El trabajo de una promotora de salud en la Villa 31 contra el coronavirus | RED/ACCIÓN

Puerta a puerta y sin descanso: los arduos meses de una promotora de salud en la Villa 31 para contener el coronavirus

En el peor momento de la pandemia, Patricia Auza recorrió las zonas más inseguras del barrio en busca de contactos estrechos, y para transmitir ayuda e información. Muchas veces le respondieron con miedo o rechazo. Fue un tiempo duro que parece haber quedado atrás y que le dejó una lección: "Tenemos que ser más solidarios y menos prejuiciosos".

En mayo, la Villa 31 —donde viven más de 40.000 personas— era uno de los lugares más críticos en relación a los contagios de coronavirus en la Argentina. En el inicio del mes había unos 300 casos confirmados y el día 18, por ejemplo, ya eran 913: representaban la gran mayoría de los 1.323 que se contaban en todos los barrios marginales de la ciudad de Buenos Aires y más del 10% de los 8.371 que había ese día en todo el país.

Los contagios crecían por la alta densidad poblacional en la que se encontraban los habitantes y también por las condiciones materiales: un comité de crisis con representantes de organizaciones locales denunció en esos días falta de comida, techo, acceso a la salud y servicios básicos como el agua.

En la Villa 31, antes que en otros lugares, comenzó en mayo el operativo Detectar para ir puerta por puerta tras los posibles contagiados. Los promotores de salud recibían un informe de domicilios de gente que había estado en contacto estrecho con personas con COVID-19 y salían a examinarla junto con un médico.

Llevaban barbijo, máscara facial y un camisolín celeste: el EPP, Equipo de Protección Personal. “La gente nos miraba raro y se sorprendía”, dice Patricia Auza, que tiene 31 años y que es parte de los 16 promotores de salud que hay en la Villa 31, justamente el barrio en el que ella vive. “Muchas veces, hasta hoy, nos ven con intriga, miedo y rechazo. Pero nosotros no nos preocupamos porque vamos a transmitir ayuda e información”.

En realidad, la pandemia cambió el trabajo que tenía Auza como promotora de salud y que había aprendido con un curso en 2015 en un centro de atención primaria del sector San Martín de la Villa 31, al que había llegado impulsada por el sueño de cuidar y asistir niños (antes había trabajado de niñera) y también adultos. Formada como una especie de mensajera sanitaria, antes de la pandemia era parte de un equipo territorial junto a un médico, un asistente social y un enfermero. Hacía base en uno de los tres centros de atención primaria que hay en el barrio (la gente los conoce como “salitas”) y recorría las calles y los pasillos hablando con los vecinos sobre asuntos de prevención, alimentación, vacunas o salud sexual. Las principales necesidades de los habitantes del barrio pasaban por la falta de turnos de atención o la falta de acceso a la información.

Una foto tomada por Auza desde el centro de salud: se ve el sector YPF de la Villa 31.

“Teníamos de todo”, dice, de esa época. “Gente con diabetes, embarazos no deseados, enfermedades crónicas, obesidad en grandes y en chicos, gente herida, tests de HIV, vacunas y un montón de violencia de género”. Pero muchas de esas consultas ahora fueron reemplazadas por las de los síntomas del coronavirus.

Al principio, cuando la pandemia llegó a la Villa 31, el protocolo de identificación de casos establecía que había que tener dos síntomas o más para que alguien fuera considerado como un posible portador del virus. “Había gente que tenía un solo síntoma y quizás eso nos limitó, y llevó a que hubiera más contagios”, dice Auza. En esos primeros días no se veía demasiada gente caminando en las calles del barrio aunque, al mismo tiempo, en algunos puestos de venta callejera de verdura y carne había muchas personas y pocos barbijos.

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“Nos decían: ‘No existe tal virus’ o ‘Yo ya lo tuve’ o ‘Todos lo tenemos’”, dice Auza. “Esa gente no estaba viendo la realidad ni siendo consciente de lo que pasaba alrededor: casos, contagios, fallecidos”. El barrio se movía como un péndulo entre esos dos extremos: las calles vaciadas por el miedo y algunos comerciantes arriesgados. “También había gente que se curaba tomando sus yuyos”, dice Auza. “Según ellos, funcionaban”. Pero los promotores de salud recomendaban a las personas con síntomas ir al Polo Educativo María Elena Walsh, del Ministerio de Educación de la Ciudad, donde ahora también hay atención médica.

Un comedor en el sector Cristo Obrero, donde se comenzaron a hacer los tests serológicos.

Para Auza, la preocupación más grande era no llevar el virus a su casa, situada en el sector Ferroviario de la villa (también conocido como Barrio Chino por una época en la que era un escenario frecuente de delitos). Auza vive con seis familiares: su madre (una mujer de 56 años que emigró desde Cochabamba, Bolivia, y que trabaja como empleada doméstica), tres hermanos, una cuñada que también es promotora de salud y un sobrino de 4 años. “Cuando llegaba a casa”, dice, “me sacaba todo lo que tenía y le echaba desinfectante en aerosol. Me lavaba las manos y me bañaba”.

El 17 de mayo murió Ramona Medina, una referente que había denunciado la falta de agua en el sector Bajo Autopista. En un video se la ve diciendo: “Nos piden que nos higienicemos, que nos lavemos las manos, que tengamos mayor cuidado, que nos pongamos tapabocas, que no salgamos a la calle. ¿Y con qué lo hacemos si no tenemos agua?”. La situación generó roces por la responsabilidad del corte entre el gobierno porteño y las autoridades de AySA.

El plan Detectar tuvo su bautismo en la Villa 31.

Ese pico de la pandemia en la Villa 31 demandaba un esfuerzo sin descanso de parte de los equipos de salud, que durante unos tres meses trabajaron de lunes a lunes. Con el plan Detectar, Auza recorrió todos los sectores.

“Entré a pasillitos que eran como laberintos”, dice. “Me acuerdo de familias hacinadas en el sector del Playón [el corazón del barrio] y también de una señora mayor, una abuelita de pelo blanco, jorobadita, que caminaba con un bastón y se vestía con un ponchito, a quien yo había visto muchas veces pidiendo comida y monedas en un supermercado cerca del barrio. Encontramos a esa señora cuando hacíamos la recorrida. Estaba en su casa, vivía con dos hijos que parecían responsables y salían a un comedor a buscar comida. Me llamó mucho la atención que esa señora pidiera comida cuando podía quedarse a comer en su casa con sus hijos”.

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Auza también anduvo por el paredón del sector San Martín, muy cerca de las vías del tren, un rincón del barrio adonde nadie llegaba de casualidad y por donde caminaban los adictos y los que no tenían hogar. Eran jóvenes de cuerpos costilludos y fantasmagóricos que, sin embargo, conocían muy bien todas las medidas de higiene frente a la pandemia.

Auza (a la derecha) y otros promotores de salud en la Villa 15.

Ahora el plan Detectar se realiza de lunes a viernes, ya no de lunes a lunes: lo peor en la Villa 31 parece haber pasado. “Fue por tres cosas”, dice Silvana Figar, una médica epidemióloga que trabajó con Auza. “La primera fue el comportamiento social: las personas cumplieron las medidas de aislamiento. La segunda fue el plan Detectar, que se hizo con mucha coordinación. Y la tercera es que, siempre, a medida que avanza un brote epidemiológico el porcentaje de personas susceptibles va bajando. Porque cuando la gente se cura, el virus encuentra barreras: personas que ya tuvieron la enfermedad y no se vuelven a contagiar”.

Según los datos oficiales, los peores días de contagios en los barrios populares fueron, hasta ahora, el 28 y el 29 de junio. Desde entonces los casos caen cada día, con una suave pendiente. En la Villa 31, los picos se vivieron entre el 10 y el 24 de mayo. Este es un gráfico de casos diarios de SARS-CoV-2 en la Villa 31 entre el 19 de marzo y el 19 de octubre:

En septiembre, cuando el drama estaba cediendo en Retiro, Auza se dio cuenta con un test de sangre de que había tenido coronavirus. Estaba haciendo su trabajo en otro barrio —Palermo— y en un tiempo libre se sometió a la prueba. “Yo no tenía ningún síntoma, pero en ese mismo momento me mandaron a hisopar [para saber si todavía tenía el virus]”, dice. Le preguntaron si prefería aislarse en su casa o en un hotel, y eligió el hotel para no poner en riesgo a su familia. La enviaron al Rochester, en el centro de la ciudad.

“Mi mamá estaba recontrapreocupada, pero yo estaba tranquila”, dice. Allí pasó una noche y al día siguiente le dieron un resultado negativo: alguna vez había sido asintomática, imposible saber cuándo. “Ya me había hecho otros tests y estaba esperando que un día me diera positivo”, dice. Regresó caminando a su casa y, cuando llegó, se cambió de ropa y desayunó unos mates. Luego salió. El trabajo debía continuar.

Auza comenzó a trabajar como promotora de salud en 2015.

Hoy Auza y el equipo de promoción de salud de la Villa 31 ya no hacen lo que se llamaba “búsqueda activa” de contactos estrechos. Ya no van puerta por puerta. En cambio, hacen un seguimiento de casos particulares. El jefe del centro de salud recibe una lista de nombres de personas y domicilios (o simplemente un número de manzana) y se la pasa al equipo. Auza sale con una colega, llega y se presenta: “¿Se acuerda de que vinimos anteriormente?”, le pregunta a la persona a la que fue a ver. Cómo se siente, si necesita medicación o algún tipo de asistencia: más preguntas. Y, si todo está bien, se retira. Los habitantes de Retiro ya se acostumbraron a ver a las promotoras de salud cubiertas con un camisolín. En otros barrios y villas, el plan Detectar continúa con búsquedas activas.

El virus ya está dejando una lección: “Tenemos que ser más solidarios y menos prejuiciosos”, dice Auza. “En los barrios más humildes, la gente es muy solidaria y entre vecinos siempre nos estamos ayudando. Pero con el coronavirus, al principio la solidaridad se desvaneció y solo tomamos conciencia de lo peligroso que era estar expuesto cuando la persona que teníamos al lado se infectaba, y más aún cuando empeoraba”. Algún día, la pandemia se acabará en la Villa 31.

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