La vida de un virus: cómo una partícula microscópica está transformando al mundo | RED/ACCIÓN

La vida de un virus: cómo una partícula microscópica está transformando al mundo

El SARS-CoV-2, un agente 17 millones de veces más pequeño que un ser humano, trastocó casi cada aspecto de nuestra existencia. Los científicos estudian las características del nuevo coronavirus y trabajan contrarreloj por una vacuna, a la vez que se tejen distintas hipótesis de su origen. Mientras, nos amoldamos a una nueva cotidianeidad, marcada por reuniones (y diversiones y amores) virtuales, una inédita sensación de soledad y el anhelo de respirar el aire diáfano con unos pulmones sobre los que ya no pese una amenaza.
7 de octubre de 2020

1: La guerra de las especies

Está repleto de espinas y eso es probablemente lo que más llama la atención. Espinas sin filo ni punta que cubren todo el cuerpo redondo, como engordado, de este virus. Por esas espinas, que un grupo de científicos ingleses vio por primera vez en 1967 a través de un microscopio electrónico, los virus de esta familia recibieron el nombre de coronavirus. Los científicos dijeron que la figura asemejaba a la del sol con su corona luminosa, pero el virus no se parece a un sol, sino quizás a un asteroide errante, acelerado y fuera de control. Hay muchos integrantes en la familia de los coronavirus porque estos mutan, pero recién se volvieron famosos cuando uno de ellos causó un brote agresivo de neumonía que afectó a miles de personas a lo largo del mundo y que se desvaneció tan misteriosamente como había surgido. Ahora, 17 años después, la neumonía ha regresado. No es exactamente la misma, tampoco es el mismo coronavirus. Es tremendamente peor.

Se llama SARS-CoV-2 y mide alrededor de 100 nanómetros. Un ejército de 10.000 de estos coronavirus, puestos uno al lado del otro, alcanzaría la longitud de un milímetro (y todavía necesitaría 50.000 soldados más para llegar al tamaño de una pulga). Las espinas que le dan el nombre son en realidad proteínas y se llaman Spike. Una vez en el interior del organismo humano, se unen a otras proteínas que sobresalen en algunas de nuestras células. Así los cuerpos del virus y de la célula se fusionan. En ese encuentro, el virus libera un poco de su ácido ribonucleico. El ARN es una molécula (en los manuales de biología aparece dibujada como una cadena de ADN, pero no doble, sino simple) que carga el paquete de genes del coronavirus: su sencillo genoma o, dicho de otro modo, un manual de instrucciones 100.000 veces más breve que el del ser humano (30.000 unidades contra 3.000 millones). 

La célula humana actúa siguiendo las órdenes de ese ARN ajeno y comienza a trabajar sin que el sistema inmunitario se entere (lo hará unos 15 días después). Todos los virus hacen lo mismo: secuestran, parasitan, confiscan las células de un hospedador. Así se reproducen. Por eso, sólo la mitad de los científicos los consideran seres vivos; para la otra mitad, los virus son meros residuos genéticos. Lo que se discute en verdad no es qué define a un virus sino a la vida, y esa es una discusión difícil. Luego de un día, una sola partícula de coronavirus puede generar con una célula entre 10.000 y 100.000 copias de sí misma. Éstas capturarán más células y harán lo mismo. Después cada una de las células capturadas será aniquilada y eso, en la superficie, es la enfermedad COVID-19: la fiebre, la tos, el dolor de garganta, la neumonía. Un virus es un zombie hambriento.

Y aunque un coronavirus es 17 millones de veces más pequeño que un hombre, en la guerra de las especies, durante un instante que ya se prolonga demasiado, con sus espinas está siendo capaz de acorralar a la humanidad.

2: La nueva perplejidad 

El mundo colonizado por el SARS-CoV-2 nos ofrece una colección de escenas en las que hay una nueva vida repleta de perplejidad. El virus revolucionó todo a su paso. Dejó al descubierto los lazos de solidaridad que florecen entre los desconocidos, la fragilidad de algunas estructuras de poder y el triste lugar de los ancianos en la sociedad. Hasta las palabras y los nombres han cambiado. Un niño y una niña, mellizos nacidos en la India el 27 de marzo, fueron llamados Corona y Covid. “Queríamos que los nombres fueran memorables y únicos”, dijo Preeti Verma, la madre. En Filipinas, otro bebé recibió el nombre de Covid Bryant: un homenaje al basquetbolista recientemente fallecido Kobe Bryant. Y uno nacido el 15 de abril en la pequeña ciudad de Ceres, acá en Argentina, se llamó Ciro Covid. “Así está documentado en el hospital, pero no sabemos si en el Registro Civil lo aceptarán”, dijo una médica. Adaptarse al nuevo mundo no es fácil.

Mi hijo cumplió un año hace un tiempo. Es un niñito sonriente y audaz que va y viene corriendo y tropezándose por toda la casa, diciéndonos con su mirada y sus silabeos: “¡Ey, qué hacen ahí, vamos a jugar!”. Fue un primer año cargado de emociones, como cualquier padre y cualquier madre saben por experiencia propia, y Higashi, mi esposa, dijo que nuestro hijo merecía una buena fiesta, porque además en su familia –que es de origen japonés– los cumpleaños de 1 son algo especial. Así que cinco meses antes ya habíamos empezado a armar una larga lista de invitados y luego de unas semanas su madre se puso a cocinar pastelitos y a guardarlos en el freezer. 

Y entonces llegó marzo, llegó el coronavirus y Argentina se cerró en cuarentena total. Para hacerla corta: el cumpleaños fue una tarde en Zoom. Pusimos una torta sobre la mesa, en casa, y nos conectamos usando dos teléfonos. ¿Invitados? Apenas los abuelos, emocionados, y un par de amigos nuestros cortando el aburrimiento de su encierro. Nos quedan de esa “fiesta” unas cuantas screenshots, que en este nuevo mundo ocupan el lugar que antes tenían las fotos.

Nosotros no fuimos los únicos que en esas semanas iniciales de cuarentena celebramos un cumpleaños en Zoom: la app se convirtió en el magma digital por el que viene fluyendo la vida cotidiana. Zoom también sirve para la educación a distancia y el trabajo remoto y, de hecho, algunas mañanas yo tengo una videoreunión con mis colegas de la redacción (mejor dicho, mis videocolegas) y Higashi da clases a estudiantes de colegio que se conectan con cara de dormidos. Otras personas usan la app para tomar lecciones de tango o para compartir un café con sus amigos. Boris Johnson, el primer ministro británico, la usaba para sus reuniones de gabinete antes de caer contagiado en abril.

Eugenia no se adapta a hacer terapia de grupo vía Zoom. Lo intentó, claro, pero qué resultado puede tener una sesión para ella si tiene que conectarse encerrada en su habitación, desde su teléfono. Es una mujer que está en sus 40, con dos hijos, un marido y un trabajo que atender desde su casa en un suburbio de Buenos Aires. Y no es falta de experiencia: hace análisis desde los 16 años. Tuvo sesiones por teléfono, sí, pero sentada en un banco en la plaza, no como ahora.

“Se hablaba un poco de qué nos pasaba en cuarentena, de los miedos”, me cuenta sobre su primera sesión en grupo: la mitad de los pacientes estaban en el consultorio con la psicóloga, la otra mitad en sus teléfonos. Eugenia logró conectarse luchando primero contra su Mac y después contra un pequeño trípode, corriendo al gato, sosteniendo finalmente el teléfono con la mano. “Me distraje, no pude concentrarme”, me cuenta. Luego de otra sesión igual de mala, ahora piensa que va a abandonar el grupo.

3: El ingeniero chino

En este nuevo mundo en el que la mayoría hemos quedado como perdedores perplejos, hay un ganador definitivo: Eric Yuan. Es el ingeniero chino que en 2011 creó Zoom. En su adolescencia solía viajar diez horas en tren para ver a su novia y fantaseaba con un dispositivo del futuro en el que pudiera hacer clic en un botón para verla y hablar con ella. 

Con los años, él mismo lo construyó y, con las medidas de aislamiento alrededor del mundo, Zoom emergió por sobre otros servicios de videollamadas y alcanzó un valor de 35 mil millones de dólares en Wall Street: más que la suma de las cinco primeras aerolíneas de Estados Unidos, jaqueadas por la crisis. Eric Yuan ocupa ahora, según Bloomberg, el puesto número 192 entre las 500 personas más ricas del mundo. Antes del coronavirus ni siquiera estaba en la lista. 

4: Comienzan los testeos

Hoy, que es lunes 27 de abril, llegaron las primeras muestras de pacientes al laboratorio de testeo de COVID-19 en la Universidad Nacional de Quilmes. Diez científicos las estaban esperando desde las 8:30 pero 38 muestras aparecieron en ambulancia a las 11:40; y a las 4 de la tarde, once más. Así que, un poco ansiosos, los científicos se pasaron la mañana rotulando unos 300 tubos y aguardando. Cada muestra vino adentro de tres envases. Hubo que extraerlas con cuidado: algunas se derramaban al abrir el pote que contenía el hisopo y un error podía significar un contagio.

Habían armado el laboratorio en tres semanas, cuando el Gobierno decidió multiplicar los tests. “Lo hicimos corriendo”, me cuenta el jefe del equipo, el biotecnólogo Hernán Farina. Es un hombre enérgico, evidentemente apasionado. Para montar el sitio tuvo que hacer cosas a las que, como científico, no estaba habituado: deformar algunos laboratorios para armar otro, hacer instalaciones nuevas, unir cables, desarmar cosas. Y traer el QuantStudio, un termociclador en tiempo real. Es una máquina blanca y brillante, del tamaño de un CPU, que lee material genético.

El proceso no es demasiado complicado: alguien extrae lo que llegó en el hisopo y lo somete a un tratamiento bioquímico en el que transforma el ARN del supuesto virus (cadena simple) en ADN (cadena doble); luego la muestra se somete adentro de la máquina a una reacción de amplificación. Esto significa que la temperatura se eleva en ciclos de 65 a 95 grados y la doble cadena se divide en dos. Luego, con química, la cadena simple es copiada. Así que ahora tenemos dos cadenas simples. Y se convierten en una nueva cadena doble. De este modo se siguen duplicando hasta que el ADN se vuelve visible para la máquina, que da su veredicto después de tres horas: hay virus, no hay virus.

“Si yo me hubiese quedado con la duda, pensando que teníamos todo para hacer tests pero que no los hicimos por miedo, porque costaba mucho prepararse o porque era más fácil quedarse en casa, no sé si me hubiera gustado demasiado”, me dice Farina. 

Son días que ya se vuelven inolvidables y hoy, en la primera jornada de pruebas, volvió a casa de noche. Dejó los zapatos afuera, rociados en la suela con alcohol, se desvistió en el lavadero, metió toda su ropa en una bolsa de residuos, echó alcohol a la billetera, al reloj, a las llaves del auto y al teléfono, pasó corriendo desnudo al baño y se duchó: se desinfectó. Recién después saludó a su esposa y a sus dos hijos. Era hora de descansar.

5: Un asunto de definiciones

Hasta 14 días en una heladera, el coronavirus puede permanecer activo. O vivo. Esto es el doble de lo que vive un mosquito, pero algunos dirán que un virus no está vivo. Los virus se reproducen, tienen ADN o ARN y evolucionan, pero carecen de autonomía y de metabolismo, y pueden atravesar períodos de inercia. Los límites de la vida y la muerte a veces se vuelven grises. ¿Viven los virus? ¿O son sólo una cosa? 

La biología tiene una definición de la vida. También la medicina, la cosmología, la física, la psicología, la genética y las religiones. Pero volviendo a la biología, toda la vida conocida en este planeta está basada en polímeros de carbono: ácidos nucleicos, proteínas y polisacáridos; químicos no vivos que se combinaron de un modo azaroso hace mucho tiempo y que dieron lugar a una competencia de microorganismos que buscaron subsistir y reproducirse. Pero en otro planeta, la vida podría tener otra forma y seguir siendo vida. ¿Viven los virus? Para responder a esa pregunta primero hay que saber exactamente qué es estar vivo, y eso quizás aún no lo podamos comprender del todo.

6: Actos de la vida doméstica

Cómo describir todo esto que viene ocurriendo está más o menos claro. Hay que buscar historias, extraerlas de la realidad y traerlas a la pantalla. Cómo escribir no es tan sencillo. Si ya es difícil de por sí sentarse a contar algo con palabras en la computadora, hacerlo al acecho del coronavirus es como una carrera de obstáculos. Vivo en un departamento con Higashi y con nuestro hijo. No vemos series, salvo la breve Unorthodox, la historia de una chica que escapa de una comunidad de judíos ultraortodoxos, que me tocó al punto de llevarme a presenciar, unos días después, una lectura de Megillat Hashoah, un símbolo de la solidaridad judía en tiempos de crisis. Fue en Zoom y como el rabino leía en hebreo (y yo no sé hebreo) me fui rápido. Tampoco vemos películas porque no tenemos tiempo y quizás porque no tengamos ánimo. Ni siquiera pude leer más de cuatro páginas de un libro desde que todo esto comenzó; estoy capturado por las redes sociales, que muestran a la pandemia como un biothriller en fragmentos. 

Aquí cada cual hace sus cosas. Incluso nuestro pequeño hijo hace sus cosas: juega, corre, se cae, ríe, llora, come, se entusiasma cuando escucha un ladrido, quiere tocar los enchufes y romper los vidrios. Él era puro instinto y ahora, de a poco, se está volviendo algo más. Nos alegra cada instante a la vez que hunde la casa en una nueva era de caos y anarquía. Higashi hace sus cosas: encabeza un grupo de ceremonia del té, da clases. Y yo hago las mías y aquí estoy, escribiendo donde logro acomodarme mientras escucho a lo lejos videos de canciones japonesas para bebés y el viento que sopla en este día soleado. En un rato, luego de mi reunión de trabajo en Zoom, almorzaremos.

Sin embargo, es la madrugada, y no la mañana, el mejor momento para escribir. No hay distracciones, no hay apuro, es como si el té no se enfriara en la taza. Hay otro tiempo. Como saben las monjas de clausura, los presos y los científicos de la Antártida, estar todo el día entre cuatro paredes te cambia la percepción. Pero la cuarentena hace que incluso esto sea específico y distinto. Mucha gente va perdiendo fácilmente la noción de qué día es, de un día para otro. Las búsquedas en Google de “what day is today” han aumentado considerablemente en Estados Unidos y casi que duplican las de fines de febrero. El tiempo se ha vuelto blando.

Higashi volvió en estos días a Hojoki, el clásico de la literatura japonesa escrito por Kamo no Chōmei, un monje recluido en una choza. Hoy Hojoki tomó la forma de un libro breve y poderoso que describe algunos desastres que cayeron sobre Kioto en el siglo XIII: terremotos, incendios, hambrunas y epidemias. Se ha vuelto ineludible entre los tratados budistas sobre la impermanencia. El monje escribió: “De allí me pregunto/ ¿Dónde debemos vivir y cómo?/ ¿Dónde buscar refugio/ y descansar un rato?/ Y ¿cómo podemos hallar la paz/ siquiera fugaz/ en el alma?”. Higashi me dijo, luego de leérmelo en su iPhone: “Más contemporáneo, imposible”.

7: El amor en los tiempos del coronavirus

Una semana antes de que comenzara la cuarentena obligatoria en la Argentina, Natalia conoció a Daniel en un bar. Ella entró, saludó en una mesa y lo vio. Como era habitué también se acercó a la barra, le dijo hola al dueño y al cocinero, y sintió que alguien la miraba. Daniel se acercó y le habló primero. Rompió el hielo y le contó, con acento madrileño (era un diplomático de España apostado en Buenos Aires), que venía de viaje y ella le respondió que tenía la ilusión de viajar desde hacía mucho tiempo. Sacaron sus teléfonos, se agregaron a Instagram y él regresó a la mesa con sus amigos. El primer match había concluido.

Él se fue más tarde, pero no tan tarde. “Qué lindo conocerte”, le escribió cuando llegó a casa. “A ver si un día vamos a tomar algo”. Y se vieron esa misma noche. “Estuvimos caminando por la calle, sin rumbo, besándonos”, me cuenta ella ahora. “Por Palermo, sólo caminábamos y nos besábamos”. 

Al día siguiente, que fue sábado, ya todo el mundo sabía que el encierro era inminente. Daniel la invitó a una cita, pero Natalia prefirió cenar por última vez con sus amigas. Él insistió: “¿Lunes, en un hotel?”. Ella, que en verdad estaba terminando con otra persona, le dijo que no.

Pero el jueves, después de que esa otra persona quedara fuera de juego, Natalia se quedó sola con un malbec y le escribió a Daniel. A la medianoche comenzaba la cuarentena; decidieron que la cita sería con una videollamada de WhatsApp. “Después de varios días de pijama y pantuflas”, me cuenta ella, “volví a maquillarme y destapé el vino”. La emergencia había depurado los sentimientos: charlaron mirándose por la pantalla, quedándose en silencio muchas veces, sólo mirándose. “Imagino que ese espacio es el que ocuparían los besos”, me dice.

Luego del flechazo hablaron todas las mañanas y todas las noches. A veces también durante el día. Sí, pensaron en romper la cuarentena y verse, pero era imposible porque él vivía en una residencia española con guardias en la puerta. Sólo podía salir a trabajar; no podía recibir amantes. Así que se enviaban poemas y fotos: algunas eróticas, por supuesto. 

Un apasionado beso de 10 segundos puede transmitir, además del coronavirus, 80 millones de bacterias, según la Organización de Investigación Científica Aplicada (TNO), de Holanda. Mononucleosis, herpes, estreptococo del grupo A, citomegalovirus: estar enamorado nunca fue una actividad sencilla. Ahora la seguridad fría de una cama sin compartir es un símbolo que, como en la década de 1980, ha vuelto a imponerse. La autosatisfacción fue recomendada por el Gobierno de la ciudad de Nueva York en una guía para la práctica del sexo ante la pandemia, y en Buenos Aires un especialista del Ministerio de Salud habló de “sexo virtual”. “Pero al final el nuestro es un vínculo basado en las palabras”, me cuenta Natalia. “No nos podemos abrazar ni besar y eso genera un poco de desesperación… Ni siquiera sé si llamarlo ‘relación’”.

Después, de a poco, Daniel comenzó a alejarse. Dijo que tenía mucho trabajo. Un día le avisó que se iba. Que se tenía que ir. Que quedaban pocos españoles para repatriar y él viajaba en el último avión con ellos. Lo enviaban primero a Francia y después a Madrid. Fue un golpe duro, pero esperado. Ella le armó una playlist de Spotify para el avión: los títulos, puestos uno a continuación de otro, formaban un mensaje de amor. “Motivos”, de Mery Granados y Juani Bernal, era el primer tema. Pero él ni se dio cuenta.

8: La recuperación de los organismos

“Hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido”, dijo el Papa Francisco el 27 de marzo, en una bendición ante una Plaza de San Pedro sin público, vacía de un modo lúgubre, mojada por una llovizna nocturna. “Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas, llenando todo de un silencio que ensordece y de un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos”. 

Un muchacho de 26 años lo miraba por televisión desde Buenos Aires, internado en un hospital, infectado, sintiendo una presión desconocida en los pulmones cada vez que intentaba una respiración profunda. Era la neumonía del coronavirus. Se había contagiado en el avión que lo había traído de regreso de sus vacaciones europeas: un vuelo largo interrumpido por toses y estornudos que en esos días sonaban aterradores. “Ver el Vaticano vacío”, me cuenta ahora, “ver lo que estábamos empezando a vivir acá, estando yo solo en la habitación del hospital… En ese momento lloré mucho”. 

Se llama Facundo Ahumada, trabaja en el área de informática de la Fuerza Aérea, y evoca un mal recuerdo, quizás el peor de los que le dejó el virus. Unos días más tarde logró recuperarse. Antes de dejar el hospital le ofrecieron donar plasma; entonces pocos hablaban de ese fluido acuoso que queda de la sangre una vez retirados los glóbulos rojos, las plaquetas y otros componentes celulares. El plasma contiene los anticuerpos de inmunoglobulina G desarrollados por un organismo recuperado: pueden enfrentar al coronavirus y se pueden transferir a enfermos graves. En alguna gente funcionan y en otra no, por eso el tratamiento sigue en investigación. Facundo, que estaba agradecido con su nueva salud, sintió que debía devolver algo a los médicos y aceptó donar.

Veintidós días más tarde lo llamaron para hacer un análisis de sangre que confirmara los requisitos. Parecía uno más, pero no lo fue. En los resultados encontraron un nivel sumamente alto de anticuerpos, cuatro veces más de lo normal. Nadie sabía por qué, ni lo sabe hoy. “Es genético y fortuito: cursaste la enfermedad con síntomas más o menos severos, y tu cuerpo se defendió”, le dijo un médico a cargo de la investigación de plasma. 

Facundo donó una semana más tarde. El proceso fue sencillo: se sentó, se dejó colocar una vía en un brazo y vio cómo, durante algo más de una hora, una máquina bombeaba, extraía sangre, filtraba plasma y devolvía el resto de la sangre mientras su cuerpo recibía, por suero, un plasma artificial. 

Un mes después volvió a donar, y le dijeron que tenía aún más anticuerpos. Facundo sentía cómo su organismo se regeneraba y la congestión se retiraba de a poco. Luego de otro mes, donó de nuevo y había, de vuelta, más anticuerpos. Y en agosto dio una vez más, pero los anticuerpos ya no eran tantos. Donó un total de cuatro litros de plasma: suficiente para volver a poner de pie a 15 personas enfermas (medio litro fue enviado a la Universidad Nacional de Córdoba, donde se investiga por qué algunos recuperados generan más anticuerpos que otros, y se busca crear un medicamento en base al plasma). Sin esperárselo, Facundo Ahumada se convirtió en un superdonante: un raro oponente del virus caminando entre nosotros.

Pero ahora decidió darle un descanso a su cuerpo. Mientras la investigación continúa, sus venas se acomodan un poco. Facundo sale a la calle cubierto como si nunca hubiera tenido ningún escudo: barbijo, guantes, anteojos protectores. “Porque los médicos no saben si uno se puede volver a contagiar o no”, me dice. “Y cada uno tiene su propia historia con el virus”.

9: Murciélagos y laboratorios

El coronavirus SARS-CoV-2 estaba lejos, en el otro lado del planeta. Así lo vimos primero: su forma era el vacío que había dejado en las avenidas de Wuhan. Después lo tuvimos entre nosotros. Aunque el virus se adueñó de las ciudades y las paralizó, la hipótesis más sólida es que nació en un hábitat natural: en murciélagos de la familia Rhinolophus affinis. Son animales pequeños de ojillos negros, nariz deforme y dientes puntiagudos. El genoma del SARS-CoV-2 comparte el 96,2% de su contenido con el de un virus que anida en ellos. Mucho más no se sabe; todos los murciélagos tienen una formidable resistencia a los virus que llevan y que diseminan.

De los primeros 41 pacientes chinos, 27 habían estado en el mercado de animales de Wuhan. A esta altura cualquiera escuchó que en Wuhan se come sopa de murciélago, pero esto parece no ser suficiente para explicar cómo el virus saltó del murciélago al humano. ¿Pudo ser, en cambio, por una mordedura? ¿O a través de un animal intermedio? Se habla de un pangolín: un mamífero escamoso en peligro de extinción, muy cotizado, que se alimenta con frutas y vive en los árboles. Hay varios tipos de coronavirus, y uno que puede hallarse en el pangolín es similar en ciertas proteínas al que ahora nos afecta a los humanos. Algunos científicos creen que hubo una recombinación de los virus, pero es como para encogerse de hombros… quién sabe. La moraleja es que el hombre invade hábitats salvajes y la naturaleza responde.

Otros científicos se inclinan por la construcción artificial del coronavirus. En un mundo desordenado, una buena historia es como un bálsamo. Estados Unidos acusó a China y China a Estados Unidos, pero la hipótesis más original es la de Luc Montagnier, el virólogo francés que ganó el Premio Nobel por descubrir el VIH, y que en una entrevista en televisión explicó que el SARS-CoV-2 fue creado en un laboratorio en el que se insertaron secuencias de ADN del VIH en un coronavirus, quizás con el objetivo de encontrar una vacuna contra el sida. “Es el trabajo de profesionales, de biólogos moleculares”, dijo Montagnier. “Un trabajo muy meticuloso”.

10: Una noche de fiesta

Me pregunto cuánto de todo esto recordará mi hijo. Cuánto se quedará guardado en su inconsciente para, quizás, despertar en muchos años. Me pregunto si habremos sido unos buenos padres como para conducirlo a través de la pandemia sin echarle nuestros miedos. De repente ya no sale tanto a la calle y no ve a sus abuelos más que en videollamadas: ¿cómo se sentirá con eso? Aún no habla. Si hablara, ¿podría comunicarlo? Llegar y salir de casa con barbijos, desinfectar con alcohol los envoltorios de los alimentos que compramos, tocar con aprehensión los picaportes y los botones en el cajero automático: ¿de qué modo todo eso a su vez nos ha tocado a nosotros?

Hay recreos. Un viernes a la noche nos llegó un envío de 878, nuestro bar favorito. Es un lugar de luces tenues, con mesas y sillas altas en la barra. Sirven tragos y comida muy buena. Ahí Higashi y yo tuvimos nuestra primera cita; ahí festejamos nuestro casamiento tres años más tarde con muchísimos amigos, invadiendo el bar un miércoles, hasta que cerró a la madrugada. No es el típico lugar que uno esperaría que hiciera delivery, pero en esta nueva economía todo el mundo se está adaptando. Así que nos llegaron unos platitos y, en dos botellas, un ponche de torrontés y un gimlet de pera. Trajimos unos vasos con hielo y cada botella alcanzó para dos vueltas. Brindamos. El alcohol estaba en su punto justo. 

En español no tenemos esa diferencia de palabras como “loneliness” y “solitude”, del inglés. Tenemos “soledad” para ambas. “Soledad” puede estar recargada de estigma y ser una palabra con la que nadie quiere identificarse. O también puede referir a estar con uno mismo, en un viaje interior, sin gente alrededor. La cuarentena agranda estas cuestiones y yo soy de los ermitaños, como el monje Kamo no Chōmei. Por eso a veces me pregunto cómo me hubiera tocado el encierro si hubiera estado solo, realmente solo. Cuánto habría sufrido. Cuánto habría disfrutado.

Hay una fiesta que se volvió la sensación de esta cuarentena en Buenos Aires: se llama Bresh, va en vivo por Instagram los sábados a la medianoche, dura varias horas y reúne a miles de personas. Es como estar en una rave, pero cada uno está bailando en su casa, mirando a DJ Bröder y su novia, Ruidito, dos chicos enérgicos que pasan reggaetón en un living decorado como si fuera una discoteca. Una noche me quedé prendado ante el hechizo de sus movimientos y la música que hacían sonar: Don Omar, Bad Bunny, Daddy Yankee y, por supuesto, J Balvin. Solo en el living, pasé el tiempo fluyendo con el dembow y sentí que estaba ante algo adictivo y un poco misterioso. Miles de comentarios cruzaban la pantalla, la mayoría de chicos bastante jóvenes que necesitaban salir de fiesta desesperadamente. Y recordé. 

Recordé muchas noches, hace algunos años, cuando yo mismo era uno de esos chicos. Recordé aquella vez que fui a un galpón a escuchar a un dúo de tecno, Audio Bullys, porque quería estar ahí aunque nadie me acompañara. O ese festival en el que vi a M.I.A. en una carpa con las luces prendidas, llena de gente frenética y feliz a los empujones. O aquella vez que, después de un show de Erick Morillo en el que uno de los nuestros llegó con unas pastillas, volvimos en un taxi que iba demasiado rápido por una avenida y el conductor nos hablaba dándose vuelta para mirarnos a la cara y contarnos que también trabajaba en una casa funeraria. No sé por qué no nos estrellamos. Al bajarnos seguíamos vivos, jóvenes y espléndidos, aunque ya no tan colocados. Igual no podíamos dejar de reírnos. Llevo todas esas noches conmigo, pero ya no sé bien dónde.

Al día siguiente de la fiesta Bresh me desperté tarde, con ese sabor a ruido de otras épocas, y encontré que Higashi y nuestro hijo ya habían desayunado y estaban jugando en el suelo con unos muñecos. Tomé un té y lentamente fui entrando en el día. Mi afterparty llegó un rato después con más dembow, bailando con mi hijo en brazos, que se reía porque le encanta la música. El sábado siguiente, me dije, me voy de fiesta de nuevo.

11: En busca de la vacuna

Mientras voy llegando al final de este texto (pero no al de esta historia), alrededor del mundo hay al menos 180 proyectos para dar con una vacuna contra el coronavirus SARS-CoV-2. Dieciocho están siendo probadas en ensayos clínicos en seres humanos: las más avanzadas parecen ser la de Sinovac Biotech (de China), la del laboratorio Moderna (de Estados Unidos), y la de la Universidad de Oxford y AstraZeneca. En la Argentina hay unas 4.400 personas que han aceptado ser voluntarias en las pruebas y ninguna ha informado, hasta ahora, una reacción grave. 

El problema es que nadie sabía, al principio, cómo vencer a un virus nuevo. Así que hubo que empezar desde cero, regresando a otras vacunas y combinando distintos métodos. La carrera por encontrar la cura va a un paso veloz nunca visto en la historia de la medicina. A la vez, otros investigadores prueban terapias para los pacientes internados con antivirales como el Remdesivir, que también se usa contra el ébola (es uno de los medicamentos que le dieron a Donald Trump); el Favipiravir, que en Japón prescriben a los engripados; y la hidroxicloroquina, que puede actuar frente a la malaria, el lupus y la artritis reumatoide. Pero si parece que la investigación se acerca a dominar al coronavirus, este a veces encuentra nuevas formas de desenvolverse y produce complicaciones inesperadas que se les escurren a los científicos como arena entre los dedos.

Cuando un elemento desconocido se presenta en el cuerpo humano, es reconocido como algo extraño y es combatido. El hombre debe aprender a producir anticuerpos, y lo hace exponiéndose. Las vacunas no son más que un poco de virus sin capacidad para enfermar. Algunas contienen un virus vivo (o activo) para que infecte sin desarrollar la enfermedad. Otras, un virus muerto (o inactivo). Y otras, sólo una parte de un virus. Muchos de los ensayos de vacunas para el coronavirus están protagonizados por la proteína Spike, la espina que se une a las células y permite la entrada del virus. Esas vacunas buscan que el cuerpo reconozca esta proteína e impida que se junte con el receptor celular. Un ensayo chino utiliza la proteína Spike purificada junto con adyuvantes tomados de una vacuna contra la influenza. Otro ensayo, estadounidense, introduce en el cuerpo un ARN que lleva a las células a sintetizar aquella misma proteína. De uno u otro modo, ambos buscan crear anticuerpos contra la proteína Spike. 

Y tarde o temprano lo lograrán. La comunidad científica lo jura. La humanidad lo necesita, y no solo esa cosa abstracta que es la humanidad. También las personas como Eugenia, Facundo Ahumada, Hernán Farina, Natalia y Daniel, DJ Bröder y Ruidito, Eric Yuan, Luc Montagnier; las personas como vos y yo. Cuando el coronavirus haya sido derrotado volveremos a las calles y a los parques. Saldremos a respirar un aire diáfano con estos pulmones sobre los que ya no pesará una amenaza.

¿Será un nuevo mundo? ¿Será una nueva era? Leo las opiniones de los especialistas más variados, que dicen que todo mejorará. Pero es imposible saber qué viene después de esto y si al final del camino habremos aprendido algo. O si al menos seremos capaces de decidir cómo queremos vivir. La historia de la vida en este planeta está hecha de parásitos y de hospedadores que evolucionan juntos, cooperando en su destino. Y aquí estamos, perplejos, viviendo un hito en la historia de la vida en este planeta… casi sin darnos cuenta.


Una versión anterior de esta crónica aparece en el libro And We Came Outside and Saw the Stars Again: Writers From Around the World on the Covid-19 Pandemic, editado en Nueva York por Restless Books.

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