no se refiere a redes virtuales, "me convertí un poco en consejera, asistente social, en escucha de historias con mucha densidad que cruzaban las casas en esos días. Este fin de semana, una nena, Tizi,  que pasa a quinto grado, me dijo que había aprendido a leer. ¡Estaba feliz! El año pasado vi sufrir a esa niñita, como a muchos otros y otras,  por no poder leer. Fue un gran dolor. Pero la vuelta a la escuela, los ha sacado adelante, a pesar de todo. Hay secuelas, y estaremos tratando de ayudar desde este rincón".

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