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Coronavirus

Actualizado el jueves 22 de julio, 18:37 hs. Buenos Aires (+3 GMT).

💉Total de vacunados en el mundo → 3.764 millones. En Argentina → 28,97 millones.

Mirá la Guía para vivir en tiempos de coronavirus 😷
Mirá Las respuestas a tus preguntas sobre las vacunas 💉
Seguí el proceso global de vacunación 🌎

🇦🇷 Argentina. Cifras actualizadas

➡️ Total de casos confirmados → 4,812,351
➡️ Total de fallecidos → 103,074
➡️ Nuevos casos en las últimas 24 hs. → 13,500
➡️ Pacientes recuperados → 4,447,953
➡️ Pacientes activos → 261,324

Fuente: Ministerio de Salud. Último informe oficial.

🌎 En el mundo. Cifras actualizadas

▪️Total de casos confirmados → 193,241,586
▪️Total de fallecidos → 4,148,194
▪️Nuevos casos en las últimas 24 hs. → 556,598
▪️Pacientes recuperados → 175,590,160

Fuente: Organización Mundial de la salud, vía Johns Hopkins University Última información oficial.

✅ Últimas medidas oficiales

▪️ El gobierno porteño habilita la inscripción para que se vacunen los mayores de 18 años. (Infobae)

▪️ Provincia de Buenos Aires abre inscripción para vacunar a niños de 13 a 17 años. (Ámbito Financiero)

▪️ Cómo funcionará el pase sanitario con el que se flexibilizarán las restricciones en la provincia de Buenos Aires. (Infobae)

▪️ Qué vacunas se podrían usar para menores de edad en la Argentina. (La Nación)

▪️ Provincia: habrá vacuna libre para los mayores de 35 años y postas de vacunación en estaciones de trenes. (Clarín)

▪️ Argentina superará esta semana las 40 millones de vacunas recibidas. (NotiFe)

▪️ La Ciudad de Buenos Aires adelantará la segunda dosis: vacuna por vacuna, cómo es el nuevo cronograma. (TN)

▪️ El Gobierno prorrogará la prohibición de despidos y la doble indemnización hasta el 31 de diciembre. (ElDiarioAr)

▪️ La ministra de Salud aclaró que “la primera dosis genera casi el 80% de inmunidad y la segunda la completa” pero aseguró que la falta del componente 2 de la Sputnik V no es un problema. (Infobae)

▪️ Todas las provincias están ya inmunizando a menores de 60 sin comorbilidades. (BAE)

▪️ El Gobierno comenzará a evaluar la nueva fase con la mirada puesta en las restricciones intermitentes. (BAE)

▪️ Argentina suma un nuevo proveedor de vacunas contra el coronavirus. (Télam)

▪️ Confinamiento a medias: con el aval de municipios, algunas industrias no esenciales siguen abiertas a pesar de la nueva fase 1. (Infobae)

▪️ El Gobierno avanza en diversas negociaciones para la producción local de vacunas. (Télam)

▪️ China ratificó que hay acuerdo para producir la vacuna Sinopharm en Argentina. (Télam)

▪️ El Gobierno lanzará créditos y programas para PyMEs amenazadas por la segunda ola de coronavirus. (Noticias Argentinas)

▪️ La emergencia sanitaria se extiende hasta el 31 de diciembre y se restringen viajes. (Página 12)

▪️ La ANMAT aprobó el test argentino para la detección rápida de coronavirus. (Télam)

✅ Últimas noticias en la Argentina

▪️ Sputnik V y Sinopharm generan alta inmunidad celular en más del 80% de los casos, según el Conicet. (La Nación)

▪️ Segunda dosis: con solo el 11% de la población vacunada, Argentina se ubica en el puesto 12 entre 19 países de la región. (Infobae)

▪️ Estados Unidos le donará cerca de 3 millones de vacunas a la Argentina. (Perfil)

▪️ Es "inminente" la aprobación de las vacunas Moderna y Sinopharm para adolescentes. (Télam)

▪️ Producción de vacunas en Argentina: Control de calidad, autorizaciones y contratos inminentes. (Página 12)

▪️ ANMAT autorizó la vacuna Sinopharm en los mayores de 60 años. (Télam)

▪️ Observan una alta respuesta inmune de la vacuna Sputnik V en Argentina. (La Voz del Interior)

▪️ Cómo actúan y cuánto duran las vacunas contra la covid que llegan a la Argentina. (Mdzol)

▪️ La vacuna rusa Sputnik contra el coronavirus, en detalle. (Página 12)

▪️ Expertos del INTA y el Conicet lograron neutralizar el virus con anticuerpos derivados de llamas y huevos. (La Nación)

▪️ Cómo es el test aprobado por la ANMAT que permite diagnosticar COVID-19 en sólo 15 minutos. (Infobae)

✅ Últimas noticias en el Mundo

▪️ Cuán necesaria es una tercera dosis y otras 3 incógnitas que han surgido durante la vacunación contra el coronavirus. (BBC)

▪️ ¿Cuántos días son necesarios para alcanzar la inmunidad con cada vacuna? (ElMundo.es)

▪️ Combinación de vacunas contra el COVID-19: Qué estudios se han hecho en el mundo y qué se hará en Argentina. (Infobae)

▪️ La variante Delta supone más del 90% de los casos en Reino Unido. (EuroNews)

▪️ ¿Serán necesarios refuerzos anuales de la vacuna COVID? La estrategia sanitaria que analizan los expertos. (Infobae)

▪️ Inmunidad contra la covid-19: lo que se sabe sobre cuánto dura la protección que ofrecen las vacunas. (BBC)

▪️ ¿Las vacunas protegen contra las variantes del coronavirus que circulan? (Infobae)

▪️ Vacunar a todo el mundo no es fácil. Esta es la razón. (New York Times)

▪️ Los casos semanales de COVID-19 a nivel mundial bajaron por primera vez desde febrero. (Infobae)

▪️ Rusia asegura que el intervalo entre las dos dosis de la vacuna Sputnik V puede extenderse hasta 3 meses. (Clarín)

▪️ Cerca de 90 compañías en 33 países de todo el mundo tienen ya acuerdos para producir las vacunas contra la Covid-19. (InfoSalus)

▪️ Vacuna de AstraZeneca: por qué Reino Unido dejará de ofrecerla a los menores de 30 años. (BBC)

▪️ ¿Por qué fracasa el “turismo de vacunas” contra el coronavirus? (Clarín)

▪️ Pfizer y BioNTech anunciaron que su vacuna contra el COVID-19 mostró una eficacia del 100% en adolescentes de 12 a 15 años. (Infobae)

▪️ Las vacunas de Pfizer y Moderna tienen un 90% de efectividad tras segunda dosis, según un nuevo estudio. (La Nación)

▪️ Rusia registró la vacuna Sputnik Light de una sola dosis contra el COVID-19. (Infobae)

▪️ "El virus de la covid-19 no está retrocediendo y la pandemia es particularmente grave en América del Sur", afirma la OPS. (BBC)

▪️ La OMS califica como "grotesca" la brecha en inmunizaciones entre países ricos y pobres. (BBC Mundo)

▪️ La OMS publicó nuevas recomendaciones sobre el uso de barbijos de tela. (Clarín)

▪️ UNICEF y 16 aerolíneas se unen para distribuir masivamente la vacuna contra la COVID-19 en todo el mundo. (Naciones Unidas

▪️ Cómo funciona COVAX, la iniciativa para que todos los países accedan a vacunas. (RED/ACCION)

▪️ Un estudio reafirmó el valor del uso de las mascarillas para prevenir la transmisión de COVID-19. (Infobae)

▪️ Pfizer está trabajando en dosis de refuerzo de su vacuna para combatir nuevas variantes del virus. (Infobae)

▪️ Un laboratorio de Francia se asocia con Pfizer para acelerar la producción de la vacuna. (Clarín)

▪️ Las vacunas de AstraZeneca y Sputnik V combinadas podrían generar una inmunidad de 2 años. (Infobae)

▪️ Revelaron el tiempo que el coronavirus permanece en la piel. (IProfesional)

▪️ Lo que debes saber sobre las pruebas de coronavirus: ¿cuántos tipos hay, cuáles son las más confiables y por qué algunas se demoran tanto? (CNN)

❤️ Positivo

▪️ La solidaridad, el costado más positivo de la pandemia en la Argentina. (Télam)

▪️ “La solidaridad es una herramienta contra la pandemia”, la campaña de la Fundación Fernández frente a la segunda ola de coronavirus. (Infobae)

▪️ Buscan convivientes de personas con coronavirus para probar si una droga evita el contagio. (Clarín)

▪️ Los 500 llamados de Oscar, el hombre de 81 años que habla por teléfono con adultos mayores que viven solos. (RED/ACCIÓN)

▪️ Cómo se reinventaron y adaptaron las ONGs para seguir ayudando y sacarles una sonrisa a los niños durante el aislamiento. (Infobae)

▪️Para ayudar. Siete planes de organizaciones para ayudar a quienes lo necesitan (y cómo podemos colaborar desde casa) (RED/ACCIÓN)

✅ Útil

▪️ Vacunas contra la covid-19: por qué te puedes contagiar aunque ya estés inoculado. (BBC)

▪️ Después del Covid: qué controles hay que hacerse para tener una buena recuperación. (Clarín)

▪️ ¿Qué es el periodo de incubación? ¿Cuándo empiezo a tener síntomas? (RED/ACCIÓN)

▪️ Cuarentena y ansiedad. Consejos de Miguel Espeche, psicólogo, para lidiar con el encierro. (Video) (RED/ACCIÓN)

▪️Autoevaluación. Descargá la app para autoevaluar síntomas de COVID-19 (Ministerio de Salud)

▪️ Coronavirus y gripe: en qué se parecen y en qué se diferencian. (Clarín)

✅ Para leer

▪️Barrios populares. El trabajo de los vecinos para enfrentar demoras en el testeo, rastreo de casos y aislamiento en villas y asentamientos (RED/ACCIÓN)

▪️Pensar la crisis II. Otras 15 reflexiones en torno a la pandemia del coronavirus (RED/ACCIÓN)

▪️Pandemia y naturaleza. ¿Podemos evitar una próxima pandemia? Nuestro vínculo con la naturaleza tiene la respuesta: el 75% de todas las enfermedades infecciosas emergentes son transmitidas de animales a humanos. (RED/ACCIÓN)

▪️Consejos. Cómo sobrellevan el encierro las personas con autismo y por qué se enfrentan a mayores riesgos (RED/ACCIÓN)

📸 Visual

▪️ Vacuna Covid-19: el mapa que muestra cómo avanza la vacunación en el mundo. (Our World in Data)

▪️ Covidvisualizer. País por país, un globo terraqueo para recorrer y conocer las últimas cifras (Covidvisualizer)

✅ Un consejo

▪️ Cómo protegerte y proteger al resto


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Como ya sabemos, la mejor forma de cuidarnos frente al COVID-19 y evitar los contagios es quedarnos en casa. Sin embargo, a veces es necesario hacer un viaje para ir al trabajo, a comprar medicamentos o comida, o por alguna urgencia.


Los lugares cerrados y con poca ventilación son los principales focos de contagio a evitar, ya que hay más circulación del virus. Obviamente, los autos no escapan de esta categoría, y más aún cuando viajan más de 2 personas en ellos. Por eso, siempre entremos a un auto, ya sea con un familiar, un amigo o un servicio privado, es importante mantener los protocolos sanitarios:🤒Si tenés algún síntoma o crees que podés llegar a tener COVID-19, no viajes.


👥Mantener la mayor distancia posible entre los pasajeros. Si en el auto viajan dos personas, el pasajero debe sentarse atrás y en diagonal al conductor.

🗣️Hablar lo menos posible para evitar que se dispersen las gotas de saliva

😷Usar el barbijo durante todo el viaje, desde que te subís hasta que te bajas del auto. Pedile al conductor que también lo haga.

🚙Dejar al menos dos ventanas abiertas para que el aire circule dentro del vehículo

🧽Limpiar y desinfectar el interior del auto una vez terminado el viaje

🧴 Usar alcohol en gel

🚫Intentar no tener ningún tipo de contacto físico con la otra persona

📱💳Evitar pagar con efectivo. En su lugar, podés utilizar opciones de pago electrónicas, como tarjetas de débito o crédito

Debe haber pocos trabajos que con la pandemia hayan multiplicado su status de una forma tan asombrosa como la de quienes aplican las vacunas para prevenir el COVID-19. Solían ser vistas como enfermeras dedicadas a imponer burocráticamente el calendario de vacunación en los brazos de los niños del barrio; ahora la gente las ve como entrañables amigas, como nuevas guerreras, como heroínas necesarias.

“Ustedes nos están alargando la vida”. “Gracias por lo que hacen”. “Que Dios te bendiga”. “Estaba esperando esta vacuna, no sabe cómo”. Mara Roch, una enfermera de Escobar de 60 años, escucha ese tipo de cosas cuando aplica una dosis de Sputnik V, Covishield, AstraZeneca o Sinopharm en el brazo flácido de un anciano o en el brazo fuerte de un joven. “Casi todos nos dicen algo”, cuenta Roch. Algunas personas le agarran la mano, esa mano que coloca inyecciones casi sin detenerse durante turnos de seis horas, y le agradecen como se agradece algo parecido a un milagro. “Es como que estamos haciendo historia”, dice Roch.

Cada día, unas 800 o 900 personas van a recibir su vacuna contra el coronavirus en el Microestadio Municipal de Garín. Hasta ahí llega, un rato después de la una y media, Mara Roch. Va conduciendo su auto desde el Centro de Salud Coronel Dorrego, la “salita” de Ingeniero Maschwitz donde oficia como jefa de enfermería y donde, para su propio orgullo, nadie se contagió de coronavirus en lo que va de la pandemia. “Es porque somos muy obsesivos con lo protocolos”, explica.  

En el Microestadio Municipal el trabajo nunca se detiene: la vacunación —en seis boxes atendidos por diez enfermeras— va de lunes a lunes, de 8 de la mañana a 8 de la noche. Hay primeras dosis y segundas dosis para gente de 18 años en adelante con y sin comorbilidades, y para gente de 55 o más que puede acudir libremente, igual que las embarazadas si antes perdieron su turno. Los docentes de la localidad ya están vacunados casi todos. Las vacunas llegan a veces una vez por semana, o cada tres o cuatro días: los colores de las banderas de Rusia y de China se multiplican en cajas y etiquetas, y también se lee "fabricado en Argentina" en algunas cajas de la vacuna de AstraZeneca producidas en la misma localidad. El microestadio suma su aporte al Plan Estratégico de Vacunación, que en la segunda semana de junio tuvo un récord al alcanzar las 2.372.220 dosis aplicadas en todo el país, según el Ministerio de Salud de la Nación.

Algunas enfermeras, como Roch, vienen inyectando vacunas desde febrero, incluso antes de que se habilitara para tal fin el microestadio, cuando ellas plantaron su campamento sanitario de boxes y freezers en una escuela. “Antes se hablaba de la vacuna de emergencia y pensábamos: ¿será que va a llegar?”, recuerda Roch.

Dice, hablando rápido, que nació en 1961, que terminó la secundaria, se presentó con un curriculum en la municipalidad de Escobar y entró en una guardia hospitalaria. Comenzó ahí a trabajar ayudando en las urgencias, después se recibió de enfermera. Dice que nunca pensó que íbamos a pasar por un desafío sanitario como este. Y que en la pandemia de la gripe A de 2009 algunos bomberos de Escobar murieron y ella pensó que eso era lo que iba a ver de una pandemia. Dice también que es vacunadora desde hace muchísimos años, que da clases en jornadas de enfermería, que todo esto fue un nuevo desafío. Dice que se dijo: “Yo tengo que conocer esta vacuna, tengo que tocarla, tengo que darla”. 

Hacer enfermería en la Argentina es un acto de compromiso. En parte porque en nuestro país los enfermeros escasean: en 2018, según un informe de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) había 4,24 por cada 10 mil habitantes, cuando la OMS señala que se necesitan 23. Y aunque antes de la pandemia Roch estaba pensando en retirarse, ahora ni se le cruza por la cabeza. “Para mí fue un desafío: ¿vacunadora covid…? Y sí, pensé, lo voy a hacer. Me preparé. Me lo tomé a pecho: yo sufrí mucho con esto”. 

Porque Roch conoce al virus de primera mano. En abril, su hermano, Marcelo Gabriel Roch, un profesor de boxeo, comenzó a sentirse mal mientras daba una clase. Le faltaba el aire. Dos días después, un sábado, fue internado en el Hospital Enrique Erill. El domingo lo intubaron, y su familia no consiguió una derivación porque no había en ningún lado una cama con respirador. Marcelo Roch estuvo en el shock room varios días, quizás hasta semanas: como el hospital estaba completo, los pacientes aguardaban resistiendo la comezón del virus donde podían, o donde los dejaban. “Cuando se liberó una cama para él, ya no la pudo usar porque estaba intubado”, dice su hermana. Su voz se retuerce. El 21 de mayo, mientras la segunda ola subía y subía, y lo cubría todo de sombra y de incertidumbre, él, que tenía 56 años y que en general era un tipo bastante sano, murió. 

“También perdimos pediatras y enfermeras”, sigue Mara Roch. “Fue muy triste, muy difícil todo. Y por eso me fui metiendo y ahora trabajo 14 horas por día. Vivo para trabajar”. A su hija, que ya tiene veintipico, solo la ve un momento los fines de semana. Es arduo el día a día, no hay descanso en un turno de 14:00 a 20:00 horas (a lo que se suma las horas que hace a la mañana en el centro de salud). Pero la vacuna, parece pensar ella, es un bálsamo, una promesa de futuro en esta guerra de especies. 

Y cada día Mara Roch está de pie con una jeringa en la mano durante esas seis horas. Los vecinos pasan uno tras otro. Ingresan de a cinco o de a diez; depende de cómo se apliquen las dosis de la vacuna: AstraZeneca o Covishield se abre de a diez dosis; Sputnik V es, como dice Roch, “monodosis”. Viene congelada y dura dos horas fuera del freezer; AstraZeneca o Covishield dura seis horas. “Se abre delante del paciente, se le explica, se le dan las recomendaciones y se lo vacuna”, dice ella. Si las vacunas no se usaron hay que desecharlas. Por eso Roch sólo busca una cuando el paciente ya está sentado. “Cada dosis es una responsabilidad mía”, dice. Como diciendo: una dosis, una vida. 

Escobar puede observarse, en un nivel por debajo de la política nacional y provincial, como un caso entre miles de partidos que luchan contra el coronavirus. De 5 camas de terapia intensiva en el Hospital Erill pasó a 11 camas. Todo el partido tiene 42. “A través de donaciones de funcionarios municipales y concejales, logramos la puesta en funcionamiento del laboratorio de biología molecular donde se realizaron más de 9.000 procesamientos de muestras de covid”, dice un vocero del gobierno del partido. 

Pero hay gente que nunca se dio una vacuna en su vida. Se lo dicen a la enfermera Roch cuando llegan a aplicarse la del coronavirus y ella les pregunta si han recibido alguna otra en los últimos quince días. Entre las vacunas de los adultos están la antitetánica y la de Hepatitis B. No todo el mundo lo sabe. No todo el mundo se lo dice a Roch. “Vos le preguntas a cualquier persona de 45 años cuándo fue que se dio la última vacuna y ni sabe”, cuenta ella. “Creo que falta un poco de promoción”. 

En general, las personas llegan al microestadio sin saber nada sobre las vacunas contra el coronavirus. Por eso es importante para Roch y para sus colegas tener unos pequeños minutos de intercambio. Le explican al paciente qué es la vacuna, qué recomendaciones hay, qué le puede pasar y qué no, cuándo tiene que volver. Y algo de logística también: “Hay mucha gente que tiene el turno designado y no sabe porque no le llegó el mail o porque no tiene un teléfono celular. Eso también hay que explicárselo”.

Luego Roch le pide al paciente que deje el brazo suelto. “Flojito y relajado”, le dice. Si el paciente se pone nervioso, le pide que respire profundo y exhale pensando que está soplando un globo. La inyección se coloca a 90 grados con una aguja universal 23g, que ya viene preparada. Es la misma jeringa y la misma aguja para todas las vacunas. Roch lo repite cientos de veces cada día: “No tiene que sangrar, si se inflama, da fiebre, dolor de cabeza o muscular, se puede tomar paracetamol cada seis horas. Jamás se toma antes”. A muchos pacientes les da fiebre y a otros no: ella recibió las dos dosis de Sputnik V y no sufrió ningún efecto adverso. “Son varios síntomas, pero preventivamente no se toma nada”, dice por último ella, cientos de veces cada día.

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Aunque ya pasó más de un año desde que empezó la pandemia, sigue sin ser del todo claro cómo empezó. Se sabe que el lugar de origen fue la ciudad china de Wuhan y que los primeros casos se detectaron en noviembre de 2019, pero la razón detrás de esos contagios iniciales no está confirmada.

La hipótesis más aceptada y probable según los expertos, entre ellos los de la Organización Mundial de la Salud, es que el virus surgió en un mercado húmedo, un lugar donde, entre otras cosas, se comercializan animales salvajes y productos derivados. Ahí los animales conviven en cercanía entre sí y con otras personas, lo que puede haber llevado a que un virus salte de un animal a otro y desde ese a una persona.

Pero hay otras teorías que no terminan de descartarse, y la que cobró más fuerza en el último tiempo es la que plantea que el virus se fugó por accidente de un laboratorio de esa misma ciudad, el Instituto de Virología de Wuhan, que es uno de los principales laboratorios de investigación de China.

En marzo de este año, la Organización Mundial de la Salud publicó un informe sobre los orígenes del COVID-19, y aunque consideró a la hipótesis del mercado húmedo como la más probable, la investigación no es concluyente. Sobre la teoría de una fuga de un laboratorio concluyó que era ‘‘extremadamente improbable”, pero no descartó ninguna posibilidad.

El frente del edificio del Instituto de Virología de Wuhan
Foto: AFP.

El 24 de mayo, el Wall Street Journal publicó un artículo en el que señala que tres investigadores del Instituto de Virología de Wuhan fueron ingresados en un hospital en noviembre de 2019. La semana pasada, el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, pidió a los servicios de inteligencia que redoblaran sus esfuerzos de investigación sobre ambas teorías. Y, a raíz de esto, volvió a cobrar fuerza un informe de mayo de 2020, elaborado por el Laboratorio Nacional Lawrence Livermore, el cual tampoco descartaba la hipótesis de que el coronavirus surgiera de un laboratorio.

¿Por qué se considera que la hipótesis del mercado húmedo es más posible que la de la fuga?

Arnau Casanovas-Massana, microbiólogo español e investigador en Epidemiología de la Universidad de Yale explica que los datos obtenidos hasta la fecha indican que la opción más probable es que el virus tenga un origen natural.

“Tenemos antecedentes de otros coronavirus como el SARS-CoV-1 o el MERS, en los que hay evidencias muy sólidas de que pasaron de murciélagos a través de un huésped intermediario. Además, los análisis de la secuencia del virus no nos indican que el virus haya sido manipulado con las técnicas que conocemos en la actualidad.  La emergencia de este virus a partir de un huésped animal, probablemente murciélagos, es en mi opinión y con los datos que tenemos actualmente la hipótesis más probable. La hipótesis de la fuga de un laboratorio no es en absoluto descartable pero sí parece que es más improbable en la actualidad”, dice Casanovas-Massana.

La hipótesis del laboratorio lleva a preguntarse cómo son estos laboratorios de alta bioseguridad, cómo trabajan, con qué objetivo y qué medidas de prevención tienen. ¿Son peligrosos para la población general? 

Algunas personas miran con preocupación el hecho de que en algunos laboratorios de alto nivel de bioseguridad se llevan a cabo investigaciones de ‘‘ganancia de función”. Esto consiste en alterar a microorganismos para volverlos más contagiosos, letales o capaces de evadir tratamientos, para de esta manera encontrar la mejor forma de combatirlos.

“Todos los laboratorios de bioseguridad están altamente controlados y dependen de cada país, todos tienen acreditaciones de las agencias gubernamentales competentes y deben tener planes de descontaminación, de control anual o mensual de las cabinas de seguridad, también hay controles de que los protocolos se estén cumpliendo y que el trabajo que se esté realizando no suponga un riesgo para el personal o el exterior”, indica Casanovas-Massana con respecto a las medidas de seguridad que deben cumplir este tipo de laboratorios.

¿Son los laboratorios de bioseguridad un peligro para la población?

En el mundo existen 59 laboratorios de bioseguridad 4, como el Instituto de Virología de Wuhan, que pertenecen a la clasificación más alta que existe.

En Argentina hay dos: por un lado el del Instituto Malbrán, que responde a la Administración Nacional de Laboratorios e Institutos de Salud y se dedica a la investigación de microorganismos para la prevención y control de patologías. Además, tenemos el laboratorio central del Senasa, que es uno de los 10 laboratorios agronómicos con nivel de bioseguridad 4 del mundo. Se dedica principalmente al diagnóstico de la fiebre aftosa, la brucelosis y la tuberculosis bovina, entre otras. Juan Ugalde, decano del Instituto de Investigaciones Biotecnológicas de la UNSAM, señala que en Argentina no hay reglamentación que prohíba hacer cierto tipo de experimentos con microorganismos.

“Los laboratorios de bioseguridad se clasifican en cuatro niveles, del 1 al 4. Bioseguridad 1 es el más simple, donde se puede manipular casi todo sin ningún inconveniente. Bioseguridad 2 son microorganismos que en general causan una enfermedad leve y de difícil transmisión.”, dice Ugalde.

Los dos últimos niveles son aquellos en los cuales los microorganismos con los que se trabaja tienen un mayor nivel de contagiosidad y deben cumplir con protocolos más estrictos. 

“Los de bioseguridad 3 son microorganismos que potencialmente pueden contagiarse por vía de aerosolización entonces en este nivel de bioseguridad son laboratorios con presión negativa y control del flujo de aire para evitar el contagio de la persona que está manipulando. Algunos de estos laboratorios de nivel 3 son a su vez de alta contención, es decir que evitan por todos los medios cualquier tipo de fuga. Y finalmente, los laboratorios de bioseguridad 4 tratan con patógenos de alta transmisibilidad y mortalidad para el ser humano o eventualmente exóticos. Estos laboratorios tienen en general un control no solamente de la bioseguridad, sino también control y registro de lo que entra y sale de ese laboratorio”, afirma Ugalde.

Esta nota se desprende de un episodio de FOCO, el podcast de RED/ACCION.

Accesibilidad y transparencia, las claves para que los laboratorios operen de forma responsable

“En general, la investigación en laboratorios de bioseguridad es totalmente imprescindible para seguir entendiendo mejor sobre virus, bacterias y parásitos que causan enfermedades en la actualidad, no solamente futuras pandemias sino enfermedades que hoy causan sufrimiento a muchas personas. Y la única manera de mejorar esos tratamientos es seguir trabajando en esos laboratorios con mucha seguridad”, asegura Casanovas-Massana.

La transparencia es otro de los factores clave para que la población entienda los trabajos que se llevan a cabo en estos tipos de laboratorios y los peligros que estos pueden acarrear. “Es bueno que se haga un debate público sobre los riesgos y beneficios de los experimentos de ganancia de función, en ciertos organismos que puedan presentar un riesgo mayor, y cómo publicar y comunicar estos resultados de forma responsable”, sostiene el microbiólogo español.

Más allá de que en este momento es imposible determinar si hubo o no una fuga de un laboratorio, la experiencia de la pandemia está haciendo que prestemos más atención y nos preguntemos sobre lo que sucede en estos lugares, a la vez que está cambiando nuestra valoración sobre su rol y su importancia.


Es importante que ante cualquier síntoma de enfermedad (COVID-19 o no) la persona se quede en la casa y no vaya a la escuela hasta ser evaluada por un profesional de la salud.
⬇️
Y si presenta dos o más síntomas de COVID-19, o una pérdida repentina del gusto o del olfato, aunque se de en ausencia de otro síntoma, se la considera caso sospechoso⚠️.



🔍¿Cuáles son los síntomas que hacen que una persona sea sospechosa de tener COVID-19? Fiebre, tos, dificultad para respirar, congestión o goteo nasal, dolor o presión en el pecho, diarrea y vómito, pérdida de gusto u olfato, dolores musculares, de cabeza y de garganta, cansancio o confusión.

👉Si presentás dos o más de estos síntomas, o si perdiste el gusto o el olfato, y no sabés qué deberías hacer, consultá el esquema que armamos y seguí el recorrido.

***

El 5 de mayo pasado, el presidente Joe Biden anunció que Estados Unidos apoyaría una liberación temporal de las patentes de las vacunas para prevenir el COVID-19. La Organización Mundial de la Salud, que venía abogando por que esto suceda, celebró la decisión y la tildó de ‘‘histórica”.

Sudáfrica, India y otros más de 100 países (que son en su mayoría países en desarrollo) venían impulsando una petición de liberar las patentes para democratizar el acceso a las vacunas en todo el mundo.

La declaración de Biden generó un efecto cascada: Vladimir Putin, de Rusia, anunció su apoyo a liberar las patentes, y el jueves, China también dijo que está a favor.

Mientras tanto, el problema de la inequidad en el acceso a la vacunación en el mundo es alarmante. Para dimensionar la magnitud de esta desigualdad, basta decir que los países más pobres recibieron apenas un 0,3% de las vacunas producidas para combatir el COVID-19.

¿Qué significa liberar las patentes?

“El proceso de liberación de patentes tiene que ver con poner a disposición toda la documentación con la que se hizo el registro y un detalle de los procesos de elaboración de un medicamento o lo que fuera. Es un procedimiento técnico, legal, jurídico, que tiene su complejidad. Por un lado está la liberación de información por parte de la oficina de patentes de cada país, y por otro lado la información que se le solicite a las compañías”, explica Melchor Mazzini, director de Advocacy de Aids Healthcare Foundation Argentina, una ONG internacional que está impulsando la campaña Vacunar nuestro mundo, que entre otras cosas apoya la idea de liberar las patentes de la vacuna contra el COVID.

Esta nota surge de un episodio de FOCO, el podcast de RED/ACCION.

“Una liberación temporal de patentes significa que durante un tiempo no se paguen los derechos de uso de patentes. Podrían volver a hacerse exclusivas, aunque en algunos casos seguramente no suceda, en el momento en que se termine la pandemia. En ese caso, cada país volvería a establecer sus derechos y la (Organización Mundial del Comercio (OMC) acordará el fin de la suspensión, y esto significaría que los propietarios de los derechos originales comiencen a recibir los beneficios”, dice Mazzini. 

A pesar del apoyo de varios líderes mundiales del mundo, el director de Advocacy de Aids Healthcare Foundation Argentina advierte que se necesita antes un acuerdo en la OMC que luego sea aplicado por cada uno de los países.

¿Es entonces liberar las patentes la mejor solución?

La respuesta es mucho más compleja de lo que parece.

Lucas Lehtinen, director ejecutivo del Centro de Propiedad Intelectual de la Universidad Austral y un especialista en derechos y patentes, aclara: “El proceso de liberación de una patente no existe como tal en los convenios internacionales. Sí existen ciertos mecanismos por los cuales se pueden dar ciertos tipos de flexibilidades. El acuerdo trips o adpic permite hacer una licencia obligatoria, implica la posibilidad de otorgar los permisos de la patente a otros miembros del Estado y fabricantes para producir el producto. Para eso, debe haber una patente previamente otorgada. En el caso de las vacunas del COVID, no existe todavía una patente otorgada. Todas están en proceso. Por ello no se puede hacer uso de ese mecanismo. Y la situación en la que nos encontramos es una situación que no está contemplada en ninguno de los tratados”.

Las últimas reuniones que se habían celebrado en la Organización Mundial del Comercio, que es el máximo organismo a nivel internacional para estos temas, habían culminado con un veredicto negativo con respecto a la liberación de patentes.

La figurita difícil sigue siendo hasta ahora la Unión Europea. Mientras Francia e Italia, por ejemplo, respaldan la idea, Alemania se niega categóricamente. Angela Merkel, Canciller alemana, dijo que hacer esto quitaría inventivos a la hora de que los laboratorios inviertan en innovación e investigación en un futuro. Muchas farmacéuticas opinan lo mismo. Un empresario del rubro en Estados Unidos incluso twitteó: “¿Quién va a fabricar la vacuna en la próxima pandemia?‘‘.

Hasta el momento solo hubo dos antecedentes de liberación de patentes y, según explica Lehtinen, ninguno fue exitoso. “El primero es el de la ley de comercio con el enemigo, sancionada por el Congreso de Estados Unidos, aplicable como un acto de guerra durante la Primera Guerra Mundial para liberar las patentes del enemigo. El segundo caso es la Declaración de Doha de la OMC para medicamentos esenciales, que surgió por motivo de los retrovirales de HIV. Esta declaración tardó 15 años en aplicarse”.

La complejidad de la tecnología, una de las principales trabas para la liberación de las patentes

“Hay algunas vacunas que tienen una tecnología demasiado compleja de replicar, como la de Moderna o Pfizer, que tienen componentes tecnológicos que hacen que sea difícil garantizar las condiciones de homogeneidad o equilibrio necesarias. Y requieren de tecnología que no todos los países tienen. La vacuna de Pfizer requiere por lo menos de 200 insumos. 16 países intervienen en su fabricación y lleva 18 pasos obtener una dosis”, explica Lehtinen sobre los desafíos de la producción de las vacunas.

Otro temor tiene que ver con cuestiones de seguridad: varias farmacéuticas insisten en que liberar las patentes no es ‘‘tan sencillo como entregar un libro de recetas‘‘ porque hay controles y cuestiones técnicas que quedarían comprometidos, y que la propuesta “debilitaría las cadenas de suministro y alimentará la proliferación de vacunas falsificadas”.

Lathinen opina que “muchos países, aun cuando existiera la liberación de patentes, deberían empezar su adaptación tecnológica, deberían realizarse convenios de cooperación tecnológica, lo que generaría un cuello de botella mayor y la imposibilidad de seguir cumpliendo con las previsiones y planificaciones que hoy nos están arrojando la Universidad de Duke y el Instituto Milken de entre 9 mil y 11 mil millones de dosis para finales de 2021, lo que llevaría a duplicar la cantidad de dosis de la población mundial”.

El problema de la liberación de patentes llega en un momento en el que la crisis del COVID-19 ya sobrepasó los 161 millones de casos y las 3.350.000 muertes, según el contador de la Universidad Johns Hopkins. 

Mientras Estados Unidos ya está permitiendo circular sin barbijo y se están empezando a vacunar niños de entre 12 y 15 años, India está ante el peor brote de coronavirus y tiene un serio problema de escasez de vacunas. Tanto es así que tuvo que suspender sus exportaciones de vacunas, y esto es muy grave porque este país es uno de los principales productores de vacunas para el sistema COVAX, una iniciativa que gestiona la OMS con fondos privados para que las vacunas lleguen, gratis o con descuentos, a países menos privilegiados.

“El tema de la distribución totalmente desigual tiene muchas formas de abordarse. El mecanismo COVAX es una de las formas en las que se ha abordado, con poco éxito hasta el momento, para poder mitigar el tema de la escasez de vacunas con menos desarrollo. Las alternativas son que los países que tienen posibilidades tengan gestos solidarios con el resto del mundo, pero gestos reales y urgentes”, indica Mazzini.

Claramente, el mundo no estaba preparado para el tema de la distribución de vacunas, y la desigualdad entre países ricos y pobres queda en evidencia más que nunca.

El mes pasado, la OMS contabilizó que ya se habían administrado casi 900 millones de dosis de vacunas en todo el mundo, pero que el 81% han ido a parar a los países de renta alta o media alta, mientras que los países de renta baja sólo han recibido el 0,3%. 

Pero los países de mayores ingresos, además de tener más recursos, también cuentan con otra ventaja: son las sedes de las principales industrias farmacéuticas del mundo. Las 20 principales empresas productoras de biotecnología del mundo están en países ricos. Y según explica el diario The Washington Post, un 97% de las actividades de investigación y desarrollo ocurren allí.

Entonces, si liberar las patentes no es la solución, ¿cómo se puede lograr un acceso más rápido y equitativo a las vacunas en todo el mundo?

“Se pueden tomar otras medidas que no obstaculicen el ejercicio de los derechos, como establecer cuotas de exportación para los países que producen vacunas, establecer mecanismos de cooperación y transferencia de tecnología entre países, que permitan celebrar acuerdos de transferencia de tecnología y que permitan las adaptación tecnológicas”, opina Lucas Lehtinen.

Desde Aids Healthcare Foundation, por otro lado, insisten en que, aunque liberar las patentes no es la solución perfecta, estamos ante tiempos inéditos que requieren de medidas inéditas.

Melchor Mazzini asegura que “liberar las patentes no es suficiente porque se necesita inversión para la logística, los viales, la producción. Hay que hacer un esfuerzo para tener todos los materiales, la logística, la distribución, el almacenado. Hay mucho trabajo que acompaña y costos que ni siquiera están calculados todavía. El esfuerzo debería venir especialmente del G7, el Banco Mundial, el FMI, el mundo desarrollado. Estamos hablando de una situación de emergencia y un momento histórico, para que no se prolongue la pandemia. Es una situación casi utópica y lo reconocemos, pero es un momento de hacer realidad ciertas utopías”.


—Mami, mirá, el señor tiene tu barbijo —le dice a Silvia Cano, responsable del polo textil del Frente Popular Darío Santillán, su hija de 7 años cuando se cruzan en la calle a alguien con el Atom Protect. El polo textil es una de las cinco cooperativas del conurbano que firmó un acuerdo con Kovi SRL, la pyme de la Matanza que tiene la licencia exclusiva para fabricar el tapaboca popularizado como “del Conicet”.

Es conocida la historia del Atom Protect, el superbarbijo desarrollado por un equipo de investigación integrado por científicas del Conicet, de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM). Está compuesto por telas tratadas con activos antivirales, bactericidas y fungicidas, y sus propiedades antimicrobianas fueron testeadas con éxito por el Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI) y su acción antiviral por el Instituto de Virología del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA).

El polo textil del Frente Popular Darío Santillán es una de las cinco cooperativas del conurbano que firmó un acuerdo para producir el superbarbijo.

Es menos conocido el capítulo social del proyecto, que involucra a diversos actores de la economía popular y garantiza que el superbarbijo llegue a personas que, de otra manera, no los podrían adquirir.

El modelo se apoya en una suerte de “donación en cascada”. Cuando el equipo que desarrolló el Atom Protect decidió cómo comercializarlo, firmó un convenio con la empresa donde el proyecto dio sus primeros pasos y cedió la licencia exclusiva de la fabricación de los tapabocas con la condición de que, durante los primeros seis meses de producción, Kovi SRL donara el 10 % de la tela a talleres textiles del conurbano bonaerense. La tela es de triple capa de protección —antibacterial, antiviral y antihongos— y cuenta con una durabilidad equivalente a 15 barbijos descartables. A su vez, el convenio compromete a los talleres textiles que reciben la tela, y que se encargan de comprar el resto de los insumos y terminar los barbijos, a entregar gratuitamente el 50 % de su producción.

El polo textil del Frente Popular Darío Santillán, que comparte su ingreso con el de la estación Darío Santillán y Maximiliano Kosteki —exestación Avellaneda— o “Darío y Maxi”, como la nombra Cano, es una de las cinco cooperativas que están fabricando los barbijos. La única en Avellaneda.

“Somos 60 trabajadoras y trabajadores que nos dividimos en dos turnos para confeccionarlos. Si un rollo de tela nos rinde para hacer alrededor de 5.000 barbijos, comercializamos 2.500 y donamos los otros 2.500. Porque nosotros solamente recibimos la tela, después tenemos que comprar el resto: los elásticos, los hilos, las bolsas, el packaging. Entonces con lo que recaudamos de ese 50 % que vendemos, compramos los insumos y con lo que queda les pagamos a las 60 compañeras y compañeros”, explica Cano. Y aclara: “Los comercializamos a un precio accesible para que los vecinos y las vecinas y los compañeros y compañeras de la cooperativa puedan comprarlos porque en los barrios populares es medio imposible comprar el Atom Protect al precio que está en el mercado”.

El barbijo del Conicet está compuesto por telas tratadas con activos antivirales, bactericidas y fungicidas.

Los barbijos que donan, dice, son para los barrios donde además hacen todas las noches una olla popular para que los vecinos “vayan a buscar un guiso calentito y los chicos puedan dormir con la panza llena. O para clubes y merenderos de los barrios más humildes (21-24, 31, Ciudad Oculta, 1-11-14) donde sabemos que eso no llega”.

También hicieron una donación de más de 2.000 barbijos a docentes, de cara al inicio de clases. Y a quienes se fueron contactando y los fueron solicitando: en el polo textil, cuentan, reciben los pedidos, anotan y, cuando pueden y tienen stock, entregan.

“Tenemos un montón en el listado. A algunos comedores les llevamos 50 y a otros, 200. También tuvimos que hacer unos más chiquitos para niñes en edad escolar, porque iban a empezar las clases y queríamos hacerles llegar a los docentes, donde por ahí el Gobierno no hace llegar los barbijos. Porque pasa también que los chicos llegan a la escuela sin barbijo y el docente tiene que tener algo para que se pongan”.

Los periodistas que están en la calle haciendo notas también fueron beneficiarios de las donaciones “porque entendemos que están todo el día afuera y a veces la situación que viven también es precaria”, explica Cano.

La venta del otro 50 % de los barbijos la realizan personalmente, en la estación de tren o en los barrios, o a través del mercado de consumo popular (MECOPO), un mecanismo de comercialización propio.

“La mayoría de los movimientos sociales tiene sus esquemas de comercialización a través de vendedoras. Por ejemplo, el Darío Santillán tiene MECOPO, el movimiento Barrios de Pie tiene una que se llama Ahorremos Juntos, muchos fueron desarrollando estrategias o herramientas como estas”, explica Diego Bartalotta, subsecretario de Economía Social y Popular de la Municipalidad de Avellaneda. “Entonces —continúa— el Frente Darío Santillán, por un lado, realiza una venta minorista a vecinos o trabajadores que van a tomar el tren y después los comercializan por su comercializadora, el Mercado de Consumo Popular".

En el taller trabajan 60 personas divididas en dos turnos, y por cada rollo de tela que reciben en calidad de donación producen 5.000 barbijos, de los cuales entregan gratuitamente la mitad.

El rumor de que los estaban vendiendo a menos de la mitad del precio de mercado ($ 150) corrió tanto que tuvieron que limitar las cantidades a no más de diez por persona porque no faltó quien quisiera comprar al por mayor para revenderlos y sacar tajada.

Desde que comenzaron, llevan confeccionados más de 40 mil barbijos y llegaron a fabricar un promedio de cinco mil al mes. Ahora, dice Cano, hace un mes que no tienen tela. Y están desbordados de pedidos.

Mientras esperan que llegue otra tanda de tela tricapa siguen elaborando kits sanitarios (que incluyen cofia, botas y bata), que es lo que hacen en paralelo a los barbijos con una altísima demanda, y guardapolvos escolares que luego el Estado repartirá en las provincias.

La oportunidad de tejer redes

Bartalotta dice que la recepción de esta iniciativa en el municipio fue muy buena: “No solamente porque es mucho más barato, sino porque se trabaja sobre la idea de que al no haber intermediarios, al ser una comercialización directa, se puede generar un producto de muchísima calidad, con todas las normas que se requieren, a un precio accesible para cualquier trabajador. Porque si no, para un laburante es mucho más difícil acceder a un barbijo como este que está a $450”.

Si la pandemia propició algo, “fue la posibilidad de construir tramas o redes”, dice. Y cuenta que hacia fines de 2020 a las ferias de productos esenciales que ya organizaban en Avellaneda con los movimientos sociales, se les sumó una feria al aire libre (con protocolos y distancia) exclusivamente para productores textiles que nombraron Tejiendo Redes. Abrieron este espacio ya que, de 1200 emprendimientos y unidades productivas de trabajadores de la economía popular que registraron desde su Secretaría desde mediados del año pasado, casi un 30 % está vinculado a la producción textil.

“En paralelo desarrollamos una plataforma digital para que todos los emprendimientos y unidades productivas que quisieran (no solo los textiles) pudieran potenciar su comercialización a través de un catálogo virtual de productos subido a la web del municipio. Si bien el municipio no hace las veces de plataforma de comercio electrónico, ahí ellos pueden contar su historia, su recorrido, promocionar lo que producen y poner sus páginas de contacto”, explica Bartalotta.

Y sigue: “A partir del desarrollo de estos espacios de comercialización, tanto virtuales como presenciales, más allá de que eso no le brinda al productor el ingreso de todo el mes, se genera una red entre ‘prosumidores’: productores y consumidores. Entonces: productores les compran a otros productores o encuentran en pares o en vecinos productos de calidad. Esa fue otra de las cuestiones que atravesó la economía popular en la pandemia”.

Protección ahí donde más la necesitan

Silvia Cano trabaja en Avellaneda, pero vive en la villa 21-24. Cuenta que el año pasado, en el barrio “la pandemia arrasó”. Y explica: “Cientos y miles de contagios por día. La 21-24 es un barrio muy popular, muy humilde, que ni siquiera tiene lo básico para cubrir las necesidades, los derechos que tiene cada persona: el agua, la luz, las cloacas. En muchos lugares esto faltaba y teníamos que acercarles a los vecinos o vecinas mayores o a quienes estaban aislados el balde de agua porque si no, no había quién los atendiera”.

La mitad de los barbijos que se producen en las cooperativas se entregan en los barrios barrios más humildes de Buenos Aires: 21-24, 31, Ciudad Oculta y 1-11-14 entre otros.

Ante esta situación, la responsable del polo textil asegura que para ella y sus compañeras y compañeros “es un orgullo poder confeccionar estos barbijos fabricados por científicas argentinos, por la universidad y poner la mano de obra para que puedan llegar a todos. Porque gracias a todo el laburo de las cooperativas y al trabajo en equipo del CONICET con la empresa que nos donó la tela, estos barbijos llegaron y protegen a los barrios populares. Si no, creo que sería imposible que estos vecinos y vecinas, estos niñes y docentes pudieran acceder. Estamos haciendo nuestro mayor esfuerzo, y es muy gratificante poder cuidar a los que más lo necesitan y verlos contentos”.

La demanda de los Atom Protect fue tal que desbordó a los integrantes del polo textil que aún tienen una lista de pedidos pendientes: personas que necesitan “aunque sea 10 o 20 para el comedor, para el merendero o para una escuela a la que todavía no habíamos llegado”. 

Por eso, esperan la próxima donación de tela. Porque saben que hay un montón de vecinos y vecinas que, a su vez, esperan. 

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Esta nota forma parte de la plataforma Soluciones para América Latina, una alianza entre INFOBAE y RED/ACCIÓN, y fue publicada originalmente el 6 de mayo de 2021.

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—¿Estás vacunada, ministra?
—No. Cuando llegamos de Rusia, estaba tomando corticoides por una situación de salud transitoria y tenía que esperar cuatro semanas para poder darme la vacuna. Pero después de toda la situación que se generó, me pareció que no era oportuno hacerlo.

Es la noche del sábado 10 de abril y se escucha a la ministra de Salud, Carla Vizzotti, en un programa del prime time al que suelen ir celebrities a conversar sobre distintos temas. La ministra contesta la pregunta del conductor Andy Kusnetzoff y trata de aclarar a qué atenerse en esta segunda ola de la pandemia.

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En este momento, Carla Vizzotti es la única mujer al frente de un Ministerio de Salud en Sudamérica. Y de acuerdo con el mapa “Mujeres en la política: 2021”, que al 1 de enero de 2021 registraba 44 ministras de sanidad en un total de 193 países, Vizzotti sería la ministra 45 del mundo. Y según Naciones Unidas, se necesita construir liderazgos con participación de las mujeres durante y después de la pandemia. Además, si bien las mujeres conforman el 70 % del personal del sector sanitario, se encuentran subrepresentadas en la dirección de los esfuerzos de salud mundiales y nacionales.

Las mujeres siempre encontraron obstáculos en sus carreras profesionales y a medida que se acercan a la parte superior de la jerarquía deben enfrentar el techo de cristal, una barrera real, pero invisible. Cuando logran romper ese techo, tienen más probabilidades de ocupar puestos de liderazgo en períodos de crisis.

Durante la primera ola de la pandemia, Vizzotti se desempeñó como Secretaria de Acceso a la Salud. Todo 2020, esta infectóloga de 48 años experta en vacunación encabezó la comunicación de la mayoría de los reportes diarios de contagios. Se destacaba por su buen manejo con los medios y su experiencia en materia sanitaria.

Foto: Télam

Mabel Bianco, médica feminista y presidenta de la Fundación para Estudio e Investigación de la Mujer, señala además que uno de los puntos más destacables de Carla Vizzotti es su capacidad de comunicación. “Es cuidadosa con lo que comunica para no generar falsas expectativas en la población”, señala.

Durante la gestión de Ginés González García en el Ministerio de Salud, ella participó de la mesa chica de las decisiones gubernamentales. En noviembre de 2020, junto a la asesora presidencial Cecilia Nicolini, viajó a Moscú para obtener información sobre la vacuna Sputnik V. En diciembre, las dos funcionarias volvieron a viajar para firmar el contrato y garantizar la llegada de un primer cargamento de estas vacunas.

La actual ministra forma parte del colectivo Mujeres Gobernando, un grupo de WhatsApp del que participan 200 funcionarias del gobierno nacional. Allí, ministras, secretarias y directoras nacionales dialogan e intercambian ideas para incorporar perspectiva de género en el diseño de las políticas públicas y facilitar la llegada de más mujeres.

En un tweet, la directora nacional de Economía, Igualdad y Género del Ministerio de Economía, Mercedes D'Alessandro, destacó los operativos liderados por las mujeres del gobierno: “Trabajamos cada día para buscar soluciones y poner los cuidados, en su sentido más amplio, en el centro de la agenda de gobierno”.

Mercedes D’Alessandro: “Las feministas que estamos en el gobierno no tenemos el poder, somos activistas dentro del Estado”

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Vizzotti es egresada de la Universidad del Salvador; especialista en medicina interna y enfermedades infecciosas por la Universidad de Buenos Aires; y socia fundadora y ex presidenta de la Sociedad Argentina de Vacunología y Epidemiología (SAVE). También es miembro del Comité Consultivo Vaccine Acceptance Research Network (VARN), Sabin Institute, de la Sociedad Latinoamericana de Infectología Pediátrica (SLIPE), integrante de la Comisión de Vacunas de la Sociedad Argentina de Infectología (SADI) y miembro del Comité Científico de la Fundación Vacunar.

En 2005 se convirtió en la directora del Centro de Estudios para la Prevención y Control de Enfermedades Transmisibles (CEPyCET) de la Universidad Isalud. Entre 2007 y 2016 estuvo a cargo de la Dirección Nacional de Control de Enfermedades Inmunoprevenibles (DiNaCEI) del Ministerio de Salud. Se puso al hombro el Programa Nacional de Vacunación en 2009 con el brote de la gripe A. Entre sus principales logros se encuentra la ampliación del calendario de vacunas gratuitas y obligatorias, que incluye 19.

“Las mujeres llegan a posiciones de poder luego de mucho esfuerzo”, explica José Florito, coordinador del Programa de Protección Social del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (CIPPEC). “Suelen tener mayor nivel educativo y experiencia profesional que los varones en cargos de liderazgo similares. Se les pide más a través de certificaciones y años de experiencias. Más allá de la pandemia, en general las mujeres no acceden a puestos de decisión, incluso en sectores feminizados. Es frecuente que el sector de salud, docente y de cuidados tenga alta participación de mujeres en trabajos diarios, pero cuando se eleva la jerarquía empiezan a aparecer varones”.

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Las mujeres son jefas de Estado y de Gobierno solamente en 21 países en todo el mundo. A las Jefas de Gobierno de Alemania, Dinamarca, Eslovaquia, Etiopía, Finlandia, Islandia y Nueva Zelandia se las reconoce por la rapidez de las respuestas, que no solo incluyeron medidas para “aplanar la curva” –como el confinamiento, el distanciamiento social y la aplicación de pruebas masivas para detectar el virus–, sino también por la transparencia y la comunicación compasiva de la información sobre salud pública basada en datos.

En países como Canadá, Etiopía, India y Madagascar, las expertas en medicina y salud ocupan cada vez más puestos de liderazgo y encabezan las conferencias de prensa diarias y los anuncios de servicio público. Según ONU Mujeres, el estilo de liderazgo de las dirigentes en la respuesta al COVID-19 es más colectivo que individual, más colaborativo que competitivo y más orientativo que imperativo.

Mara Pérez Reynoso: “Es un tiempo propicio para que más mujeres se involucren en política”

“Que haya una mujer en un puesto de liderazgo no asegura que las políticas tengan perspectiva de género”, dice Mariana Chudnovsky, profesora Investigadora del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). “Hoy se ve un manejo entre hombres de juego de poder en relación a la compra de vacunas. Toda la política de combate a la pandemia hoy es vacunar. En un contexto de escasez de vacunas, no se ve que le den lugar a políticas con perspectiva de género. Eso implica diseñar la política teniendo en cuenta las diferencias entre hombres y mujeres”.

En este sentido, Mabel Bianco, de la Fundación para Estudio e Investigación de la Mujer, reflexiona: “En el liderazgo de mujeres durante la pandemia se ve una gran capacidad de comunicación. En un contexto tan cambiante es importante el criterio a la hora de hacer anuncios. En general, las mujeres privilegiamos las medidas de respuesta a largo plazo, como la prevención, en lugar de la reacción al problema”.

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Después de un año de gestionar la pandemia de COVID-19 en Argentina, Ginés González García tuvo que renunciar porque se vio involucrado en un escándalo político. En la sede del Ministerio de Salud funcionaba un vacunatorio VIP donde funcionarios y personalidades próximas al gobierno se vacunaron sin seguir los protocolos exigidos a la población en general.

El sábado 20 de febrero de 2021, el presidente Alberto Fernández tomó juramento a Carla Vizzotti, que pasaba a liderar la cartera de Salud (seis días después, la ministra se hizo un hisopado y dio positivo).

“Es recién con un escándalo político cuando se le habilita ese espacio. Es común que liderazgos femeninos, de larga trayectoria, se desarrollen después de una crisis”, explica Florito, de CIPPEC.

En ese sentido, la especialista en género y política Anabella Molina destaca que Vizzotti asume su cargo tras una doble crisis (sanitaria y política). “Muchas veces las mujeres se asocian a una mayor transparencia. Esto le pone presión al cargo porque tiene que cumplir con más expectativas de las que se les piden a los varones. Un acantilado de cristal aparece cuando la persona tiene muchas posibilidades de fallar, está al límite de la caída”.

Mirá el monitor Público de Vacunación

Hasta el momento, al país llegaron poco menos de 9 millones de dosis de vacunas. Para sumar transparencia luego del escándalo, Vizzotti dispuso que la Sindicatura General de la Nación (SIGEN) controle los avances en todo el país del Plan Estratégico Nacional para la Vacunación contra la COVID-19 y audite todo lo actuado desde sus inicios. En segunda instancia, el control de la SIGEN se orientará a las tareas de distribución en cada una de las 24 jurisdicciones que se lleven a cabo.

La ministra admite que hay menos dosis de vacunas de las que se esperaba a esta altura. Pero aclara que no es un problema de Argentina en particular. “Los laboratorios tuvieron problemas de producción y no cumplieron los compromisos”, dijo en Podemos Hablar, el programa de Andy Kusnetzoff. “Estamos enfrentando una segunda ola con un sistema de salud más robusto y personal de salud más entrenado, con el 90% de los equipos de salud con una primera dosis de la vacuna y un 60% con la segunda, pero muy cansados”.

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Este contenido contó con participación de miembros co-responsables y lectores de RED/ACCIÓN

La incertidumbre, las nuevas cepas más contagiosas y que, al parecer, no saben de edad, ni de enfermedades preexistentes. La experiencia de un 2020 agotador, el pánico de que se repita o sea aún peor. El terror a enfermar gravemente, a que no haya camas, a contagiar sin saberlo o a que enfermen seres queridos. A no llegar a fin de mes. A perder el trabajo. A no soportar más. Son algunos de los miedos y sentimientos de nuestros lectores y lectoras y, arriesgo, de buena parte de los argentinos y argentinas (y de quienes en otros países pasan por la misma situación).

“‘No sé si voy a poder’, es la frase que mucha gente dice a la hora de las nuevas restricciones y esta sensación de que se vuelve a lo mismo”, dice el psicólogo y especialista en vínculos Miguel Espeche, quien también coordina el Programa de Salud Mental Barrial del Hospital Pirovano, una red de talleres gratuitos, de conversación y contención emocional entre pares.

“El comentario generalizado —continúa— es que ‘las balas pican cerca’, y hay una sensación más física del temor al coronavirus, de una cercanía del virus más palpable, y el tipo de miedo abarca a más personas. No me refiero a un miedo patológico sino a la prudencia, a la alerta; los estados de ánimo propios de un inminente peligro. Sin embargo, sí hay un aumento de ansiedad, porque a todo lo que sabemos que ocurrió en el 2020 le agregamos el cansancio y el hartazgo”. 

Comentarios que lectores y lectoras enviaron por Instagram.

Analía Forti, licenciada en Ciencias para la Familia y consultora psicológica, coincide en que “en esta segunda ola los miedos se han intensificado por la experiencia del aislamiento de 2020 y el temor a que se repita, y por la evidencia de la alta circulación y contagiosidad de las nuevas cepas”. “Hoy, la percepción es que estamos rodeados de casos y que todos podemos ser contagiados y contagiar. Han aumentado los miedos en relación a las edades de las personas en las que el COVID impacta y el modo en que organismos sanos, jóvenes y sin ser de riesgo responden a la enfermedad”, agrega.

La especialista dice que aumentaron las consultas relacionadas a “estados de ansiedad y angustia que genera la incertidumbre de no saber hasta cuándo la vida estará en riesgo de COVID”. También aquellas vinculadas a las consecuencias laborales y económicas. “Pero la preocupación principal es por los efectos emocionales en los niños y adolescentes a causa de la suspensión de la presencialidad; la soledad de los adultos mayores y el sufrimiento emocional que les ocasiona estar lejos de sus hijos y nietos; y una ansiedad creciente por la escena fantasmagórica de un nuevo aislamiento social por falta de vacunas con colapso del sistema de salud”.

Cómo convivir con la incertidumbre: asumamos el miedo, evitemos el pánico

Espeche dice que si bien no recibe consultas específicas por la pandemia, la pandemia atraviesa y amplifica “como si le pusieras un megáfono”, los conflictos familiares cotidianos. 

“El escenario exacerba ciertas circunstancias emocionales que subyacían, debido al encierro y otros factores. También hay muchos conflictos en relación a la convivencia entre generaciones jóvenes y gente más grande, porque los chicos salen, claramente es más difícil mantenerlos adentro por una lógica de la especie humana y porque tienen menos facilidad de sufrir complicaciones muy negativas, y cuando eso convive con una generación más vieja, como la de los padres o los abuelos, se hace problemático y a veces hay culpas y reproches”, explica.

A pesar de los miedos y ansiedades que la nueva ola trae, rompiendo con mucha fuerza y espuma la vida que comenzaba a acomodarse, a diferencia del año pasado, hay un mundo un poco más feliz más allá del horizonte oscuro. Hay vacuna. Hay vacunas. Y funcionan. Mientras llegan y el efecto inmunizador hace su trabajo, hay algunas estrategias a las que podemos recurrir para que el miedo no nos gane. 

Información real como primer antídoto a la intoxicación mediática

Entre el bombardeo de los medios que, no pocas veces, nos carga de angustia, consumir información certera y conocer la realidad de la situación ayuda a tomar conciencia y decisiones que brinden tranquilidad, a saber cómo actuar.

Para esto, el doctor en bioquímica, especialista en inmunología e investigador de CONICET Jorge Geffner, traza una radiografía de lo que está sucediendo: “La situación actual no es grave, es crítica: es peor que en la primera ola, los casos duplican o triplican con el correr de tres semanas; duplica, en ese mismo lapso, la mortalidad, tenemos dos variantes nuevas del virus que están circulando con un nivel importante, que son la variante P1, de Manaos, y la B117, de Reino Unido, y encima estamos hablando de que estamos teniendo 25.000 casos registrados, es decir que tenemos más casos”.  

“La manera más gráfica de verlo —continúa— es cuando observás el crecimiento de los casos, día a día, en el transcurso del último mes: ya no es una pendiente, parece una recta que apunta al cielo. Entonces, lo que hay que comprender son dos cosas: primero, la situación es crítica y, segundo, hay que restringir la circulación. Estamos en un momento en que las vacunas están mostrando que andan muy bien, pero tenemos pocas. Ese es el problema. Para las franjas etáreas de 70 y 80 y el personal de salud, que son los sectores que están cubiertos, la tasa de internación bajó dramáticamente. Pero estamos teniendo entre 200 y 300 fallecidos por día, entonces hay que ubicar la discusión en este sentido y tomar medidas en forma urgente”.

Lo que debemos entender es que, al margen de que los adultos y adultas mayores sigan siendo el segmento de mayor riesgo, las dos variantes nuevas que circulan, más contagiosas, transmisibles y asociadas a cuadros más complejos, ponen en riesgo a todas las personas. “Con la variante de Manaos, por lo que estuvimos aprendiendo del desastre de Brasil, empieza a aparecer en una franja importante a nivel de internación y en terapias intensivas, en personas de 40 y 50 años, sin comorbilidades previas. Eso antes no lo veíamos. Hay un corrimiento, no hacia una edad adolescente pero sí hacia una edad de adulto joven”, dice el inmunólogo. 

Si bien el panorama no es demasiado alentador, entender la gravedad del asunto y recordar, como señala Geffner, que esto no nos pasa solo a nosotros, que muchos países del mundo pasaron por esta segunda ola (incluso hay algunos que padecieron tres o cuatro) y debieron, cada vez, tomar algunas restricciones para preservarse y salvar el sistema de salud del colapso, nos permite comprender, también, que hay salida. Pero para que sea exitosa no hay más opción que hacer sacrificios los próximos meses. 

El investigador indica que lo que tiene que hacer cada uno para conservar la calma y cooperar desde su lugar a que la situación no empeore es limitar al máximo la circulación y respetar de manera estricta los protocolos que ya aprendimos de memoria como un rezo que estamos hartos de repetir, pero que aparentemente funciona: distanciamiento social, usar barbijo, airear los ambientes, lavarse las manos con frecuencia. “Y después tener una actitud comprensiva frente a las medidas que se plantean, porque el manejo de la pandemia realmente es muy complejo”, asegura. 

Los jóvenes y la segunda ola: ¿egoístas e irresponsables o fatigados y temerosos de estar solos?

Las vacunas llegarán. Mientras lo hacen y se avanza en el programa de vacunación, dice, necesitamos contener el sistema de salud tres o cuatro meses. Y eso implica hacer sacrificios. Sacrificios que se traducen en la pérdida de actividades, de encuentros y salidas sociales, de productividad económica, y en ganancia de vidas. Sacrificios que tienen una meta que está muy cerca y que se estima que, si los tomamos, podrían devolvernos la normalidad —o algo que se le parezca— justo a tiempo para la primavera. 

Qué hacer para pasar el invierno sin sucumbir al miedo

Lectores y lectoras de RED/ACCIÓN dicen que algunas de sus estrategias para dejar de pensar en la pandemia y pasarla mejor son comer sano, estar al sol, pasear por espacios verdes, consumir pocas noticias.

Además de esto y, claro, quedarse en casa el mayor tiempo posible y continuar con los protocolos que ya nos sabemos, Analía Forti y Miguel Espeche sugieren diferentes recursos para lograr la tranquilidad y no dejarnos vencer por el miedo.

Ambos coinciden en que no se debe pensar demasiado en qué sucederá a futuro. “Es mejor no hacer anticipaciones catastróficas para evitar un sufrimiento innecesario por algo que aún no ha sucedido. Es conveniente anclar los pensamientos en el presente, en el aquí y ahora, poniendo el foco en la responsabilidad individual para cuidar de sí mismo y del otro”, señala la consultora psicológica.

Y agrega: “Estamos pasando un momento crítico pero estamos en el camino de salida y no hay que perder la actitud esperanzadora en un contexto de adversidad como el actual. Es necesario transitar esta pandemia a ciencia y conciencia. Con esperanza, confianza en la ciencia y responsabilidad individual y colectiva”. 

El coordinador del Programa de Salud Mental va en el mismo sentido cuando dice que “generalmente uno tiene miedo por lo que pasa y por lo que podría pasar”. Y explica la diferencia entre ambos: “El miedo por lo que pasa, lo que nos está ocurriendo en el entorno más inmediato, es un miedo útil porque nos advierte de un peligro; pero el miedo que anticipa escenarios de catástrofes nos genera mala sangre y no conduce a nada. Un consejo es tener un rango de percepción más acotado y no hacer pronósticos demasiado negativos, porque la verdad es que no sabemos qué nos deparará el futuro”. 

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Además de tratar de no imaginar mañanas apocalípticos y centrarnos en el mantra de “un día a la vez”, Forti sugiere que una buena manera de transitar los días de distanciamiento y pandemia es “desarrollar una actitud de adaptación activa a la realidad, sin quedarse en el pánico que paraliza ni en la negación que minimiza los riesgos y te expone al peligro. Esto implica aceptar lo que sucede y desplegar conductas ajustadas a esa realidad que permitan atravesarla de manera responsable. Es un desafío de aceptación y adaptación creativa, afrontando la adversidad con actitud y confianza en que vamos a superarla en la medida en que actuemos de manera consciente y responsable”. 

Esto, traducido a acciones prácticas, consiste en “aceptar que la vida tal como la conocíamos ha cambiado, y lo que antes era seguro ya no lo es”. Y ante esto, hay que buscar otras maneras de hacer las cosas que hacíamos (trabajar, socializar, recrearnos, estudiar) para no ponernos en riesgo. Ellas son, las de siempre: “mantener distancia social, estar en espacios abiertos o ventilados con distancia y barbijo, mantener una higiene exhaustiva en las manos con agua, jabón y alcohol, sanitizar espacios, naturalizar la utilización de elementos de protección, aprender a hablar con el barbijo colocado adecuadamente tapando nariz y boca y tolerar la incomodidad que la realidad actual presenta por un tiempo limitado hasta superar la situación sanitaria”. 

Eso, asegura Forti, “nos permite sentir que tenemos cierto control sobre una situación que nos excede y que no podemos cambiar y hace que la angustia y la ansiedad disminuyan”.

Espeche, además de todo lo dicho, pone el foco en la importancia de la conversación: “El consejo siempre es compartir, hablar, no quedarse encerrado con los pájaros negros de la cabeza. Y cuando digo hablar también es escuchar. Cuando estamos muy angustiados, muy paranoicos, muy ansiosos y con esa lógica implacable pero no tan verdadera de miedo, que hace olvidar todos los recursos que tenemos y solo ve los peligros, tendemos a no escuchar a los demás, nos escuchamos a nosotros mismos y solo queremos descargarnos. Cuando digo conversar es expresar lo que sentimos pero también escuchar al otro, recibir sus palabras, eso corta el chorro de nuestra propia angustia y nos saca del ensimismamiento. Entonces: acompañarse, contarse historias, mantener vínculos a través de las plataformas, tener conversaciones que hagan recordar que somos humanos y no solamente seres asustados metidos en la cueva”. 

También apela a pensar en nuestras raíces y recordar que si llegamos hasta acá es porque nuestra especie es suficientemente fuerte para superar crisis: “en la historia familiar de todos nosotros hay miles de experiencias de mucha resiliencia, mucho coraje, de situaciones como la guerra, la hambruna, el exilio, donde se ha comprobado no solamente que la especie humana es fuerte, si no que la propia estirpe es fuerte porque todos descendemos de gente que se la ha bancado”. Pensar en eso tranquiliza. “Es como si vinieran energías desde otras generaciones a nutrirnos en este presente tan extraño y surrealista”, dice.

Y agrega lo más difícil, quizás, que es trabajar la paciencia.

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Si querés saber más sobre el Programa de Salud Mental Barrial del Hospital Pirovano, ingresá acá.  

¿Ante qué síntomas no se debe concurrir a la escuela? 

Ante cualquier síntoma de alguna enfermedad debe quedarse en la casa y no concurrir a la escuela hasta ser evaluados por el equipo de salud.
Los síntomas pueden ser: fiebre, tos, cansancio, dificultad para respirar, dolor o presión en el pecho, dolores musculares, dolor de cabeza, pérdida del gusto o del olfato, confusión, dolor de garganta, congestión y goteo nasal, diarrea, náuseas y vómito, dolor abdominal y sarpullido.

¿Cuándo es un caso sospechoso? 

Cuando presenta dos o más de los síntomas ya mencionados. O una pérdida repentina del gusto o del olfato, aunque se de en ausencia de otro síntoma.

¿Cuándo es un caso confirmado?

Cuando tiene un resultado positivo en una prueba de laboratorio (hisopado), o cuando cumple con los criterios clínico-epidemiológicos (confirmados por un médico).

¿Cuándo es un contacto estrecho?

Cuando estuvo en un grupo escolar con un caso sospechoso o confirmado (mientras este presentaba síntomas o 48 horas antes del inicio de síntomas). También cuando permaneció al menos 15 minutos a menos de 2 metros de un caso sospechoso o confirmado (mientras este presentaba síntomas o 48 horas antes del inicio de síntomas). 

¿Cuándo debe aislarse?

Cuando se es un caso sospechoso o confirmado.

¿En qué consiste el aislamiento? 

En separar a personas enfermas o sospechosas de estarlo, del resto de las personas con el objetivo de prevenir los contagios. Se debe iniciar apenas comienzan con el primer síntoma y si se confirma que tiene COVID-19, deberá aislarse durante  el periodo de 10 días. Si por el contrario se descarta, se levanta el aislamiento.

¿Cuándo se debe permanecer en cuarentena? 

Cuando se es contacto estrecho de una persona enferma o con sospechas de estarlo. La cuarentena consiste en la restricción de actividades y separación de personas sin síntomas pero que pudieron estar expuestas al virus. Busca así monitorear la aparición de síntomas, a fin de detectar tempranamente nuevos casos y evitar más contagios. Debe empezar desde el último contacto con la persona enferma o con sospechas de estarlo y dura 14 días en aquellos contactos que no hayan presentado síntomas, sin necesidad de realizar testeo. Si la persona sospechosa de tener COVID-19 se descarta, se levanta la cuarentena.

¿En qué momento del periodo de incubación del virus podemos contagiar a otros?

¿Qué pasa si un/a docente es un caso confirmado? 

Se deberá identificar a los grupos con los cuales el o la docente estuvo en contacto estrecho e indicar la cuarentena de esos grupos.

¿Qué pasa si un/a docente es contacto estrecho y da clases en varios grupos? 

Él o la docente debe realizar la cuarentena, al igual que el grupo de estudiantes al que pertenece la persona enferma o sospechosa de estarlo. Si da clases en otros grupos, las personas de esos grupos no se consideran contactos estrechos por lo tanto no se cerrarán esos grupos. Los contactos de un contacto estrecho no deben realizar cuarentena.

Este contenido fue publicado originalmente en Reaprender , la newsletter que edita Stella Bin.

El último domingo de agosto de 2020, Ricardo Villagra estaba de guardia, cuidando de los enfermos con COVID internados en el hospital Piñero, cuando empezó a sentir algo de dolor en la garganta. Ese dolor blando que parece inofensivo: la ola que precede a un tsunami. Lo había escuchado mil veces descripto por sus pacientes. Pero una cosa es que te la cuenten y otra es vivirla. 

Después de la guardia volvió a su casa, ya de día, y se sometió a un test de coronavirus. La fiebre empezó casi al mismo tiempo. Hilda, su novia, que también es médica, le apoyó un estetoscopio en la espalda mientras, en un laboratorio, el hisopado daba positivo (y para ella negativo).

“Hilda escuchó que yo tenía unos ruidos ‘crepitantes’ que indican neumonía”, dice Villagra ahora, por teléfono. En la tomografía que le hicieron más tarde se vio que era bilateral: los alvéolos —que realizan el intercambio de oxígeno con la sangre— estaban llenos de líquido.

En julio de 2020 habíamos conocido a Villagra. En un reportaje, en lo alto de la primera ola de la pandemia, nos contó cómo era su vida: la vida cotidiana de un médico que no era famoso ni ocupaba un cargo jerárquico, pero que luchaba contra el virus SARS-CoV-2 en un hospital público de la ciudad de Buenos Aires en el que hacía guardias dos veces por semana, 24 horas cada vez. Ahora lo contactamos de vuelta para preguntarle cómo había sido todo este tiempo. No imaginábamos que, apenas un mes después de aquel primer reportaje, él mismo se había contagiado el virus. Y que no la había tenido nada fácil.

“Estuve internado tomando antibióticos, anticoagulantes y corticoides”, dice. Durante una semana ocupó una cama en una clínica. “Lo mismo que yo hacía con mis pacientes, bueno, ahora me tocó a mí. Tenía un malestar general muy duro. Mucha fiebre. Tardaba en responder a los antitérmicos; me tuvieron que pasar antitérmicos venosos. Al segundo día perdí totalmente el gusto y el olfato, y sentía mucho cansancio”. Pero la fiebre no era lo peor. “Fue la cabeza”, dice. Eso, como un toro suelto y desquiciado. “Tenía mucho miedo de empezar a desaturar [oxígeno], de terminar en terapia [intensiva]… de morirme”. 

El miedo a la muerte es una cosa espesa, es distinto a todos los otros miedos. “Les escribí a todos mis compañeros”, sigue Villagra, “para que me cuenten si en sus internaciones habían pasado por algo parecido a lo mío. Muchos me contaron sus experiencias y eso me tranquilizó. Yo nunca había sentido el miedo de morirme”.

En la habitación de la clínica había saturómetros y termómetros para que los pacientes se controlaran a sí mismos. Villagra lo hacía seguido, pero a veces la saturación de oxígeno era de 95% en un dedo y de 96% en otro, y eso lo perturbaba. En las primeras tres noches de internación no pudo dormir, un poco por la fiebre, otro poco por los nervios, y también por los recuerdos de algunas personas que él había atendido: gente que llevaba la enfermedad más o menos bien hasta que de repente empeoraba. Se escapaban de su cuidado sin ninguna causa aparente, sin ningún aviso que Villagra pudiera interpretar de antemano. ¿Qué hace que algunos pacientes saludables sufran un cuadro grave y otros no? Ese es uno de los misterios del SARS-CoV-2 que, luego de un año, aún no tiene respuesta. 

Hilda, su novia, se había quedado sola en casa, angustiada. Le contaría después a Villagra que, cuando la ambulancia se lo llevó para la clínica, un pánico poderoso la invadió: temía que fuera la última vez que se vieran.

El equipo de shock room del Hospital Piñero. Foto: gentileza de R. Villagra

Quizás el virus se encarnizó con Villagra porque, al trabajar cada semana con enfermos de COVID, su carga viral fue mayor de lo usual. “Puede ser, no lo sé”, dice, en nuestra segunda charla telefónica. “Hay de todo, el virus tiene una forma de comportarse muy aleatoria”. Luego de un mes de salir de la clínica (y de atravesar un largo síndrome post-covid), Villagra, que acababa de cumplir 30 años, se reincorporó en octubre al trabajo en el hospital Piñero.

El panorama era totalmente distinto; desde ese hospital parecía que el ojo de la tormenta ya había pasado (sin embargo, el pico máximo nacional de 2020 fue el 21 de octubre, con 18.326 casos, antes de que la curva comenzara a caer). 

“Cuando yo me fui, la sala COVID estaba llena”, dice, “pero cuando volví, quedaban solo cuatro o cinco pacientes”. En los quince días que siguieron, las otras dos salas COVID —situadas en el primer piso del hospital y divididas en habitaciones con dos camas— se cerraron y regresaron a ser lo que habían sido: espacios de clínica médica y de traumatología. Hacia noviembre se contaban alrededor de 9.000 casos diarios, en tendencia a la baja: el virus parecía estar en retirada y a Villagra, que contaba con anticuerpos naturales luego de haberlo padecido, ya no le quedaba mucho más que hacer ahí, en el primer piso. 

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Volvió entonces al área en la que trabajaba antes de la pandemia: el shock room de la guardia de ingreso. Es el primer acceso que hay en el hospital: un área crítica atendida por un equipo de 14 médicos guerreros. Al shock room —que tiene un desfibrilador, una máquina de vía aérea para intubar a los pacientes, y camas con respirador y monitor multiparamétrico (para controlar presión arterial, frecuencia respiratoria, y frecuencia y ritmo cardíaco)— llega gente con, por ejemplo, un paro cardiorrespiratorio, un accidente cerebrovascular, los huesos partidos por un choque de automóviles o una bala entre las costillas.

Como el hospital está situado en el barrio de Flores, cerca de la villa 1-11-14, el shock room a veces se convierte en la extensión de un territorio de disputa entre pandillas, o entre delincuentes y policías. Por eso, Hilda, la novia de Villagra, se preocupa. Él no, o no tanto. Él eligió estar ahí para ganar experiencia durante algún tiempo: es un desafío personal.

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“Es cierto que ese ambiente es demasiado estresante”, sigue Villagra. “Se hace una evaluación inicial de los pacientes que entran y a veces hay que dormirlos y conectarlos a un respirador para empezar a ver, recién ahí, qué es lo que está pasando. Son pacientes que uno no conoce y pueden llegar inconscientes. Es un trabajo muy distinto al de la sala COVID, donde podés leer una historia clínica”.

Entre noviembre y febrero, los casos del shock room eran similares a los de un tiempo sin coronavirus: accidentes, infartos, lo que ya dijimos.

Villagra fue vacunado en enero, un mes de calma. Pero en marzo, con la segunda ola, todo empeoró. Fue de una semana a otra. Un crecimiento geométrico. “Hoy la mayoría de los casos que entran al shock room son COVID hasta que se demuestre lo contrario”, explica Villagra. Por eso hay dos shock rooms: uno es para COVID y tiene dos camas; el otro tiene tres camas.

Cualquier paciente que ingresa a la guardia pasa primero por lo que los emergentólogos llaman“shock room covid”. Ahí usan pruebas rápidas de coronavirus (que dan resultados en 30 minutos) y corroboran con el test —ya muy conocido— de PCR. No siempre el aire te puede faltar por covid; puede haber otras cosas como bacterias, edemas y coágulos. 

“Es complejo”, sigue Villagra, “apenas escuchamos que la ambulancia está llegando o que las puertas se abren, nos tenemos que cambiar con los elementos de protección personal para COVID”. Ya nos había contado sobre esa ropa en julio; ahora dice que no cambió: un barbijo N-95 y otro más, desechable, sobre ese; una máscara de protección ocular, dos pares de guantes, una cofia, botas estériles de tela, un camisolín y un ambo con fluido repelente. “Lo riesgoso no es ponérselo, porque en ese momento está limpio, sino sacárselo”.

Una escena en una unidad de terapia intensiva. Foto: Télam

Cada día en la guardia es un nuevo encuentro con el virus. Sin piedad, sin concesiones: el virus aparece como un rival poderoso que demuestra su enemistad.

El domingo pasado, 18 de julio, por ejemplo, en el shock room el trabajo fue intenso desde la mañana. Pero Villagra recuerda, más que nada, a una anciana de 91 años. Su familia le pidió a él que, si las primeras medidas no funcionaban, no la intubara. Que simplemente la dejara ir. La familia entendía que lo demás era casi como ensañarse con el cuerpo de la anciana, arrugado y afectado por el coronavirus. Y Villagra sabía que a una mujer de 91 años como ella la intubación no le iba a traer ningún beneficio. Pero al final, quién lo hubiera dicho, la anciana sobrevivió con el oxígeno que Villagra y sus colegas le suministraron durante un buen rato. 

Luego llegó desde la sala de internación de COVID un paciente que había empezado a desaturar oxígeno y a toser sin parar. En la sala no podían controlarlo; le pidieron a Villagra que lo bajara al shock room. “Creí que bajaba para ser intubado”, dice él, “aunque pudimos optimizarlo y ponerle oxígeno con presión más alta, y no hubo necesidad de intubarlo. Pero es un paciente que probablemente en la próxima guardia sea intubado porque su situación estaba complicada. Y era un pibe… Tenía 36 años”. 

Y así se pasa el tiempo en el shock room, con rostros nuevos y muecas de asfixia repetidas, día tras día. 

Hacia noviembre se contaban alrededor de 9.000 casos diarios, en tendencia a la baja, pero desde marzo todo cambió. Foto: Telam

Cuando Villagra llega a casa —un departamento de dos ambientes que alquila a pocas cuadras del hospital— se recuesta al lado de Hilda. Apoya una mano sobre su vientre, percibe lo que hay para percibir. Es su momento de relajación luego de esas batallas biológicas desiguales. Hilda está embarazada. Es la primera vez para los dos y Villagra, que de pronto ahora se vuelve un poco tímido, acepta con pocas palabras que no es consciente del cambio que viene. “Mi vida sigue bastante agitada por ahora”, dice. “Pero cada día caigo un poco más, ¿no? Es loco…”.

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Este contenido contó con participación de miembros co-responsables y lectores de RED/ACCIÓN

En el mismo lugar que en la Buenos Aires de los años 30 se erigió el que sería el ring más famoso y emblemático del país, aquel que vería pelear a algunos de los boxeadores más prestigiosos e importantes del mundo, hoy se levanta otro ring. Se libra una pelea sobre la cual están puestos todo los ojos del mundo. El enemigo que se intenta poner contra las cuerdas, aunque minúsculo e imperceptible, no obedece ningún reglamento, y lleva arrasadas millones de vidas. 

Hoy, en Buenos Aires, las personas siguen haciendo cola y deseando, quizás con más fervor que nunca, su turno para entrar “al Luna”. Hoy —nadie podría haberlo imaginado— el espacio que era sede de tantos espectáculos se transformó en el escenario de otro: la vacunación contra el COVID-19. Allí, los adultos y adultas mayores de 70, en este momento de la inmunización, van con ansias a recibir el pinchazo que, esperan, les devuelva algo de libertad.

Cuáles son las vacunas para prevenir el COVID-19 que están disponibles en la campaña de vacunación argentina

Y no solo es el Luna Park. También la Rural, Boca, San Lorenzo, Ferro y otras canchas se convirtieron en sedes de la mayor disputa del siglo. En otras ciudades del país se suman tantos espacios más.  

Los primeros en las filas son los que también vieron épocas doradas de muchos de esos lugares, lo que acudieron o quizás escucharon por radio una pelea disputada en la “Catedral del boxeo”. Son también quienes se vieron más afectados por la pandemia.       

“Las personas mayores son las que más se han cuidado porque son conscientes del riesgo que corren, entonces son personas que han estado (y muchas de ellas siguen) guardando el aislamiento, sin estar en contacto con otros adultos mayores o con sus familiares, con sus hijos o nietos. Y todo esto tiene un efecto importante en el ánimo y en la salud mental, por la dificultad o la imposibilidad de poder tener un contacto más estrecho con sus seres queridos, poder tener un contacto social pero que sea físico, besar a un nieto, abrazar a un hijo. Esto es algo que ha tenido un impacto muy fuerte”, explica Gonzalo Abramovich, psicólogo, gerontólogo y director de la consultora de asesoramiento gerontológico Recursos Mayores.

“Entonces —sigue— los adultos mayores esperaron, y muchos esperan todavía, ansiosamente la llegada de la vacuna. Porque para ellos implica, no dejar de tomar recaudos, ni de cuidarse, pero sí la esperanza de una inmunización que les permita poder llevar una vida un poquito más normal. Poder salir a la calle, poder ir a un supermercado, con barbijo y todos los cuidados, pero sin estar con ese miedo de que si se contagian pueden tener graves consecuencias. Son los que más han estado guardados, así que la vacuna tiene un efecto liberador. Para ellos es esa diferencia que hace que se pueda salir, sabiendo que tienen un 90% de posibilidades de no enfermarte o que si se enferman no se van a morir. Son más de 7 millones de adultos mayores que hay que vacunar y ahí están, tratando de vacunarse lo antes posible”.

Algunas de las respuestas que enviaron por Instagram lectores y lectoras de RED/ACCIÓN sobre la vacunación de adultos y adultas mayores.

La noticia más esperada

“Antes de darme la vacuna tenía mucho miedo al contagio, ahora lo sigo teniendo porque los números dicen que esto está cada vez peor, pero me siento un poco mejor”, dice Cristina, una miembro co-responsable de RED/ACCIÓN de 76 años que recibió la primera dosis de la vacuna el 1 de abril. 

Ella cuenta que aunque el mail con la confirmación del turno le llegó a su hija, que fue quien gestionó su inscripción, cuando le avisó que ya tenía fecha la alegría fue inmediata: “¡Ah! Me sentí superentusiasmada. Pudimos ir las dos caminando, porque vivo bastante cerca de la Rural, y fue todo muy bien. Y además todas mis amigas, que tienen esta edad, se están vacunando: algunas hoy, otras ayer, otras mañana. Hace un año que no las veo”.

¿Cuánto dura la inmunidad de la vacuna para el COVID-19?

Pedro tiene 82 años y vive en Mar del Plata. Su nieta, Malena, quien lo acompañó en el proceso, cuenta cómo fue su experiencia, ya que Pedro tiene una sordera avanzada y hablar por teléfono se le dificulta: “Antes de recibirla no tenía miedo y quería vacunarse lo más pronto posible para agilizar todo lo relacionado con que se termine el covid. Se enteró porque yo me se descargué la aplicación hace tiempo y me fijaba todos los días. El turno le llegó tarde, lo tenía para el 17 de marzo y lo vacunaron el 26 por un problema de sistema y que la notificación nunca llegó. Cuando se enteró se puso contento y apenas le avisamos, mi hermana y yo, se acercó hasta el punto de vacunación, en la Universidad Nacional de Mar del Plata. Ahí lo esperábamos nosotras que habíamos ido a averiguar por el turno y nos respondieron que seguía vigente y que, si podía, mi abuelo se acercara en ese momento. Él se tomó un remis enseguida hasta la facultad, le tomaron los datos y lo hicieron pasar”.

A Olga, su vacunación le llegó de sorpresa: “Mi nieta, Carolina, nos había anotado a mi marido, que tiene 79 años, a mi madre, que tiene 96, y a mí, que tengo 78. En un momento me sale en el celular, entonces yo hablo con Carolina y era el aviso para que mi mamá fuera a vacunarse. Eso fue el 23 de marzo. Nos llevaron a mi mamá y a mí hasta el Hospital Materno Infantil de Tigre, que es muy cerca de casa. Era solamente para darle la vacuna a mi mamá, pero cuando llegamos la señora que nos atendió me dijo que tenían dosis de más, y me preguntó si me interesaba darme la vacuna, a lo cual dije que sí, de buena gana me daba la vacuna”. 

Olga padece la enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC), una afección que obstaculiza el paso de aire a los pulmones, por eso siempre pensó que si se contagiaba coronavirus se iba a morir rápidamente. La vacuna era realmente importante para ella.

“Nosotros prácticamente desde marzo del año pasado estuvimos adentro. Los que salían eran mi hija y mi yerno que tienen un departamento sobre mi casa, ellos se ocupaban de hacernos los mandados. Así que nosotros no salíamos para nada. Me alegré mucho cuando nos avisaron que mi mamá se podía dar la vacuna, porque una persona de esa edad… Y con más razón cuando me dijeron que si quería me daban la vacuna a mí también. Lo primero que pensé fue: qué pena que no fue mi marido y por ahí nos daban la vacuna a los dos. Igual a él lo citaron el miércoles 6 de abril y le dieron la vacuna”, cierra Olga.

“Ayer, 7 de abril, me llegó un correo avisándome. Yo me empadroné hace una semana, cuando me avisaron que me anote a la espera de fecha de vacunación y llegó ayer”, cuenta Alberto, de 70 años. “Me daban la opción entre 10 o 12 lugares para buscar un horario para vacunarme en el día de hoy y, si no podía, tenía tres días para seleccionar. Así que entré a buscar. En todos los lados que me quedaban más o menos cerca, como el club Comunicaciones o la Rural, no había horarios disponibles, no había turnos. Pero entré en la opción del Luna Park y me apareció la posibilidad de vacunarme hoy. Me agarró un poco de ansiedad, así que me fui a imprimir la confirmación del turno por las dudas se borrara o algo, quería tenerlo”.

En la previa a la vacunación, el mail de confirmación del turno debe ser el correo más fotografiado y reenviado por Whatsapp a las familias, amigos, amigas y personas queridas. El estallido de alegría de los que la reciben de su persona mayor querida también es una reacción que se contagia de teléfono en teléfono, que se festeja, mezcla de alivio y sensación de estar cerca de la línea de llegada de esta carrera desaforada contra el virus.

Las respuestas a tus preguntas sobre las vacunas

El día V

“La experiencia de vacunarme en la Sociedad Rural resultó, como decíamos en mi época: ‘Argentina, año verde’”, narra Cristina. “Una maravilla. Todo organizado, todos distanciados, muy bien atendidos. Una enfermera que se presentó a sí misma me explicó lo que iban a hacer, me mostró la vacuna. Había una médica que rondaba todos los cubículos que había en un gran espacio y preguntaba si alguien se sentía mal, si tenía miedo”.

Y continúa: “Después de que me pusieron la vacuna nos hicieron pasar (digo nos porque yo iba con mi hija, los mayores de 70 o 65 tenían que ir acompañados) a una galería que tenía una especie de gazebo, pero que estaba al aire libre. Había sillas de a dos, muy separadas, había voluntarios del ejército que circulaban preguntando si alguien se sentía mal y ofreciendo agua. Yo pedí whisky pero no me dieron —bromea—. Después de media hora pudimos irnos. Te quedabas ahí ese tiempo por si te bajaba la presión o lo que fuera. Todo me pareció fantásticamente bien organizado. Hacía mucho tiempo que no veía, por parte del Estado, una atención así. Rápido, sin esperas, ni aglomeraciones. En fin: una maravilla”.

Como el relato detallado de Cristina, las experiencias de vacunación se repiten, y los vacunados y las vacunadas no escatiman halagos para la organización y la atención.

Abuela de un lector de RED/ACCIÓN que respondió por Instagram a la pregunta sobre la vacunación de adultos y adultas mayores.

“A mi abuelo lo acompañé yo —cuenta Malena, la joven de Mar del Plata— porque al tener un nivel de sordera hay cosas que no escucha o le cuesta. La experiencia fue superbuena, la enfermera fue muy amable, en todo momento nos habló excelente y nos explicó todas las dudas que Pedro tenía. Desde qué debía hacer si tenía síntomas a si se podía vacunar en mayo con la vacuna de la gripe, como lo hace todos los años”.

Olga se suma a los conformes: dice que los atendieron “muy, muy bien”. Que esperaron 20 minutos para chequear que se sintieran bien y después se fueron. “Y no tuvimos ningún tipo de problema. Ni mi mamá ni yo con respecto a la vacuna. A mí solamente me molestaba un poco de noche en el lugar donde me la dieron. Pero mi marido me puso una pomada para los dolores y se me pasó”.

Alberto también retuvo al detalle su experiencia: “Llegamos —él fue acompañado de su mujer— al Luna Park y había una muy buena organización. Afuera había una carpa con sillas por si había que esperar, cosa que no sucedió. Había también un sector con sillas de rueda por si había personas con alguna discapacidad. En la puerta nos tomaron la temperatura, nos pusieron alcohol en gel y nos hicieron pasar. Ingresamos y nos atendió otra persona que nos preguntó el horario de vacunación y nos mandó directamente a la cola para vacunar. Había sectores según los diferentes horarios por si tenías que esperar, para agrupar a las personas en diferentes espacios”.

“En el lugar donde en otra época estaba el ring —continúa— está todo el centro vacunatorio. Fue muy buena la atención de todos. Había unos 50 boxes y se desocupaban enseguida. Cuando me tocó, tuve que esperar que fueran a buscar la vacuna. Las traen por tandas para que no pierdan la cadena de frío. A los 5 minutos trajeron las dosis. Me aplicaron la vacuna y me pasaron a otro sector donde ingresaban quienes ya la habían recibido y después te hacían sentar unos 15 minutos por si había algún tipo de reacción. Ni a mí ni a ninguna personas de todas las que estaban alrededor nuestro le dio ninguna reacción. Así que nos levantamos y nos fuimos. Todo en perfecto orden, muy bien organizado, con mucho personal y con muchos cuidados”.    

Abuela de una lectora de RED/ACCIÓN que respondió por Instagram a la pregunta sobre la vacunación de adultos y adultas mayores.

La foto de las madres, padres, tías, tíos, abuelas, abuelos o incluso bisabuelas y bisabuelos en el momento de aplicarse la vacuna, es otra de las imágenes más enviadas y celebradas por estos días.    

Mientras esperan la segunda dosis

“[Después de ponerme la vacuna] no me dolió el brazo, no me sentí mal, no tuve ningún síntoma, nada. Todo perfecto. Pero bueno, me han puesto la misma vacuna que le pusieron al presidente, y el presidente después de las dos dosis se ha enfermado de covid, así que me sigo cuidando: mucho lavado de manos y todo. Ahora, realmente, tengo un cuidado más extremo por el miedo que me da esta ola de contagios y de muertes que va creciendo y no decayendo. Más cuidados de los que tengo no puedo tener. Además solo tengo la primera dosis”, dice Cristina, que aunque contenta por haber sido vacunada no baja las medidas de defensa para no enfermarse antes de que le completen la inmunización. 

Malena cuenta que, después de vacunarse, su abuelo Pedro se sintió bien: “Hasta ahora no tuvo síntomas e hizo vida ‘normal’. Se cuida con barbijo y alcohol en gel como desde el principio de la pandemia, ahora está más relajado pero igual trata de no concurrir a lugares con mucha gente”.

Olga también dice que siguen cuidándose: “Seguimos estando adentro, sin salir, a no ser que hagamos algún mandado, siempre moviéndonos con auto, con alguien que nos lleve, pero lo menos posible y lo mínimo. Estamos mucho en casa. Nos cuidamos porque creo que es algo bravo y que no se sabe bien en qué puede terminar. Esperemos que pronto se acabe y  retornemos a nuestra vida habitual”.         

“La verdad estoy contento y más tranquilo de que ya estoy vacunado, y ahora esperando la segunda dosis”, dice Alberto, y se le escucha la felicidad en la voz.

Gonzalo Abramovich, el psicólogo de Recursos Mayores, cuenta que “muchas personas mayores todavía no salen o salen muy poco”. Según las consultas y charlas que él ha podido mantener, las situaciones de ansiedad, miedo y estrés dan paso al alivio y la felicidad en las personas que se vacunaron. 

“La vacuna no es obligatoria pero casi la totalidad de los adultos mayores y las familias están de acuerdo con la vacunación, es muy unánime”, dice. “Conozco muy pocos casos de personas que no quisieran vacunarse o que sus familiares no quisieran. Son casos muy aislados. Por otro lado, lo que pasa con todos aquellos que todavía no se vacunaron o recibieron solamente una dosis, así como el que ya recibió el turno y tiene fecha para vacunarse, es que la alegría es tal que la reacción es mandarle a todos sus contactos, a todos sus seres queridos, sus hijos y nietos, la noticia, la citación, y quizás está toda la familia pendiente de eso. En Ciudad de Buenos Aires escuché mucho esto de que cuando se abría la inscripción, los hijos y nietos estaban desde las 6 de la mañana, varios miembros de la familia, con varias computadoras, tratando de anotar al abuelo”. 

La felicidad de vacunados y vacunadas, y la de sus familias, corre por las redes y teléfonos. Aun así saben, —sabemos— la pelea no está ganada. Estamos lejos de asestar un knock-out al virus. Pero seguimos en combate.

***

¿Qué crees significó 2020 para la humanidad?
—Pensemos en cosas que te dan la oportunidad de cambiar dramáticamente tu vida. Los cambios de paradigma son a la vez crisis y oportunidades. Yo soy antropóloga y uso la etnografía, que en el fondo es storytelling. Durante 2020 entrevisté a más de 100 personas en más de 30 países y documenté un cambio de paradigma que se produjo en meses, en lugar de décadas. Al principio de la pandemia la gente se apoyaba con mensajes de esperanza, coraje y aceptación de lo que había que hacer. Pero los meses de aislamiento hicieron que anheláramos lo que consideramos normal, y eso no es posible porque todas las dimensiones de la vida quedaron afectadas. Cada generación vive al menos un evento fundante, y cada uno de esos eventos requiere que ayudemos a los más afectados y aprendamos ciertas lecciones para poderlas transmitir a las generaciones futuras.

¿Cuál es el desafío que enfrentamos como generación?
—Nuestro desafío es aprender colectivamente las lecciones que nos dejó 2020 y detener la dispersión de nuestro común enemigo, el covid. Y mientras hacemos eso, emerge un nuevo paradigma, esto es que todo cambia de golpe. Lo que estaba escrito en piedra, se convierte en arena. Esta crisis hizo que nos replanteáramos las relaciones. Recogí testimonios que dicen que la muerte es un problema, pero el aislamiento es devastador. Hay quienes dejaron de verse con personas que no les hacían bien, y empezaron a conocer online a otras con las que se sienten muy unidos, y continúan la relación ahora offline. Al final, descubrimos que somos iguales en esencia a personas cuyas vidas no se parecen a las nuestras. Ahora somos más conscientes, y eso nos hace estar más unidos y tener más esperanza.

—¿En qué sentido crees que cambian las prioridades de la gente a partir de la pandemia?
—Pensemos en la lección que nos deja 2020 sobre el control, o sobre la falta de él. Todos teníamos planes para este año pero tuvimos que cambiarlos para mantenernos a salvo. Antes, en la vida corporativa, pensábamos con la lógica crecer o morir. Ahora cambia nuestra dinámica y nos ocupamos de temas domésticos y de nuestra salud y la de nuestras familias como prioridad absoluta, y nuestras prioridades cambian también. Murió gente a la que no pudimos honrar como queríamos porque no era seguro para la salud de nadie ir a un funeral. Eso es terrible, pero a la vez hizo que algunos se tomaran más tiempo para pensar en algo más significativo, celebrando la vida, cuando se pueda, en lugar de un funeral clásico. Lo que quiero decir es que el objetivo no debería ser volver a la normalidad, sino hacer historia: cambiar el paradigma para nosotros mismos y los demás.


Las respuestas de Veronica Kirin están tomadas de la presentación que dio en septiembre de 2020 en el contexto de TEDxTemecula. Para acceder al video completo, podés hacer click acá.


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La platabanda era su escape al encierro. Desde que empezó el confinamiento por la pandemia de COVID-19, Jaime solía sentarse en el techo de placa de su casa a tomar café con las vecinas, a ver el atardecer, a tomar un poco de aire, a mirar videos en su teléfono, a ojear desde allí arriba lo que pasaba entre los callejones de la Zona 3 del barrio José Félix Ribas de Petare, donde vive desde que nació.

En medio de una de esas conversaciones, mientras compartía el café con una de sus vecinas, le vino la idea. Fue como si de pronto hubiese descifrado un código. En ese instante estaba en el lugar donde podría colgar el sueño que comparte con su hermano Jimmy. El sueño de sembrar el cambio en el barrio más peligroso de Latinoamérica. Era marzo de 2020. Jimmy y Jaime se dieron cuenta de que en las platabandas podían reencontrarse los petareños. Que allí podría haber una tregua. Sí, ahí en las platabandas; ahí donde las personas del barrio hacen sus rumbas, donde cocinan las sopas de fin de semana, donde celebran la lluvia llenando tobos y tanques con el agua que cae del cielo porque por tuberías no llega, donde juegan dominó, donde vuelan papagayo, donde hasta los delincuentes se escabullen saltando de una casa a otra.

No necesitaban mucho. Una pantalla —que ya tenían—, un video beam, unas cornetas y películas. Para estos hermanos se trataba de mucho más que entretener: era una forma de retomar un proyecto dormido años atrás con el somnífero de los conflictos políticos y el despecho por un socialismo que no fue. Un aletargamiento que les enseñó que el reencuentro entre gente que piensa diferente es el ingrediente para que cualquier cosa funcione.

Así es como ellos mismos lograron encontrarse: idénticos por fuera, pero por dentro solo semejantes en la idea del libre pensamiento. Jaime y Jimmy, de 34 años de edad, son los gemelos que decidieron volver esa premisa que los une en una bandera y montarla sobre una platabanda en forma de pantalla de cine. Estatura promedio, cabello negro azabache con ondas, ojos negros y sonrisa tímida. Es imposible distinguirlos si no se les escucha hablar. Entonces se puede notar que Jaime, estudiante de Psicología, es el de la profundidad, el de las ideas; y Jimmy, casi economista, el de la ejecución de los planes.

Los morochos siempre han trabajado por Petare. En la adolescencia, quizá por su rebeldía natural, se encantaron con el proyecto socialista. Trabajando en los círculos bolivarianos y en el Consejo Nacional Electoral consiguieron cosas importantes para su barrio. Una de ellas, la Casa de la Cultura Bárbaro Rivas, que se mantiene hasta hoy y que es uno de los pocos espacios de José Félix Ribas que no ha sido tocado por intereses particulares de partidos políticos. Allí, en esa casa, reposaba su sueño de que el barrio fuera un espacio de coincidencias.

Con los años, ya adultos, se dieron cuenta de que en el chavismo no tenían cabida sus ideas del libre pensamiento. Fue con la llegada de Nicolás Maduro que las cosas cambiaron y las bases crujieron. Los morochos se hicieron más críticos. A la abuela le negaron la bolsa CLAP en 2016 por el “pensamiento indisciplinado” de los nietos. A ellos luego comenzaron a excluirlos de reuniones “por no seguir lineamientos”. Y fue por eso que poco a poco se alejaron hasta que se separaron por completo de la política para trabajar en proyectos culturales que incitaran la participación de los vecinos.

Pero la idea no les cayó del cielo.

En 2014 habían conseguido la donación de una pantalla gigante. Ese mismo año, en plena calle proyectaron un documental que despertó tal interés en los niños que no se movieron del piso ni siquiera cuando empezó una pelea muy cerca y un hombre del barrio accionó su pistola y disparó tres veces al aire. Se trataba de El milagro del Candeal, un largometraje que narraba cómo una comunidad brasileña se salvó de la violencia gracias a la música.

Entonces, los morochos hicieron clic. La cultura y la construcción de una memoria histórica del barrio los haría cruzar ese puente de la indiferencia entre sus ideas y los vecinos de Petare. Sí, la idea del Cine Platabanda iba tomando forma en sus mentes, incluso antes de que ellos mismos lo concibieran como tal.

Por esos días, afianzaron Zona de Descarga, la organización que habían fundado en 2013 para trabajar por Petare y que los llevó a respaldar otras iniciativas de la parroquia por varios años, hasta que, ahora en medio de la pandemia, estaban encontrando su propia voz.

Jaime y Jimmy, junto a varios compañeros, estaban buscando la cinta adhesiva para pegar los papelógrafos en los que se anunciaba la primera función de Cine Platabanda cuando en la Zona 3 de José Félix Ribas sonaron los primeros tiros.

Era el 2 de mayo de 2020. Comenzaba una de las guerras de bandas más largas y complejas vividas en Petare en los últimos años: una semana entera de plomo. Ráfagas largas de plomo. Plomo de día y de noche. Wilexis, como se conoce al líder delictivo de José Félix Ribas, se enfrentaba a alias “el Gusano”, un hombre que salió de prisión y se propuso hacerle la guerra para arrebatarle el control del barrio.

Había mucho miedo. Las personas dormían —cuando lo hacían— bajo las camas o mesas, los comerciantes cerraron sus negocios, los motorizados dejaron de circular por las calles, los niños ya no jugaban en las escaleras, la gente no subió más a sus platabandas. Y los morochos cancelaron la convocatoria para la función de Cine Platabanda. Pasaron al menos dos semanas tratando de hacerla, pero no era posible, porque solo asomarse a esos techos era convertirse en el blanco de una guerra que no era de los petareños, pero que los había confinado aún más que la pandemia de COVID-19.

Sobre todo cuando el enfrentamiento armado dio paso a una toma policial en la que drones, helicópteros y grupos tácticos tomaron esos mismos espacios para “cazar” a Wilexis, uno de los delincuentes más buscados del país.

Los morochos se preguntaban qué hacer. Y en esa búsqueda, una amiga de ambos los puso en contacto con unos pastores que tenían una radio comunitaria llamada Resplandor de Cristo, perteneciente a una iglesia cristiana que desde abril de 2020 transmite tres veces a la semana la palabra de Dios y mensajes de aliento. Para ello usan unas cornetas que instalaron también en el techo de una casa del barrio.

Se aliaron con ellos. Y eso sumó para que el Cine Platabanda pudiera finalmente llevarse a cabo. Entre los delincuentes hay, dentro y fuera de las cárceles venezolanas, una regla tácita: con los cristianos nadie se mete.

Por esos días, todo estaba más tranquilo en la comunidad. Y fue así que el 14 mayo niños y adultos se encontraron para ver una película animada.

Antes de empezar, y al otro extremo de la placa en la que se dispuso la pantalla, los pastores, junto a Jaime y a Jimmy, le pidieron a la gente que desde sus ventanas ondeara trapos blancos para pedir la paz en Petare. Las telas, que en la distancia parecían palomitas blancas a punto de ser liberadas, vibraron unos 10 minutos antes de que llegara el ocaso y se encendiera la pantalla que, tal como predijeron los morochos, se convirtió en el punto de encuentro para ver, leer, cantar, bailar y hasta orar en el barrio.

Tenían cornetas, la pantalla y una consola prestada. Aquella tarde, los organizadores, ansiosos, sentían que no oscurecía. Que los minutos pasaban lentos. ¿Será que esos pañuelos blancos lo iluminaban todo?

Fue a las 7:20 de la noche cuando la platabanda del callejón Guaicaipuro en José Félix Ribas se llenó de personas que, con tapabocas y sentadas en el piso, presenciaban la proyección.

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A lo lejos, se podía ver a niños apiñados en las ventanas de sus casas, con los piecitos colgando mientras aplaudían cuando se emocionaban con la película. Los adultos también dispusieron sillas plásticas en sus platabandas y dejaron entrar a vecinos que no tenían buena visibilidad de la pantalla desde sus hogares para que pudieran disfrutar la proyección.  

Esa noche todos celebraron el cine con aplausos y vítores.

Era la alegría de poder volver a sus ventanas y techos sin miedo.

Era la calma después de la tormenta.

Tres semanas después, por el pasillo angosto que une unas calles con otras en la Zona 3 de José Félix Ribas, esa mañana no pasaban motos, no había muchachos en actitud sospechosa ni música a todo volumen: ese día los niños con libros sentados en escaleras y bordes de las aceras lo llenaron todo, y le dejaron ver a Jimmy y a Jaime que la platabanda sí era ese canal para cambiar a Petare por el Petare de sus sueños. Solo esa imagen era una confirmación de que iban por buen camino.

La noche anterior, el 2 de junio, los más de 20 voluntarios que ya había sumado la iniciativa de la organización Zona de Descarga repartieron 200 libros entre las comunidades del 19 de abril y José Félix con vista a la pantalla gigante, desde donde un cuentacuentos voluntario relató la historia de un árbol que hablaba. Mientras los niños la seguían desde sus ventanas con los libros donados.

Ahora, los morochos se aferran a esa pantalla. Aunque estén en una campaña para conseguir fondos, pues la lluvia quemó parte de esos equipos prestados en uno de los últimos eventos llamado “Ora Platabanda”, ellos siguen soñando. Quieren volverlo sustentable. Quieren hacer la Casa Platabanda. Quieren llevar a los caraqueños a conocer Petare. Quieren darle a los petareños más encuentro. Quieren que tomen consciencia de la belleza de su barrio.

Esta nota fue originalmente publicada en el medio La vida de nos, de Venezuela, y es republicada como parte de la Red De Periodismo Humano.

Fotos: Ronald Peña.

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“Cuando un Taita muere se pierde la memoria de nuestros pueblos. Ellos son nuestros guías espirituales. Son quienes nos acompañan, nos curan y nos protegen física y espiritualmente. Nos enseñan a cuidar del territorio para conservarlo, para proteger la naturaleza de la contaminación, que nos afecta a todos”.

La que habla es Rosita, la hija del taita Agustín Jacanamijoy. Pertenece al pueblo Inga del Putumayo y es contratista para la Comisión de la Verdad. Su voz es suave y por momentos, se quiebra durante la llamada. No se sabe si es por la mala señal en la zona en la que vive, —una montaña desde la que se pueden ver los cuatro municipios del valle de Sibundoy—, o por la tristeza de recordar a su padre que acaba de morir por el coronavirus. 

Mi papá siempre fue el que más se preocupó por proteger la selva y los ríos. Si se tumbaba un árbol, él nos ponía a sembrar cantidad de árboles. Cuando lo perdimos, no se afectó sólo nuestra familia, ni nuestra comunidad: cuando mi papá murió todos perdimos un protector. 

Él era muy viajero, recorría muchas zonas. Ya luego los espíritus y la selva lo reclamaron y él se quedó, principalmente, en el Amazonas. Él practicaba la medicina tradicional, era nuestro sinchi, o nuestro médico tradicional. También era nuestro guía espiritual. Siempre fue muy entregado y muy preocupado por su pueblo, pero él ya sabía hacía un tiempo que estaba cercano a morir. Fue entonces cuando nos entró la pandemia al territorio”. 

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Amazonas es el departamento del país con más casos de coronavirus por 10 mil habitantes. La capital, Leticia, es la cuarta ciudad del país con más muertos por esta enfermedad. Al menos tres razones lo explican: sus habitantes, de mayoría indígena (57 %) son más vulnerables, el sistema de salud es pésimo (sólo hay 167 camas hospitalarias, cero de cuidados intensivos,  el único hospital público acaba de ser intervenido por la Superintendencia de Salud por malos manejos y, en ese mismo hospital, el generador de oxígeno se dañó) y la triple frontera es tan permeable al virus que en menos de un mes, la cifra de contagios brincó de 0 a más de 1.100 casos. 

A eso se suma que menos del 40% de la población tiene servicio de acueducto, el 35% tiene alguna necesidad básica insatisfecha y el 16% de los hogares vive en hacinamiento, según  datos recolectados por Dejusticia.

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“Es una población que presenta también un alto grado de comorbilidades manifiestas en problemas nutricionales y metabólicos que terminan en diabetes, obesidad, hipertensión”, dice Pablo Martínez, médico, antropólogo y salubrista que ha desarrollado programas de salud pública de la mano de las comunidades indígenas en la región. Eso, sumado a la minería, el narcotráfico y el conflicto armado que han controlado la zona durante décadas, han hecho que  las comunidades indígenas sean propensas a una serie de enfermedades que las ponen en peligro: “Cada vez estamos viendo más frecuente el riesgo de desarrollar otras enfermedades, que aún nos cuesta entender, dadas por la exposición al mercurio por la minería en la zona, por ejemplo”, dice. 

Es también, un problema de presencia del Estado en esta región: “La Amazonía es pensada en razón de la selva, no de las personas”, asegura Martínez. Esto ha llevado a que únicamente se considere la explotación de los recursos naturales, o del turismo creado por personas externas al territorio, y se terminan dejando de lado los intereses de los indígenas. Este pensamiento, dice, viene de una discriminación racial que se refleja en acciones como desfinanciar a las organizaciones indígenas, no responder a sus necesidades y obligarlos a articularse a la fuerza a las políticas del Estado: “Si bien no hay un racismo tan visible como el de Brasil, sí hay una violencia estructural que esconde discursivamente bastantes rasgos de racismo y xenofobia”, dice. 

Ilustración: cerosetenta.

“A mi papá le tocó quedarse en Leticia porque la cuarentena lo cogió allá. Nosotros intentamos explicarle que, como él ya estaba mayor, tenía que cuidarse mucho. Él de todas formas seguía preocupándose por cómo iba a acompañar a su comunidad, por cómo iba a continuar con las curaciones. Dos de mis hermanos se quedaron cuidándolo y seguramente en algún descuido por ir a comprar las cosas que necesitaban, entraron el virus. 

Él ya venía con sus achaques, pero recuerdo que mi mamá habló con él y él le dijo que tenía una gripa, que creía que ya no iba a vivir más. Nos mandó a decir que nos cuidaramos. La última vez que hablamos nos dijo que estaba un poquito mejor, pero de todas maneras tenía mucha tos. Luego de eso se nos descompensó y se agravó. Lo llevaron a la clínica pero ya luego nos anunciaron su fallecimiento. Murió en una clínica de Leticia. Resultó víctima del COVID-19. Él siempre tuvo mucha fe, fue muy devoto. Siempre nos insistió en que íbamos a salir bien. Esas fueron sus últimas palabras. 

Lo que yo sé es que en la clínica lo internaron y lo aislaron. Pero, en las condiciones en que se encuentra el hospital de Leticia, que no tiene dotaciones, que no tiene recursos, no sabemos qué atención le dieron. Ese hospital está en un total abandono. El Amazonas está realmente en un abandono en el sistema de salud”. 

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Durante una contingencia como la actual, las profundas fallas del sistema de salud en la zona llevan a que la atención de emergencias sea imposible. Así lo señala Martínez, quien muestra que la atención debe darse con desplazamientos hasta las cabeceras municipales, lo que implica hasta dos y tres días de recorrido. Una vez allí, la falta de recursos, personal médico y capacitación para el manejo de la enfermedad pintan un panorama catastrófico: “En un caso como el de este virus, la expectativa es que va a morir mucha gente”, dice el médico.

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“A mi papá lo recuerdo como un hombre muy generoso. Siempre que alguien llegaba se preocupaba por darle comida. Mucha comida. No estaba tranquilo hasta que no sintiera que la persona estaba cómoda. Siempre le gustó compartir lo que él tenía. Nuestra relación era muy buena. Siempre se preocupó por curarnos a sus hijos. Por dejar nuestro pensamiento tranquilo, para que afrontáramos la vida espiritualmente. 

Él desde niño viajó constantemente, practicando la medicina tradicional. A través del ritual que se realiza con la toma del yagé, que es la medicina más representativa para el pueblo Inga, nos guiaba en experiencias que nos sanan espiritualmente. Hacemos la toma en la noche y a través de cantos y oraciones ellos nos brindan sus guías. Ellos, además, nos cuentan sus experiencias, lo que han hecho mientras trascendían con el yagé. Ellos son los que nos dan la fortaleza para proteger los lugares sagrados

En el 2011 nos concentramos en el Municipio de Santiago, en el Putumayo, para protestar en contra de la entrada de una empresa minera que querían hacer ingresar al territorio sin respetar nuestra consulta previa. Fuimos 5 comunidades Inga, con sus cabildos, la comunidad Kamentsá y también con el pueblo campesino. Nos conglomeramos alrededor de mil personas. Caminamos por toda la vía, hasta el municipio de San Francisco. Yo estaba embarazada de mi niña, ya tenía 7 meses. Hicimos muchos sacrificios, pero logramos que pararan todo. Que no entraran a la zona. Mi papá fue uno de nuestros líderes”. 

Ilustración: cerosetenta.

Las amenazas en la zona escalan por la triple frontera. Medidas como la militarización de la frontera, o la tardía llegada de ayudas que anunció el presidente Iván Duque, se quedan cortas ante la integración de las comunidades desde los tres países que residen en el Amazonas y donde la atención a la pandemia es aún menos efectiva. De hecho, según el monitoreo que hace la Gobernación del Amazonas, la entrada del coronavirus a esta región se ha incrementando radicalmente por la frontera: de los primeros 10 casos confirmados en la Amazonía, 5 llegaron desde Brasil

La escalada de casos ha sido vertiginosa. Manaos registraba 3 mil casos hasta el 28 de abril. La cifra se duplicó para el 8 de mayo y, diez días después los positivos eran casi 10.000. El virus se extendió a Tabatinga, a una calle de Leticia, y entre el 28 de abril y el 16 de mayo el número trepó de 83 a 472 casos. 

La inefectividad de las políticas asumidas por el gobierno brasilero causó que el virus se expandiera por el río Negro y por el río Amazonas, lo que magnificó la propagación, dice Pablo Martínez. En Colombia tampoco hay medidas para frenarlo y el virus está subiendo hacia el departamento de Guainía. A esto se suma la llegada de casos desde Perú, específicamente de la ciudad de Loreto, que también se encuentra sumergida en una grave crisis por la pandemia. Esto termina involucrando al otro Departamento del Trapecio amazónico, que es Puerto Nariño. De acuerdo con Martínez lo que esto demuestra es que los casos del Amazonas nos entraron tanto por Brasil como por Perú. 

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“Aquí estamos preocupados, y eso hemos venido hablando. Es a nivel nacional, con las comunidades indígenas. Nuestros pueblos tienen necesidades y necesitamos un apoyo en salud urgente. En nuestros territorios no hay centros de salud occidental. 

Nosotros no estamos perdiendo sólo a los taitas, también estamos perdiendo a los mayores y con cada uno de ellos se va una parte de nuestra tradición y quedamos desprotegidos. Lo que decía mi papá es que antes los mayores nos tenían tan protegidos que a veces no llegaban esas enfermedades. Pero ahora la mayoría se nos están yendo y perdemos nuestra fuerza. Ya no tenemos quién nos enseñe sobre las plantas, sobre la alimentación, sobre los ciclos de la luna. Tenemos miedo de que esto se convierta en un etnocidio. 

Si la enfermedad sigue así, y si la desprotección de nuestros pueblos continúa, van a desaparecer las comunidades indígenas”. 

Ilustración: cerosetenta.

Esta nota fue originalmente publicada en el medio Cerosetenta, de Colombia, y es republicada como parte de la Red De Periodismo Humano.

—¿Cómo está Ernesto*? —pregunta el doctor Oviedo mientras entra al pabellón. Está visitando a uno de los pacientes que se está recuperando luego de haber salido de la Unidad de Cuidados Intensivos. Ernesto se ve delgado. Tiene las mejillas hundidas. Cuando ve al doctor, sus ojos se abren grandes. Parece confundido. Tiene a su hermana al lado, quien también se contagió de Covid-19, pero fue asintomática. Está rodeado por máquinas que monitorean sus signos vitales, por tubos conectados a su cuerpo y por una careta que le ayuda a respirar. Su voz se oye débil. Casi no se entiende lo que dice. 

“Los pacientes todavía no pueden hablar mucho, porque a duras penas pueden respirar”, asegura el doctor Oviedo. “El impacto psiquiátrico en los pacientes que se han contagiado por Covid-19, sobre todo los que han tenido complicaciones, es muy fuerte. Se sienten muy reducidos. Eso, por supuesto, los altera. De ahí la urgencia de hacerles un acompañamiento constante desde la psiquiatría en esta transición”, dice. 

Entre más detalles se conocen sobre los efectos del Covid-19 en nuestros cuerpos, más sabemos que es una enfermedad que afecta múltiples aspectos. En medio de este proceso, la salud mental ha empezado a jugar un papel determinante en la enfermedad, pues tanto como el cuerpo, la mente se ve profundamente afectada por el virus. Justamente por esto, los hospitales alrededor del mundo han empezado a crear protocolos que permitan hacer un acompañamiento psiquiátrico a los pacientes y a su personal médico y de salubridad. En Colombia, ante el incremento de contagios, este protocolo se ha implementado con más fuerza en algunas clínicas, principalmente en las ciudades más grandes del país.

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El doctor Gabriel Oviedo ha sido quien ha coordinado este acompañamiento en una de las clínicas más grandes de Bogotá, cuyo nombre reservaremos para proteger su privacidad. 

—¿Se acuerda de qué día es hoy? —pregunta el doctor. 

—Creo que es 19 de agosto —responde Ernesto, después de pensar por unos segundos. 

Apenas puede moverse. Tiene la mirada clavada al frente, mientras el doctor termina de hacerle algunas preguntas rutinarias que pueden confirmar qué tan consciente está de su alrededor: qué año es, por qué llegó al hospital, en qué piso está, quién es la mujer que lo está acompañando, cuál es su nombre completo. 

Ernesto se contagió de Covid-19 y su condición se agravó tanto que terminó en una Unidad de Cuidados Intensivos, como el 15 por ciento de las personas que se contagian de coronavirus. Afortunadamente, se recuperó. Sin embargo, por el impacto tan fuerte que tuvo su cuerpo, con tantos órganos fallando a la vez por causa del virus, su cerebro entró en un estado que en psiquiatría se conoce como Delirium

El Delirium es un síntoma común en edades más avanzadas, cuando se desarrolla demencia y ésta empieza a hacer daños a nivel cognitivo. Sin embargo, Ernesto no supera los 40 años. Es común, también, como síntoma de abstinencia al consumo de sustancias adictivas, como el alcohol. Sin embargo, Ernesto no llegó a la clínica por ningún síndrome de abstinencia. El Delirium de él ocurrió por lo que su cerebro sintió como un choque que se crea por la suma del virus y el tratamiento. 

Empieza a manifestarse de distintas maneras: puede llegar como un estado fuerte de confusión, de sorpresa, puede que quien lo sufra no entienda qué está pasando a su alrededor y que incluso lo lleve a perder contacto con la realidad, lo que causa alucinaciones. Todo esto puede derivar en comportamientos agresivos o alterados con las personas que lo rodean.

El otro extremo puede ser el de sufrir un cuadro depresivo profundo, que lleve a la apatía, a tener problemas de sueño y al desinterés. Este cuadro se puede ver agudizado por todas las implicaciones que acarrea llegar a una UCI: los medicamentos, usualmente sedativos; las máquinas, el monitoreo constante, la pérdida de la temporalidad y, sobre todo, el aislamiento.

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La importancia de anticiparse

De acuerdo con un estudio publicado por The Lancet Psychiatry, que mide el impacto psicológico y neuronal de los pacientes contagiados por Covid-19, de 125 personas con el virus, 39 presentaron un estado mental alterado. El estudio, que se adelantó con pacientes en el Reino Unido, señala que de estos 39 pacientes, 23 presentaron síntomas que se podrían clasificar como desórdenes psiquiátricos o neuropsiquiátricos. Para 21 de ellos, esta era la primera vez en sus vidas que sufrían estos síntomas de alteraciones mentales. Los síntomas incluyeron episodios psicóticos (43% de los pacientes), síndrome neurocognitivo similar a la demencia (26%) y desórdenes afectivos (17%). 

“Nosotros empezamos a implementar este manejo psicológico y psiquiátrico porque ya sabíamos que, por la experiencia de otros países, lo que se venía iba a ser una ola de enfermedad mental. Yo quedé encargado del área de Urgencias y de la UCI, entonces he podido ver en primera línea lo que esto implica”, asegura el doctor Oviedo. 

Desde que inició la pandemia sabían que con el pico llegarían los momentos más graves. Por ello, el doctor consideró esencial empezar a preparar un protocolo para atender a los pacientes, a través de psicoterapia, primeros auxilios psiquiátricos y manejo de fármacos, en los casos más complejos. Han logrado instaurar un proceso de consulta y acompañamiento de varias sesiones a la semana: usualmente, dos de ellas se hacen de manera remota, a través de una tablet, y una sesión presencial, de la que se encarga el doctor Oviedo, para poder analizar señales en el paciente que no alcanzan a percibirse remotamente. 

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Cuatro olas

A nivel global se ha entendido el progreso que tendrá la pandemia en cuatro olas. La primera de ellas, y la más aguda, será la de contagios y muertes por Covid-19. Luego vendrá una segunda ola que implicará a los pacientes que dejaron de ser atendidos por no ser Covid-19, pero que sí tienen otras condiciones graves como enfermedades coronarias. 

Una tercera ola llegará para los pacientes con condiciones crónicas no relacionadas con el Covid-19, principalmente personas de edades avanzadas, que vieron sus tratamientos interrumpidos, o desabastecimiento en los medicamentos que necesitan. Estas tres olas, sin embargo, tendrán picos agudos que se evaporarán más rápido en el tiempo. 

La ola que preocupa al doctor Oviedo, y a los profesionales de la salud mental, es la ola de alteraciones emocionales y trauma, alimentada por problemas económicos y desgaste físico, que se puede extender mucho más y que puede dejar marcas profundas en toda la sociedad.

La experiencia de pandemias previas, como la del SARS o la del MERS, han mostrado que, en el tiempo posterior a haber sido controladas, las afectaciones a la salud mental permanecían. Síntomas de depresión, ansiedad, manías, psicosis, sueño alterado, memoria reducida, irritabilidad, fatiga y síndrome postraumático son comunes a quienes se recuperaron de la enfermedad, sobre todo en aquellos que tuvieron que llegar a una intervención por Unidad de Cuidados Intensivos.

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De acuerdo con otro estudio, publicado también por The Lancet Psychiatry, el uso de determinado tipo de medicamentos, sobre todo aquellos con esteroides, causan un mayor riesgo a los pacientes de presentar este tipo de alteraciones en la salud mental. Posterior a la recuperación de la enfermedad, es importante hacer un acompañamiento a quienes sufrieron los síntomas, pues son personas que viven un riesgo muy elevado de llegar al suicidio. 

“Parte de lo que más me ha impactado ha sido ver la muerte tan cerca. Cuando un paciente entra a UCI, sus posibilidades de supervivencia son apenas del 20 por ciento. Eso, por supuesto, crea un impacto muy doloroso, que además muchas veces termina viéndose reflejado en la salud mental del personal de salud. Por eso, decidimos extender este tratamiento a ellos, también”, dice el doctor Oviedo. 

En su clínica, han creado líneas y grupos de apoyo con las que buscan apoyar al personal médico para evitar el burnout: una condición que viene con la sobrecarga laboral y que lleva a desarrollar apatía, cansancio extremo y pérdida de la esperanza, lo que a su vez aumenta la posibilidad de cuadros depresivos. Aún así, se muestra esperanzado: “Si algo bueno nos dejó la pandemia es que por fin pudimos tener una conversación en la que la salud mental está siendo relevante”, dice. 

Para el doctor, este episodio ha permitido quitar estigmas que usualmente recaen sobre las personas que requieren un tratamiento para su salud mental: “Por eso, ahora que por fin entendemos la relevancia, es importante asegurar la universalización del acceso a los profesionales de la salud mental, porque este proceso de atención afortunadamente lo tenemos en mi hospital, pero sabemos muy bien que no ocurre en otros lugares y allí vidas de pacientes y vidas del personal de salud pueden estar en mucho mayor riesgo”, dice.

Para muchos pacientes de Covid-19 que terminan en las unidades de cuidado intensivo de hospitales, las secuelas del virus quedarán en sus cuerpos de por vida. Lo mismo ocurrirá, según el doctor Oviedo, con los efectos en su salud mental: desordenes postraumáticos, ansiedad, depresión y fobia a los procesos médicos serán algunas de las cosas que seguramente pacientes como Ernesto* tendrán que enfrentar. Por ahora, sin embargo, Ernesto* parece estarse recuperando bien. Su progreso ha sido positivo. Y en este punto no queda más que esperar. 

*Nombre modificado para proteger su identidad.

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Esta nota fue originalmente publicada en el medio Cerosetenta, de Colombia, el 23/08/2020, y es republicada como parte de la Red De Periodismo Humano.

9 versus 10: nueve son los meses que demoraron los milmillonarios en recuperar las fortunas que perdieron a raíz de la pandemia. Diez son los años que tardarán las poblaciones vulnerables en recuperar el nivel de ingresos que tenían previo al brote de COVID-19 si los gobiernos no llevan a cabo las políticas públicas adecuadas. 

El resultado de esta combinación, podría dar lugar a un escenario nunca antes visto: que crezca la desigualdad al mismo tiempo en todo el mundo. Los datos surgen del último informe de la organización internacional Oxfam El virus de la desigualdad. Para torcer ese rumbo, hay una serie de iniciativas que muchos gobiernos están llevando a cabo y que merecen la atención.

Las prioridades de los gobiernos bajo la lupa

Los efectos de la pandemia a nivel económico son de los más graves de la historia, pero no todos los sufrieron por igual. Si lo miramos como una línea de tiempo desde febrero a noviembre, se podría decir que las mil personas más ricas del planeta primero tuvieron una pérdida considerable del 30% de sus riquezas, a partir de marzo empezaron un proceso de rebote y ya para noviembre recuperaron el total de las fortunas que tenían a principio de año. 

Dicho de otra forma: su recuperación económica a causa del COVID tardó 9 meses. Y fue muchísima más rápida que, por ejemplo, la que tuvieron durante la crisis de 2008, cuando tardaron cinco años en recuperar su riqueza. Que en en 2020 haya sido tan rápido se explica, según Oxfam, en los apoyos que obtuvieron de los gobiernos.

Si se compara con lo que pasa con los sectores más vulnerables, surgen muchas interrogantes. Si bien las investigaciones preliminares varían mucho, se estima que, solo en 2020, entre 200 y 500 millones de personas pasaron a estar en situación de pobreza. 

La pandemia dejó en evidencia que las disminuciones que tuvieron muchos países de la región en los últimos 15 años se hicieron sobre bases muy frágiles, ya que serían esas mismas personas las más afectadas por la pandemia y su recuperación les llevará mucho tiempo. De acuerdo a este estudio, tardarían unos diez años en volver a sus niveles previos.

¿Por qué tanta diferencia entre milmillonarios/as y los grupos más vulnerables? Asier Hernando, director regional de Oxfam para Latinoamérica y El Caribe, conversó con RED/ACCIÓN y cree que “cuando caés en la línea de la pobreza es muy difícil salir porque además de la falta de ingresos, en muchos casos las familias tienen deudas que nos los dejan salir y que, a diferencia de lo que le pasa a millonarios, donde se les condonan sus deudas, estas familias no tienen otra opción más que pagar”. 

Para Oxfam, las prioridades de muchos gobiernos han sido particularmente erradas si se considera que muchas de las inyecciones de capital “se las han podido llevar los más ricos por ser considerados sectores estratégicos” sin tener un impacto real en los sectores vulnerables.

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La desigualdad en los próximos años

Uno de los puntos más llamativos del informe es una encuesta que realizó Oxfam a casi 300 economistas de 79 países, quienes en su mayoría (el 87%) creen que la desigualdad de ingresos va a aumentar en sus países como consecuencia de la pandemia.

Para Hernando, que se profundice la desigualdad “significa que se le van a quitar oportunidades a muchísimas personas para que puedan tener una vida plena de derechos. Que muchos empresarios/as podrían aprovecharse de este contexto para reducir salarios o despedir personas que todavía son necesarias. Y en este contexto de pandemia, la desigualdad también puede significar la muerte por no acceder a un sistema de salud”.

Las mujeres también figuran como las afectadas. En términos laborales se estima que si no existieran las brechas de género, unas 112 millones dejarían de estar en riesgo de perder sus ingresos a causa del COVID.

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Modelos para una recuperación rápida e inclusiva

La ecuación puede cambiar según las políticas públicas que se prioricen. De hecho, el Banco Mundial considera que si los gobiernos adoptan políticas enfocadas a reducir la desigualdad de ingresos, la recuperación en lugar de darse en diez años, se podría dar en tres.

Para Oxfam, estamos ante una oportunidad histórica porque la pandemia dejó en evidencia la necesidad de aplicar correcciones más estructurales. “Creemos que uno de los aprendizajes que nos deja la pandemia es que debemos invertir un poco más en los sistemas públicos de salud y educativos y equilibrar los compromisos de los diferentes sectores de la sociedad con el fisco común, que está muy desequilibrado”.

Una de las prioridades de los gobiernos deberían ser, en primer lugar, generar más y mejor estadística para las poblaciones excluidas.

Para acortar la brecha de diez años, otra de las claves será ver qué países empiezan a priorizar algo más que el PBI: Islandia, por caso, ha reflejado en su presupuesto la necesidad de valorar un indicador que denominaron bienestar y que está a su vez compuesto por  indicadores sociales y medioambientales. 

Garantizar un sistema de salud público universal en detrimento de los sistemas de copagos, sobre todo para sectores vulnerables, es otra de las prioridades para Oxfam. Cita en ese sentido el caso de Costa Rica, país con uno de los niveles más altos de desarrollo en centroamérica y que logró ampliar en muy pocos años la cobertura de atención primaria universal de salud a casi toda su población.

El Salvador instrumenta escuelas de campo para Escuelas de campo para hacer frente a los tiempos de crisis. Foto: OXFAM

La inversión en infraestructura es otra de las claves y Argentina en este sentido está muy rezagada. Invertir en agua potable, cloacas y vivienda tienen un efecto importantísimo en la salud y con la pandemia quedó en evidencia. El primer punto de partida para Argentina bien podría ser garantizar la cobertura de estos servicios para las más de 4 millones de personas que viven en villas y asentamientos del país.

En el plano fiscal e impositivo, algunas medidas que se destacan son aplicar impuestos progresivos y medidas para desincentivar la evasión fiscal. Consultado sobre este tema en particular, Asier Hernando considera que tanto la discusión que se ha dado en Argentina con el impuesto solidario, como la que se está llevando en Brasil a propósito de la renta universal son debates en la dirección correcta.

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Hacé click en la imagen para ver el video 👇

🤒🤧Cuando una persona se contagia de Covid-19 no empieza a tener síntomas de inmediato.

🦠🦠Hay un período de incubación, que es el tiempo entre que la persona es infectada y empieza a tener síntomas.

🗓️🔍Este período por lo general dura entre 1 y 14 días, pero lo más común es que los primeros síntomas aparezcan entre el día 5 y 6.



🕐🕛Varios estudios sugieren que una persona ya es propensa a contagiar el virus entre 24 y 48 horas antes de tener síntomas.

❗🏠Entonces, si estuviste en contacto estrecho con una persona que dio positivo, aislate esos días para evitar más contagios.

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Ambos pueden provocar síntomas similares en las primeras etapas.


Algunos síntomas son comunes a ambos...
🌡️Fiebre
🤕Molestias y dolores de cuerpo o en los músculos
🤢Náuseas, vómitos


Pero otros son diferentes y es importante saber distinguirlos...


El dengue puede provocar:

✅Dolor detrás de los ojos, en los huesos y articulaciones
✅Sarpullido
Los síntomas de dengue generalmente duran entre 2 y 7 días


El coronavirus, en cambio, puede generar los siguientes síntomas:

✅Dolor de garganta y cabeza
✅Fatiga
✅Dificultad para respirar
✅Tos
✅Pérdida del gusto o del olfato
✅Congestión nasal o moqueo
✅Diarrea
La cantidad de días que una persona puede estar enferma con COVID-19 y mostrar síntomas puede variar.


Y si tenés síntomas, siempre recordá:

💊En ningún caso te automediques
🏠No salgas de casa
👩‍⚕️Hacé una consulta médica
📞Llamá al 120 gratuito, las 24 horas y desde cualquier lugar del país


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Este contenido contó con participación de miembros co-responsables y lectores de RED/ACCIÓN

1: El nacimiento de un ícono cultural

El 8 de marzo de este año, poco antes de que la Organización Mundial de la Salud declarara que el COVID-19 era una pandemia global, Florencia Tellado —una diseñadora de sombreros y vestuarista de publicidad— se sorprendió al ver a su asistente cubriéndose la boca y la nariz con un barbijo en una motorhome abarrotada de actores.

Cinco días antes, el 3 de marzo, se había confirmado el primer caso de coronavirus en la Argentina (un hombre de 43 años llegado desde Milán) y a fines de febrero ya se habían agotado los barbijos en el 70 por ciento de las farmacias de la ciudad de Buenos Aires y del conurbano (cada farmacia tenía entonces un stock de entre 200 y 300 barbijos, según el Colegio Oficial de Bioquímicos y Farmacéuticos de la Capital Federal). Pero, a la vez, la gente en la calle todavía no los usaba masivamente. “Los barbijos”, dijo en esos días el secretario general del Colegio a Télam, “fueron comprados por familiares de personas que están en los países europeos y asiáticos que tienen COVID-19 para proveerlos porque en esos países no se consiguen”.

Era un tiempo extraño, de imágenes televisivas llegadas desde muy lejos donde había gente con una mirada aterrada que saltaba por arriba de sus tapabocas, un tiempo de inminencias sin certezas.

“Y pensé: yo tengo que hacer barbijos porque es algo que está buenísimo usar, así que se me ocurrió diseñar una máscara copada que se sume a mi línea de sombreros, y descubrí una parte de la cabeza fascinante”, dice Florencia Tellado. Fue la primera diseñadora argentina que vio al barbijo como algo más que una simple barrera sanitaria: lo vio como una prenda llena de posibilidades, quizás como uno de los íconos culturales que —hoy lo sabemos— definirían al año 2020.

Aunque un barbijo de tela puede no detener al coronavirus, sí atrapa las gotitas de saliva que se liberan cuando una persona (la persona que lo usa) habla, tose o estornuda. Y el virus viaja en esa saliva. Como se dijo tantas veces este año, si alguien que tiene COVID-19 usa su máscara, la probabilidad de contagiar a otro se reduce a 5%. Si el otro también está portando un barbijo, a 1,5%. Y, si además de eso, ambas personas están a un metro de distancia, o más, la chance de contagio es nula.

Tellado creó primero un barbijo blanco con lentejuelas rematado en un gran moño superior, lo fotografió y lo subió a Instagram. Hasta hoy, esa foto tiene 889 likes (una cifra que las tres publicaciones contiguas no superan). Con la cuarentena instalada, mudó su taller a su casa en Palermo. Fue justo cuando, a mediados de abril, el uso de barbijo se volvía obligatorio en casi todo el país. Desde entonces ella diseñó barbijos negros con moños dorados; barbijos con protección ocular rosa; sombreros de tweed de lana, forrados en satén, con presilla de cuero acharolado y visor de acetato desmontable; barbijos con decoración de manos de plástico; barbijos negros con turbante; y muchos otros barbijos que combinan la alta costura con la audacia del nuevo diseño pandémico.

En los meses más duros de la cuarentena, mientras la prensa local la descubría (cuando la primera dama Fabiola Yáñez usó uno de sus barbijos el 25 de mayo y cuando Natalia Oreiro usó otro en Cantando 2020) y hasta Vogue de Italia la presentaba, Tellado se levantaba a trabajar a las 5:30 de la madrugada (su marido y su hija de 2 años aún dormían) y hacía varios barbijos a la vez: “Son un montón de pasos y si quisiera hacer los barbijos de a uno, no lo terminaría ni en doce horas”, dice. Máquina de coser, molde, cortar, coser, terminar a mano, colocar la etiqueta de cuero cortada a láser. “Estaba cansada todos los días”, sigue, “y me quedaba hasta cualquier hora, impactada con la aceptación del público, que de repente dijo: ‘Wow, existía la cabeza y la podíamos vestir’”. Ya hizo más de 700 barbijos. “Empecé a delegar cosas porque si no se me iba a salir un ojo. Nunca pensé que iba a vender tanto”.

2: Máquinas, polipropileno y telas antivirales 

Hoy —¿quién lo hubiera dicho hace un año?— hay barbijos descartables celestes de polipropileno; lavables de neoprene con válvula y clip nasal; hay barbijos de dos capas con bolsillo, 100 por ciento algodón; personalizados para empresas y marcas, con sus logos; de policloruro de vinilo o de PET transparente con cordón elástico. Hay barbijos que son máquinas electrónicas: en agosto, LG presentó en Seúl el suyo (nombre comercial: Puricare Wearable Air Purifier) que en realidad es un purificador de aire portátil con dos ventiladores y un sensor que detecta el ciclo y el volumen de la respiración, y ajusta la velocidad de los ventiladores para respirar mejor. Hay barbijos de silicona transparente de grado médico, que no se empañan y que, con la boca y la nariz visibles, permiten desbloquear celulares: cuestan 126 dólares. 

También hay barbijos autosanitizantes producidos con nanotecnología para matar a los virus, hongos y bacterias que caen en su tela. En la Argentina, una compañía textil llamada Kovi se unió a la Universidad de Buenos Aires, la Universidad de San Martín y el CONICET para crear uno de estos barbijos. Su tela de algodón poliéster está tratada con antivirales, bactericidas y fungicidas: mata todo, incluido el SARS-CoV-2. En cinco minutos.

La historia empieza poco antes de que el aislamiento obligatorio fuera decretado: algunos químicos y físicos universitarios se enteran de que a los médicos les faltan elementos de protección personal y deciden estudiar el tema y escribir algunas ideas basadas en las posibilidades de los laboratorios y de los institutos donde trabajan. Después los contacta esa empresa textil que fabrica barbijos: quiere estudiar la posibilidad de rociar una tela de algodón con agentes antimicrobianos.

“Nos basamos en información bibliográfica”, dice Roberto Candal, doctor en Química, investigador principal del CONICET y miembro del equipo que desarrolló ese barbijo. “Hicimos una búsqueda en la literatura internacional existente sobre el tema, muy abundante después de cada pandemia; por ejemplo, la de la gripe A. En base a esa información, a los materiales con los que contábamos en ese momento, disponibles en el mercado, y a las posibilidades de la empresa y de nuestros laboratorios, desarrollamos el material para confeccionar los barbijos”.

El equipo de investigación se compone con doce personas, contando investigadores formados, juniors y becarios. En poco tiempo gritan eureka: la capa de tela interior del barbijo —la que queda junto a la boca y la nariz— tiene iones de plata y otros compuestos fungicidas y antibacterianos. La capa de tela externa es tratada con iones de cobre —que son los que dan la acción antiviral—, compuestos fungicidas, bactericidas y polímeros. Y sobre esa tela externa se aplica una tercera capa semipermeable que hace más lento el proceso de absorción de la gotitas en las que se transportan las partículas virales. Así, los iones de cobre y los componentes antimicrobianos tienen más tiempo para accionar. El barbijo se vende bajo la marca de Atom Protect. A pesar de su estampado (burocrático y sin imaginación estética) y de sus colores (aburridamente sobrios), es un éxito.

¿Qué siente Candal al ver a la gente en la calle llevando su barbijo? “Por un lado, satisfacción; y por otro la necesidad de seguir aprendiendo y trabajando en el tema”, dice. “Esto no está cerrado. Seguimos explorando alternativas desde la investigación de los materiales, y sobre el comportamiento de los aerosoles y su interacción con las telas”.

En el universo de los barbijos, que ha hecho su big-bang expansivo, además hay mascarillas N95: la “N” significa que no filtra aceites; el “95”, que filtra el 95 por ciento de las partículas aéreas de hasta 0,3 micrones (un micrón equivale a la milésima parte de un milímetro; eso no siempre es suficiente ante el tamaño de una partícula de coronavirus, que puede ser de 0,1 micrones). Estas mascarillas rígidas de cartón, que adquirieron cierto prestigio entre el personal de salud durante la pandemia, fueron inventadas en 1992 por el profesor de origen taiwanés Peter Tsai, quien ahora volvió desde su jubilación e improvisó un laboratorio en su casa en Knoxville, Tennessee (Estados Unidos), para investigar cómo esterilizar y reutilizar la N95 para la gente que en los hospitales lucha contra el coronavirus.

Tsai trabajó quince horas al día con sus mascarillas: las hirvió, las coció al vapor, las puso en un horno, las dejó al sol. Y llegó a un resultado: hay que calentarlas a 71 grados durante una hora. O hay otro método: dejar que el coronavirus muera naturalmente al dejar a la máscara intacta durante siete días, porque si el virus no encuentra un anfitrión se vuelve inactivo en la superficie de la mascarilla. Mientras tanto 3M, el fabricante de las N95 originales, duplicó (desde Estados Unidos, Asia y Europa) la producción global de N95 a 1.100 millones por año, prometió llegar a 2 mil millones en 2021 y lanzó un comunicado en medio de la crisis denunciando productos falsificados.

Por último, hay barbijos hechos en casa con retazos de tela. Sin ninguna ciencia, sin ninguna mística, sin ninguna marca. Son la gran mayoría de los que están deteniendo al virus cada día.

3: #HistoriasDeBarbijo

Es un mundo de barbijos y está repleto de #HistoriasDeBarbijo. En las redes sociales de RED/ACCIÓN y de quien escribe, la comunidad contó algunas:

  • “El domingo falleció mi papá de forma inesperada. Tenía pasaje para el lunes y me daba mucha ansiedad no poder ‘comportarme’ en el avión. Volé con barbijo puesto, obvio, y apenas empecé a bajar del avión se me vino toda la angustia encima. Las lágrimas me caían sobre la tela y por debajo y sentía que los mocos dibujaban una aureola alrededor de la nariz. Alguien me vio a lo lejos y se acercó a preguntarme qué pasaba. Me puse en cuclillas a llorar pero no me animaba a pedir algo para limpiarme así que iba sacando barbijos descartables y sonándome la nariz. Pensé que no son mejores o peores para llorar en público. Una hora después ya tenía que estar en el funeral” — Victoria Fabrice.
  • “Llega a casa mi novio. Nos ponemos a tomar mates y me doy cuenta de que tiene puestas ambas zapatillas pero solamente una media. Le pregunté si se había olvidado de ponérsela esa mañana. Resulta que se había ido en auto hasta la carnicería, se dio cuenta de que sin barbijo no podía entrar… y tuvo que aguantar su propio olor a pata (pegado a la nariz) hasta que salió del local” — Belén Mirallas.
  • “Los primeros barbijos para mis hijos y para mí los hice con tutoriales de YouTube, cosidos a mano, con bolsillo, filtro y blablablá... Ahora usamos cualquier cosa. Y como me gusta ‘cazarpalabras’ (sacar fotos a las pintadas de la calle), me hizo muy feliz encontrar un barbijo con una inscripción…” — Mirtha Care.
  • “Compré un barbijo, se veía muy lindo, pero es rígido y con una tela medio impermeable. Sigue siendo lindo pero resulta incómodo. Compré otro, muy bonito el diseño, pero tiene una tela que larga pelitos hacia adentro y me hace cosquillas. Sigo en busca del barbijo ideal” — Anahí Flores.
  • … y una respuesta al mensaje anterior: “Usá los tricapa quirúrgicos, se respira súper fácil y son los que funcionan como una barrera real. Los que estás usando serán lindos o con diseño pero no sirven para nada (solo para incomodarte a vos) Ni siquiera el del CONICET sirve tanto” — Cecilia Miljiker.

4: Llega el fuego

Por extraño que parezca, algunos odian los barbijos como se puede odiar una insignia, un símbolo, una bandera enemiga. El 5 de septiembre —cuando se registraban unos 10.000 casos diarios en la Argentina—, un grupo de personas se reunió en el Obelisco para quemar barbijos en una latita. Su performance llegó a ser trending topic en Twitter. ¿Quiénes eran? Según AFP, uno de los incendiarios se llamaba Christian Osman y había publicado varios videos negando la existencia del coronavirus y la efectividad de las vacunas, y asegurando que la Tierra era plana. De los demás, se supo poco o nada.

En Estados Unidos, las quemas de barbijos son repetidas y, por lo general, los protagonistas llevan pancartas de Donald Trump: en junio se planteó en Carolina del Norte un desafío con ánimos de viralización que proponía grabar un video del fuego y subirlo a las redes; el 24 de octubre un grupo de personas se reunió a incendiar tapabocas en Palm Beach, Florida, quejándose de la “tiranía médica” y poniendo como música de fondo “We’re Not Gonna Take It”, el hit de Twisted Sister; el 21 de noviembre fue en San Clemente, California, en la playa; el 15 de diciembre la escena se repitió en Fort Lauderdale, también Florida.

Trump, que nunca quiso llevar un barbijo, recién usó uno en público en julio (a tres meses de que los Centros de Control y Prevención de Enfermedades los recomendaran); y luego tweeteó, con cinismo: “Estamos unidos en nuestro esfuerzo por derrotar al invisible virus chino, y mucha gente dice que es patriótico usar una mascarilla cuando no se puede tomar distancia social. ¡No hay nadie más patriota que yo, tu presidente favorito!”.

En octubre, cuando el presidente se contagió y aún así no se puso un barbijo, el Washington Post lo criticó: “Entre los líderes mundiales, el presidente Trump está cada vez más aislado en el tema de las máscaras faciales”. Y como el barbijo terminó por volverse un tema político, Joe Biden acaba de pedir 100 días de uso masivo para bajar las dramáticas estadísticas estadounidenses.

Otro país, historia similar: en Brasil, un juez federal ordenó al presidente Jair Bolsonaro usar un barbijo en público. Fue el 23 de junio. “El presidente tiene la obligación constitucional de observar las leyes vigentes y de promover el bien general de la población, lo cual implica adoptar las medidas necesarias para proteger los derechos sanitarios y ambientales de los ciudadanos”, se lee en el fallo. Bolsonaro no lo acató. En julio se contagió. En agosto dijo: “La efectividad del barbijo es casi nula”.

Algunos presidentes a lo largo del mundo han tomado decisiones un poco raras respecto del barbijo. No les enseñaron nada sobre tapabocas en la escuela de poder y tuvieron que improvisar. En México, Andrés Manuel López Obrador desestimó su uso, justificándose en una política antiautoritaria: “Todos son libres”, dijo. “Quien quiera usar una mascarilla y sentirse más seguro puede hacerlo”. Por su parte, el presidente chileno Sebastián Piñera deberá pagar una multa de 2.000 dólares por no llevar barbijo. Luego de haber paseado por la playa de Zapallar a cara descubierta y de haberse tomado fotos con la gente —y luego del escándalo que siguió—, Piñera terminó admitiendo su error y denunciándose a sí mismo.

En África, el presidente de Malawi, Lazarus Chakwera, visitó a su par de Tanzania y el encuentro fue a cara limpia. “La razón por la que no me lo puse”, explicó después, “fue para demostrar mi confianza en mi par [de Tanzania], el presidente [John] Magufuli. Y una de las formas de probar confianza el uno en el otro es ponerse en una situación de riesgo para demostrar que hay confianza en que el amigo protegerá”.

5: En busca de certezas

Quizás algunas de esas posiciones erráticas de los poderosos se deban a la propia incerteza que la Organización Mundial de la Salud (OMS) mostró en los primeros meses respecto a los barbijos. En un comunicado de enero se lee: “Cuando no está indicada, la utilización de mascarillas médicas da lugar a gastos innecesarios, obliga adquirir material y crea una falsa sensación de seguridad que puede hacer que se descuiden otras medidas esenciales, como la higiene de las manos. Además, si no se utiliza correctamente, la mascarilla no reduce el riesgo de transmisión”.

Pero en junio, el director general del organismo, Tedros Adhanom Ghebreyesus, recomendó a los gobiernos que “deberían alentar al público en general a usar máscaras donde hay una transmisión generalizada” y donde “es difícil el distanciamiento físico, como en el transporte público, en tiendas o en otros entornos confinados o abarrotados”.

Estos son los consejos de la OMS sobre lo que no hay que hacer:

  • No usar mascarillas que quedan sueltas o están dañadas.
  • No ponerse el barbijo por debajo de la nariz.
  • No quitare el barbijo cuando se esté con personas a menos de un metro de distancia.
  • Nunca utilizar barbijos sucios o mojados.
  • No compartir barbijos con otras personas.

Y lo que :

  • Lavarse las manos antes de tocar el barbijo.
  • Comprobar que el barbijo no esté mojado, roto o sucio.
  • Ajustar el barbijo a la cara de modo que no queden espacios abiertos a los costados.
  • Evitar tocar el barbijo cuando se lo esté utilizando.
  • Lavarse las manos antes de quitarse el barbijo.
  • Quitarse el barbijo siempre por las tiras que ajustan contra las orejas.

“Lo que pasa es que una cosa es el barbijo quirúrgico y otra cosa es el tapabocas común, y al principio [cuando hubo contradicciones] lo empezábamos a conocer”, dice ahora Lautaro de Vedia, expresidente de la Sociedad Argentina de Infectología y jefe de la Unidad de cuidados intensivos respiratorios del Hospital Francisco J. Muñiz. “Tal vez [las autoridades de la OMS] no tuvieron en cuenta que si bien el tapabocas no tiene la eficacia del barbijo quirúrgico, tampoco la gente en la calle está en una exposición al virus similar a la de un médico tratando pacientes con COVID. Entonces reservamos el barbijo quirúrgico para el hospital y nos quedamos con esta alternativa intermedia, que alcanza y sobra para la calle, para ir de compras”.

Droguería del Sud es la distribuidora farmacéutica argentina más importante (abastece a 9.000 farmacias) y en la pandemia elevó su venta de barbijos en un 40.000%. “El barbijo forma parte del arsenal que nos ha quedado”, dice De Vedia, “pero no creo que después de la pandemia debamos seguir usándolo en la calle. Habrá que mejorar otras cosas, por ejemplo cómo viajamos, muy especialmente en el conurbano”.

En cambio, en el Lejano Oriente el uso del barbijo en la calle es masivo y común desde antes de la pandemia. Cubrirse la boca con papel o con hojas del árbol de sakaki para evitar que el aliento contamine rituales es común desde la antigüedad en Japón, y es una costumbre que todavía se ve en algunos santuarios shintoístas. Durante el Período Edo (1603-1868), la práctica parece haber penetrado en una parte grande de la población. Y en 1919 la propagación de la gripe española terminó por hacer masivo su uso.

“Más allá de este hecho puntual”, dice Cecilia Onaha, del Archivo Histórico de la Colectividad Japonesa en Argentina, “los japoneses son muy sensibles a temas de higiene y limpieza, por eso si alguien está con gripe, cubre su boca para no esparcir microorganismos que afecten a otras personas”. Onaha dice que No Causar Molestias (en su email a RED/ACCIÓN lo escribe con mayúsculas) es el principio que rige a las relaciones interpersonales, en particular en la vía pública. “Es un principio cultural de la sociedad japonesa”, explica.

Además de usarse durante las temporadas de gripe, los barbijos en Japón fueron adoptados por las industria de la moda, según un artículo de The Japan Times. Algunos barbijos hacen que el rostro se vea más delgado e incluso hay un término para las mujeres que se ven bien llevándolos: masuku bijin (“belleza enmascarada”). “En Japón, a veces se dice que los ojos hablan tanto como la boca”, se lee en el artículo.

6: Lo que va a quedar

Después de que la diseñadora Florencia Tellado lanzó sus barbijos fashion, algunas grandes marcas argentinas (como Kosiuko, La Dolfina y otras) hicieron lo mismo. “Veo barbijos en la calle”, dice ahora Tellado, “y me encanta pensar cómo cada persona fue a buscar el que coincide con ella, el que la representa. Tenés que dejar que el barbijo, como todo lo que vestís, hable por vos: es lo que vos sentís y usás”.

Hace poco, su ídolo desde la adolescencia, Marilyn Manson, recibió un correo de sombreros y barbijos de parte de ella. Y los usó. En un video reciente en el que se lo ve grabando en el estudio con la estrella de hip hop A$AP Ferg, Manson llega al sitio luciendo un tapabocas negro, mullido, sin moño. Es una creación de Tellado, que Manson ­—uno de los íconos más impactantes del espectáculo de las últimas décadas— acaba de sumar a su look con total naturalidad.  

Mientras tanto, en Buenos Aires ella usa sus tapabocas con moños cada día. Lleva uno rosa, uno negro, uno estampado, uno elástico. “Tengo miles”, dice. Y cree que van a seguir en nuestras caras una vez que el virus haya sido derrotado. “Van a quedar en mucha gente obsesiva como yo. No puedo creer que con esto te protegías de un montón de otras cosas y no lo usábamos. Es un barbijo mental lo que nos va a quedar”.

Hace una semana, el presidente Alberto Fernández dijo en una conferencia de prensa que espera que a partir de finales de diciembre la Argentina cuente con 10 millones de vacunas Sputnik V, desarrolladas por Rusia (se aplica en dos inyecciones, por eso serían 20 millones de dosis). También dijo que el gobierno firmó acuerdos con otros laboratorios: podría vacunarse a 750.000 personas con la vacuna de Pfizer y BioNTech (que en diciembre podría llegar a la Argentina); y a partir de marzo, tal vez con la vacuna de AstraZeneca y Oxford, o alguna vacuna china.

Fernández dijo que vacunar a quienes lo necesiten “exige un enorme esfuerzo, porque la tarea de vacunar exige organizar toda una logística que permita llegar rápidamente a cada rincón de la Argentina, y en ese punto se está trabajando hoy en día”.

Se creará “una suerte de gran comando” que él encabezará y del que participarán los ministerios de Salud, de Defensa, de Seguridad y del Interior, en contacto con las 23 provincias y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

No sabemos todavía qué pinchazo nos daremos (o si nos daremos alguno) pero lo que está claro es que esta campaña de vacunación será, como dijo la secretaria de Acceso a la Salud, Carla Vizzotti, en otra conferencia de prensa, “la más importante de la historia argentina”. Y del mundo: un desafío para todos los gobiernos.

Pero desde el Ministerio de Salud nos dijeron que todavía no pueden adelantar qué se prepara exactamente. “Están en plenas reuniones”, dijo un funcionario. “Es muy prematuro para hablar. Son cuestiones en la que se está trabajando. Se comunicará oportunamente”. Se sabe que en coordinación con el Ministerio de Salud, el de Defensa hará un operativo de distribución con las Fuerzas Armadas: desde el inicio de la pandemia, se puso en marcha la Operación General Manuel Belgrano de protección civil, y ahora se utilizará para esta misión.

El gobierno está negociando con el Russian Direct Investment Fund —un fondo de inversión estatal de Rusia— para llevar adelante un acuerdo entre países, directamente de Estado a Estado, por la provisión de vacunas. “Estamos trabajando prácticamente online con los estudios de la fase 3 que se están haciendo, con la idea de que la ANMAT cuente con la información necesaria para aprobar la vacuna”, dijo el presidente Fernández.

Kirill Dmitriev, director general del Fund, y Denis Logunov, vicedirector del Centro Nacional de Investigación en Epidemiología y Microbiología Gamaleya (a cargo del equipo de desarrollo de la vacuna), dieron una conferencia de prensa para periodistas argentinos. Fue el lunes pasado, vía Zoom, con una esforzada traducción en simultáneo. Contaron que la vacuna Sputnik V se fabricará en plantas en Rusia, India y Corea del Sur; y admitieron que aún no saben cuánto tiempo dura la inmunidad que da su pinchazo, aunque están seguros de que sí más de un año.

“El ente regulador argentino [la ANMAT] es uno de los más estimados en América Latina”, dijeron. “Cuando se apruebe la vacuna internacionalmente le entregaremos todos los datos y esperemos que la apruebe lo más rápido posible”.

Cómo se hace una vacuna cuando el tiempo apremia…

Lo que se necesita para vacunar un país

Cualquier campaña de vacunación demanda una enorme organización previa: hay que definir los lineamientos técnicos a nivel nacional entre el Ministerio de Salud, los organismos y las organizaciones; relevar recursos humanos, movilidad y cadena de frío; planificar cuántas dosis se necesitarán para una población objetiva, con cuánto dinero se pagará el traslado del personal y de las vacunas, las horas extras y la formación de vacunadores; y disponer de capacidad de almacenamiento a nivel central y en cada hospital. La campaña de pinchazos comienza después de resolver todo eso. 

La Organización Mundial de la Salud espera una vacunación masiva para mediados del año que viene, con 10.000 millones de dosis en todo el mundo. Según publicó Perfil, un estudio del operador de correo DHL señala que se necesitarán 15.000 vuelos, 200.000 contenedores y 15.000.000 de entregas en cajas refrigeradas. Para IATA, la Asociación Internacional de Transporte Aéreo, el desafío logístico será “la misión del siglo”: evalúa unos 8.000 aviones de carga Boeing 747.

UPS, FedEx y DHL ya invirtieron millones de dólares en la construcción de nuevas instalaciones para almacenar miles de dosis cuando se aprueben. Según la BBC, Pfizer creó una bolsa de transporte especial del tamaño de un maletín, empaquetada con hielo seco y sensores GPS: podría mantener la temperatura correcta de las vacunas durante diez días, siempre que permanezca cerrada.

El asunto preocupa y ocupa en todo el mundo. La presidenta de la Comisión Europea (órgano de poder ejecutivo e iniciativa legislativa de la Unión Europea), Ursula von der Leyen, dijo a fines de octubre que la UE ya firmó contratos de compra con tres empresas diferentes y que continúan las negociaciones con otras cuatro. “Los estados miembros recibirán las vacunas de manera simultánea, en las mismas condiciones y de acuerdo con sus poblaciones”, dijo. “Los trabajadores de la salud, aquellos que padecen enfermedades crónicas y las personas mayores tendrán prioridad para la vacunación”.

Investigadores del Instituto de Biología Molecular y Genética (IBGM) de la Universidad de Valladolid (UVa) trabajan en la búsqueda de una vacuna. Foto: AFP

Las vacunas contra el coronavirus necesitan una temperatura más fría (-70ºC la de Pfizer y BioNTech; y -18ºC las de Oxford y AstraZeneca, y de Rusia) que las vacunas normales (entre 2 y 8ºC), lo que hace que América Latina, Asia y África no tengan tan fácil el escenario.

“Ampliar la cadena de frío será uno de los desafíos principales”, dice Marcela González, coordinadora de Inmunizaciones del Ministerio de Salud de Río Negro y  miembro de la dirección de la Sociedad Argentina de Vacunología y Epidemiología (SAVE). “Hicimos un relevamiento de lo que tenemos en la provincia y estamos iniciando los trámites de compra de equipos para poder sostener la cadena de frío”. Se refiere a 40 freezers para 36 hospitales distribuidos en el territorio, un vacunatorio central y un depósito. 

En Río Negro, por ejemplo, esperan vacunar a 150.000 personas: primero al personal de salud y de seguridad, transportistas, personas con factores de riesgo y mayores de 60 años. Todavía no hay fecha de inicio, ni una definición de la vacuna que se utilizará. Para dar un caso de comparación, la coordinadora de Inmunizaciones (que está en su puesto desde hace 27 años) dice que en 2018 hubo una gran campaña provincial de vacunación contra el sarampión para 45.000 niños de entre 1 y 4 años. Pero lo de ahora es muy diferente.

El sistema de traslado de las vacunas contra el coronavirus a cada hospital, a las temperaturas adecuadas, también genera más problemas a resolver. “Eso hace que nosotros tengamos que hacer estrategias de vacunación diferentes”, sigue González. “No podremos salir a vacunar a la gente con nuestros termos de vacunas, como hacemos usualmente. Tendremos que vacunar de forma centralizada y programada, sumándole distancia social y protección personal”.

En otra provincia, Tucumán, el jefe de Inmunizaciones del Sistema Provincial de Salud, Ricardo Cortez, dijo que “en comparación con una campaña de vacunación antigripal, esto será una labor multiplicada hasta por cuatro, debido a la envergadura del virus, al número de dosis que se calculan y por el desafío que plantea la mantención de la cadena de frío”.

Pero mientras el gran operativo global se organiza, todavía quedan muchos interrogantes previos respecto a las vacunas y algunos prefieren ser cautos. Dos investigadores de enfermedades infecciosas del King’s College de Londres (José M. Jiménez Guardeño y Ana María Ortega-Prieto), postulan en este artículo de octubre que su desarrollo presenta muchos desafíos para lograr que sean seguras y efectivas, y que este caso no es una excepción.

“Es importante conocer las limitaciones y problemas que se pueden encontrar para no caer en un exceso de confianza en su efectividad y plazos de entrega”, postulan. “Hay que ser realistas y no esperar que aparezca una vacuna milagrosa que nos libre de esta pandemia de forma inmediata”. Es, en definitiva, una carrera contra el tiempo, y mañana será otro día con más novedades.

***

El coronavirus redefinió varias áreas de nuestras vidas, como el trabajo, la forma de relacionarnos, nuestros hábitos o prioridades

Pero la crisis pandémica también puede convertirse en una oportunidad para hacer más inclusivo el sistema de salud: gobiernos de todos los niveles y distintas organizaciones de la sociedad civil armaron guías para la atención sanitaria de personas con discapacidad (el 10% de la población nacional). Un grupo que, desde antes del COVID-19, suele sufrir a la hora de ir al médico.

“A muchos doctores se les queman los papeles con un paciente con discapacidad. Lo primero que quieren es sedarlo para hacerlo más fácil. Ni hablar de hacerle un laboratorio o placas: se pasan la pelota y no saben cómo hacer”, cuenta Patricia, la mamá de Valentino, un chico de Rosario, de 11 años, que tiene un trastorno del espectro autista.

Ella tuvo muchas malas experiencias en internaciones. Como cuando después de una operación dejaron a su hijo atado de pies y manos a la cama. “Les dije que no era necesario. Lo desaté, me quedé con él y no pasó nada”, recuerda.

“Si se quiere, se puede”, dice. En una de las últimas internaciones de Valentino, lo tranquilizó “cantándole una canción que le encanta” para poder sacarle sangre. Si a su hijo se le anticipan los procedimientos y se le tiene paciencia, todo fluye.

Valentino necesita paciencia al ser tratado por médicos y enfermeros.

“A chicos con trastornos del espectro autista (TEA), las situaciones nuevas les generan mucho estrés y desregulación emocional. Por ejemplo, si pasan mucho tiempo en salas de espera se ponen nerviosos”, explica Ivana Mansilla, parte de TGD padres TEA de Rosario

Esta agrupación fue una de las 50 organizaciones convocadas por la Subsecretaría de Inclusión para Personas con Discapacidad de la provincia de Santa Fe para elaborar un protocolo de atención que contemplara varias discapacidades.

“Nació de abajo para arriba”, explica Patricio Huerga, el subsecretario. Es que todo surgió por la inquietud que sonaba cada vez más fuerte entre padres de personas con discapacidad: “¿Qué pasaría si a mi hijo tienen que aislarlo por un caso de coronavirus?”.

Casos de TEA, discapacidades intelectuales o sordoceguera requieren de la presencia de un familiar que ayude a comunicarse con el médico.

Para las personas con discapacidad auditiva o visual deben tenerse otras consideraciones, como dejar que usen aplicaciones del celular que faciliten la comunicación.

Además de elaborar un protocolo de atención, con recomendaciones tanto para los familiares de pacientes como para médicos y enfermeros, Santa Fe armó un protocolo para establecimientos donde residen personas con discapacidad en el contexto del COVID-19.

Por su parte, Entre Ríos hizo un protocolo de atención en el cual trabajaron el Ministerio de Salud y el Instituto Provincia de Discapacidad (Iprodi), además de médicos y autoridades del Comité de Organización de Emergencia de Salud (COES). Ya se comenzó a capacitar a profesionales de la salud en relación al protocolo.

Captura del protocolo elaborado por Entre Ríos, con pictogramas.

A nivel país, la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDis) publicó primero una guía para residencias y hogares que albergan personas con discapacidad. Luego, junto con el Ministerio de Salud de la Nación, elaboró, un protocolo de asistencia a aquellos pacientes con discapacidad que sean hospitalizados con coronavirus.

El documento también hace énfasis en brindar la información de manera accesible, para garantizar este derecho a la persona con discapacidad. También sugiere que, cuando fuera posible, se haga internación domiciliaria. Y, si fuera necesaria la hospitalización, la persona con discapacidad debería estar acompañada de su apoyo (como un familiar o intérprete).

CONOCÉ EL PROTOCOLO DE LA AGENCIA NACIONAL DE DISCAPACIDAD

Además, la ANDIS habilitó un mail ([email protected]) para que en caso de internaciones los familiares de las personas con discapacidad puedan informar los datos de la persona internada, el lugar a donde fue trasladado y un teléfono de contacto, entre otros datos, para que la ANDIS pueda tener el seguimiento y garantizar sus derechos.

Por su parte, la Dirección Nacional de Abordaje de Cursos de Vida, que depende del Ministerio de Salud, confeccionó una guía de recomendaciones de asistencia y apoyo emocional para este grupo, consensuada con distintas provincias. A su vez, se elaboraron guías o protocolos específicos para ciertas discapacidades. 

Mientras tanto, la Municipalidad de Corrientes trabajó con el Centro Sonrisas y APADEA Corrientes para un protocolo sobre atención e internación de personas con TEA.

Pictogramas en el protocolo de la Municipalidad de Corrientes para personas con autismo.

Fátima, una entidad de San Isidro que ayuda a personas con sordoceguera y discapacidad múltiple, armó con otras organizaciones afines un protocolo para este grupo, que se estima representa unas 41 mil personas en el país.

La Federación Argentina de Instituciones de Ciegos y Amblíopes (FAICA) también elaboró un documento.

Y la Asociación Civil Canales reflotó una guía de recomendaciones para personal médico que deba atender a personas con discapacidad auditiva.  

Más allá de los casos de COVID-19 de personas con discapacidad, Huerga, de Santa Fe, destaca que “esto sirve mucho más allá del coronavirus: hay que saber tratar a las personas con discapacidad”. Y pese a que su declaración alude al protocolo santafesino, refleja el caso de todas las recomendaciones señaladas.

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Paz Saenz trabaja en la guardia diferenciada para personas con síntomas respiratorios del hospital San Martín, en Paraná, y ayudó en la confección del protocolo entrerriano. Ella enfatizó que en su trabajo, en los casos de una discapacidad que dificulta la comunicación, es clave un acompañante: “Gran parte del triaje, del diagnóstico, se obtiene interrogando al paciente; si hay una barrera en el lenguaje, no se puede completar”.

Además, advirtió que, sin este mediador en la comunicación, se complicaría explicarle a la persona en caso de tener que hacer un hisopado, “que es un procedimiento muy molesto”.

No es el único caso relacionado el coronavirus en donde debieran considerarse a las personas con discapacidad.

Paula tiene 53 años y discapacidad visual y motriz, y, en plena pandemia, peregrinó por tres centros de salud distintos para poder operarse de la vista. En su recorrida, concluyó: “Se cuidaba mucho la higiene, como la de los zapatos, pero no había elementos para higienizar la silla de ruedas o el material ortopédico. Tampoco se tenía en cuenta que las personas en silla de ruedas necesitan apoyar sus manos: a mí me pidieron que me sacara los guantes”.

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María Laura Tommei fue otra de las convocadas por la Subsecretaría de Inclusión de Santa Fe. Ella vive en Rosario y es madre de Gonzalo, un joven de 25 años con sordoceguera congénita. También es la fundadora de Mi Lugar, un centro educativo terapéutico para personas con discapacidad múltiple, y presidente de la Asociación de Padres y Familiares de Personas con Sordoceguera y Discapacidad Múltiple de Argentina.

La sordoceguera es una discapacidad única que conjuga algún grado de dificultad visual y auditiva. Junto con las personas con discapacidad múltiple (dos o más discapacidades a la vez) conforman un mundo de casos heterogéneos, donde siempre se necesita de una persona que asista en forma personalizada.

Gonzalo con Darío, un amigo con discapacidad múltiple.

“Ante una situación de dolor, Gonzalo se autoagrede, se defiende, grita, llora. Para él todo es muy invasivo. Y el médico que no lo conoce no lo ve como una persona. Si mi hijo no está contenido, el médico se va y él se saca el suero que le acaban de poner”, cuenta María Laura. Y agrega: “Nos ha pasado que no pueda hacerse un electrocardiograma porque el médico se pone nervioso y le transmite ansiedad”.

En cambio, cuando se familiariza con los médicos y sus prácticas, todo se vuelve más fácil.

“Necesitan que alguien les comunique lo que va a pasar, porque no tienen la anticipación que recibís de la visión o la audición”, explica Alejandra Camperi, especialista de Fátima. Y remarca: “Es necesario un mediador, alguien que le diga: ‘Ahora te van a dar tafirol’”.

La comunicación para una persona con sordoceguera suele darse palpando objetos o mediante un lenguaje de señas por tacto, en las manos.

Gonzalo comunicándose en lenguaje de señas.

Por todo eso, María Laura, explicó previamente la situación a los médicos de la clínica privada donde Gonzalo se atiende. Pero no todos pueden hacer esta previsión.

María Laura cuenta que, en plena pandemia, un chico con discapacidad múltiple debió ser internado: estuvo aislado dos horas hasta que su madre logró que la dejaran acompañarlo.

En este contexto, resalta María Laura, cada protocolo “debería tener número de resolución, para no ir con el papelito en la mano, dependiendo de la buena voluntad del personal médico”.

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Los protocolos comparten principios a tener en cuenta por médicos y enfermeros, como la necesidad de un acompañante en ciertos casos.

El profesional debe conocer las particularidades de la persona con discapacidad. Para esto, Santa Fe y Entre Ríos instan a los familiares a completar previamente fichas con esta información.

Un recurso clave son los pictogramas, dibujos que figuran en varios protocolos para explicar situaciones a personas con autismo, discapacidad intelectual o auditiva. “Incluso las personas con TEA que se comunican hablando pueden requerir una forma más sencilla en situaciones de estrés”, aclara Ivana.

Pictogramas del protocolo de Entre Ríos.

Se debe mantener a la persona informada y anticipar los procedimientos (por ejemplo, mostrando el estetoscopio que va a usarse).

Pero cada caso es especial. Por ejemplo, para hablar con personas con discapacidad auditiva se recomienda usar barbijos transparentes y, si esta habla Lengua de Señas Argentina, se sugiere buscar un intérprete. O en personas con discapacidad visual se deben identificar los medicamentos en braille.

Por eso, la empatía y la paciencia nunca tendrían que faltar.

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Esta nota fue publicada originalmente el 23 de junio de 2020 y actualizada en noviembre.

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Una mirada constructiva que busca cambiar la realidad. Por Juan Carr

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En mayo, la Villa 31 —donde viven más de 40.000 personas— era uno de los lugares más críticos en relación a los contagios de coronavirus en la Argentina. En el inicio del mes había unos 300 casos confirmados y el día 18, por ejemplo, ya eran 913: representaban la gran mayoría de los 1.323 que se contaban en todos los barrios marginales de la ciudad de Buenos Aires y más del 10% de los 8.371 que había ese día en todo el país.

Los contagios crecían por la alta densidad poblacional en la que se encontraban los habitantes y también por las condiciones materiales: un comité de crisis con representantes de organizaciones locales denunció en esos días falta de comida, techo, acceso a la salud y servicios básicos como el agua.

En la Villa 31, antes que en otros lugares, comenzó en mayo el operativo Detectar para ir puerta por puerta tras los posibles contagiados. Los promotores de salud recibían un informe de domicilios de gente que había estado en contacto estrecho con personas con COVID-19 y salían a examinarla junto con un médico.

Llevaban barbijo, máscara facial y un camisolín celeste: el EPP, Equipo de Protección Personal. “La gente nos miraba raro y se sorprendía”, dice Patricia Auza, que tiene 31 años y que es parte de los 16 promotores de salud que hay en la Villa 31, justamente el barrio en el que ella vive. “Muchas veces, hasta hoy, nos ven con intriga, miedo y rechazo. Pero nosotros no nos preocupamos porque vamos a transmitir ayuda e información”.

En realidad, la pandemia cambió el trabajo que tenía Auza como promotora de salud y que había aprendido con un curso en 2015 en un centro de atención primaria del sector San Martín de la Villa 31, al que había llegado impulsada por el sueño de cuidar y asistir niños (antes había trabajado de niñera) y también adultos. Formada como una especie de mensajera sanitaria, antes de la pandemia era parte de un equipo territorial junto a un médico, un asistente social y un enfermero. Hacía base en uno de los tres centros de atención primaria que hay en el barrio (la gente los conoce como “salitas”) y recorría las calles y los pasillos hablando con los vecinos sobre asuntos de prevención, alimentación, vacunas o salud sexual. Las principales necesidades de los habitantes del barrio pasaban por la falta de turnos de atención o la falta de acceso a la información.

Una foto tomada por Auza desde el centro de salud: se ve el sector YPF de la Villa 31.

“Teníamos de todo”, dice, de esa época. “Gente con diabetes, embarazos no deseados, enfermedades crónicas, obesidad en grandes y en chicos, gente herida, tests de HIV, vacunas y un montón de violencia de género”. Pero muchas de esas consultas ahora fueron reemplazadas por las de los síntomas del coronavirus.

Al principio, cuando la pandemia llegó a la Villa 31, el protocolo de identificación de casos establecía que había que tener dos síntomas o más para que alguien fuera considerado como un posible portador del virus. “Había gente que tenía un solo síntoma y quizás eso nos limitó, y llevó a que hubiera más contagios”, dice Auza. En esos primeros días no se veía demasiada gente caminando en las calles del barrio aunque, al mismo tiempo, en algunos puestos de venta callejera de verdura y carne había muchas personas y pocos barbijos.

Los problemas y las oportunidades que la cuarentena trajo a emprendedores de la Villa 31

“Nos decían: ‘No existe tal virus’ o ‘Yo ya lo tuve’ o ‘Todos lo tenemos’”, dice Auza. “Esa gente no estaba viendo la realidad ni siendo consciente de lo que pasaba alrededor: casos, contagios, fallecidos”. El barrio se movía como un péndulo entre esos dos extremos: las calles vaciadas por el miedo y algunos comerciantes arriesgados. “También había gente que se curaba tomando sus yuyos”, dice Auza. “Según ellos, funcionaban”. Pero los promotores de salud recomendaban a las personas con síntomas ir al Polo Educativo María Elena Walsh, del Ministerio de Educación de la Ciudad, donde ahora también hay atención médica.

Un comedor en el sector Cristo Obrero, donde se comenzaron a hacer los tests serológicos.

Para Auza, la preocupación más grande era no llevar el virus a su casa, situada en el sector Ferroviario de la villa (también conocido como Barrio Chino por una época en la que era un escenario frecuente de delitos). Auza vive con seis familiares: su madre (una mujer de 56 años que emigró desde Cochabamba, Bolivia, y que trabaja como empleada doméstica), tres hermanos, una cuñada que también es promotora de salud y un sobrino de 4 años. “Cuando llegaba a casa”, dice, “me sacaba todo lo que tenía y le echaba desinfectante en aerosol. Me lavaba las manos y me bañaba”.

El 17 de mayo murió Ramona Medina, una referente que había denunciado la falta de agua en el sector Bajo Autopista. En un video se la ve diciendo: “Nos piden que nos higienicemos, que nos lavemos las manos, que tengamos mayor cuidado, que nos pongamos tapabocas, que no salgamos a la calle. ¿Y con qué lo hacemos si no tenemos agua?”. La situación generó roces por la responsabilidad del corte entre el gobierno porteño y las autoridades de AySA.

El plan Detectar tuvo su bautismo en la Villa 31.

Ese pico de la pandemia en la Villa 31 demandaba un esfuerzo sin descanso de parte de los equipos de salud, que durante unos tres meses trabajaron de lunes a lunes. Con el plan Detectar, Auza recorrió todos los sectores.

“Entré a pasillitos que eran como laberintos”, dice. “Me acuerdo de familias hacinadas en el sector del Playón [el corazón del barrio] y también de una señora mayor, una abuelita de pelo blanco, jorobadita, que caminaba con un bastón y se vestía con un ponchito, a quien yo había visto muchas veces pidiendo comida y monedas en un supermercado cerca del barrio. Encontramos a esa señora cuando hacíamos la recorrida. Estaba en su casa, vivía con dos hijos que parecían responsables y salían a un comedor a buscar comida. Me llamó mucho la atención que esa señora pidiera comida cuando podía quedarse a comer en su casa con sus hijos”.

Una red de emprendedores de la Villa 31 se organizó para seguir produciendo y hacer envíos a toda la Ciudad

Auza también anduvo por el paredón del sector San Martín, muy cerca de las vías del tren, un rincón del barrio adonde nadie llegaba de casualidad y por donde caminaban los adictos y los que no tenían hogar. Eran jóvenes de cuerpos costilludos y fantasmagóricos que, sin embargo, conocían muy bien todas las medidas de higiene frente a la pandemia.

Auza (a la derecha) y otros promotores de salud en la Villa 15.

Ahora el plan Detectar se realiza de lunes a viernes, ya no de lunes a lunes: lo peor en la Villa 31 parece haber pasado. “Fue por tres cosas”, dice Silvana Figar, una médica epidemióloga que trabajó con Auza. “La primera fue el comportamiento social: las personas cumplieron las medidas de aislamiento. La segunda fue el plan Detectar, que se hizo con mucha coordinación. Y la tercera es que, siempre, a medida que avanza un brote epidemiológico el porcentaje de personas susceptibles va bajando. Porque cuando la gente se cura, el virus encuentra barreras: personas que ya tuvieron la enfermedad y no se vuelven a contagiar”.

Según los datos oficiales, los peores días de contagios en los barrios populares fueron, hasta ahora, el 28 y el 29 de junio. Desde entonces los casos caen cada día, con una suave pendiente. En la Villa 31, los picos se vivieron entre el 10 y el 24 de mayo. Este es un gráfico de casos diarios de SARS-CoV-2 en la Villa 31 entre el 19 de marzo y el 19 de octubre:

En septiembre, cuando el drama estaba cediendo en Retiro, Auza se dio cuenta con un test de sangre de que había tenido coronavirus. Estaba haciendo su trabajo en otro barrio —Palermo— y en un tiempo libre se sometió a la prueba. “Yo no tenía ningún síntoma, pero en ese mismo momento me mandaron a hisopar [para saber si todavía tenía el virus]”, dice. Le preguntaron si prefería aislarse en su casa o en un hotel, y eligió el hotel para no poner en riesgo a su familia. La enviaron al Rochester, en el centro de la ciudad.

“Mi mamá estaba recontrapreocupada, pero yo estaba tranquila”, dice. Allí pasó una noche y al día siguiente le dieron un resultado negativo: alguna vez había sido asintomática, imposible saber cuándo. “Ya me había hecho otros tests y estaba esperando que un día me diera positivo”, dice. Regresó caminando a su casa y, cuando llegó, se cambió de ropa y desayunó unos mates. Luego salió. El trabajo debía continuar.

Auza comenzó a trabajar como promotora de salud en 2015.

Hoy Auza y el equipo de promoción de salud de la Villa 31 ya no hacen lo que se llamaba “búsqueda activa” de contactos estrechos. Ya no van puerta por puerta. En cambio, hacen un seguimiento de casos particulares. El jefe del centro de salud recibe una lista de nombres de personas y domicilios (o simplemente un número de manzana) y se la pasa al equipo. Auza sale con una colega, llega y se presenta: “¿Se acuerda de que vinimos anteriormente?”, le pregunta a la persona a la que fue a ver. Cómo se siente, si necesita medicación o algún tipo de asistencia: más preguntas. Y, si todo está bien, se retira. Los habitantes de Retiro ya se acostumbraron a ver a las promotoras de salud cubiertas con un camisolín. En otros barrios y villas, el plan Detectar continúa con búsquedas activas.

El virus ya está dejando una lección: “Tenemos que ser más solidarios y menos prejuiciosos”, dice Auza. “En los barrios más humildes, la gente es muy solidaria y entre vecinos siempre nos estamos ayudando. Pero con el coronavirus, al principio la solidaridad se desvaneció y solo tomamos conciencia de lo peligroso que era estar expuesto cuando la persona que teníamos al lado se infectaba, y más aún cuando empeoraba”. Algún día, la pandemia se acabará en la Villa 31.

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1: La guerra de las especies

Está repleto de espinas y eso es probablemente lo que más llama la atención. Espinas sin filo ni punta que cubren todo el cuerpo redondo, como engordado, de este virus. Por esas espinas, que un grupo de científicos ingleses vio por primera vez en 1967 a través de un microscopio electrónico, los virus de esta familia recibieron el nombre de coronavirus. Los científicos dijeron que la figura asemejaba a la del sol con su corona luminosa, pero el virus no se parece a un sol, sino quizás a un asteroide errante, acelerado y fuera de control. Hay muchos integrantes en la familia de los coronavirus porque estos mutan, pero recién se volvieron famosos cuando uno de ellos causó un brote agresivo de neumonía que afectó a miles de personas a lo largo del mundo y que se desvaneció tan misteriosamente como había surgido. Ahora, 17 años después, la neumonía ha regresado. No es exactamente la misma, tampoco es el mismo coronavirus. Es tremendamente peor.

Se llama SARS-CoV-2 y mide alrededor de 100 nanómetros. Un ejército de 10.000 de estos coronavirus, puestos uno al lado del otro, alcanzaría la longitud de un milímetro (y todavía necesitaría 50.000 soldados más para llegar al tamaño de una pulga). Las espinas que le dan el nombre son en realidad proteínas y se llaman Spike. Una vez en el interior del organismo humano, se unen a otras proteínas que sobresalen en algunas de nuestras células. Así los cuerpos del virus y de la célula se fusionan. En ese encuentro, el virus libera un poco de su ácido ribonucleico. El ARN es una molécula (en los manuales de biología aparece dibujada como una cadena de ADN, pero no doble, sino simple) que carga el paquete de genes del coronavirus: su sencillo genoma o, dicho de otro modo, un manual de instrucciones 100.000 veces más breve que el del ser humano (30.000 unidades contra 3.000 millones). 

La célula humana actúa siguiendo las órdenes de ese ARN ajeno y comienza a trabajar sin que el sistema inmunitario se entere (lo hará unos 15 días después). Todos los virus hacen lo mismo: secuestran, parasitan, confiscan las células de un hospedador. Así se reproducen. Por eso, sólo la mitad de los científicos los consideran seres vivos; para la otra mitad, los virus son meros residuos genéticos. Lo que se discute en verdad no es qué define a un virus sino a la vida, y esa es una discusión difícil. Luego de un día, una sola partícula de coronavirus puede generar con una célula entre 10.000 y 100.000 copias de sí misma. Éstas capturarán más células y harán lo mismo. Después cada una de las células capturadas será aniquilada y eso, en la superficie, es la enfermedad COVID-19: la fiebre, la tos, el dolor de garganta, la neumonía. Un virus es un zombie hambriento.

Y aunque un coronavirus es 17 millones de veces más pequeño que un hombre, en la guerra de las especies, durante un instante que ya se prolonga demasiado, con sus espinas está siendo capaz de acorralar a la humanidad.

2: La nueva perplejidad 

El mundo colonizado por el SARS-CoV-2 nos ofrece una colección de escenas en las que hay una nueva vida repleta de perplejidad. El virus revolucionó todo a su paso. Dejó al descubierto los lazos de solidaridad que florecen entre los desconocidos, la fragilidad de algunas estructuras de poder y el triste lugar de los ancianos en la sociedad. Hasta las palabras y los nombres han cambiado. Un niño y una niña, mellizos nacidos en la India el 27 de marzo, fueron llamados Corona y Covid. “Queríamos que los nombres fueran memorables y únicos”, dijo Preeti Verma, la madre. En Filipinas, otro bebé recibió el nombre de Covid Bryant: un homenaje al basquetbolista recientemente fallecido Kobe Bryant. Y uno nacido el 15 de abril en la pequeña ciudad de Ceres, acá en Argentina, se llamó Ciro Covid. “Así está documentado en el hospital, pero no sabemos si en el Registro Civil lo aceptarán”, dijo una médica. Adaptarse al nuevo mundo no es fácil.

Mi hijo cumplió un año hace un tiempo. Es un niñito sonriente y audaz que va y viene corriendo y tropezándose por toda la casa, diciéndonos con su mirada y sus silabeos: “¡Ey, qué hacen ahí, vamos a jugar!”. Fue un primer año cargado de emociones, como cualquier padre y cualquier madre saben por experiencia propia, y Higashi, mi esposa, dijo que nuestro hijo merecía una buena fiesta, porque además en su familia –que es de origen japonés– los cumpleaños de 1 son algo especial. Así que cinco meses antes ya habíamos empezado a armar una larga lista de invitados y luego de unas semanas su madre se puso a cocinar pastelitos y a guardarlos en el freezer. 

Y entonces llegó marzo, llegó el coronavirus y Argentina se cerró en cuarentena total. Para hacerla corta: el cumpleaños fue una tarde en Zoom. Pusimos una torta sobre la mesa, en casa, y nos conectamos usando dos teléfonos. ¿Invitados? Apenas los abuelos, emocionados, y un par de amigos nuestros cortando el aburrimiento de su encierro. Nos quedan de esa “fiesta” unas cuantas screenshots, que en este nuevo mundo ocupan el lugar que antes tenían las fotos.

Nosotros no fuimos los únicos que en esas semanas iniciales de cuarentena celebramos un cumpleaños en Zoom: la app se convirtió en el magma digital por el que viene fluyendo la vida cotidiana. Zoom también sirve para la educación a distancia y el trabajo remoto y, de hecho, algunas mañanas yo tengo una videoreunión con mis colegas de la redacción (mejor dicho, mis videocolegas) y Higashi da clases a estudiantes de colegio que se conectan con cara de dormidos. Otras personas usan la app para tomar lecciones de tango o para compartir un café con sus amigos. Boris Johnson, el primer ministro británico, la usaba para sus reuniones de gabinete antes de caer contagiado en abril.

Eugenia no se adapta a hacer terapia de grupo vía Zoom. Lo intentó, claro, pero qué resultado puede tener una sesión para ella si tiene que conectarse encerrada en su habitación, desde su teléfono. Es una mujer que está en sus 40, con dos hijos, un marido y un trabajo que atender desde su casa en un suburbio de Buenos Aires. Y no es falta de experiencia: hace análisis desde los 16 años. Tuvo sesiones por teléfono, sí, pero sentada en un banco en la plaza, no como ahora.

“Se hablaba un poco de qué nos pasaba en cuarentena, de los miedos”, me cuenta sobre su primera sesión en grupo: la mitad de los pacientes estaban en el consultorio con la psicóloga, la otra mitad en sus teléfonos. Eugenia logró conectarse luchando primero contra su Mac y después contra un pequeño trípode, corriendo al gato, sosteniendo finalmente el teléfono con la mano. “Me distraje, no pude concentrarme”, me cuenta. Luego de otra sesión igual de mala, ahora piensa que va a abandonar el grupo.

3: El ingeniero chino

En este nuevo mundo en el que la mayoría hemos quedado como perdedores perplejos, hay un ganador definitivo: Eric Yuan. Es el ingeniero chino que en 2011 creó Zoom. En su adolescencia solía viajar diez horas en tren para ver a su novia y fantaseaba con un dispositivo del futuro en el que pudiera hacer clic en un botón para verla y hablar con ella. 

Con los años, él mismo lo construyó y, con las medidas de aislamiento alrededor del mundo, Zoom emergió por sobre otros servicios de videollamadas y alcanzó un valor de 35 mil millones de dólares en Wall Street: más que la suma de las cinco primeras aerolíneas de Estados Unidos, jaqueadas por la crisis. Eric Yuan ocupa ahora, según Bloomberg, el puesto número 192 entre las 500 personas más ricas del mundo. Antes del coronavirus ni siquiera estaba en la lista. 

4: Comienzan los testeos

Hoy, que es lunes 27 de abril, llegaron las primeras muestras de pacientes al laboratorio de testeo de COVID-19 en la Universidad Nacional de Quilmes. Diez científicos las estaban esperando desde las 8:30 pero 38 muestras aparecieron en ambulancia a las 11:40; y a las 4 de la tarde, once más. Así que, un poco ansiosos, los científicos se pasaron la mañana rotulando unos 300 tubos y aguardando. Cada muestra vino adentro de tres envases. Hubo que extraerlas con cuidado: algunas se derramaban al abrir el pote que contenía el hisopo y un error podía significar un contagio.

Habían armado el laboratorio en tres semanas, cuando el Gobierno decidió multiplicar los tests. “Lo hicimos corriendo”, me cuenta el jefe del equipo, el biotecnólogo Hernán Farina. Es un hombre enérgico, evidentemente apasionado. Para montar el sitio tuvo que hacer cosas a las que, como científico, no estaba habituado: deformar algunos laboratorios para armar otro, hacer instalaciones nuevas, unir cables, desarmar cosas. Y traer el QuantStudio, un termociclador en tiempo real. Es una máquina blanca y brillante, del tamaño de un CPU, que lee material genético.

El proceso no es demasiado complicado: alguien extrae lo que llegó en el hisopo y lo somete a un tratamiento bioquímico en el que transforma el ARN del supuesto virus (cadena simple) en ADN (cadena doble); luego la muestra se somete adentro de la máquina a una reacción de amplificación. Esto significa que la temperatura se eleva en ciclos de 65 a 95 grados y la doble cadena se divide en dos. Luego, con química, la cadena simple es copiada. Así que ahora tenemos dos cadenas simples. Y se convierten en una nueva cadena doble. De este modo se siguen duplicando hasta que el ADN se vuelve visible para la máquina, que da su veredicto después de tres horas: hay virus, no hay virus.

“Si yo me hubiese quedado con la duda, pensando que teníamos todo para hacer tests pero que no los hicimos por miedo, porque costaba mucho prepararse o porque era más fácil quedarse en casa, no sé si me hubiera gustado demasiado”, me dice Farina. 

Son días que ya se vuelven inolvidables y hoy, en la primera jornada de pruebas, volvió a casa de noche. Dejó los zapatos afuera, rociados en la suela con alcohol, se desvistió en el lavadero, metió toda su ropa en una bolsa de residuos, echó alcohol a la billetera, al reloj, a las llaves del auto y al teléfono, pasó corriendo desnudo al baño y se duchó: se desinfectó. Recién después saludó a su esposa y a sus dos hijos. Era hora de descansar.

5: Un asunto de definiciones

Hasta 14 días en una heladera, el coronavirus puede permanecer activo. O vivo. Esto es el doble de lo que vive un mosquito, pero algunos dirán que un virus no está vivo. Los virus se reproducen, tienen ADN o ARN y evolucionan, pero carecen de autonomía y de metabolismo, y pueden atravesar períodos de inercia. Los límites de la vida y la muerte a veces se vuelven grises. ¿Viven los virus? ¿O son sólo una cosa? 

La biología tiene una definición de la vida. También la medicina, la cosmología, la física, la psicología, la genética y las religiones. Pero volviendo a la biología, toda la vida conocida en este planeta está basada en polímeros de carbono: ácidos nucleicos, proteínas y polisacáridos; químicos no vivos que se combinaron de un modo azaroso hace mucho tiempo y que dieron lugar a una competencia de microorganismos que buscaron subsistir y reproducirse. Pero en otro planeta, la vida podría tener otra forma y seguir siendo vida. ¿Viven los virus? Para responder a esa pregunta primero hay que saber exactamente qué es estar vivo, y eso quizás aún no lo podamos comprender del todo.

6: Actos de la vida doméstica

Cómo describir todo esto que viene ocurriendo está más o menos claro. Hay que buscar historias, extraerlas de la realidad y traerlas a la pantalla. Cómo escribir no es tan sencillo. Si ya es difícil de por sí sentarse a contar algo con palabras en la computadora, hacerlo al acecho del coronavirus es como una carrera de obstáculos. Vivo en un departamento con Higashi y con nuestro hijo. No vemos series, salvo la breve Unorthodox, la historia de una chica que escapa de una comunidad de judíos ultraortodoxos, que me tocó al punto de llevarme a presenciar, unos días después, una lectura de Megillat Hashoah, un símbolo de la solidaridad judía en tiempos de crisis. Fue en Zoom y como el rabino leía en hebreo (y yo no sé hebreo) me fui rápido. Tampoco vemos películas porque no tenemos tiempo y quizás porque no tengamos ánimo. Ni siquiera pude leer más de cuatro páginas de un libro desde que todo esto comenzó; estoy capturado por las redes sociales, que muestran a la pandemia como un biothriller en fragmentos. 

Aquí cada cual hace sus cosas. Incluso nuestro pequeño hijo hace sus cosas: juega, corre, se cae, ríe, llora, come, se entusiasma cuando escucha un ladrido, quiere tocar los enchufes y romper los vidrios. Él era puro instinto y ahora, de a poco, se está volviendo algo más. Nos alegra cada instante a la vez que hunde la casa en una nueva era de caos y anarquía. Higashi hace sus cosas: encabeza un grupo de ceremonia del té, da clases. Y yo hago las mías y aquí estoy, escribiendo donde logro acomodarme mientras escucho a lo lejos videos de canciones japonesas para bebés y el viento que sopla en este día soleado. En un rato, luego de mi reunión de trabajo en Zoom, almorzaremos.

Sin embargo, es la madrugada, y no la mañana, el mejor momento para escribir. No hay distracciones, no hay apuro, es como si el té no se enfriara en la taza. Hay otro tiempo. Como saben las monjas de clausura, los presos y los científicos de la Antártida, estar todo el día entre cuatro paredes te cambia la percepción. Pero la cuarentena hace que incluso esto sea específico y distinto. Mucha gente va perdiendo fácilmente la noción de qué día es, de un día para otro. Las búsquedas en Google de “what day is today” han aumentado considerablemente en Estados Unidos y casi que duplican las de fines de febrero. El tiempo se ha vuelto blando.

Higashi volvió en estos días a Hojoki, el clásico de la literatura japonesa escrito por Kamo no Chōmei, un monje recluido en una choza. Hoy Hojoki tomó la forma de un libro breve y poderoso que describe algunos desastres que cayeron sobre Kioto en el siglo XIII: terremotos, incendios, hambrunas y epidemias. Se ha vuelto ineludible entre los tratados budistas sobre la impermanencia. El monje escribió: “De allí me pregunto/ ¿Dónde debemos vivir y cómo?/ ¿Dónde buscar refugio/ y descansar un rato?/ Y ¿cómo podemos hallar la paz/ siquiera fugaz/ en el alma?”. Higashi me dijo, luego de leérmelo en su iPhone: “Más contemporáneo, imposible”.

7: El amor en los tiempos del coronavirus

Una semana antes de que comenzara la cuarentena obligatoria en la Argentina, Natalia conoció a Daniel en un bar. Ella entró, saludó en una mesa y lo vio. Como era habitué también se acercó a la barra, le dijo hola al dueño y al cocinero, y sintió que alguien la miraba. Daniel se acercó y le habló primero. Rompió el hielo y le contó, con acento madrileño (era un diplomático de España apostado en Buenos Aires), que venía de viaje y ella le respondió que tenía la ilusión de viajar desde hacía mucho tiempo. Sacaron sus teléfonos, se agregaron a Instagram y él regresó a la mesa con sus amigos. El primer match había concluido.

Él se fue más tarde, pero no tan tarde. “Qué lindo conocerte”, le escribió cuando llegó a casa. “A ver si un día vamos a tomar algo”. Y se vieron esa misma noche. “Estuvimos caminando por la calle, sin rumbo, besándonos”, me cuenta ella ahora. “Por Palermo, sólo caminábamos y nos besábamos”. 

Al día siguiente, que fue sábado, ya todo el mundo sabía que el encierro era inminente. Daniel la invitó a una cita, pero Natalia prefirió cenar por última vez con sus amigas. Él insistió: “¿Lunes, en un hotel?”. Ella, que en verdad estaba terminando con otra persona, le dijo que no.

Pero el jueves, después de que esa otra persona quedara fuera de juego, Natalia se quedó sola con un malbec y le escribió a Daniel. A la medianoche comenzaba la cuarentena; decidieron que la cita sería con una videollamada de WhatsApp. “Después de varios días de pijama y pantuflas”, me cuenta ella, “volví a maquillarme y destapé el vino”. La emergencia había depurado los sentimientos: charlaron mirándose por la pantalla, quedándose en silencio muchas veces, sólo mirándose. “Imagino que ese espacio es el que ocuparían los besos”, me dice.

Luego del flechazo hablaron todas las mañanas y todas las noches. A veces también durante el día. Sí, pensaron en romper la cuarentena y verse, pero era imposible porque él vivía en una residencia española con guardias en la puerta. Sólo podía salir a trabajar; no podía recibir amantes. Así que se enviaban poemas y fotos: algunas eróticas, por supuesto. 

Un apasionado beso de 10 segundos puede transmitir, además del coronavirus, 80 millones de bacterias, según la Organización de Investigación Científica Aplicada (TNO), de Holanda. Mononucleosis, herpes, estreptococo del grupo A, citomegalovirus: estar enamorado nunca fue una actividad sencilla. Ahora la seguridad fría de una cama sin compartir es un símbolo que, como en la década de 1980, ha vuelto a imponerse. La autosatisfacción fue recomendada por el Gobierno de la ciudad de Nueva York en una guía para la práctica del sexo ante la pandemia, y en Buenos Aires un especialista del Ministerio de Salud habló de “sexo virtual”. “Pero al final el nuestro es un vínculo basado en las palabras”, me cuenta Natalia. “No nos podemos abrazar ni besar y eso genera un poco de desesperación… Ni siquiera sé si llamarlo ‘relación’”.

Después, de a poco, Daniel comenzó a alejarse. Dijo que tenía mucho trabajo. Un día le avisó que se iba. Que se tenía que ir. Que quedaban pocos españoles para repatriar y él viajaba en el último avión con ellos. Lo enviaban primero a Francia y después a Madrid. Fue un golpe duro, pero esperado. Ella le armó una playlist de Spotify para el avión: los títulos, puestos uno a continuación de otro, formaban un mensaje de amor. “Motivos”, de Mery Granados y Juani Bernal, era el primer tema. Pero él ni se dio cuenta.

8: La recuperación de los organismos

“Hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido”, dijo el Papa Francisco el 27 de marzo, en una bendición ante una Plaza de San Pedro sin público, vacía de un modo lúgubre, mojada por una llovizna nocturna. “Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas, llenando todo de un silencio que ensordece y de un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos”. 

Un muchacho de 26 años lo miraba por televisión desde Buenos Aires, internado en un hospital, infectado, sintiendo una presión desconocida en los pulmones cada vez que intentaba una respiración profunda. Era la neumonía del coronavirus. Se había contagiado en el avión que lo había traído de regreso de sus vacaciones europeas: un vuelo largo interrumpido por toses y estornudos que en esos días sonaban aterradores. “Ver el Vaticano vacío”, me cuenta ahora, “ver lo que estábamos empezando a vivir acá, estando yo solo en la habitación del hospital… En ese momento lloré mucho”. 

Se llama Facundo Ahumada, trabaja en el área de informática de la Fuerza Aérea, y evoca un mal recuerdo, quizás el peor de los que le dejó el virus. Unos días más tarde logró recuperarse. Antes de dejar el hospital le ofrecieron donar plasma; entonces pocos hablaban de ese fluido acuoso que queda de la sangre una vez retirados los glóbulos rojos, las plaquetas y otros componentes celulares. El plasma contiene los anticuerpos de inmunoglobulina G desarrollados por un organismo recuperado: pueden enfrentar al coronavirus y se pueden transferir a enfermos graves. En alguna gente funcionan y en otra no, por eso el tratamiento sigue en investigación. Facundo, que estaba agradecido con su nueva salud, sintió que debía devolver algo a los médicos y aceptó donar.

Veintidós días más tarde lo llamaron para hacer un análisis de sangre que confirmara los requisitos. Parecía uno más, pero no lo fue. En los resultados encontraron un nivel sumamente alto de anticuerpos, cuatro veces más de lo normal. Nadie sabía por qué, ni lo sabe hoy. “Es genético y fortuito: cursaste la enfermedad con síntomas más o menos severos, y tu cuerpo se defendió”, le dijo un médico a cargo de la investigación de plasma. 

Facundo donó una semana más tarde. El proceso fue sencillo: se sentó, se dejó colocar una vía en un brazo y vio cómo, durante algo más de una hora, una máquina bombeaba, extraía sangre, filtraba plasma y devolvía el resto de la sangre mientras su cuerpo recibía, por suero, un plasma artificial. 

Un mes después volvió a donar, y le dijeron que tenía aún más anticuerpos. Facundo sentía cómo su organismo se regeneraba y la congestión se retiraba de a poco. Luego de otro mes, donó de nuevo y había, de vuelta, más anticuerpos. Y en agosto dio una vez más, pero los anticuerpos ya no eran tantos. Donó un total de cuatro litros de plasma: suficiente para volver a poner de pie a 15 personas enfermas (medio litro fue enviado a la Universidad Nacional de Córdoba, donde se investiga por qué algunos recuperados generan más anticuerpos que otros, y se busca crear un medicamento en base al plasma). Sin esperárselo, Facundo Ahumada se convirtió en un superdonante: un raro oponente del virus caminando entre nosotros.

Pero ahora decidió darle un descanso a su cuerpo. Mientras la investigación continúa, sus venas se acomodan un poco. Facundo sale a la calle cubierto como si nunca hubiera tenido ningún escudo: barbijo, guantes, anteojos protectores. “Porque los médicos no saben si uno se puede volver a contagiar o no”, me dice. “Y cada uno tiene su propia historia con el virus”.

9: Murciélagos y laboratorios

El coronavirus SARS-CoV-2 estaba lejos, en el otro lado del planeta. Así lo vimos primero: su forma era el vacío que había dejado en las avenidas de Wuhan. Después lo tuvimos entre nosotros. Aunque el virus se adueñó de las ciudades y las paralizó, la hipótesis más sólida es que nació en un hábitat natural: en murciélagos de la familia Rhinolophus affinis. Son animales pequeños de ojillos negros, nariz deforme y dientes puntiagudos. El genoma del SARS-CoV-2 comparte el 96,2% de su contenido con el de un virus que anida en ellos. Mucho más no se sabe; todos los murciélagos tienen una formidable resistencia a los virus que llevan y que diseminan.

De los primeros 41 pacientes chinos, 27 habían estado en el mercado de animales de Wuhan. A esta altura cualquiera escuchó que en Wuhan se come sopa de murciélago, pero esto parece no ser suficiente para explicar cómo el virus saltó del murciélago al humano. ¿Pudo ser, en cambio, por una mordedura? ¿O a través de un animal intermedio? Se habla de un pangolín: un mamífero escamoso en peligro de extinción, muy cotizado, que se alimenta con frutas y vive en los árboles. Hay varios tipos de coronavirus, y uno que puede hallarse en el pangolín es similar en ciertas proteínas al que ahora nos afecta a los humanos. Algunos científicos creen que hubo una recombinación de los virus, pero es como para encogerse de hombros… quién sabe. La moraleja es que el hombre invade hábitats salvajes y la naturaleza responde.

Otros científicos se inclinan por la construcción artificial del coronavirus. En un mundo desordenado, una buena historia es como un bálsamo. Estados Unidos acusó a China y China a Estados Unidos, pero la hipótesis más original es la de Luc Montagnier, el virólogo francés que ganó el Premio Nobel por descubrir el VIH, y que en una entrevista en televisión explicó que el SARS-CoV-2 fue creado en un laboratorio en el que se insertaron secuencias de ADN del VIH en un coronavirus, quizás con el objetivo de encontrar una vacuna contra el sida. “Es el trabajo de profesionales, de biólogos moleculares”, dijo Montagnier. “Un trabajo muy meticuloso”.

10: Una noche de fiesta

Me pregunto cuánto de todo esto recordará mi hijo. Cuánto se quedará guardado en su inconsciente para, quizás, despertar en muchos años. Me pregunto si habremos sido unos buenos padres como para conducirlo a través de la pandemia sin echarle nuestros miedos. De repente ya no sale tanto a la calle y no ve a sus abuelos más que en videollamadas: ¿cómo se sentirá con eso? Aún no habla. Si hablara, ¿podría comunicarlo? Llegar y salir de casa con barbijos, desinfectar con alcohol los envoltorios de los alimentos que compramos, tocar con aprehensión los picaportes y los botones en el cajero automático: ¿de qué modo todo eso a su vez nos ha tocado a nosotros?

Hay recreos. Un viernes a la noche nos llegó un envío de 878, nuestro bar favorito. Es un lugar de luces tenues, con mesas y sillas altas en la barra. Sirven tragos y comida muy buena. Ahí Higashi y yo tuvimos nuestra primera cita; ahí festejamos nuestro casamiento tres años más tarde con muchísimos amigos, invadiendo el bar un miércoles, hasta que cerró a la madrugada. No es el típico lugar que uno esperaría que hiciera delivery, pero en esta nueva economía todo el mundo se está adaptando. Así que nos llegaron unos platitos y, en dos botellas, un ponche de torrontés y un gimlet de pera. Trajimos unos vasos con hielo y cada botella alcanzó para dos vueltas. Brindamos. El alcohol estaba en su punto justo. 

En español no tenemos esa diferencia de palabras como “loneliness” y “solitude”, del inglés. Tenemos “soledad” para ambas. “Soledad” puede estar recargada de estigma y ser una palabra con la que nadie quiere identificarse. O también puede referir a estar con uno mismo, en un viaje interior, sin gente alrededor. La cuarentena agranda estas cuestiones y yo soy de los ermitaños, como el monje Kamo no Chōmei. Por eso a veces me pregunto cómo me hubiera tocado el encierro si hubiera estado solo, realmente solo. Cuánto habría sufrido. Cuánto habría disfrutado.

Hay una fiesta que se volvió la sensación de esta cuarentena en Buenos Aires: se llama Bresh, va en vivo por Instagram los sábados a la medianoche, dura varias horas y reúne a miles de personas. Es como estar en una rave, pero cada uno está bailando en su casa, mirando a DJ Bröder y su novia, Ruidito, dos chicos enérgicos que pasan reggaetón en un living decorado como si fuera una discoteca. Una noche me quedé prendado ante el hechizo de sus movimientos y la música que hacían sonar: Don Omar, Bad Bunny, Daddy Yankee y, por supuesto, J Balvin. Solo en el living, pasé el tiempo fluyendo con el dembow y sentí que estaba ante algo adictivo y un poco misterioso. Miles de comentarios cruzaban la pantalla, la mayoría de chicos bastante jóvenes que necesitaban salir de fiesta desesperadamente. Y recordé. 

Recordé muchas noches, hace algunos años, cuando yo mismo era uno de esos chicos. Recordé aquella vez que fui a un galpón a escuchar a un dúo de tecno, Audio Bullys, porque quería estar ahí aunque nadie me acompañara. O ese festival en el que vi a M.I.A. en una carpa con las luces prendidas, llena de gente frenética y feliz a los empujones. O aquella vez que, después de un show de Erick Morillo en el que uno de los nuestros llegó con unas pastillas, volvimos en un taxi que iba demasiado rápido por una avenida y el conductor nos hablaba dándose vuelta para mirarnos a la cara y contarnos que también trabajaba en una casa funeraria. No sé por qué no nos estrellamos. Al bajarnos seguíamos vivos, jóvenes y espléndidos, aunque ya no tan colocados. Igual no podíamos dejar de reírnos. Llevo todas esas noches conmigo, pero ya no sé bien dónde.

Al día siguiente de la fiesta Bresh me desperté tarde, con ese sabor a ruido de otras épocas, y encontré que Higashi y nuestro hijo ya habían desayunado y estaban jugando en el suelo con unos muñecos. Tomé un té y lentamente fui entrando en el día. Mi afterparty llegó un rato después con más dembow, bailando con mi hijo en brazos, que se reía porque le encanta la música. El sábado siguiente, me dije, me voy de fiesta de nuevo.

11: En busca de la vacuna

Mientras voy llegando al final de este texto (pero no al de esta historia), alrededor del mundo hay al menos 180 proyectos para dar con una vacuna contra el coronavirus SARS-CoV-2. Dieciocho están siendo probadas en ensayos clínicos en seres humanos: las más avanzadas parecen ser la de Sinovac Biotech (de China), la del laboratorio Moderna (de Estados Unidos), y la de la Universidad de Oxford y AstraZeneca. En la Argentina hay unas 4.400 personas que han aceptado ser voluntarias en las pruebas y ninguna ha informado, hasta ahora, una reacción grave. 

El problema es que nadie sabía, al principio, cómo vencer a un virus nuevo. Así que hubo que empezar desde cero, regresando a otras vacunas y combinando distintos métodos. La carrera por encontrar la cura va a un paso veloz nunca visto en la historia de la medicina. A la vez, otros investigadores prueban terapias para los pacientes internados con antivirales como el Remdesivir, que también se usa contra el ébola (es uno de los medicamentos que le dieron a Donald Trump); el Favipiravir, que en Japón prescriben a los engripados; y la hidroxicloroquina, que puede actuar frente a la malaria, el lupus y la artritis reumatoide. Pero si parece que la investigación se acerca a dominar al coronavirus, este a veces encuentra nuevas formas de desenvolverse y produce complicaciones inesperadas que se les escurren a los científicos como arena entre los dedos.

Cuando un elemento desconocido se presenta en el cuerpo humano, es reconocido como algo extraño y es combatido. El hombre debe aprender a producir anticuerpos, y lo hace exponiéndose. Las vacunas no son más que un poco de virus sin capacidad para enfermar. Algunas contienen un virus vivo (o activo) para que infecte sin desarrollar la enfermedad. Otras, un virus muerto (o inactivo). Y otras, sólo una parte de un virus. Muchos de los ensayos de vacunas para el coronavirus están protagonizados por la proteína Spike, la espina que se une a las células y permite la entrada del virus. Esas vacunas buscan que el cuerpo reconozca esta proteína e impida que se junte con el receptor celular. Un ensayo chino utiliza la proteína Spike purificada junto con adyuvantes tomados de una vacuna contra la influenza. Otro ensayo, estadounidense, introduce en el cuerpo un ARN que lleva a las células a sintetizar aquella misma proteína. De uno u otro modo, ambos buscan crear anticuerpos contra la proteína Spike. 

Y tarde o temprano lo lograrán. La comunidad científica lo jura. La humanidad lo necesita, y no solo esa cosa abstracta que es la humanidad. También las personas como Eugenia, Facundo Ahumada, Hernán Farina, Natalia y Daniel, DJ Bröder y Ruidito, Eric Yuan, Luc Montagnier; las personas como vos y yo. Cuando el coronavirus haya sido derrotado volveremos a las calles y a los parques. Saldremos a respirar un aire diáfano con estos pulmones sobre los que ya no pesará una amenaza.

¿Será un nuevo mundo? ¿Será una nueva era? Leo las opiniones de los especialistas más variados, que dicen que todo mejorará. Pero es imposible saber qué viene después de esto y si al final del camino habremos aprendido algo. O si al menos seremos capaces de decidir cómo queremos vivir. La historia de la vida en este planeta está hecha de parásitos y de hospedadores que evolucionan juntos, cooperando en su destino. Y aquí estamos, perplejos, viviendo un hito en la historia de la vida en este planeta… casi sin darnos cuenta.


Una versión anterior de esta crónica aparece en el libro And We Came Outside and Saw the Stars Again: Writers From Around the World on the Covid-19 Pandemic, editado en Nueva York por Restless Books.

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¿Qué tendencias o cambios tuvieron lugar en el sector textil tras el COVID-19?
—La pandemia del COVID-19 ha traído una nueva normalidad en cuanto a formas de comprar en general, creando una serie de condiciones para que las personas puedan ser más conscientes sobre sus hábitos de consumo. Desde Animaná y Hecho por Nosotros creemos que el hecho de que los consumidores y las marcas puedan reconocer sus excesos, despejará el camino hacia una nueva normalidad más responsable en cuanto a gastos y la llamada slow fashion. Es importante recalcar que una gran cantidad de marcas de ropa no han podido presentar sus colecciones a causa de la pandemia. En algunos casos se han adaptado y lo han hecho en formato digital, pero para muchas otras la crisis significó un punto de partida para cambiar su filosofía. Así, varias marcas han anunciado el fin de las colecciones estacionales, un hecho significativo en la historia. El sector textil generará una mayor demanda por diseños únicos y atemporales, producción sustentable y trabajo en condiciones éticas.

¿Cómo definirías la moda circular y qué lugar ocuparía en el nuevo paradigma?
—La moda circular es una moda versátil en uso y sostenible en diseño, ya que el concepto básico de circularidad implica un circulo virtuoso de producción y consumo en el que no hay desechos. En la industria de la moda, esto significa ir un poco más allá de una simple prenda de vestir. Este concepto prioriza la creatividad y responsabilidad social para garantizar que los diseños generen la menor contaminación posible, y aprovechen la utilización de los materiales. La moda circular es mucho más que reciclar y por eso creo que en el nuevo paradigma se vuelve un pilar para avanzar hacia una moda sustentable, al ser una manera de transformar las prácticas derrochadoras y perjudiciales que han predominado en la industria.

¿Qué oportunidades crea el COVID-19 para mejorar las prácticas textiles a favor de la moda sustentable?
—La reducción en el consumo de prendas trae consigo una oportunidad en la industria de repensar los modelos de producción. La mayor oportunidad que nos esta dejando es mejorar las condiciones laborales en las fábricas. La naturaleza de expansión del coronavirus ha dejado expuestas las prácticas riesgosas. El aumento de contagios entre los trabajadores de la industria ha obligado a las empresas a reorganizar los espacios, reducir horarios y priorizar la sanitización y salud ante el riesgo de cerrar por completo. Si bien es lamentable que esta sea la causa por la que los gigantes de la moda buscan mejorar sus prácticas laborales, no deja de ser un avance.

Este contenido fue publicado originalmente en Otra Economía, la newsletter sobre economía circular, inclusiva y de triple impacto que edita Florencia Tuchin. Podés suscribirte en este link.

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