Martín Cazenave: "Después de exponerse a ciertas realidades uno siente el compromiso moral de ser una mejor persona" | RED/ACCIÓN

Martín Cazenave: “Después de exponerse a ciertas realidades uno siente el compromiso moral de ser una mejor persona”

El cirujano argentino acaba de publicar Los niños del desierto, un libro en el que cuenta su experiencia en Darfur, Sudán del Sur, donde trabajó junto a Médicos Sin Fronteras.

Martín Cazenave se recibió de cirujano en 1999 y hasta 2005 desarrolló su profesión en la zona norte del Gran Buenos Aires. Ese año decidió entrar a Médicos Sin Fronteras, y durante los 10 siguientes trabajó en zonas de conflicto en Sudán, Sri Lanka, Siria, Haití, Colombia y Bolivia. Hace algunas semanas publicó Los niños del desierto, en donde cuenta su primera misión en Darfur, Sudán del Sur. El libro narra la vida cotidiana en la misión humanitaria, inmersa en un contexto de conflicto armado que recrudece con el correr de las páginas. Escrito con sentimiento pero sin golpes bajos, la crónica de esos días en Darfur es la historia de un recorrido personal, del rol de las organizaciones humanitarias en zonas de conflicto, y la de los niños del desierto a los que alude el título. Ellos son, al mismo tiempo, protagonistas de momentos felices en la historia y víctimas de un contexto desgarrador. Martín, que hoy vive en Junín de los Andes con su familia, recuerda así su llegada a Darfur: “Yo acepté el destino sin dudar, pero desconocía lo que estaba pasando en la región, y así terminé conociendo en carne propia uno de los peores genocidios de este siglo, con un conflicto que aún hoy está activo”.

—¿El impacto fue grande?
—Enorme. En agosto de 2005 recibí el primer llamado y después de un entrenamiento y capacitación en Barcelona, a las pocas semanas estaba aterrizando en helicóptero en Golo, un pequeño pueblo que contaba con el único centro de salud en 200 km a la redonda. Estábamos muy aislados del mundo: mi única comunicación con Argentina era a través de algunos mails de texto que bajábamos cuando había señal satelital.

—La primera escena al aterrizar en Golo es la que bautiza el libro.
—Fue muy impresionante bajar del helicóptero y encontrarme con 50 chicos que me rodeaban, me agarraban de las manos y me preguntaban cómo me llamaba. Me decían “Jawaia”, y yo pensaba que me decían “How are you”, pero en realidad en el idioma local quiere decir “hombre blanco”. Estaba en una zona desértica, con un paisaje montañoso, y por las primeras imágenes del hospital yo sentía como si lo estuviera viendo por televisión. El contraste con mi vida anterior era enorme, y me encontré con pacientes con patologías que sólo conocía por los libros: malaria, tétanos, heridos de bala, partos muy complicados. Estábamos en medio de un conflicto armado, en un pueblo sin autos ni carreteras, con gente que caminaba dos días para recibir atención.

Cazenave en el hospital de Golo, Sudán del Sur.

—¿Cómo era la rutina diaria en el hospital de Golo?
—Nos levantábamos temprano, desayunábamos con el equipo, y ahí planificábamos el día. No podíamos ir solos caminando al Hospital, porque era peligroso, así que nos llevaban, y ahí cada uno se dedicaba a sus pacientes. A veces cuando no había pacientes para operar, yo ayudaba en la guardia, o en la instrucción de los enfermeros locales. La idea de MSF es atender las necesidades, y además dejar conocimientos en el lugar para que la atención pueda permanecer después de que MSF termina la misión. Pero lamentablemente el contexto del conflicto armado se fue deteriorando.

—El libro también está cruzado por las historias de los habitantes de Golo, y una de las más fuertes es la de Hassan.
—Es una historia dramática, de las que más cuesta digerir cuando uno está en lugares tan aislados y cruzados por conflictos. Hay patologías que en cualquier lugar del mundo se tratan con bastante sencillez, pero allá se convierten en un tema de vida o muerte. Hassan llegó a la guardia solo, con sus 10 años, y mediante señas me hizo entender que estaba con dolor de panza. Lo revisé, lo vi flaco, pero no estaba desnutrido. Le di unas raciones de alimento complementario y le pedí que volviera el día siguiente. Seguía con el mismo dolor. Le hicimos todos los test que teníamos y daban todos normales. Hasta que en un momento pensé en que podía ser una enfermedad metabólica, tal vez diabetes. Pero no teníamos cómo hacerle el análisis del nivel de azúcar en sangre. Podíamos en cambio medir el azúcar en orina, y eso confirmó su diabetes. Una vez confirmado el diagnóstico había que conseguir insulina. No teníamos y no había ninguna farmacia en toda la región de Darfur. Tuvimos que llamar a Jartúm, la capital de la República de Sudán, y ahí conseguimos, pero después había que esperar tres días a que llegara el siguiente transporte. En esos tres días Hassan empeoró muchísimo, era una bomba de tiempo. Por suerte la insulina llegó a tiempo y lo pudimos tratar y empezó a mejorar. Pero todos sabíamos que la mejoría tenía mal pronóstico: cómo iba a hacer la familia en un lugar sin luz eléctrica, con un medicamento que necesitaba cadena de frío y no se conseguía en la región… Imposible de pensar. Pero la postura era que mientras nosotros estuviéramos ahí lo íbamos a tratar, y fue lo que hicimos.

—Las historias en el libro tienen dos telones de fondo: el conflicto armado entre el Ejército de Sudán y el Ejército de Liberación, y por otro lado los niños, que cada vez que ustedes salen a la calle, se acercan y cantan y bailan…
—Los chicos estaban siempre acompañándonos, siempre espontáneos y naturales. Muy conmovedor. Diariamente íbamos desde donde vivíamos hasta el hospital, escoltados, pero cada día los chicos que vivían cerca preparaban una coreografía paramostrarnos. A pesar del contexto del conflicto, ese momento era de mucha alegría.

Junto al equipo de médicos, enfermeros y asistentes de MSF

—Hasta que llega el 23 de enero, a las 4:15 de la mañana.
—Momento en el que recrudece la violencia entre los dos ejércitos y los cascos azules nos obligan a evacuar. Lo más duro no fue correr riesgo de vida, sino dejar ese lugar a merced del conflicto. En una zona de guerra la presencia de una organización de ayuda humanitaria ejerce también una influencia disuasiva. Si bien MSF no es una organización que protege –no usa armas, no tiene custodia armada propia– de algún modo allí donde está representa los ojos del mundo. Mantiene neutralidad para hacer el trabajo con todo el que lo necesita, y con abordajes ingeniosos sortea las barreras invisibles que imponen los conflictos armados.

—El último capítulo del libro se titula “Fortalecer el alma”, y allí contás lo que significó para vos trabajar como cirujano en zonas de conflicto. —Estar con MSF me obligó a recalcular mis prioridades, a resetear mi disco rígido. Después de exponerse a ciertas realidades, uno siente el compromiso moral de ser una mejor persona. Por decirlo de alguna manera… yo era un chico “inquieto”… pero hoy trato ser una persona de bien. El día que decidí dedicarme por completo a MSF, fui muy feliz. Era soltero, tenía posibilidades de asumir riesgos y también fui muy feliz esos diez años. Pero todo tiene su momento: hoy estoy muy feliz con Aury, mi mujer, y con nuestro hijo Matías, y con Celeste, que nació hace menos de un mes..

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