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Cuando hablamos sobre nuestro impacto en el ambiente, muchas veces pensamos en qué tipo de transporte usamos, cuánta energía consumimos o qué tanto reciclamos.

Pero hay otro factor que tiene un gran impacto: lo que comemos.

Alrededor del 24% de todas las emisiones de gases de efecto invernadero a nivel mundial, se pueden atribuir a lo que ponemos en nuestros platos, según datos del Informe de Evaluación del Panel Intergubernamental de Naciones Unidas sobre Cambio Climático de 2014.

Esto es más que todas las emisiones generadas por el transporte a nivel mundial, las que contribuyen un 14% de todos los gases. Es decir, las emisiones de los autos, camiones, micros, trenes, barcos, y aviones combinadas.

Obviamente, el tamaño del impacto ambiental depende del alimento.

Por ejemplo, cada 50 gramos de proteína de bife que ponemos en nuestro plato genera 17,7 kilos de dióxido de carbono. Si cambiamos esa misma cantidad de bife por pollo, la contaminación es 8 veces menor. Y si elegimos legumbres, las emisiones generadas son 44 veces menores, según datos de la Universidad de Oxford.

Y esto no es un tema menor, ya que la Argentina, por ejemplo, es el tercer país con más consumo de carne per cápita en el mundo, de acuerdo a datos la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).

Pero, ¿por qué genera más emisiones la carne?

Bueno, básicamente, porque los animales como las vacas y las ovejas emiten muchos gases. En particular, emiten metano, que es un gas de efecto invernadero hasta 36 veces más potente que el dióxido de carbono, según datos de la Agencia de Protección Ambiental de EEUU.

Pero más allá de los gases de efecto invernadero, también hay que tener en cuenta por ejemplo el transporte de los alimentos, la tierra que se necesita para su producción, los fertilizantes y la cantidad de agua que se usa en toda su elaboración.

Por ejemplo, para producir 1 kilo de carne de vaca, se necesitan 15.415 litros de agua. En las stories que hicimos en Instagram, al 70% de ustedes les sorprendió este dato. 

La explicación es que esto incluye toda el agua que consume la vaca, además de lo que se usa para producir sus alimentos, y el agua de lluvia almacenada en el suelo, que se usa en su gran mayoría para alimentar a los animales (Fuente: Water Footprint Network).

Entonces, para contribuir a la lucha contra el cambio climático, ¿tengo que dejar de comer carne completamente?

No necesariamente, pero cada pequeño paso cuenta.

Reemplazar la carne de vaca y cordero por otras carnes baja en promedio un 20% las emisiones de carbono de lo que comemos. Con una dieta vegetariana, las emisiones bajan un 30%. Y con una vegana, un 45%, según un Estudio revisado por pares en la revista científica PLoS One.

Elegir no comer carne ciertos días a la semana e incentivar a tu familia y amigos a que se sumen, comprar alimentos locales y de estación, y charlar sobre estos temas y compartir datos son algunas maneras de empezar a reducir el impacto ambiental de lo que comemos.

Otra opción cada vez más común son también los productos alternativos a alimentos animales, como carnes, atunes, mayonesas o leches que tratan de replicar el sabor y textura originales, pero que están hechos 100% a base de plantas.

Y el impacto ambiental de estos productos es claro. Por ejemplo, algunas hamburguesas hechas a base de planta emiten 88% menos de CO2 que las hamburguesas de carne,  las mayonesas a base de plantas usan 70% menos de agua y 45% menos de energía.

Así que tal vez no todos podamos movernos en transportes eléctricos o usar energía solar. Pero todos tenemos que comer, y cada gramo de lo que decidamos poner o no en nuestro plato, puede hacer diferencia.

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Agua, luz y gas son algunos de los servicios que siempre fueron considerados esenciales. Pero hoy hay un servicio que refleja más que nunca la desigualdad: el del acceso a internet.

Aunque muchos de nosotros demos por sentado el hecho de poder estar conectados las 24 horas del día, lo cierto es que para muchas familias, acceder a internet no está garantizado. Esto es lo que se llama la brecha digital: la distribución desigual en el acceso, uso e impacto de las diferentes tecnologías de información y comunicación.

Según la Ley Argentina Digital, promulgada en 2014, el acceso a las comunicaciones y a las telecomunicaciones es un derecho humano. Y además, es un factor clave para acceder a otros derechos. 

En los últimos meses, la pandemia y el aislamiento preventivo implicaron el cierre de escuelas e instituciones educativas. Esto también obligó a los profesores a reinventarse con nuevas maneras de dar clase.

Sin emabargo, a lo largo del país, la falta de conectividad y computadoras hace imposible para miles de estudiantes tener clase de forma virtual y ni siquiera pueden tener acceso a tareas ni a sus docentes.

Alrededor del país, se calcula que 19,5% de los estudiantes en el nivel primario no tienen internet. Y en el nivel secundario, el 15,9%, según un informe del Observatorio Argentinos por la Educación.

La desigualdad, obviamente, también varía por región. En el norte del país es donde la conectividad es aún peor. En provincias como Santiago del Estero hasta un 40% de los hogares de estudiantes primarios no tienen conexión a Internet. CABA tiene el índice más bajo del país con 7,2%.

Este no es un problema nuevo, y hace mucho tiempo que los referentes barriales luchan por su derecho a una democratización en cuanto a internet y tecnología, ya que incluso acceder a través de empresas privadas se les hace difícil.

La falta de tecnología también se ve reflejada en los resultados académicos. En las pruebas PISA la mayoría de los mejores rendimientos en lectura, matemáticas y ciencias fueron en estudiantes que sí tenían acceso a Internet, según datos del Ministerio de Educación.

Y si comparamos con otros países de la región, Chile y Uruguay son los países que mejores resultados tuvieron en las pruebas y también son los que mayores niveles de conectividad tienen, de acuerdo a estadísticas de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).

Hace algunas semanas, el juez Andrés Gallardo falló a favor de una demanda presentada por la Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia (ACIJ). El dictamen obliga al Gobierno porteño a prestar servicios de internet a estudiantes de los barrios populares.

La idea es que esta medida se pueda llevar al resto del país. Mientras tanto, ya hay un protocolo para la vuelta a las clases presenciales. Pero mientras que el acceso a estar conectado no se facilite, la brecha digital, educativa y socioeconómica va a seguir creciendo.

¿Qué medida pueden tomarse para que la conectividad pueda ser más igualitaria?

Según Marcelo Giulliti, abogado de ACIJ, son varias: "En primer lugar, instalar los dispositivos necesarios para poder acceder a la conectividad a internet, como por ejemplo la intalación de antenas como las que se usan en los espacios públicos de CABA o los dispositivos de acceso 4G que permiten el acceso a internet desde dispositivos móviles"

"En segundo lugar requiere que el Gobierno porteño entregue computadoras, tablets, notebook, de manera que puedan acceder a las clases virtuales online y al contenido que brindan los docentes de manera remota", completa Giulliti.

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Durante el primer mes de la pandemia, Chicas Poderosas entrevistó a diez profesionales de la salud de ámbitos públicos y privados para conocer sus sentires y recomendaciones.

En este coproducción junto a Revista Colibrí, enfermeras, médicas y otros profesionales comparten sus emociones y desafíos en Argentina, Chile, Colombia y México. La pandemia no sólo les supone un reto profesional, sino también personal.

*Este video fue realizado por Florencia RomeroDaian Alexa Muñoz De la Hoz,  Claudia Gutiérrez MontañoLia Valero y Nicole Martin.

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La realidad virtual ya está cambiando nuestra vida y podría hacerlo muchísimo más en los próximos años. Y las cabezas de Silicon Valley, como Tim Cook, de Apple, hablan de la realidad aumentada como la próxima gran revolución en el mundo de la tecnología.

Pero, ¿qué es la realidad aumentada? Es la tecnología que le permite a los usuarios ver, a través de la pantalla de sus celulares u otro dispositivo, información virtual agregada al mundo real.

Axel Marazzi, editor de nuestra newsletter FUTURO, habló con Tomás García, un artista visual, youtuber y creativo publicitario que trabaja como consultor y creador de contenido para marcas multinacionales.

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Incertidumbre y COVID-19 van de la mano. Pero hay una cosa que parece estar clara: la vacuna es la clave para que todo esto termine de una vez. 

Pero aunque la vacuna sea la solución, desarrollar una que sea efectiva, testearla, fabricarla y distribuirla para que todos accedamos a ella, no es para nada fácil.

¿Cómo se hace una vacuna?

Hoy hay en desarrollo por lo menos 149 vacunas contra el COVID-19 alrededor del mundo por universidades, laboratorios privados y otras instituciones. En la Argentina, hay dos proyectos en desarrollo.

En promedio, producir una vacuna puede tardar entre 10 a 15 años. Pero debido a los esfuerzos globales, una vacuna contra el COVID-19 podría estar lista en un tiempo récord de entre 12 y 18 meses. 

Lo que demanda más tiempo es el testeo, que está dividido en 4 etapas:

1. El testeo preclínico, donde científicos aplican la vacuna a animales para ver si produce una respuesta inmunológica.

2. Después de eso se pasa a la fase 1 de los testeos clínicos, donde un grupo pequeño de 20 a 100 personas, recibe la vacuna de prueba y se chequea la efectividad y potenciales efectos secundarios.

3. En la fase 2, se amplía el grupo de prueba a hasta 300 personas divididas en subgrupos, como niños y adultos mayores, para ver si la vacuna actúa de manera diferente entre grupos.

4. Y por último, se pasa a la fase 3, donde se le da la vacuna a miles de personas, y se espera a ver cuántas de estas personas se infectan, en comparación con un grupo que solo recibe un placebo.

Recién después de todo esto, los entes reguladores de cada país que están a cargo de aprobar o no nuevos medicamentos revisan los resultados de los testeos, y deciden si aprobar la vacuna o no. Un proceso que en sí suele tardar un año o más. 

La buena noticia es que científicos alrededor del mundo están avanzando a una velocidad histórica para tener una vacuna contra el COVID-19 lo antes posible. Ya hay 17 vacunas siendo testeadas en humanos, y por lo menos dos de estas van a entrar en la fase 3 de testeos este mes de julio, una en Estados Unidos y otra en Inglaterra.

¿Cuáles son los caminos posibles para que una vacuna llegue a la Argentina?

"La primera alternativa es que la desarrolle un grupo de investigación o un laboratorio nacional", dice Juan Ugalde, investigador del CONICET en la UNSAM. "Después que la desarrolle un laboratorio del exterior, y que la Argentina pueda adquirir esa licencia para la producción en una industria local. O finalmente que una empresa extranjera la desarrolle y la Argentina vaya y compre la producción".

Pero esto no termina acá. Que una vacuna esté aprobada, no significa que de un día para el otro todos tengamos acceso a ella. El próximo desafío es el de la producción y la distribución.

"Obviamente hay una capacidad limitada de producción. Eso va a ocurrir con cualquier vacuna", dice Ugalde. "Quizás la esperanza es que haya más de una vacuna y por lo tanto más de una empresa la pueda producir. También está la posibilidad de que empresas licencien y que eso permita aumentar la capacidad productiva".

Frente a una cantidad limitada de vacunas, también se presenta la pregunta de quién recibe la vacuna primero.

"La priorización va a depender de cada país", dice Ugalde. "Hay países que van a priorizar seguramente quien la pueda pagar. Puede haber también una cuestión de salud pública. Probablemente los Estados priorizarán a las poblaciones vulnerables".

Una de las maneras de aliviar el cuello de botella en la producción de vacunas es lo que se llama la producción “a riesgo”. Es decir, empezar a producir una vacuna a escala masiva antes de que esté aprobada. Si la vacuna no pasa los testeos clínicos, entonces esa producción se tendría que tirar. Pero si sí pasa, entonces ni bien se apruebe ya habría millones de dosis disponibles.

Es algo que está haciendo, por ejemplo, el gobierno de Estados Unidos, al invertir miles de millones de dólares en 5 vacunas candidatas. Mientras tanto, Bill Gates está construyendo fábricas para 7 de las vacunas más prometedoras contra el COVID-19, con el objetivo de ya tener la capacidad de producción instalada ni bien una de estas se apruebe.

Entonces, ¿vamos a poder volver a la “normalidad” una vez se apruebe una vacuna? Probablemente, la gran mayoría de nosotros no. Por lo menos en lo inmediato. 

Algunos expertos predicen que el virus no va a dejar de circular hasta que el 60 al 70% de la población sea inmune. Y hacer llegar la vacuna a esta cantidad de gente va a ser un proceso largo. 

Así que sí, el día que se apruebe una vacuna será un gran día. Pero probablemente sigamos usando barbijo y manteniendo distancia social, por lo menos por un rato más.


Vacuna argentina: los proyectos que lideran dos universidades públicas

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¿Qué se sabe hasta ahora del nuevo coronavirus? ¿Estamos realmente atravesando el pico de contagios en la Argentina? ¿Qué avances hay en los estudios para desarrollar una vacuna? ¿Podemos esperar rebrotes una vez que termine la cuarentena?

Esas y muchas otras preguntas le hicimos a Omar Sued, director de Investigaciones de Fundación Huésped y presidente de la Sociedad Argentina de Infectología. Además, nuestra comunidad de seguidores de Instagram también pudo hacerle varias preguntas.

Este contenido fue publicado originalmente en nuestro Instagram.

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Cada 28 de junio se conmemora alrededor del mundo el Día Internacional del Orgullo. Es un día marcado por fiestas, desfiles y festejos para celebrar la diversidad del colectivo LGBTQ.

Pero aunque el colectivo tenga cada vez más visibilidad y un mayor reconocimiento de sus derechos, todavía sufre de discriminación y desigualdad en diversos ámbitos.

Empecemos por lo básico. Muchas veces, usamos las siglas LGBTQ para referirnos al colectivo en general. Pero detrás de cada inicial, hay personas e historias muy diversas.

"L es por lesbianas. Somos mujeres que nos sentimos sexualmente atraídas, y/o nos enamoramos de otras mujeres", explican Micaela Pierani Méndez y Cecilia Carranza Saroli.

"G es por gays. Somos hombres que nos atraen sexual y emocionalmente otros hombres", dice Nicolás Giménez.

"B de bisexual. Somos quienes nos sentimos atraídos tanto física como emocionalmente a las demás personas, sin importar su sexo", afirma Juan Pablo Zárate.

"T de trans. Por las personas que no se sienten identificades con su género o sexo asignado al nacer", cuenta Lautaro Lucas Cruz.

"Q por queer. Somos personas que no buscamos etiquetarnos por una identidad de género u orientación sexual. Representamos las sexualidades que traspasan las fronteras de lo socialmente aceptado", explica Juan Manuel Pérez.

Obviamente, estas siglas son solo algunas de las que representan el amplio espectro de identidades y orientaciones sexual que existen. Hoy en día, por ejemplo, se usa el símbolo + al final de las siglas para representar a todas aquellas personas que no se identifican con las definiciones anteriores.

¿Y por qué se celebra el Día del Orgullo el 28 de junio?

Porque una madrugada del 28 de junio de 1969, la policía de Nueva York arrestó violentamente a personas que estaban en el bar Stonewall Inn, un punto de encuentro para la comunidad LGBTQ, que era en ese entonces muy perseguida y discriminada.

Esto inició una serie de manifestaciones y los disturbios de Stonewall pasaron a ser reconocidos como el catalizador del movimiento por los derechos de la comunidad LGBTQ en todo el mundo.

Más de 50 años después, hubo grandes avances. El matrimonio igualitario es legal en 29 países y existen leyes en varios países que prohíben la discriminación laboral basada en la orientación sexual (Fuente: Business Insider).

Sin embargo, 70 países todavía consideran la homosexualidad como un crimen y 9 países castigan relaciones del mismo sexo con la pena de muerte (Fuente: Amnistía Internacional).

Argentina, por ejemplo, fue el primer país en legalizar el matrimonio igualitario en América Latina, y cuenta con una Ley de Identidad de Género considerada una de las más progresivas del mundo.

Sin embargo, en 2019 se registró un récord de crímenes de odio hacia el colectivo LGTBQ, y ninguno de los tres proyectos de ley presentados ante el Congreso para promover la inclusión laboral de las personas trans ha sido aprobado. (Fuente: Agencia Presentes)

Es por eso que, en el marco del Día Internacional del Orgullo, es importante festejar la diversidad, pero al mismo tiempo seguir demandando por los derechos de la comunidad LGBTQ. 

"Creemos que es muy importante seguir festejando el día del orgullo para continuar normalizando al colectivo, también para seguir ayudando para que toda la sociedad se contagie de lo importante que es la libertad de elección y para ayudar a las personas que todavía no han podido expresarse y no están pudiendo vivir con plenitud su elección sexual", explica Cecilia Carranza Saroli.

Y seas o no parte del colectivo, también hay maneras en las que podés ayudar, de acuerdo un programa de Naciones Unidas Derechos Humanos:

1. No toleres ningún tipo de estigmatización o prejuicio contra las personas del colectivo LGBTQ

2. Escuchá sus historias e informáte de las dificultades que enfrentan

3. Señalá y denunciá todo tipo de abuso y discriminación, tanto en casa como en el trabajo, la escuela, en público o en internet

"Somos alegría, somos personas que cambiamos, que no nos tenemos que mover en un mundo con vergüenza. Por toda la gente que peleó para que se pueda conmemorar este día. No hay nada más lindo que contarle al mundo si, soy esto, soy felizmente trans, felizmente lesbiana, felizmente gay, felizmente queer, y hay un montón de motivos por los cuales celebrar este día", cuenta Lautaro Lucas Cruz.

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Imaginate que estás comprando un yogur o unas galletitas. ¿Cómo elegís cuál comprar? Más allá del precio, probablemente te guíes por lo que ves en el frente del paquete, el color, si la imagen te tienta, si es light o no, etcétera.

¿Lo que hay del lado de atrás del paquete? No nos importa tanto. 

Pero, casi siempre, atrás del paquete es donde está la información más importante: los ingredientes y el valor nutricional de lo que estamos comprando.

Y esto es clave, porque estar al tanto o no de esta información, tiene un impacto en nuestra salud.

Hoy en la Argentina, 4 de cada 10 niños y niñas en edad escolar tienen sobrepeso u obesidad. Y entre los adultos, el número aumenta a 6 de cada 10.

Es una de las tasas más altas de América Latina, y un problema fuertemente vinculado con el nivel socioeconómico. Los chicos de familias más vulnerables tienen un 31% más de riesgo de padecer obesidad.

¿Cuál es una posible solución?

"Nosotros vamos al supermercado y guiamos nuestras compras por el frente del paquete, lo que nos dice un paquete que tiene ahí adentro en forma de alimento. Y es información publicitaria", dice Soledad Barruti, periodista y autora de los libros Malcomidos y Mala Leche. "Si en lugar de ir a información publicitaria, nosotros fuéramos a información verídica, precisa, muy clara y muy concreta, del tipo “alto en azúcar”, lo pensaríamos dos veces".

Esto es lo que se llama etiquetado frontal. Es decir, que los alimentos tengan una etiqueta en el frente del paquete si lo que estás comprando tiene altos niveles de nutrientes críticos, como sodio, azúcares o grasas.

Según la Organización Mundial de la Salud, es una de las medidas más efectivas para prevenir la malnutrición, y países como Perú, Chile, Uruguay, Inglaterra, España y Australia ya implementaron el sistema. Y la evidencia es clara. 

Desde que Chile implementó el etiquetado frontal en 2016, bajó un 25% la compra de bebidas azucaradas y un 17% la compra de postres envasados. Al mismo tiempo, aumentó la capacidad de identificar alimentos saludables y la valoración de la información dada en las etiquetas frontales.

¿Pero qué pasa en la Argentina?

En los últimos años, legisladores de distintos partidos políticos presentaron numerosos proyectos de ley de etiquetado frontal, pero ninguno fue aprobado. El último fue presentado en junio de este año por la diputada nacional Florencia Lampreabe.

"Lo que tiene que hacer un Estado es garantizar una alimentación nutritiva y de calidad para todos y todas", dice Lampreabe. "Lo importante es instalar el tema suficientemente en la sociedad para que se entienda que se trata de una cuestión de salud pública y del derecho de los consumidores a saber qué consumen, y poder optar por alimentos de mejor calidad".

Pero más allá del etiquetado frontal, hay otras medidas necesarias para combatir las altas tasas de sobrepeso y obesidad.

Según Barruti, "hace falta limitar las publicidades y hacer un diagrama de precios diferenciados, entre los comestibles que duran años en las góndolas que no perecen, y los alimentos de verdad que sí lo hacen y que son producidos por productores que viven en condiciones bastante marginales. Hay que generar acceso a la comida de verdad".

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Después de meses de confinamiento, muchas ciudades alrededor del mundo están, de a poco, retomando sus actividades.

Son imágenes que nos traen esperanza, pero que también nos llevan a preguntarnos cómo evitamos exponernos al COVID-19 al volver a interactuar con el “mundo exterior”.

Principalmente son tres los factores que tenemos que tener en cuenta: la distancia, la duración y la ventilación. 

La distancia física mínima que hay que mantener con otras personas para evitar contagiarnos es un tema muy debatido. La Organización Mundial de la Salud y el Ministerio de Salud recomiendan un mínimo de 1 metro. Pero otros gobiernos y organizaciones recomiendan 2 metros. Lo que sí está claro, es que cuanto mayor sea la distancia, menor la probabilidad de contagiarnos.

Mientras que la probabilidad de contagiarnos aumenta cuanto más tiempo estemos expuestos al virus. Es decir, no es lo mismo cruzarte con una persona contagiada en la calle, que vivir con ella o trabajar en el mismo lugar.

Según un estudio de más de 2.000 casos de COVID-19, el mayor porcentaje de personas se había contagiado a través de alguien con quien compartía el hogar, seguido por contagios en el transporte público, los restaurantes y los espacios compartidos de trabajo o estudio. Todos lugares donde la gente interactúa por un tiempo prolongado.

Y el tercer factor clave es la ventilación.

En un espacio cerrado, la falta de circulación de aire fresco puede aumentar el riesgo de exposición al virus. Pero, al mismo tiempo, hay evidencia inicial que sugiere que el aire acondicionado puede propagar el virus al recircular aire infectado en un espacio cerrado.

Por eso, cada vez más expertos concuerdan que el riesgo de contagio es generalmente más alto cuando estamos en espacios encerrados que cuando estamos al aire libre.

Un estudio encontró que de las personas con COVID-19 que solamente interactuaron con gente al aire libre, el 12,5% le transmitió el virus a otros. Mientras tanto, de las personas con COVID-19 que interactuaron con gente en espacios cerrados, el 73% contagió a otros.

La explicación es simple. Al aire libre, el virus tiene más chances de dispersarse, especialmente si hay alguna brisa. Además, la luz del sol, el viento, la humedad, la lluvia y la temperatura son todos factores que afectan la transmisibilidad del virus. (Fuente: Angela Rasmussen, Columbia University)

Esto no quiere decir que no tengamos que mantener la distancia con otras personas al aire libre.

"Compartir espacios cerrados es un riesgo, y en el caso de los espacios abiertos, deben mantenerse las medidas de distanciamiento social", dice el doctor Daniel Stecher, jefe de la División Infectología del Hospital de Clínicas. "Esto es, más de 2 metros de distancia y eventualmente el uso del tapabocas".

¿Y qué pasa cuando hacemos actividad física al aire libre? La evidencia es mixta, pero cada vez más expertos concuerdan que el potencial de contagio es bajo, especialmente si se mantiene una distancia de por lo menos 2 metros y se evitan los espacios con mucha gente.

Entonces, acá van algunas recomendaciones para cuando empecemos a salir de nuestras casas:

1. No te quedes en espacios cerrados, especialmente espacios chicos, por más tiempo de lo necesario

2. Si querés salir a comer o tomar algo, tratá de sentarte afuera o cerca de una ventana abierta

3. Y si salís a hacer ejercicio, hacélo en lugares u horarios donde no haya mucha gente y mantené la distancia con otros, especialmente si estornudas o toses.


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Lunes, 25 de mayo. George Floyd, un hombre afroamericano, es asesinado por policías en Minneapolis, Estados Unidos.

Domingo, 31 de mayo. Agentes de la policía de Chaco, en la Argentina, atacan violentamente a una familia qom, golpeando y torturando a hombres, mujeres y niños.

Dos hechos a miles de kilómetros de distancia. Pero con un mismo trasfondo: el racismo.

Año tras año, vemos cómo se repiten este tipo de crímenes. En algunos casos, videos que se viralizan generan indignación en redes sociales y protestas en las calles.

Y aunque pareciera haber más conciencia y difusión de esta realidad, por lo menos en redes sociales), estos crímenes se repiten una y otra vez. ¿Cuál es la explicación?

"La brutalidad policial en el mundo tiene un factor común y es el racismo estructural: esa ideología que indica que unos son superiores y otros son inferiores, que los blancos valen más que los negros", asegura Federico Pita, politólogo y activista afroargentino, y agrega: "En un mundo racista no basta con no ser racista. Es necesario ser antiracista. El tabú, el secreto, la tolerancia frente a estos actos nos hace cómplices".

Los asesinatos como el de Floyd y los ataques violentos como al de la familia qom son solo la punta del iceberg. El racismo también se refleja en acciones más “cotidianas” que se son naturalizadas por la sociedad.

¿Algunos ejemplos? El uso de frases como “trabajo de negro”, decir que los pueblos indígenas “no tienen cultura” o que los inmigrantes “vienen a sacarnos el trabajo” o hacer chistes racistas.

Entonces, ¿qué cambios tendrían que ocurrir para finalmente erradicar los actos de racismo, tanto explícitos como implícitos?

"Lo primero que tenemos que hacer para construir un Estado que no sea estructuralmente racista es aceptar que tenemos un Estado racista. Entonces, a partir de ahí construir un Estado con justicia social", considera Victoria Donda, presidenta del Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (INADI).

Para la activista indígena Haluami lo primero que hay que hacer para desarmar el racismo es informarse: "Para luchar contra el racismo hay que saber que existe e informarse de quienes lo viven en primera persona". Además, propone: "Movilícense por leyes antiracistas y no avalen ningún tipo de racismo, por más mínimo que le parezca".


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