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Coronavirus

¿Qué crees significó 2020 para la humanidad?
—Pensemos en cosas que te dan la oportunidad de cambiar dramáticamente tu vida. Los cambios de paradigma son a la vez crisis y oportunidades. Yo soy antropóloga y uso la etnografía, que en el fondo es storytelling. Durante 2020 entrevisté a más de 100 personas en más de 30 países y documenté un cambio de paradigma que se produjo en meses, en lugar de décadas. Al principio de la pandemia la gente se apoyaba con mensajes de esperanza, coraje y aceptación de lo que había que hacer. Pero los meses de aislamiento hicieron que anheláramos lo que consideramos normal, y eso no es posible porque todas las dimensiones de la vida quedaron afectadas. Cada generación vive al menos un evento fundante, y cada uno de esos eventos requiere que ayudemos a los más afectados y aprendamos ciertas lecciones para poderlas transmitir a las generaciones futuras.

¿Cuál es el desafío que enfrentamos como generación?
—Nuestro desafío es aprender colectivamente las lecciones que nos dejó 2020 y detener la dispersión de nuestro común enemigo, el covid. Y mientras hacemos eso, emerge un nuevo paradigma, esto es que todo cambia de golpe. Lo que estaba escrito en piedra, se convierte en arena. Esta crisis hizo que nos replanteáramos las relaciones. Recogí testimonios que dicen que la muerte es un problema, pero el aislamiento es devastador. Hay quienes dejaron de verse con personas que no les hacían bien, y empezaron a conocer online a otras con las que se sienten muy unidos, y continúan la relación ahora offline. Al final, descubrimos que somos iguales en esencia a personas cuyas vidas no se parecen a las nuestras. Ahora somos más conscientes, y eso nos hace estar más unidos y tener más esperanza.

—¿En qué sentido crees que cambian las prioridades de la gente a partir de la pandemia?
—Pensemos en la lección que nos deja 2020 sobre el control, o sobre la falta de él. Todos teníamos planes para este año pero tuvimos que cambiarlos para mantenernos a salvo. Antes, en la vida corporativa, pensábamos con la lógica crecer o morir. Ahora cambia nuestra dinámica y nos ocupamos de temas domésticos y de nuestra salud y la de nuestras familias como prioridad absoluta, y nuestras prioridades cambian también. Murió gente a la que no pudimos honrar como queríamos porque no era seguro para la salud de nadie ir a un funeral. Eso es terrible, pero a la vez hizo que algunos se tomaran más tiempo para pensar en algo más significativo, celebrando la vida, cuando se pueda, en lugar de un funeral clásico. Lo que quiero decir es que el objetivo no debería ser volver a la normalidad, sino hacer historia: cambiar el paradigma para nosotros mismos y los demás.


Las respuestas de Veronica Kirin están tomadas de la presentación que dio en septiembre de 2020 en el contexto de TEDxTemecula. Para acceder al video completo, podés hacer click acá.


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La platabanda era su escape al encierro. Desde que empezó el confinamiento por la pandemia de COVID-19, Jaime solía sentarse en el techo de placa de su casa a tomar café con las vecinas, a ver el atardecer, a tomar un poco de aire, a mirar videos en su teléfono, a ojear desde allí arriba lo que pasaba entre los callejones de la Zona 3 del barrio José Félix Ribas de Petare, donde vive desde que nació.

En medio de una de esas conversaciones, mientras compartía el café con una de sus vecinas, le vino la idea. Fue como si de pronto hubiese descifrado un código. En ese instante estaba en el lugar donde podría colgar el sueño que comparte con su hermano Jimmy. El sueño de sembrar el cambio en el barrio más peligroso de Latinoamérica. Era marzo de 2020. Jimmy y Jaime se dieron cuenta de que en las platabandas podían reencontrarse los petareños. Que allí podría haber una tregua. Sí, ahí en las platabandas; ahí donde las personas del barrio hacen sus rumbas, donde cocinan las sopas de fin de semana, donde celebran la lluvia llenando tobos y tanques con el agua que cae del cielo porque por tuberías no llega, donde juegan dominó, donde vuelan papagayo, donde hasta los delincuentes se escabullen saltando de una casa a otra.

No necesitaban mucho. Una pantalla —que ya tenían—, un video beam, unas cornetas y películas. Para estos hermanos se trataba de mucho más que entretener: era una forma de retomar un proyecto dormido años atrás con el somnífero de los conflictos políticos y el despecho por un socialismo que no fue. Un aletargamiento que les enseñó que el reencuentro entre gente que piensa diferente es el ingrediente para que cualquier cosa funcione.

Así es como ellos mismos lograron encontrarse: idénticos por fuera, pero por dentro solo semejantes en la idea del libre pensamiento. Jaime y Jimmy, de 34 años de edad, son los gemelos que decidieron volver esa premisa que los une en una bandera y montarla sobre una platabanda en forma de pantalla de cine. Estatura promedio, cabello negro azabache con ondas, ojos negros y sonrisa tímida. Es imposible distinguirlos si no se les escucha hablar. Entonces se puede notar que Jaime, estudiante de Psicología, es el de la profundidad, el de las ideas; y Jimmy, casi economista, el de la ejecución de los planes.

Los morochos siempre han trabajado por Petare. En la adolescencia, quizá por su rebeldía natural, se encantaron con el proyecto socialista. Trabajando en los círculos bolivarianos y en el Consejo Nacional Electoral consiguieron cosas importantes para su barrio. Una de ellas, la Casa de la Cultura Bárbaro Rivas, que se mantiene hasta hoy y que es uno de los pocos espacios de José Félix Ribas que no ha sido tocado por intereses particulares de partidos políticos. Allí, en esa casa, reposaba su sueño de que el barrio fuera un espacio de coincidencias.

Con los años, ya adultos, se dieron cuenta de que en el chavismo no tenían cabida sus ideas del libre pensamiento. Fue con la llegada de Nicolás Maduro que las cosas cambiaron y las bases crujieron. Los morochos se hicieron más críticos. A la abuela le negaron la bolsa CLAP en 2016 por el “pensamiento indisciplinado” de los nietos. A ellos luego comenzaron a excluirlos de reuniones “por no seguir lineamientos”. Y fue por eso que poco a poco se alejaron hasta que se separaron por completo de la política para trabajar en proyectos culturales que incitaran la participación de los vecinos.

Pero la idea no les cayó del cielo.

En 2014 habían conseguido la donación de una pantalla gigante. Ese mismo año, en plena calle proyectaron un documental que despertó tal interés en los niños que no se movieron del piso ni siquiera cuando empezó una pelea muy cerca y un hombre del barrio accionó su pistola y disparó tres veces al aire. Se trataba de El milagro del Candeal, un largometraje que narraba cómo una comunidad brasileña se salvó de la violencia gracias a la música.

Entonces, los morochos hicieron clic. La cultura y la construcción de una memoria histórica del barrio los haría cruzar ese puente de la indiferencia entre sus ideas y los vecinos de Petare. Sí, la idea del Cine Platabanda iba tomando forma en sus mentes, incluso antes de que ellos mismos lo concibieran como tal.

Por esos días, afianzaron Zona de Descarga, la organización que habían fundado en 2013 para trabajar por Petare y que los llevó a respaldar otras iniciativas de la parroquia por varios años, hasta que, ahora en medio de la pandemia, estaban encontrando su propia voz.

Jaime y Jimmy, junto a varios compañeros, estaban buscando la cinta adhesiva para pegar los papelógrafos en los que se anunciaba la primera función de Cine Platabanda cuando en la Zona 3 de José Félix Ribas sonaron los primeros tiros.

Era el 2 de mayo de 2020. Comenzaba una de las guerras de bandas más largas y complejas vividas en Petare en los últimos años: una semana entera de plomo. Ráfagas largas de plomo. Plomo de día y de noche. Wilexis, como se conoce al líder delictivo de José Félix Ribas, se enfrentaba a alias “el Gusano”, un hombre que salió de prisión y se propuso hacerle la guerra para arrebatarle el control del barrio.

Había mucho miedo. Las personas dormían —cuando lo hacían— bajo las camas o mesas, los comerciantes cerraron sus negocios, los motorizados dejaron de circular por las calles, los niños ya no jugaban en las escaleras, la gente no subió más a sus platabandas. Y los morochos cancelaron la convocatoria para la función de Cine Platabanda. Pasaron al menos dos semanas tratando de hacerla, pero no era posible, porque solo asomarse a esos techos era convertirse en el blanco de una guerra que no era de los petareños, pero que los había confinado aún más que la pandemia de COVID-19.

Sobre todo cuando el enfrentamiento armado dio paso a una toma policial en la que drones, helicópteros y grupos tácticos tomaron esos mismos espacios para “cazar” a Wilexis, uno de los delincuentes más buscados del país.

Los morochos se preguntaban qué hacer. Y en esa búsqueda, una amiga de ambos los puso en contacto con unos pastores que tenían una radio comunitaria llamada Resplandor de Cristo, perteneciente a una iglesia cristiana que desde abril de 2020 transmite tres veces a la semana la palabra de Dios y mensajes de aliento. Para ello usan unas cornetas que instalaron también en el techo de una casa del barrio.

Se aliaron con ellos. Y eso sumó para que el Cine Platabanda pudiera finalmente llevarse a cabo. Entre los delincuentes hay, dentro y fuera de las cárceles venezolanas, una regla tácita: con los cristianos nadie se mete.

Por esos días, todo estaba más tranquilo en la comunidad. Y fue así que el 14 mayo niños y adultos se encontraron para ver una película animada.

Antes de empezar, y al otro extremo de la placa en la que se dispuso la pantalla, los pastores, junto a Jaime y a Jimmy, le pidieron a la gente que desde sus ventanas ondeara trapos blancos para pedir la paz en Petare. Las telas, que en la distancia parecían palomitas blancas a punto de ser liberadas, vibraron unos 10 minutos antes de que llegara el ocaso y se encendiera la pantalla que, tal como predijeron los morochos, se convirtió en el punto de encuentro para ver, leer, cantar, bailar y hasta orar en el barrio.

Tenían cornetas, la pantalla y una consola prestada. Aquella tarde, los organizadores, ansiosos, sentían que no oscurecía. Que los minutos pasaban lentos. ¿Será que esos pañuelos blancos lo iluminaban todo?

Fue a las 7:20 de la noche cuando la platabanda del callejón Guaicaipuro en José Félix Ribas se llenó de personas que, con tapabocas y sentadas en el piso, presenciaban la proyección.

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A lo lejos, se podía ver a niños apiñados en las ventanas de sus casas, con los piecitos colgando mientras aplaudían cuando se emocionaban con la película. Los adultos también dispusieron sillas plásticas en sus platabandas y dejaron entrar a vecinos que no tenían buena visibilidad de la pantalla desde sus hogares para que pudieran disfrutar la proyección.  

Esa noche todos celebraron el cine con aplausos y vítores.

Era la alegría de poder volver a sus ventanas y techos sin miedo.

Era la calma después de la tormenta.

Tres semanas después, por el pasillo angosto que une unas calles con otras en la Zona 3 de José Félix Ribas, esa mañana no pasaban motos, no había muchachos en actitud sospechosa ni música a todo volumen: ese día los niños con libros sentados en escaleras y bordes de las aceras lo llenaron todo, y le dejaron ver a Jimmy y a Jaime que la platabanda sí era ese canal para cambiar a Petare por el Petare de sus sueños. Solo esa imagen era una confirmación de que iban por buen camino.

La noche anterior, el 2 de junio, los más de 20 voluntarios que ya había sumado la iniciativa de la organización Zona de Descarga repartieron 200 libros entre las comunidades del 19 de abril y José Félix con vista a la pantalla gigante, desde donde un cuentacuentos voluntario relató la historia de un árbol que hablaba. Mientras los niños la seguían desde sus ventanas con los libros donados.

Ahora, los morochos se aferran a esa pantalla. Aunque estén en una campaña para conseguir fondos, pues la lluvia quemó parte de esos equipos prestados en uno de los últimos eventos llamado “Ora Platabanda”, ellos siguen soñando. Quieren volverlo sustentable. Quieren hacer la Casa Platabanda. Quieren llevar a los caraqueños a conocer Petare. Quieren darle a los petareños más encuentro. Quieren que tomen consciencia de la belleza de su barrio.

Esta nota fue originalmente publicada en el medio La vida de nos, de Venezuela, y es republicada como parte de la Red De Periodismo Humano.

Fotos: Ronald Peña.

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“Cuando un Taita muere se pierde la memoria de nuestros pueblos. Ellos son nuestros guías espirituales. Son quienes nos acompañan, nos curan y nos protegen física y espiritualmente. Nos enseñan a cuidar del territorio para conservarlo, para proteger la naturaleza de la contaminación, que nos afecta a todos”.

La que habla es Rosita, la hija del taita Agustín Jacanamijoy. Pertenece al pueblo Inga del Putumayo y es contratista para la Comisión de la Verdad. Su voz es suave y por momentos, se quiebra durante la llamada. No se sabe si es por la mala señal en la zona en la que vive, —una montaña desde la que se pueden ver los cuatro municipios del valle de Sibundoy—, o por la tristeza de recordar a su padre que acaba de morir por el coronavirus. 

Mi papá siempre fue el que más se preocupó por proteger la selva y los ríos. Si se tumbaba un árbol, él nos ponía a sembrar cantidad de árboles. Cuando lo perdimos, no se afectó sólo nuestra familia, ni nuestra comunidad: cuando mi papá murió todos perdimos un protector. 

Él era muy viajero, recorría muchas zonas. Ya luego los espíritus y la selva lo reclamaron y él se quedó, principalmente, en el Amazonas. Él practicaba la medicina tradicional, era nuestro sinchi, o nuestro médico tradicional. También era nuestro guía espiritual. Siempre fue muy entregado y muy preocupado por su pueblo, pero él ya sabía hacía un tiempo que estaba cercano a morir. Fue entonces cuando nos entró la pandemia al territorio”. 

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Amazonas es el departamento del país con más casos de coronavirus por 10 mil habitantes. La capital, Leticia, es la cuarta ciudad del país con más muertos por esta enfermedad. Al menos tres razones lo explican: sus habitantes, de mayoría indígena (57 %) son más vulnerables, el sistema de salud es pésimo (sólo hay 167 camas hospitalarias, cero de cuidados intensivos,  el único hospital público acaba de ser intervenido por la Superintendencia de Salud por malos manejos y, en ese mismo hospital, el generador de oxígeno se dañó) y la triple frontera es tan permeable al virus que en menos de un mes, la cifra de contagios brincó de 0 a más de 1.100 casos. 

A eso se suma que menos del 40% de la población tiene servicio de acueducto, el 35% tiene alguna necesidad básica insatisfecha y el 16% de los hogares vive en hacinamiento, según  datos recolectados por Dejusticia.

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“Es una población que presenta también un alto grado de comorbilidades manifiestas en problemas nutricionales y metabólicos que terminan en diabetes, obesidad, hipertensión”, dice Pablo Martínez, médico, antropólogo y salubrista que ha desarrollado programas de salud pública de la mano de las comunidades indígenas en la región. Eso, sumado a la minería, el narcotráfico y el conflicto armado que han controlado la zona durante décadas, han hecho que  las comunidades indígenas sean propensas a una serie de enfermedades que las ponen en peligro: “Cada vez estamos viendo más frecuente el riesgo de desarrollar otras enfermedades, que aún nos cuesta entender, dadas por la exposición al mercurio por la minería en la zona, por ejemplo”, dice. 

Es también, un problema de presencia del Estado en esta región: “La Amazonía es pensada en razón de la selva, no de las personas”, asegura Martínez. Esto ha llevado a que únicamente se considere la explotación de los recursos naturales, o del turismo creado por personas externas al territorio, y se terminan dejando de lado los intereses de los indígenas. Este pensamiento, dice, viene de una discriminación racial que se refleja en acciones como desfinanciar a las organizaciones indígenas, no responder a sus necesidades y obligarlos a articularse a la fuerza a las políticas del Estado: “Si bien no hay un racismo tan visible como el de Brasil, sí hay una violencia estructural que esconde discursivamente bastantes rasgos de racismo y xenofobia”, dice. 

Ilustración: cerosetenta.

“A mi papá le tocó quedarse en Leticia porque la cuarentena lo cogió allá. Nosotros intentamos explicarle que, como él ya estaba mayor, tenía que cuidarse mucho. Él de todas formas seguía preocupándose por cómo iba a acompañar a su comunidad, por cómo iba a continuar con las curaciones. Dos de mis hermanos se quedaron cuidándolo y seguramente en algún descuido por ir a comprar las cosas que necesitaban, entraron el virus. 

Él ya venía con sus achaques, pero recuerdo que mi mamá habló con él y él le dijo que tenía una gripa, que creía que ya no iba a vivir más. Nos mandó a decir que nos cuidaramos. La última vez que hablamos nos dijo que estaba un poquito mejor, pero de todas maneras tenía mucha tos. Luego de eso se nos descompensó y se agravó. Lo llevaron a la clínica pero ya luego nos anunciaron su fallecimiento. Murió en una clínica de Leticia. Resultó víctima del COVID-19. Él siempre tuvo mucha fe, fue muy devoto. Siempre nos insistió en que íbamos a salir bien. Esas fueron sus últimas palabras. 

Lo que yo sé es que en la clínica lo internaron y lo aislaron. Pero, en las condiciones en que se encuentra el hospital de Leticia, que no tiene dotaciones, que no tiene recursos, no sabemos qué atención le dieron. Ese hospital está en un total abandono. El Amazonas está realmente en un abandono en el sistema de salud”. 

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Durante una contingencia como la actual, las profundas fallas del sistema de salud en la zona llevan a que la atención de emergencias sea imposible. Así lo señala Martínez, quien muestra que la atención debe darse con desplazamientos hasta las cabeceras municipales, lo que implica hasta dos y tres días de recorrido. Una vez allí, la falta de recursos, personal médico y capacitación para el manejo de la enfermedad pintan un panorama catastrófico: “En un caso como el de este virus, la expectativa es que va a morir mucha gente”, dice el médico.

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“A mi papá lo recuerdo como un hombre muy generoso. Siempre que alguien llegaba se preocupaba por darle comida. Mucha comida. No estaba tranquilo hasta que no sintiera que la persona estaba cómoda. Siempre le gustó compartir lo que él tenía. Nuestra relación era muy buena. Siempre se preocupó por curarnos a sus hijos. Por dejar nuestro pensamiento tranquilo, para que afrontáramos la vida espiritualmente. 

Él desde niño viajó constantemente, practicando la medicina tradicional. A través del ritual que se realiza con la toma del yagé, que es la medicina más representativa para el pueblo Inga, nos guiaba en experiencias que nos sanan espiritualmente. Hacemos la toma en la noche y a través de cantos y oraciones ellos nos brindan sus guías. Ellos, además, nos cuentan sus experiencias, lo que han hecho mientras trascendían con el yagé. Ellos son los que nos dan la fortaleza para proteger los lugares sagrados

En el 2011 nos concentramos en el Municipio de Santiago, en el Putumayo, para protestar en contra de la entrada de una empresa minera que querían hacer ingresar al territorio sin respetar nuestra consulta previa. Fuimos 5 comunidades Inga, con sus cabildos, la comunidad Kamentsá y también con el pueblo campesino. Nos conglomeramos alrededor de mil personas. Caminamos por toda la vía, hasta el municipio de San Francisco. Yo estaba embarazada de mi niña, ya tenía 7 meses. Hicimos muchos sacrificios, pero logramos que pararan todo. Que no entraran a la zona. Mi papá fue uno de nuestros líderes”. 

Ilustración: cerosetenta.

Las amenazas en la zona escalan por la triple frontera. Medidas como la militarización de la frontera, o la tardía llegada de ayudas que anunció el presidente Iván Duque, se quedan cortas ante la integración de las comunidades desde los tres países que residen en el Amazonas y donde la atención a la pandemia es aún menos efectiva. De hecho, según el monitoreo que hace la Gobernación del Amazonas, la entrada del coronavirus a esta región se ha incrementando radicalmente por la frontera: de los primeros 10 casos confirmados en la Amazonía, 5 llegaron desde Brasil

La escalada de casos ha sido vertiginosa. Manaos registraba 3 mil casos hasta el 28 de abril. La cifra se duplicó para el 8 de mayo y, diez días después los positivos eran casi 10.000. El virus se extendió a Tabatinga, a una calle de Leticia, y entre el 28 de abril y el 16 de mayo el número trepó de 83 a 472 casos. 

La inefectividad de las políticas asumidas por el gobierno brasilero causó que el virus se expandiera por el río Negro y por el río Amazonas, lo que magnificó la propagación, dice Pablo Martínez. En Colombia tampoco hay medidas para frenarlo y el virus está subiendo hacia el departamento de Guainía. A esto se suma la llegada de casos desde Perú, específicamente de la ciudad de Loreto, que también se encuentra sumergida en una grave crisis por la pandemia. Esto termina involucrando al otro Departamento del Trapecio amazónico, que es Puerto Nariño. De acuerdo con Martínez lo que esto demuestra es que los casos del Amazonas nos entraron tanto por Brasil como por Perú. 

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“Aquí estamos preocupados, y eso hemos venido hablando. Es a nivel nacional, con las comunidades indígenas. Nuestros pueblos tienen necesidades y necesitamos un apoyo en salud urgente. En nuestros territorios no hay centros de salud occidental. 

Nosotros no estamos perdiendo sólo a los taitas, también estamos perdiendo a los mayores y con cada uno de ellos se va una parte de nuestra tradición y quedamos desprotegidos. Lo que decía mi papá es que antes los mayores nos tenían tan protegidos que a veces no llegaban esas enfermedades. Pero ahora la mayoría se nos están yendo y perdemos nuestra fuerza. Ya no tenemos quién nos enseñe sobre las plantas, sobre la alimentación, sobre los ciclos de la luna. Tenemos miedo de que esto se convierta en un etnocidio. 

Si la enfermedad sigue así, y si la desprotección de nuestros pueblos continúa, van a desaparecer las comunidades indígenas”. 

Ilustración: cerosetenta.

Esta nota fue originalmente publicada en el medio Cerosetenta, de Colombia, y es republicada como parte de la Red De Periodismo Humano.

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—¿Cómo está Ernesto*? —pregunta el doctor Oviedo mientras entra al pabellón. Está visitando a uno de los pacientes que se está recuperando luego de haber salido de la Unidad de Cuidados Intensivos. Ernesto se ve delgado. Tiene las mejillas hundidas. Cuando ve al doctor, sus ojos se abren grandes. Parece confundido. Tiene a su hermana al lado, quien también se contagió de Covid-19, pero fue asintomática. Está rodeado por máquinas que monitorean sus signos vitales, por tubos conectados a su cuerpo y por una careta que le ayuda a respirar. Su voz se oye débil. Casi no se entiende lo que dice. 

“Los pacientes todavía no pueden hablar mucho, porque a duras penas pueden respirar”, asegura el doctor Oviedo. “El impacto psiquiátrico en los pacientes que se han contagiado por Covid-19, sobre todo los que han tenido complicaciones, es muy fuerte. Se sienten muy reducidos. Eso, por supuesto, los altera. De ahí la urgencia de hacerles un acompañamiento constante desde la psiquiatría en esta transición”, dice. 

Entre más detalles se conocen sobre los efectos del Covid-19 en nuestros cuerpos, más sabemos que es una enfermedad que afecta múltiples aspectos. En medio de este proceso, la salud mental ha empezado a jugar un papel determinante en la enfermedad, pues tanto como el cuerpo, la mente se ve profundamente afectada por el virus. Justamente por esto, los hospitales alrededor del mundo han empezado a crear protocolos que permitan hacer un acompañamiento psiquiátrico a los pacientes y a su personal médico y de salubridad. En Colombia, ante el incremento de contagios, este protocolo se ha implementado con más fuerza en algunas clínicas, principalmente en las ciudades más grandes del país.

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El doctor Gabriel Oviedo ha sido quien ha coordinado este acompañamiento en una de las clínicas más grandes de Bogotá, cuyo nombre reservaremos para proteger su privacidad. 

—¿Se acuerda de qué día es hoy? —pregunta el doctor. 

—Creo que es 19 de agosto —responde Ernesto, después de pensar por unos segundos. 

Apenas puede moverse. Tiene la mirada clavada al frente, mientras el doctor termina de hacerle algunas preguntas rutinarias que pueden confirmar qué tan consciente está de su alrededor: qué año es, por qué llegó al hospital, en qué piso está, quién es la mujer que lo está acompañando, cuál es su nombre completo. 

Ernesto se contagió de Covid-19 y su condición se agravó tanto que terminó en una Unidad de Cuidados Intensivos, como el 15 por ciento de las personas que se contagian de coronavirus. Afortunadamente, se recuperó. Sin embargo, por el impacto tan fuerte que tuvo su cuerpo, con tantos órganos fallando a la vez por causa del virus, su cerebro entró en un estado que en psiquiatría se conoce como Delirium

El Delirium es un síntoma común en edades más avanzadas, cuando se desarrolla demencia y ésta empieza a hacer daños a nivel cognitivo. Sin embargo, Ernesto no supera los 40 años. Es común, también, como síntoma de abstinencia al consumo de sustancias adictivas, como el alcohol. Sin embargo, Ernesto no llegó a la clínica por ningún síndrome de abstinencia. El Delirium de él ocurrió por lo que su cerebro sintió como un choque que se crea por la suma del virus y el tratamiento. 

Empieza a manifestarse de distintas maneras: puede llegar como un estado fuerte de confusión, de sorpresa, puede que quien lo sufra no entienda qué está pasando a su alrededor y que incluso lo lleve a perder contacto con la realidad, lo que causa alucinaciones. Todo esto puede derivar en comportamientos agresivos o alterados con las personas que lo rodean.

El otro extremo puede ser el de sufrir un cuadro depresivo profundo, que lleve a la apatía, a tener problemas de sueño y al desinterés. Este cuadro se puede ver agudizado por todas las implicaciones que acarrea llegar a una UCI: los medicamentos, usualmente sedativos; las máquinas, el monitoreo constante, la pérdida de la temporalidad y, sobre todo, el aislamiento.

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La importancia de anticiparse

De acuerdo con un estudio publicado por The Lancet Psychiatry, que mide el impacto psicológico y neuronal de los pacientes contagiados por Covid-19, de 125 personas con el virus, 39 presentaron un estado mental alterado. El estudio, que se adelantó con pacientes en el Reino Unido, señala que de estos 39 pacientes, 23 presentaron síntomas que se podrían clasificar como desórdenes psiquiátricos o neuropsiquiátricos. Para 21 de ellos, esta era la primera vez en sus vidas que sufrían estos síntomas de alteraciones mentales. Los síntomas incluyeron episodios psicóticos (43% de los pacientes), síndrome neurocognitivo similar a la demencia (26%) y desórdenes afectivos (17%). 

“Nosotros empezamos a implementar este manejo psicológico y psiquiátrico porque ya sabíamos que, por la experiencia de otros países, lo que se venía iba a ser una ola de enfermedad mental. Yo quedé encargado del área de Urgencias y de la UCI, entonces he podido ver en primera línea lo que esto implica”, asegura el doctor Oviedo. 

Desde que inició la pandemia sabían que con el pico llegarían los momentos más graves. Por ello, el doctor consideró esencial empezar a preparar un protocolo para atender a los pacientes, a través de psicoterapia, primeros auxilios psiquiátricos y manejo de fármacos, en los casos más complejos. Han logrado instaurar un proceso de consulta y acompañamiento de varias sesiones a la semana: usualmente, dos de ellas se hacen de manera remota, a través de una tablet, y una sesión presencial, de la que se encarga el doctor Oviedo, para poder analizar señales en el paciente que no alcanzan a percibirse remotamente. 

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Cuatro olas

A nivel global se ha entendido el progreso que tendrá la pandemia en cuatro olas. La primera de ellas, y la más aguda, será la de contagios y muertes por Covid-19. Luego vendrá una segunda ola que implicará a los pacientes que dejaron de ser atendidos por no ser Covid-19, pero que sí tienen otras condiciones graves como enfermedades coronarias. 

Una tercera ola llegará para los pacientes con condiciones crónicas no relacionadas con el Covid-19, principalmente personas de edades avanzadas, que vieron sus tratamientos interrumpidos, o desabastecimiento en los medicamentos que necesitan. Estas tres olas, sin embargo, tendrán picos agudos que se evaporarán más rápido en el tiempo. 

La ola que preocupa al doctor Oviedo, y a los profesionales de la salud mental, es la ola de alteraciones emocionales y trauma, alimentada por problemas económicos y desgaste físico, que se puede extender mucho más y que puede dejar marcas profundas en toda la sociedad.

La experiencia de pandemias previas, como la del SARS o la del MERS, han mostrado que, en el tiempo posterior a haber sido controladas, las afectaciones a la salud mental permanecían. Síntomas de depresión, ansiedad, manías, psicosis, sueño alterado, memoria reducida, irritabilidad, fatiga y síndrome postraumático son comunes a quienes se recuperaron de la enfermedad, sobre todo en aquellos que tuvieron que llegar a una intervención por Unidad de Cuidados Intensivos.

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De acuerdo con otro estudio, publicado también por The Lancet Psychiatry, el uso de determinado tipo de medicamentos, sobre todo aquellos con esteroides, causan un mayor riesgo a los pacientes de presentar este tipo de alteraciones en la salud mental. Posterior a la recuperación de la enfermedad, es importante hacer un acompañamiento a quienes sufrieron los síntomas, pues son personas que viven un riesgo muy elevado de llegar al suicidio. 

“Parte de lo que más me ha impactado ha sido ver la muerte tan cerca. Cuando un paciente entra a UCI, sus posibilidades de supervivencia son apenas del 20 por ciento. Eso, por supuesto, crea un impacto muy doloroso, que además muchas veces termina viéndose reflejado en la salud mental del personal de salud. Por eso, decidimos extender este tratamiento a ellos, también”, dice el doctor Oviedo. 

En su clínica, han creado líneas y grupos de apoyo con las que buscan apoyar al personal médico para evitar el burnout: una condición que viene con la sobrecarga laboral y que lleva a desarrollar apatía, cansancio extremo y pérdida de la esperanza, lo que a su vez aumenta la posibilidad de cuadros depresivos. Aún así, se muestra esperanzado: “Si algo bueno nos dejó la pandemia es que por fin pudimos tener una conversación en la que la salud mental está siendo relevante”, dice. 

Para el doctor, este episodio ha permitido quitar estigmas que usualmente recaen sobre las personas que requieren un tratamiento para su salud mental: “Por eso, ahora que por fin entendemos la relevancia, es importante asegurar la universalización del acceso a los profesionales de la salud mental, porque este proceso de atención afortunadamente lo tenemos en mi hospital, pero sabemos muy bien que no ocurre en otros lugares y allí vidas de pacientes y vidas del personal de salud pueden estar en mucho mayor riesgo”, dice.

Para muchos pacientes de Covid-19 que terminan en las unidades de cuidado intensivo de hospitales, las secuelas del virus quedarán en sus cuerpos de por vida. Lo mismo ocurrirá, según el doctor Oviedo, con los efectos en su salud mental: desordenes postraumáticos, ansiedad, depresión y fobia a los procesos médicos serán algunas de las cosas que seguramente pacientes como Ernesto* tendrán que enfrentar. Por ahora, sin embargo, Ernesto* parece estarse recuperando bien. Su progreso ha sido positivo. Y en este punto no queda más que esperar. 

*Nombre modificado para proteger su identidad.

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Esta nota fue originalmente publicada en el medio Cerosetenta, de Colombia, el 23/08/2020, y es republicada como parte de la Red De Periodismo Humano.

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9 versus 10: nueve son los meses que demoraron los milmillonarios en recuperar las fortunas que perdieron a raíz de la pandemia. Diez son los años que tardarán las poblaciones vulnerables en recuperar el nivel de ingresos que tenían previo al brote de COVID-19 si los gobiernos no llevan a cabo las políticas públicas adecuadas. 

El resultado de esta combinación, podría dar lugar a un escenario nunca antes visto: que crezca la desigualdad al mismo tiempo en todo el mundo. Los datos surgen del último informe de la organización internacional Oxfam El virus de la desigualdad. Para torcer ese rumbo, hay una serie de iniciativas que muchos gobiernos están llevando a cabo y que merecen la atención.

Las prioridades de los gobiernos bajo la lupa

Los efectos de la pandemia a nivel económico son de los más graves de la historia, pero no todos los sufrieron por igual. Si lo miramos como una línea de tiempo desde febrero a noviembre, se podría decir que las mil personas más ricas del planeta primero tuvieron una pérdida considerable del 30% de sus riquezas, a partir de marzo empezaron un proceso de rebote y ya para noviembre recuperaron el total de las fortunas que tenían a principio de año. 

Dicho de otra forma: su recuperación económica a causa del COVID tardó 9 meses. Y fue muchísima más rápida que, por ejemplo, la que tuvieron durante la crisis de 2008, cuando tardaron cinco años en recuperar su riqueza. Que en en 2020 haya sido tan rápido se explica, según Oxfam, en los apoyos que obtuvieron de los gobiernos.

Si se compara con lo que pasa con los sectores más vulnerables, surgen muchas interrogantes. Si bien las investigaciones preliminares varían mucho, se estima que, solo en 2020, entre 200 y 500 millones de personas pasaron a estar en situación de pobreza. 

La pandemia dejó en evidencia que las disminuciones que tuvieron muchos países de la región en los últimos 15 años se hicieron sobre bases muy frágiles, ya que serían esas mismas personas las más afectadas por la pandemia y su recuperación les llevará mucho tiempo. De acuerdo a este estudio, tardarían unos diez años en volver a sus niveles previos.

¿Por qué tanta diferencia entre milmillonarios/as y los grupos más vulnerables? Asier Hernando, director regional de Oxfam para Latinoamérica y El Caribe, conversó con RED/ACCIÓN y cree que “cuando caés en la línea de la pobreza es muy difícil salir porque además de la falta de ingresos, en muchos casos las familias tienen deudas que nos los dejan salir y que, a diferencia de lo que le pasa a millonarios, donde se les condonan sus deudas, estas familias no tienen otra opción más que pagar”. 

Para Oxfam, las prioridades de muchos gobiernos han sido particularmente erradas si se considera que muchas de las inyecciones de capital “se las han podido llevar los más ricos por ser considerados sectores estratégicos” sin tener un impacto real en los sectores vulnerables.

Cómo funciona COVAX, la iniciativa global para que los países más pobres accedan a vacunas para prevenir el COVID-19

La desigualdad en los próximos años

Uno de los puntos más llamativos del informe es una encuesta que realizó Oxfam a casi 300 economistas de 79 países, quienes en su mayoría (el 87%) creen que la desigualdad de ingresos va a aumentar en sus países como consecuencia de la pandemia.

Para Hernando, que se profundice la desigualdad “significa que se le van a quitar oportunidades a muchísimas personas para que puedan tener una vida plena de derechos. Que muchos empresarios/as podrían aprovecharse de este contexto para reducir salarios o despedir personas que todavía son necesarias. Y en este contexto de pandemia, la desigualdad también puede significar la muerte por no acceder a un sistema de salud”.

Las mujeres también figuran como las afectadas. En términos laborales se estima que si no existieran las brechas de género, unas 112 millones dejarían de estar en riesgo de perder sus ingresos a causa del COVID.

Villas y asentamientos: cómo ayudan al progreso de sus barrios los jóvenes que logran ser profesionales

Modelos para una recuperación rápida e inclusiva

La ecuación puede cambiar según las políticas públicas que se prioricen. De hecho, el Banco Mundial considera que si los gobiernos adoptan políticas enfocadas a reducir la desigualdad de ingresos, la recuperación en lugar de darse en diez años, se podría dar en tres.

Para Oxfam, estamos ante una oportunidad histórica porque la pandemia dejó en evidencia la necesidad de aplicar correcciones más estructurales. “Creemos que uno de los aprendizajes que nos deja la pandemia es que debemos invertir un poco más en los sistemas públicos de salud y educativos y equilibrar los compromisos de los diferentes sectores de la sociedad con el fisco común, que está muy desequilibrado”.

Una de las prioridades de los gobiernos deberían ser, en primer lugar, generar más y mejor estadística para las poblaciones excluidas.

Para acortar la brecha de diez años, otra de las claves será ver qué países empiezan a priorizar algo más que el PBI: Islandia, por caso, ha reflejado en su presupuesto la necesidad de valorar un indicador que denominaron bienestar y que está a su vez compuesto por  indicadores sociales y medioambientales. 

Garantizar un sistema de salud público universal en detrimento de los sistemas de copagos, sobre todo para sectores vulnerables, es otra de las prioridades para Oxfam. Cita en ese sentido el caso de Costa Rica, país con uno de los niveles más altos de desarrollo en centroamérica y que logró ampliar en muy pocos años la cobertura de atención primaria universal de salud a casi toda su población.

El Salvador instrumenta escuelas de campo para Escuelas de campo para hacer frente a los tiempos de crisis. Foto: OXFAM

La inversión en infraestructura es otra de las claves y Argentina en este sentido está muy rezagada. Invertir en agua potable, cloacas y vivienda tienen un efecto importantísimo en la salud y con la pandemia quedó en evidencia. El primer punto de partida para Argentina bien podría ser garantizar la cobertura de estos servicios para las más de 4 millones de personas que viven en villas y asentamientos del país.

En el plano fiscal e impositivo, algunas medidas que se destacan son aplicar impuestos progresivos y medidas para desincentivar la evasión fiscal. Consultado sobre este tema en particular, Asier Hernando considera que tanto la discusión que se ha dado en Argentina con el impuesto solidario, como la que se está llevando en Brasil a propósito de la renta universal son debates en la dirección correcta.

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🤒🤧Cuando una persona se contagia de Covid-19 no empieza a tener síntomas de inmediato.

🦠🦠Hay un período de incubación, que es el tiempo entre que la persona es infectada y empieza a tener síntomas.

🗓️🔍Este período por lo general dura entre 1 y 14 días, pero lo más común es que los primeros síntomas aparezcan entre el día 5 y 6.

🕐🕛Varios estudios sugieren que una persona ya es propensa a contagiar el virus entre 24 y 48 horas antes de tener síntomas.

❗🏠Entonces, si estuviste en contacto estrecho con una persona que dio positivo, aislate esos días para evitar más contagios.

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Ambos pueden provocar síntomas similares en las primeras etapas.


Algunos síntomas son comunes a ambos...
🌡️Fiebre
🤕Molestias y dolores de cuerpo o en los músculos
🤢Náuseas, vómitos


Pero otros son diferentes y es importante saber distinguirlos...


El dengue puede provocar:

✅Dolor detrás de los ojos, en los huesos y articulaciones
✅Sarpullido
Los síntomas de dengue generalmente duran entre 2 y 7 días


El coronavirus, en cambio, puede generar los siguientes síntomas:

✅Dolor de garganta y cabeza
✅Fatiga
✅Dificultad para respirar
✅Tos
✅Pérdida del gusto o del olfato
✅Congestión nasal o moqueo
✅Diarrea
La cantidad de días que una persona puede estar enferma con COVID-19 y mostrar síntomas puede variar.


Y si tenés síntomas, siempre recordá:

💊En ningún caso te automediques
🏠No salgas de casa
👩‍⚕️Hacé una consulta médica
📞Llamá al 120 gratuito, las 24 horas y desde cualquier lugar del país


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Actualizado el miércoles 14 de abril, 00:03 hs. Buenos Aires (+3 GMT).

💉Total de vacunados en el mundo → 806 millones. En Argentina → 5,7 millones de dosis.

Mirá la Guía para vivir en tiempos de coronavirus 😷
Mirá Las respuestas a tus preguntas sobre las vacunas 💉
Seguí el proceso global de vacunación 🌎

🇦🇷 Argentina. Cifras actualizadas

➡️ Total de casos confirmados → 2.579.000
➡️ Total de fallecidos → 58.174
➡️ Nuevos casos en las últimas 24 hs. → 27.001
➡️ Pacientes recuperados → 2.262.875
➡️ Pacientes activos → 257.951

Fuente: Ministerio de Salud. Último informe oficial.

🌎 En el mundo. Cifras actualizadas

▪️Total de casos confirmados → 137.210.989
▪️Total de fallecidos → 2.956.546
▪️Nuevos casos en las últimas 24 hs. → 616.992
▪️Pacientes recuperados → 78.171.368

Fuente: Organización Mundial de la salud, vía Johns Hopkins University Última información oficial.

✅ Últimas medidas oficiales

▪️ La Argentina ya aplicó más de 5,3 millones de vacunas y 950 mil fueron en la última semana. (Télam)

▪️ El Gobierno lanzará créditos y programas para PyMEs amenazadas por la segunda ola de coronavirus. (Noticias Argentinas)

▪️ Restricciones por el coronavirus: harán controles sorpresivos en los colectivos que ingresan a la Ciudad. (Clarín)

▪️ Las personas que ya fueron vacunadas contra el COVID-19 podrán ser convocadas a trabajar de manera presencial. (Infobae)

▪️ Las medidas del Gobierno por la segunda ola. (La Nación)

▪️ El Gobierno suspendió los vuelos desde Brasil, Chile y México. (Infobae)

▪️ Coronavirus: punto por punto, las nuevas restricciones para los argentinos que regresen del exterior. (Clarín)

▪️ La emergencia sanitaria se extiende hasta el 31 de diciembre y se restringen viajes. (Página 12)

▪️ En el país ya hay cinco vacunas aprobadas. (MendozaPost)

▪️ La Argentina envió a México insumo para la vacuna de AstraZeneca. (La Nación)

▪️ La ANMAT aprobó el test argentino para la detección rápida de coronavirus. (Télam)

✅ Últimas noticias en la Argentina

▪️ Provincia por provincia, cuáles son las que buscan comprar vacunas en forma autónoma. (Infobae)

▪️ Argentina busca comprar la vacuna cubana Soberana 02 a partir de mayo. (Tiempo Argentino)

▪️ Vacunas: ventajas y desventajas de diferir la segunda dosis, según los expertos. (La Nación)

▪️ ANMAT autorizó la vacuna Sinopharm en los mayores de 60 años. (Télam)

▪️ Cepa por cepa, cómo pueden impactar las variantes del coronavirus en la Argentina. (Infobae)

▪️ Observan una alta respuesta inmune de la vacuna Sputnik V en Argentina. (La Voz del Interior)

▪️ El Gobierno acuerda la llegada de más vacunas. (Página 12)

▪️ Está lista para iniciar fase tres de desarrollo una vacuna argentina contra el coronavirus. (Télam)

▪️ Cómo actúan y cuánto duran las vacunas contra la covid que llegan a la Argentina. (Mdzol)

▪️ Argentina compró 22 millones de dosis de la vacuna de AstraZeneca / Oxford contra el COVID-19. (Infobae)

▪️ La vacuna rusa Sputnik contra el coronavirus, en detalle. (Página 12)

▪️ Expertos del INTA y el Conicet lograron neutralizar el virus con anticuerpos derivados de llamas y huevos. (La Nación)

▪️ Cómo es el test aprobado por la ANMAT que permite diagnosticar COVID-19 en sólo 15 minutos. (Infobae)

✅ Últimas noticias en el Mundo

▪️ China admitió que la eficacia de sus vacunas contra el COVID-19 no es alta. (Infobae)

▪️ Vacuna de AstraZeneca: por qué Reino Unido dejará de ofrecerla a los menores de 30 años. (BBC)

▪️ Un estudio concluyó que el Reino Unido alcanzará la inmunidad colectiva el próximo lunes 12 de abril. (Infobae)

▪️ ¿Por qué fracasa el “turismo de vacunas” contra el coronavirus? (Clarín)

▪️ Pfizer y BioNTech anunciaron que su vacuna contra el COVID-19 mostró una eficacia del 100% en adolescentes de 12 a 15 años. (Infobae)

▪️ Las vacunas de Pfizer y Moderna tienen un 90% de efectividad tras segunda dosis, según un nuevo estudio. (La Nación)

▪️ Rusia registró la vacuna Sputnik Light de una sola dosis contra el COVID-19. (Infobae)

▪️ "El virus de la covid-19 no está retrocediendo y la pandemia es particularmente grave en América del Sur", afirma la OPS. (BBC)

▪️ La OMS califica como "grotesca" la brecha en inmunizaciones entre países ricos y pobres. (BBC Mundo)

▪️ La OMS publicó nuevas recomendaciones sobre el uso de barbijos de tela. (Clarín)

▪️ UNICEF y 16 aerolíneas se unen para distribuir masivamente la vacuna contra la COVID-19 en todo el mundo. (Naciones Unidas

▪️ La cantidad de vacunas contra el COVID-19 administradas a nivel global superó al total de casos confirmados. (Infobae)

▪️ El gigante farmacéutico Bayer producirá la vacuna de CureVac contra el covid-19. (Infobae)

▪️ Cómo funciona COVAX, la iniciativa para que todos los países accedan a vacunas. (RED/ACCION)

▪️ Un estudio reafirmó el valor del uso de las mascarillas para prevenir la transmisión de COVID-19. (Infobae)

▪️ Pfizer está trabajando en dosis de refuerzo de su vacuna para combatir nuevas variantes del virus. (Infobae)

▪️ Un laboratorio de Francia se asocia con Pfizer para acelerar la producción de la vacuna. (Clarín)

▪️ Las vacunas de AstraZeneca y Sputnik V combinadas podrían generar una inmunidad de 2 años. (Infobae)

▪️ Revelaron el tiempo que el coronavirus permanece en la piel. (IProfesional)

▪️ Lo que debes saber sobre las pruebas de coronavirus: ¿cuántos tipos hay, cuáles son las más confiables y por qué algunas se demoran tanto? (CNN)

❤️ Positivo

▪️ Los 500 llamados de Oscar, el hombre de 81 años que habla por teléfono con adultos mayores que viven solos. (RED/ACCIÓN)

▪️ Cómo se reinventaron y adaptaron las ONGs para seguir ayudando y sacarles una sonrisa a los niños durante el aislamiento. (Infobae)

▪️Para ayudar. Siete planes de organizaciones para ayudar a quienes lo necesitan (y cómo podemos colaborar desde casa) (RED/ACCIÓN)

✅ Útil

▪️ Después del Covid: qué controles hay que hacerse para tener una buena recuperación. (Clarín)

▪️ ¿Qué es el periodo de incubación? ¿Cuándo empiezo a tener síntomas? (RED/ACCIÓN)

▪️ Cuarentena y ansiedad. Consejos de Miguel Espeche, psicólogo, para lidiar con el encierro. (Video) (RED/ACCIÓN)

▪️Autoevaluación. Descargá la app para autoevaluar síntomas de COVID-19 (Ministerio de Salud)

▪️ Coronavirus y gripe: en qué se parecen y en qué se diferencian. (Clarín)

✅ Para leer

▪️Barrios populares. El trabajo de los vecinos para enfrentar demoras en el testeo, rastreo de casos y aislamiento en villas y asentamientos (RED/ACCIÓN)

▪️Pensar la crisis II. Otras 15 reflexiones en torno a la pandemia del coronavirus (RED/ACCIÓN)

▪️Pandemia y naturaleza. ¿Podemos evitar una próxima pandemia? Nuestro vínculo con la naturaleza tiene la respuesta: el 75% de todas las enfermedades infecciosas emergentes son transmitidas de animales a humanos. (RED/ACCIÓN)

▪️Consejos. Cómo sobrellevan el encierro las personas con autismo y por qué se enfrentan a mayores riesgos (RED/ACCIÓN)

📸 Visual

▪️ Vacuna Covid-19: el mapa que muestra cómo avanza la vacunación en el mundo. (Our World in Data)

▪️ Covidvisualizer. País por país, un globo terraqueo para recorrer y conocer las últimas cifras (Covidvisualizer)

✅ Un consejo

▪️Cómo protegerte y proteger al resto


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Este contenido contó con participación de miembros co-responsables y lectores de RED/ACCIÓN

1: El nacimiento de un ícono cultural

El 8 de marzo de este año, poco antes de que la Organización Mundial de la Salud declarara que el COVID-19 era una pandemia global, Florencia Tellado —una diseñadora de sombreros y vestuarista de publicidad— se sorprendió al ver a su asistente cubriéndose la boca y la nariz con un barbijo en una motorhome abarrotada de actores.

Cinco días antes, el 3 de marzo, se había confirmado el primer caso de coronavirus en la Argentina (un hombre de 43 años llegado desde Milán) y a fines de febrero ya se habían agotado los barbijos en el 70 por ciento de las farmacias de la ciudad de Buenos Aires y del conurbano (cada farmacia tenía entonces un stock de entre 200 y 300 barbijos, según el Colegio Oficial de Bioquímicos y Farmacéuticos de la Capital Federal). Pero, a la vez, la gente en la calle todavía no los usaba masivamente. “Los barbijos”, dijo en esos días el secretario general del Colegio a Télam, “fueron comprados por familiares de personas que están en los países europeos y asiáticos que tienen COVID-19 para proveerlos porque en esos países no se consiguen”.

Era un tiempo extraño, de imágenes televisivas llegadas desde muy lejos donde había gente con una mirada aterrada que saltaba por arriba de sus tapabocas, un tiempo de inminencias sin certezas.

“Y pensé: yo tengo que hacer barbijos porque es algo que está buenísimo usar, así que se me ocurrió diseñar una máscara copada que se sume a mi línea de sombreros, y descubrí una parte de la cabeza fascinante”, dice Florencia Tellado. Fue la primera diseñadora argentina que vio al barbijo como algo más que una simple barrera sanitaria: lo vio como una prenda llena de posibilidades, quizás como uno de los íconos culturales que —hoy lo sabemos— definirían al año 2020.

Aunque un barbijo de tela puede no detener al coronavirus, sí atrapa las gotitas de saliva que se liberan cuando una persona (la persona que lo usa) habla, tose o estornuda. Y el virus viaja en esa saliva. Como se dijo tantas veces este año, si alguien que tiene COVID-19 usa su máscara, la probabilidad de contagiar a otro se reduce a 5%. Si el otro también está portando un barbijo, a 1,5%. Y, si además de eso, ambas personas están a un metro de distancia, o más, la chance de contagio es nula.

Tellado creó primero un barbijo blanco con lentejuelas rematado en un gran moño superior, lo fotografió y lo subió a Instagram. Hasta hoy, esa foto tiene 889 likes (una cifra que las tres publicaciones contiguas no superan). Con la cuarentena instalada, mudó su taller a su casa en Palermo. Fue justo cuando, a mediados de abril, el uso de barbijo se volvía obligatorio en casi todo el país. Desde entonces ella diseñó barbijos negros con moños dorados; barbijos con protección ocular rosa; sombreros de tweed de lana, forrados en satén, con presilla de cuero acharolado y visor de acetato desmontable; barbijos con decoración de manos de plástico; barbijos negros con turbante; y muchos otros barbijos que combinan la alta costura con la audacia del nuevo diseño pandémico.

En los meses más duros de la cuarentena, mientras la prensa local la descubría (cuando la primera dama Fabiola Yáñez usó uno de sus barbijos el 25 de mayo y cuando Natalia Oreiro usó otro en Cantando 2020) y hasta Vogue de Italia la presentaba, Tellado se levantaba a trabajar a las 5:30 de la madrugada (su marido y su hija de 2 años aún dormían) y hacía varios barbijos a la vez: “Son un montón de pasos y si quisiera hacer los barbijos de a uno, no lo terminaría ni en doce horas”, dice. Máquina de coser, molde, cortar, coser, terminar a mano, colocar la etiqueta de cuero cortada a láser. “Estaba cansada todos los días”, sigue, “y me quedaba hasta cualquier hora, impactada con la aceptación del público, que de repente dijo: ‘Wow, existía la cabeza y la podíamos vestir’”. Ya hizo más de 700 barbijos. “Empecé a delegar cosas porque si no se me iba a salir un ojo. Nunca pensé que iba a vender tanto”.

2: Máquinas, polipropileno y telas antivirales 

Hoy —¿quién lo hubiera dicho hace un año?— hay barbijos descartables celestes de polipropileno; lavables de neoprene con válvula y clip nasal; hay barbijos de dos capas con bolsillo, 100 por ciento algodón; personalizados para empresas y marcas, con sus logos; de policloruro de vinilo o de PET transparente con cordón elástico. Hay barbijos que son máquinas electrónicas: en agosto, LG presentó en Seúl el suyo (nombre comercial: Puricare Wearable Air Purifier) que en realidad es un purificador de aire portátil con dos ventiladores y un sensor que detecta el ciclo y el volumen de la respiración, y ajusta la velocidad de los ventiladores para respirar mejor. Hay barbijos de silicona transparente de grado médico, que no se empañan y que, con la boca y la nariz visibles, permiten desbloquear celulares: cuestan 126 dólares. 

También hay barbijos autosanitizantes producidos con nanotecnología para matar a los virus, hongos y bacterias que caen en su tela. En la Argentina, una compañía textil llamada Kovi se unió a la Universidad de Buenos Aires, la Universidad de San Martín y el CONICET para crear uno de estos barbijos. Su tela de algodón poliéster está tratada con antivirales, bactericidas y fungicidas: mata todo, incluido el SARS-CoV-2. En cinco minutos.

La historia empieza poco antes de que el aislamiento obligatorio fuera decretado: algunos químicos y físicos universitarios se enteran de que a los médicos les faltan elementos de protección personal y deciden estudiar el tema y escribir algunas ideas basadas en las posibilidades de los laboratorios y de los institutos donde trabajan. Después los contacta esa empresa textil que fabrica barbijos: quiere estudiar la posibilidad de rociar una tela de algodón con agentes antimicrobianos.

“Nos basamos en información bibliográfica”, dice Roberto Candal, doctor en Química, investigador principal del CONICET y miembro del equipo que desarrolló ese barbijo. “Hicimos una búsqueda en la literatura internacional existente sobre el tema, muy abundante después de cada pandemia; por ejemplo, la de la gripe A. En base a esa información, a los materiales con los que contábamos en ese momento, disponibles en el mercado, y a las posibilidades de la empresa y de nuestros laboratorios, desarrollamos el material para confeccionar los barbijos”.

El equipo de investigación se compone con doce personas, contando investigadores formados, juniors y becarios. En poco tiempo gritan eureka: la capa de tela interior del barbijo —la que queda junto a la boca y la nariz— tiene iones de plata y otros compuestos fungicidas y antibacterianos. La capa de tela externa es tratada con iones de cobre —que son los que dan la acción antiviral—, compuestos fungicidas, bactericidas y polímeros. Y sobre esa tela externa se aplica una tercera capa semipermeable que hace más lento el proceso de absorción de la gotitas en las que se transportan las partículas virales. Así, los iones de cobre y los componentes antimicrobianos tienen más tiempo para accionar. El barbijo se vende bajo la marca de Atom Protect. A pesar de su estampado (burocrático y sin imaginación estética) y de sus colores (aburridamente sobrios), es un éxito.

¿Qué siente Candal al ver a la gente en la calle llevando su barbijo? “Por un lado, satisfacción; y por otro la necesidad de seguir aprendiendo y trabajando en el tema”, dice. “Esto no está cerrado. Seguimos explorando alternativas desde la investigación de los materiales, y sobre el comportamiento de los aerosoles y su interacción con las telas”.

En el universo de los barbijos, que ha hecho su big-bang expansivo, además hay mascarillas N95: la “N” significa que no filtra aceites; el “95”, que filtra el 95 por ciento de las partículas aéreas de hasta 0,3 micrones (un micrón equivale a la milésima parte de un milímetro; eso no siempre es suficiente ante el tamaño de una partícula de coronavirus, que puede ser de 0,1 micrones). Estas mascarillas rígidas de cartón, que adquirieron cierto prestigio entre el personal de salud durante la pandemia, fueron inventadas en 1992 por el profesor de origen taiwanés Peter Tsai, quien ahora volvió desde su jubilación e improvisó un laboratorio en su casa en Knoxville, Tennessee (Estados Unidos), para investigar cómo esterilizar y reutilizar la N95 para la gente que en los hospitales lucha contra el coronavirus.

Tsai trabajó quince horas al día con sus mascarillas: las hirvió, las coció al vapor, las puso en un horno, las dejó al sol. Y llegó a un resultado: hay que calentarlas a 71 grados durante una hora. O hay otro método: dejar que el coronavirus muera naturalmente al dejar a la máscara intacta durante siete días, porque si el virus no encuentra un anfitrión se vuelve inactivo en la superficie de la mascarilla. Mientras tanto 3M, el fabricante de las N95 originales, duplicó (desde Estados Unidos, Asia y Europa) la producción global de N95 a 1.100 millones por año, prometió llegar a 2 mil millones en 2021 y lanzó un comunicado en medio de la crisis denunciando productos falsificados.

Por último, hay barbijos hechos en casa con retazos de tela. Sin ninguna ciencia, sin ninguna mística, sin ninguna marca. Son la gran mayoría de los que están deteniendo al virus cada día.

3: #HistoriasDeBarbijo

Es un mundo de barbijos y está repleto de #HistoriasDeBarbijo. En las redes sociales de RED/ACCIÓN y de quien escribe, la comunidad contó algunas:

  • “El domingo falleció mi papá de forma inesperada. Tenía pasaje para el lunes y me daba mucha ansiedad no poder ‘comportarme’ en el avión. Volé con barbijo puesto, obvio, y apenas empecé a bajar del avión se me vino toda la angustia encima. Las lágrimas me caían sobre la tela y por debajo y sentía que los mocos dibujaban una aureola alrededor de la nariz. Alguien me vio a lo lejos y se acercó a preguntarme qué pasaba. Me puse en cuclillas a llorar pero no me animaba a pedir algo para limpiarme así que iba sacando barbijos descartables y sonándome la nariz. Pensé que no son mejores o peores para llorar en público. Una hora después ya tenía que estar en el funeral” — Victoria Fabrice.
  • “Llega a casa mi novio. Nos ponemos a tomar mates y me doy cuenta de que tiene puestas ambas zapatillas pero solamente una media. Le pregunté si se había olvidado de ponérsela esa mañana. Resulta que se había ido en auto hasta la carnicería, se dio cuenta de que sin barbijo no podía entrar… y tuvo que aguantar su propio olor a pata (pegado a la nariz) hasta que salió del local” — Belén Mirallas.
  • “Los primeros barbijos para mis hijos y para mí los hice con tutoriales de YouTube, cosidos a mano, con bolsillo, filtro y blablablá... Ahora usamos cualquier cosa. Y como me gusta ‘cazarpalabras’ (sacar fotos a las pintadas de la calle), me hizo muy feliz encontrar un barbijo con una inscripción…” — Mirtha Care.
  • “Compré un barbijo, se veía muy lindo, pero es rígido y con una tela medio impermeable. Sigue siendo lindo pero resulta incómodo. Compré otro, muy bonito el diseño, pero tiene una tela que larga pelitos hacia adentro y me hace cosquillas. Sigo en busca del barbijo ideal” — Anahí Flores.
  • … y una respuesta al mensaje anterior: “Usá los tricapa quirúrgicos, se respira súper fácil y son los que funcionan como una barrera real. Los que estás usando serán lindos o con diseño pero no sirven para nada (solo para incomodarte a vos) Ni siquiera el del CONICET sirve tanto” — Cecilia Miljiker.

4: Llega el fuego

Por extraño que parezca, algunos odian los barbijos como se puede odiar una insignia, un símbolo, una bandera enemiga. El 5 de septiembre —cuando se registraban unos 10.000 casos diarios en la Argentina—, un grupo de personas se reunió en el Obelisco para quemar barbijos en una latita. Su performance llegó a ser trending topic en Twitter. ¿Quiénes eran? Según AFP, uno de los incendiarios se llamaba Christian Osman y había publicado varios videos negando la existencia del coronavirus y la efectividad de las vacunas, y asegurando que la Tierra era plana. De los demás, se supo poco o nada.

En Estados Unidos, las quemas de barbijos son repetidas y, por lo general, los protagonistas llevan pancartas de Donald Trump: en junio se planteó en Carolina del Norte un desafío con ánimos de viralización que proponía grabar un video del fuego y subirlo a las redes; el 24 de octubre un grupo de personas se reunió a incendiar tapabocas en Palm Beach, Florida, quejándose de la “tiranía médica” y poniendo como música de fondo “We’re Not Gonna Take It”, el hit de Twisted Sister; el 21 de noviembre fue en San Clemente, California, en la playa; el 15 de diciembre la escena se repitió en Fort Lauderdale, también Florida.

Trump, que nunca quiso llevar un barbijo, recién usó uno en público en julio (a tres meses de que los Centros de Control y Prevención de Enfermedades los recomendaran); y luego tweeteó, con cinismo: “Estamos unidos en nuestro esfuerzo por derrotar al invisible virus chino, y mucha gente dice que es patriótico usar una mascarilla cuando no se puede tomar distancia social. ¡No hay nadie más patriota que yo, tu presidente favorito!”.

En octubre, cuando el presidente se contagió y aún así no se puso un barbijo, el Washington Post lo criticó: “Entre los líderes mundiales, el presidente Trump está cada vez más aislado en el tema de las máscaras faciales”. Y como el barbijo terminó por volverse un tema político, Joe Biden acaba de pedir 100 días de uso masivo para bajar las dramáticas estadísticas estadounidenses.

Otro país, historia similar: en Brasil, un juez federal ordenó al presidente Jair Bolsonaro usar un barbijo en público. Fue el 23 de junio. “El presidente tiene la obligación constitucional de observar las leyes vigentes y de promover el bien general de la población, lo cual implica adoptar las medidas necesarias para proteger los derechos sanitarios y ambientales de los ciudadanos”, se lee en el fallo. Bolsonaro no lo acató. En julio se contagió. En agosto dijo: “La efectividad del barbijo es casi nula”.

Algunos presidentes a lo largo del mundo han tomado decisiones un poco raras respecto del barbijo. No les enseñaron nada sobre tapabocas en la escuela de poder y tuvieron que improvisar. En México, Andrés Manuel López Obrador desestimó su uso, justificándose en una política antiautoritaria: “Todos son libres”, dijo. “Quien quiera usar una mascarilla y sentirse más seguro puede hacerlo”. Por su parte, el presidente chileno Sebastián Piñera deberá pagar una multa de 2.000 dólares por no llevar barbijo. Luego de haber paseado por la playa de Zapallar a cara descubierta y de haberse tomado fotos con la gente —y luego del escándalo que siguió—, Piñera terminó admitiendo su error y denunciándose a sí mismo.

En África, el presidente de Malawi, Lazarus Chakwera, visitó a su par de Tanzania y el encuentro fue a cara limpia. “La razón por la que no me lo puse”, explicó después, “fue para demostrar mi confianza en mi par [de Tanzania], el presidente [John] Magufuli. Y una de las formas de probar confianza el uno en el otro es ponerse en una situación de riesgo para demostrar que hay confianza en que el amigo protegerá”.

5: En busca de certezas

Quizás algunas de esas posiciones erráticas de los poderosos se deban a la propia incerteza que la Organización Mundial de la Salud (OMS) mostró en los primeros meses respecto a los barbijos. En un comunicado de enero se lee: “Cuando no está indicada, la utilización de mascarillas médicas da lugar a gastos innecesarios, obliga adquirir material y crea una falsa sensación de seguridad que puede hacer que se descuiden otras medidas esenciales, como la higiene de las manos. Además, si no se utiliza correctamente, la mascarilla no reduce el riesgo de transmisión”.

Pero en junio, el director general del organismo, Tedros Adhanom Ghebreyesus, recomendó a los gobiernos que “deberían alentar al público en general a usar máscaras donde hay una transmisión generalizada” y donde “es difícil el distanciamiento físico, como en el transporte público, en tiendas o en otros entornos confinados o abarrotados”.

Estos son los consejos de la OMS sobre lo que no hay que hacer:

  • No usar mascarillas que quedan sueltas o están dañadas.
  • No ponerse el barbijo por debajo de la nariz.
  • No quitare el barbijo cuando se esté con personas a menos de un metro de distancia.
  • Nunca utilizar barbijos sucios o mojados.
  • No compartir barbijos con otras personas.

Y lo que :

  • Lavarse las manos antes de tocar el barbijo.
  • Comprobar que el barbijo no esté mojado, roto o sucio.
  • Ajustar el barbijo a la cara de modo que no queden espacios abiertos a los costados.
  • Evitar tocar el barbijo cuando se lo esté utilizando.
  • Lavarse las manos antes de quitarse el barbijo.
  • Quitarse el barbijo siempre por las tiras que ajustan contra las orejas.

“Lo que pasa es que una cosa es el barbijo quirúrgico y otra cosa es el tapabocas común, y al principio [cuando hubo contradicciones] lo empezábamos a conocer”, dice ahora Lautaro de Vedia, expresidente de la Sociedad Argentina de Infectología y jefe de la Unidad de cuidados intensivos respiratorios del Hospital Francisco J. Muñiz. “Tal vez [las autoridades de la OMS] no tuvieron en cuenta que si bien el tapabocas no tiene la eficacia del barbijo quirúrgico, tampoco la gente en la calle está en una exposición al virus similar a la de un médico tratando pacientes con COVID. Entonces reservamos el barbijo quirúrgico para el hospital y nos quedamos con esta alternativa intermedia, que alcanza y sobra para la calle, para ir de compras”.

Droguería del Sud es la distribuidora farmacéutica argentina más importante (abastece a 9.000 farmacias) y en la pandemia elevó su venta de barbijos en un 40.000%. “El barbijo forma parte del arsenal que nos ha quedado”, dice De Vedia, “pero no creo que después de la pandemia debamos seguir usándolo en la calle. Habrá que mejorar otras cosas, por ejemplo cómo viajamos, muy especialmente en el conurbano”.

En cambio, en el Lejano Oriente el uso del barbijo en la calle es masivo y común desde antes de la pandemia. Cubrirse la boca con papel o con hojas del árbol de sakaki para evitar que el aliento contamine rituales es común desde la antigüedad en Japón, y es una costumbre que todavía se ve en algunos santuarios shintoístas. Durante el Período Edo (1603-1868), la práctica parece haber penetrado en una parte grande de la población. Y en 1919 la propagación de la gripe española terminó por hacer masivo su uso.

“Más allá de este hecho puntual”, dice Cecilia Onaha, del Archivo Histórico de la Colectividad Japonesa en Argentina, “los japoneses son muy sensibles a temas de higiene y limpieza, por eso si alguien está con gripe, cubre su boca para no esparcir microorganismos que afecten a otras personas”. Onaha dice que No Causar Molestias (en su email a RED/ACCIÓN lo escribe con mayúsculas) es el principio que rige a las relaciones interpersonales, en particular en la vía pública. “Es un principio cultural de la sociedad japonesa”, explica.

Además de usarse durante las temporadas de gripe, los barbijos en Japón fueron adoptados por las industria de la moda, según un artículo de The Japan Times. Algunos barbijos hacen que el rostro se vea más delgado e incluso hay un término para las mujeres que se ven bien llevándolos: masuku bijin (“belleza enmascarada”). “En Japón, a veces se dice que los ojos hablan tanto como la boca”, se lee en el artículo.

6: Lo que va a quedar

Después de que la diseñadora Florencia Tellado lanzó sus barbijos fashion, algunas grandes marcas argentinas (como Kosiuko, La Dolfina y otras) hicieron lo mismo. “Veo barbijos en la calle”, dice ahora Tellado, “y me encanta pensar cómo cada persona fue a buscar el que coincide con ella, el que la representa. Tenés que dejar que el barbijo, como todo lo que vestís, hable por vos: es lo que vos sentís y usás”.

Hace poco, su ídolo desde la adolescencia, Marilyn Manson, recibió un correo de sombreros y barbijos de parte de ella. Y los usó. En un video reciente en el que se lo ve grabando en el estudio con la estrella de hip hop A$AP Ferg, Manson llega al sitio luciendo un tapabocas negro, mullido, sin moño. Es una creación de Tellado, que Manson ­—uno de los íconos más impactantes del espectáculo de las últimas décadas— acaba de sumar a su look con total naturalidad.  

Mientras tanto, en Buenos Aires ella usa sus tapabocas con moños cada día. Lleva uno rosa, uno negro, uno estampado, uno elástico. “Tengo miles”, dice. Y cree que van a seguir en nuestras caras una vez que el virus haya sido derrotado. “Van a quedar en mucha gente obsesiva como yo. No puedo creer que con esto te protegías de un montón de otras cosas y no lo usábamos. Es un barbijo mental lo que nos va a quedar”.

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Este contenido contó con participación de miembros co-responsables y lectores de RED/ACCIÓN

“La salud de mis papás, que son personas de riesgo, me motivó a cuidarme de no contagiarme”. “Me di cuenta de que cuidar mi cuerpo es mayor que cualquier otra responsabilidad”. “Comencé a cuidar más mi salud para, en caso de enfermarme, tener mejores defensas”. “El home office me dio más tiempo libre para encargarme de mi salud”. “El encierro y el sedentarismo me hicieron mal, y sentí la necesidad de hacer algo por mi cuerpo”.

Esas son algunas de las respuestas que lectores, lectoras y miembros co-responsables nos dieron a través de Instagram cuando les preguntamos qué las o los motivó más a cuidar su salud. Respuestas tan variadas que llevan al corazón de esta nota: ¿qué es lo primero que pensamos cuando hablamos de cuidar nuestra salud? ¿De medicamentos, consultas médicas y vacunas? ¿De hábitos que hacen a un estilo de vida, tales como ejercitarnos y comer mejor? ¿En ambas cosas?

Desde luego, todo eso es cuidar la salud. Y de salud hablamos mucho en un año marcado por la pandemia del COVID-19. En este contexto, también preguntamos a nuestra comunidad a qué pusieron más cuidado en estos meses: si a no contagiarse del coronavirus o a mejorar hábitos para tener fortalecidas las defensas del organismo en caso de contagiarse. Un 60% respondió poner el foco en no contagiarse.

Claro, una cosa no va en detrimento de otra y la consulta no tiene pretensiones de estudio científico. “Puse el foco en no contagiarme porque ya llevaba una vida saludable. Y porque vivo con mi papá, que es persona de riesgo”, me explicó Agustina (25 años), una de las personas que respondieron.

Pero, de todas maneras, la conversación con nuestra comunidad de lectores y lectoras ilustra lo que decíamos al principio: “cuidar nuestra salud” puede entenderse de múltiples maneras. Muchas veces, como en este caso con la pandemia, esa manera de entenderlo va por lo que Mercedes, una de nuestras lectoras, llama la “lógica farmacéutica”.

“Es pensar primero en tomar un analgésico antes de tomar agua o dormir un rato. O sentir un malestar y recurrir al médico. Es algo que viene instalado desde hace mucho tiempo, y con la pandemia y los miedos se acrecentó”, explica la joven de 21 años, estudiante de Psicología. A ella le llama la atención que se piense “la vacuna como la salvación” y se promocionen tan poco hábitos saludables o se cuide tan poco el ambiente.

Sin restar importancia a las vacunas, los medicamentos o el aislamiento, los hábitos saludables a los que se refiere Mercedes, también juegan su rol en nuestra salud, incluso en caso de tener el coronavirus: los especialistas coinciden en que una mejor salud general ayuda a transitar mejor el COVID-19 en caso de contagiarse. Por ejemplo, ya en abril la revista The Lancet publicó un artículo en el que alertaba de que, en el contexto de la pandemia, la obesidad es un factor de riesgo importante, incluso en jóvenes.

“Un estilo de vida saludable no te protege de contraer el virus, pero sí de cómo vas a llevar adelante el proceso”, sintetiza Gabriel Acevedo. Él es doctor en Medicina Preventiva y titular de la cátedra Medicina Preventiva y Social de la Universidad Nacional de Córdoba.

“Tanto las personas como los gobiernos debemos entender que no solo se construye la salud con buena calidad de atención médica, acceso a medicamentos y vacunas, sino generando mejores condiciones de vida y salud”, analiza Acevedo.

En esa línea, el médico explica: “Los medicamentos en algunos casos están plenamente justificados y han contribuido a mejorar la calidad de vida de pacientes con enfermedades crónicas, por ejemplo, pero hay una tendencia de sobremedicacicón muy clara, que se ve para el manejo por ejemplo de problemas metabólicos como el colesterol. Y ni hablar en salud mental”.

Otro médico que remarca cómo la salud se construye más allá de una medicación es Gabriel Lapman. Así lo explica: “¿Hay algo mejor para tu colesterol, glucosa, humor, presión arterial, que aumente la autoestima, que haga descansar, etcétera, más que el ejercicio? No, ninguna pastilla tiene tantas propiedades. Tampoco ninguna te lleva al peso saludable o regula tu glucosa en sangre o colesterol como una dieta basada en plantas. Y lo mismo se aplica al buen descanso”.

Lapman, nefrólogo y cardiólogo, es uno de los miembros fundadores de la Sociedad Argentina de Medicina del Estilo de Vida (SAMEV). Desde esta organización, junto con otros profesionales de la salud remarcan “seis pilares de medicina del estilo de vida que trabajan en múltiples niveles de acción: alimentación integral (sin procesados) basada en plantas, ejercicio diario (moderado y vigoroso), el descanso reparador de 7-8 cada noche, la reducción del estrés y relajación, la conectividad social (las relaciones) y el propósito de vida y la eliminación de hábitos tóxicos (como el tabaquismo)”.

 “Cada uno de estos pilares trabaja en múltiples niveles de acción y por eso lo primero que usamos como terapéutico son los cambios conductuales. Recién luego vamos con lo convencional”.

Desde esta base, Lapman remarca que “una persona con hábitos saludables va a tener sistema inmunológico mejor y estar más preparado en caso de contraer el coronavirus”. O cualquier virus.

Necesitamos que nos enseñen a comer mejor

Falta compromiso a largo plazo: desde las personas a los gobiernos

Entonces, ¿por qué se pregonan tan poco estas conductas?

Por un lado, el médico opina que “hay mucha falta de información”. Precisamente, también preguntamos en Instagram a nuestra comunidad si considera que hay suficiente información sobre hábitos que hacen a un estilo de vida saludable. Mientras que algunos señalaron que sí, otros destacaron falta de cantidad y (sobre todo) calidad. Como una lectora, que nos dijo: “Creo que hace falta más información verificada, confiable, de profesionales. Siento que sobre todo este año, con la pandemia, mucha gente se puso a dar consejos de qué comer, qué ejercicios hacer, cómo cuidarte la piel, etcétera, pero la mayoría eran influencers”.

Respuestas a la pregunta: "¿Creés que hace falta más información sobre cómo cuidar nuestra salud con hábitos diarios?".

Pero más allá de la información, hay otras razones que hacen de los hábitos saludables tan impopulares como efectivos: algunas ligadas a intereses económicos hasta otras ancladas en la conducta humana.

“No hay muchos sponsors de esto, no se vende en la farmacia. Pero además requiere del esfuerzo del paciente, de una mirada a largo plazo que depende de la persona y su compromiso: no es la solución fácil”, considera Lapman.

Algo parecido explica Jacqueline Lapidus, psicóloga especializada en ansiedad:  “El ser humano busca una resolución a corto plazo, se reúsa en al trabajo a largo plazo. Nos han educado para valorar solo el éxito: nadie nos habla de frustraciones, de fracasos, esfuerzos. Por eso tratamos de evitar el dolor inmediato y esto nos limita y hace renunciar a objetivos a largo plazo”.

Esta mirada cortoplacista no solo es parte de nuestra conducta individual, sino que también influye en la mirada que tienen sobre la salud quienes gobiernan.

“El foco de las políticas públicas en general ha estado puesto en la atención de la enfermedad y mucho menos centrado en cuidado de la salud y generación y promoción de hábitos y conductas de espacios que favorezcan el desarrollo de una vida más sana. El financiamiento en salud se orienta mucho a financiar asistencia de enfermedad y en mucho menor medida a financiar desarrollo de actividades que promuevan mejor nivel de salud”, analiza Acevedo, quien fue secretario de Salud de la ciudad de Córdoba entre 2014 y 2019.

Por un lado, Acevedo señala que hay presiones de grandes industrias a la hora de fomentar hábitos saludables. Él lo vivió en 2017, cuando Córdoba sacó una ordenanza para que en locales gastronómicos el azúcar no estuviera a la vista y Juan Manzur, gobernador de Tucumán (provincia productora de azúcar), apareció en todos los medios criticando la medida. Pero no hay que irse tan lejos para encontrar ejemplos de la dificultad para establecer políticas públicas que promuevan la alimentación saludable: basta ver lo que ocurre con la ley de etiquetado frontal.

Pero más allá de las presiones corporativas, también hay una cuestión política. “Es más rentable políticamente inaugurar una ambulancia que quizás luego esté sin usarse que promover hábitos que pueden dar rédito dentro de varios años”.

Lapman coincide: “La prevención recién se ve a 20-30 años”. Para el médico, además de decisión política, falta educación entre los profesionales de la salud: “En medicina no se enseña sobre nutrición, y menos sobre estilo de vida”.

Esperanza para el futuro

De todas maneras, el futuro parece alentador. Acevedo destaca que a nivel global “en los últimos años este modelo viene replanteándose y modificándose”, desde que Canadá abrió el camino en la década de 1980 con un rediseño de políticas tendiente a hábitos saludables (hoy goza de mejores indicadores de salud que, por ejemplo, Estados Unidos, con la salvedad de que en medicina es difícil atribuir estas mejoras a un solo factor).

A nivel de la sociedad, Lapman cree “más allá de que cuesta cambiar hábitos, de a poco crece el interés por el estilo de vida. Antes era una tendencia, hoy es un movimiento”.

El médico agrega: “Las generaciones más adultas tienen mucha reticencia al cambio de estilo de vida. Están acostumbrados a un modelo verticalista de la medicina, a tomar una pastilla. Pero las generaciones más jóvenes, de 40 y hasta de 50 años, vieron a sus padres y madres tomar tantas pastillas y morir sufriendo con enfermedades crónicas que no quieren pasar por lo mismo y empiezan a buscar nuevas visiones, basadas en evidencias”.

La cuarentena, espacio de reflexión

En otras notas hablamos de cómo la cuarentena sirvió como un espacio para reflexionar sobre nuestras prioridades y hábitos. Y nuestra salud —incluso en un contexto de encierro que dificultaba varios hábitos saludables— fue uno de esos temas que muchos revalorizaron.

Algunas de las motivaciones para cuidar más la salud en estos últimos meses.

Mercedes, la estudiante de psicología de la que hablamos en esta nota, comenzó a practicar más yoga, evitar usar tanto la pantalla, tomar más agua, entre otros hábitos. “Creo que la pandemia nos mostró que los procesos de salud-enfermedad están realmente determinados por cuestiones más macro y considero que, hasta donde se pueda, con responsabilidad, está bueno ejercer la autonomía”, opina.

Cándida (30), otra de nuestras lectoras, tuvo una experiencia parecida: mejoró su dieta, aumentó la actividad física. “Ver la fragilidad e incertidumbre de este año me hizo agradecer lo que tengo y cuidarlo más”.

Aunque mantuvo los cuidados, Cándida también se la rebuscó para hacerse controles médicos adeudados, evitar el sedentarismo y despejar su mente. “El virus es UN aspecto de la salud, que entiendo que sea prioridad porque es altamente contagioso, y entiendo la responsabilidad colectiva que eso conlleva... Pero cuidarse de un virus no puede poner en jaque la complejidad de dimensiones que hacen a la salud de las personas”.

Sedentarismo y cuarentena: por qué el ejercicio físico es más importante que nunca

No fue la única persona a la que el encierro la hizo sentir incómoda. Alejandro (40), durante los primeros meses de cuarentena, comenzó a sentir dolores y molestias para dormir. Y la actividad física (yoga, natación, skate) fueron sus medicinas.

“Mejorar el estrés, sentirme mejor, llegar bien a la vejez”, mencionó como motivaciones. Algo similar dice Lapman al hablar de la capacidad de envejecer en forma saludable: “Ahora no solo buscamos años de vida, sino vida en los años”.

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Hace una semana, el presidente Alberto Fernández dijo en una conferencia de prensa que espera que a partir de finales de diciembre la Argentina cuente con 10 millones de vacunas Sputnik V, desarrolladas por Rusia (se aplica en dos inyecciones, por eso serían 20 millones de dosis). También dijo que el gobierno firmó acuerdos con otros laboratorios: podría vacunarse a 750.000 personas con la vacuna de Pfizer y BioNTech (que en diciembre podría llegar a la Argentina); y a partir de marzo, tal vez con la vacuna de AstraZeneca y Oxford, o alguna vacuna china.

Fernández dijo que vacunar a quienes lo necesiten “exige un enorme esfuerzo, porque la tarea de vacunar exige organizar toda una logística que permita llegar rápidamente a cada rincón de la Argentina, y en ese punto se está trabajando hoy en día”.

Se creará “una suerte de gran comando” que él encabezará y del que participarán los ministerios de Salud, de Defensa, de Seguridad y del Interior, en contacto con las 23 provincias y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

No sabemos todavía qué pinchazo nos daremos (o si nos daremos alguno) pero lo que está claro es que esta campaña de vacunación será, como dijo la secretaria de Acceso a la Salud, Carla Vizzotti, en otra conferencia de prensa, “la más importante de la historia argentina”. Y del mundo: un desafío para todos los gobiernos.

Pero desde el Ministerio de Salud nos dijeron que todavía no pueden adelantar qué se prepara exactamente. “Están en plenas reuniones”, dijo un funcionario. “Es muy prematuro para hablar. Son cuestiones en la que se está trabajando. Se comunicará oportunamente”. Se sabe que en coordinación con el Ministerio de Salud, el de Defensa hará un operativo de distribución con las Fuerzas Armadas: desde el inicio de la pandemia, se puso en marcha la Operación General Manuel Belgrano de protección civil, y ahora se utilizará para esta misión.

El gobierno está negociando con el Russian Direct Investment Fund —un fondo de inversión estatal de Rusia— para llevar adelante un acuerdo entre países, directamente de Estado a Estado, por la provisión de vacunas. “Estamos trabajando prácticamente online con los estudios de la fase 3 que se están haciendo, con la idea de que la ANMAT cuente con la información necesaria para aprobar la vacuna”, dijo el presidente Fernández.

Kirill Dmitriev, director general del Fund, y Denis Logunov, vicedirector del Centro Nacional de Investigación en Epidemiología y Microbiología Gamaleya (a cargo del equipo de desarrollo de la vacuna), dieron una conferencia de prensa para periodistas argentinos. Fue el lunes pasado, vía Zoom, con una esforzada traducción en simultáneo. Contaron que la vacuna Sputnik V se fabricará en plantas en Rusia, India y Corea del Sur; y admitieron que aún no saben cuánto tiempo dura la inmunidad que da su pinchazo, aunque están seguros de que sí más de un año.

“El ente regulador argentino [la ANMAT] es uno de los más estimados en América Latina”, dijeron. “Cuando se apruebe la vacuna internacionalmente le entregaremos todos los datos y esperemos que la apruebe lo más rápido posible”.

Cómo se hace una vacuna cuando el tiempo apremia…

Lo que se necesita para vacunar un país

Cualquier campaña de vacunación demanda una enorme organización previa: hay que definir los lineamientos técnicos a nivel nacional entre el Ministerio de Salud, los organismos y las organizaciones; relevar recursos humanos, movilidad y cadena de frío; planificar cuántas dosis se necesitarán para una población objetiva, con cuánto dinero se pagará el traslado del personal y de las vacunas, las horas extras y la formación de vacunadores; y disponer de capacidad de almacenamiento a nivel central y en cada hospital. La campaña de pinchazos comienza después de resolver todo eso. 

La Organización Mundial de la Salud espera una vacunación masiva para mediados del año que viene, con 10.000 millones de dosis en todo el mundo. Según publicó Perfil, un estudio del operador de correo DHL señala que se necesitarán 15.000 vuelos, 200.000 contenedores y 15.000.000 de entregas en cajas refrigeradas. Para IATA, la Asociación Internacional de Transporte Aéreo, el desafío logístico será “la misión del siglo”: evalúa unos 8.000 aviones de carga Boeing 747.

UPS, FedEx y DHL ya invirtieron millones de dólares en la construcción de nuevas instalaciones para almacenar miles de dosis cuando se aprueben. Según la BBC, Pfizer creó una bolsa de transporte especial del tamaño de un maletín, empaquetada con hielo seco y sensores GPS: podría mantener la temperatura correcta de las vacunas durante diez días, siempre que permanezca cerrada.

El asunto preocupa y ocupa en todo el mundo. La presidenta de la Comisión Europea (órgano de poder ejecutivo e iniciativa legislativa de la Unión Europea), Ursula von der Leyen, dijo a fines de octubre que la UE ya firmó contratos de compra con tres empresas diferentes y que continúan las negociaciones con otras cuatro. “Los estados miembros recibirán las vacunas de manera simultánea, en las mismas condiciones y de acuerdo con sus poblaciones”, dijo. “Los trabajadores de la salud, aquellos que padecen enfermedades crónicas y las personas mayores tendrán prioridad para la vacunación”.

Investigadores del Instituto de Biología Molecular y Genética (IBGM) de la Universidad de Valladolid (UVa) trabajan en la búsqueda de una vacuna. Foto: AFP

Las vacunas contra el coronavirus necesitan una temperatura más fría (-70ºC la de Pfizer y BioNTech; y -18ºC las de Oxford y AstraZeneca, y de Rusia) que las vacunas normales (entre 2 y 8ºC), lo que hace que América Latina, Asia y África no tengan tan fácil el escenario.

“Ampliar la cadena de frío será uno de los desafíos principales”, dice Marcela González, coordinadora de Inmunizaciones del Ministerio de Salud de Río Negro y  miembro de la dirección de la Sociedad Argentina de Vacunología y Epidemiología (SAVE). “Hicimos un relevamiento de lo que tenemos en la provincia y estamos iniciando los trámites de compra de equipos para poder sostener la cadena de frío”. Se refiere a 40 freezers para 36 hospitales distribuidos en el territorio, un vacunatorio central y un depósito. 

En Río Negro, por ejemplo, esperan vacunar a 150.000 personas: primero al personal de salud y de seguridad, transportistas, personas con factores de riesgo y mayores de 60 años. Todavía no hay fecha de inicio, ni una definición de la vacuna que se utilizará. Para dar un caso de comparación, la coordinadora de Inmunizaciones (que está en su puesto desde hace 27 años) dice que en 2018 hubo una gran campaña provincial de vacunación contra el sarampión para 45.000 niños de entre 1 y 4 años. Pero lo de ahora es muy diferente.

El sistema de traslado de las vacunas contra el coronavirus a cada hospital, a las temperaturas adecuadas, también genera más problemas a resolver. “Eso hace que nosotros tengamos que hacer estrategias de vacunación diferentes”, sigue González. “No podremos salir a vacunar a la gente con nuestros termos de vacunas, como hacemos usualmente. Tendremos que vacunar de forma centralizada y programada, sumándole distancia social y protección personal”.

En otra provincia, Tucumán, el jefe de Inmunizaciones del Sistema Provincial de Salud, Ricardo Cortez, dijo que “en comparación con una campaña de vacunación antigripal, esto será una labor multiplicada hasta por cuatro, debido a la envergadura del virus, al número de dosis que se calculan y por el desafío que plantea la mantención de la cadena de frío”.

Pero mientras el gran operativo global se organiza, todavía quedan muchos interrogantes previos respecto a las vacunas y algunos prefieren ser cautos. Dos investigadores de enfermedades infecciosas del King’s College de Londres (José M. Jiménez Guardeño y Ana María Ortega-Prieto), postulan en este artículo de octubre que su desarrollo presenta muchos desafíos para lograr que sean seguras y efectivas, y que este caso no es una excepción.

“Es importante conocer las limitaciones y problemas que se pueden encontrar para no caer en un exceso de confianza en su efectividad y plazos de entrega”, postulan. “Hay que ser realistas y no esperar que aparezca una vacuna milagrosa que nos libre de esta pandemia de forma inmediata”. Es, en definitiva, una carrera contra el tiempo, y mañana será otro día con más novedades.

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El coronavirus redefinió varias áreas de nuestras vidas, como el trabajo, la forma de relacionarnos, nuestros hábitos o prioridades

Pero la crisis pandémica también puede convertirse en una oportunidad para hacer más inclusivo el sistema de salud: gobiernos de todos los niveles y distintas organizaciones de la sociedad civil armaron guías para la atención sanitaria de personas con discapacidad (el 10% de la población nacional). Un grupo que, desde antes del COVID-19, suele sufrir a la hora de ir al médico.

“A muchos doctores se les queman los papeles con un paciente con discapacidad. Lo primero que quieren es sedarlo para hacerlo más fácil. Ni hablar de hacerle un laboratorio o placas: se pasan la pelota y no saben cómo hacer”, cuenta Patricia, la mamá de Valentino, un chico de Rosario, de 11 años, que tiene un trastorno del espectro autista.

Ella tuvo muchas malas experiencias en internaciones. Como cuando después de una operación dejaron a su hijo atado de pies y manos a la cama. “Les dije que no era necesario. Lo desaté, me quedé con él y no pasó nada”, recuerda.

“Si se quiere, se puede”, dice. En una de las últimas internaciones de Valentino, lo tranquilizó “cantándole una canción que le encanta” para poder sacarle sangre. Si a su hijo se le anticipan los procedimientos y se le tiene paciencia, todo fluye.

Valentino necesita paciencia al ser tratado por médicos y enfermeros.

“A chicos con trastornos del espectro autista (TEA), las situaciones nuevas les generan mucho estrés y desregulación emocional. Por ejemplo, si pasan mucho tiempo en salas de espera se ponen nerviosos”, explica Ivana Mansilla, parte de TGD padres TEA de Rosario

Esta agrupación fue una de las 50 organizaciones convocadas por la Subsecretaría de Inclusión para Personas con Discapacidad de la provincia de Santa Fe para elaborar un protocolo de atención que contemplara varias discapacidades.

“Nació de abajo para arriba”, explica Patricio Huerga, el subsecretario. Es que todo surgió por la inquietud que sonaba cada vez más fuerte entre padres de personas con discapacidad: “¿Qué pasaría si a mi hijo tienen que aislarlo por un caso de coronavirus?”.

Casos de TEA, discapacidades intelectuales o sordoceguera requieren de la presencia de un familiar que ayude a comunicarse con el médico.

Para las personas con discapacidad auditiva o visual deben tenerse otras consideraciones, como dejar que usen aplicaciones del celular que faciliten la comunicación.

Además de elaborar un protocolo de atención, con recomendaciones tanto para los familiares de pacientes como para médicos y enfermeros, Santa Fe armó un protocolo para establecimientos donde residen personas con discapacidad en el contexto del COVID-19.

Por su parte, Entre Ríos hizo un protocolo de atención en el cual trabajaron el Ministerio de Salud y el Instituto Provincia de Discapacidad (Iprodi), además de médicos y autoridades del Comité de Organización de Emergencia de Salud (COES). Ya se comenzó a capacitar a profesionales de la salud en relación al protocolo.

Captura del protocolo elaborado por Entre Ríos, con pictogramas.

A nivel país, la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDis) publicó primero una guía para residencias y hogares que albergan personas con discapacidad. Luego, junto con el Ministerio de Salud de la Nación, elaboró, un protocolo de asistencia a aquellos pacientes con discapacidad que sean hospitalizados con coronavirus.

El documento también hace énfasis en brindar la información de manera accesible, para garantizar este derecho a la persona con discapacidad. También sugiere que, cuando fuera posible, se hiciera internación domiciliaria. Y, si fuera necesaria la hospitalización, la persona con discapacidad debería estar acompañada de su apoyo (como un familiar o intérprete).

CONOCÉ EL PROTOCOLO DE LA AGENCIA NACIONAL DE DISCAPACIDAD

Además, la ANDIS habilitó un mail ([email protected]) para que en caso de internaciones los familiares de las personas con discapacidad puedan informar los datos de la persona internada, el lugar a donde fue trasladado y un teléfono de contacto, entre otros datos, para que la ANDIS pueda tener el seguimiento y garantizar sus derechos.

Por su parte, la Dirección Nacional de Abordaje de Cursos de Vida, que depende del Ministerio de Salud, confeccionó una guía de recomendaciones de asistencia y apoyo emocional para este grupo, consensuada con distintas provincias. A su vez, se elaboraron guías o protocolos específicos para ciertas discapacidades. 

Mientras tanto, la Municipalidad de Corrientes trabajó con el Centro Sonrisas y APADEA Corrientes para un protocolo sobre atención e internación de personas con TEA.

Pictogramas en el protocolo de la Municipalidad de Corrientes para personas con autismo.

Fátima, una entidad de San Isidro que ayuda a personas con sordoceguera y discapacidad múltiple, armó con otras organizaciones afines un protocolo para este grupo, que se estima representa unas 41 mil personas en el país.

La Federación Argentina de Instituciones de Ciegos y Amblíopes (FAICA) también elaboró un documento.

Y la Asociación Civil Canales reflotó una guía de recomendaciones para personal médico que deba atender a personas con discapacidad auditiva.  

Más allá de los casos de COVID-19 de personas con discapacidad, Huerga, de Santa Fe, destaca que “esto sirve mucho más allá del coronavirus: hay que saber tratar a las personas con discapacidad”. Y pese a que su declaración alude al protocolo santafesino, refleja el caso de todas las recomendaciones señaladas.

***

Paz Saenz trabaja en la guardia diferenciada para personas con síntomas respiratorios del hospital San Martín, en Paraná, y ayudó en la confección del protocolo entrerriano. Ella enfatizó que en su trabajo, en los casos de una discapacidad que dificulta la comunicación, es clave un acompañante: “Gran parte del triaje, del diagnóstico, se obtiene interrogando al paciente; si hay una barrera en el lenguaje, no se puede completar”.

Además, advirtió que, sin este mediador en la comunicación, se complicaría explicarle a la persona en caso de tener que hacer un hisopado, “que es un procedimiento muy molesto”.

No es el único caso relacionado el coronavirus en donde debieran considerarse a las personas con discapacidad.

Paula tiene 53 años y discapacidad visual y motriz, y, en plena pandemia, peregrinó por tres centros de salud distintos para poder operarse de la vista. En su recorrida, concluyó: “Se cuidaba mucho la higiene, como la de los zapatos, pero no había elementos para higienizar la silla de ruedas o el material ortopédico. Tampoco se tenía en cuenta que las personas en silla de ruedas necesitan apoyar sus manos: a mí me pidieron que me sacara los guantes”.

***

María Laura Tommei fue otra de las convocadas por la Subsecretaría de Inclusión de Santa Fe. Ella vive en Rosario y es madre de Gonzalo, un joven de 25 años con sordoceguera congénita. También es la fundadora de Mi Lugar, un centro educativo terapéutico para personas con discapacidad múltiple, y presidente de la Asociación de Padres y Familiares de Personas con Sordoceguera y Discapacidad Múltiple de Argentina.

La sordoceguera es una discapacidad única que conjuga algún grado de dificultad visual y auditiva. Junto con las personas con discapacidad múltiple (dos o más discapacidades a la vez) conforman un mundo de casos heterogéneos, donde siempre se necesita de una persona que asista en forma personalizada.

Gonzalo con Darío, un amigo con discapacidad múltiple.

“Ante una situación de dolor, Gonzalo se autoagrede, se defiende, grita, llora. Para él todo es muy invasivo. Y el médico que no lo conoce no lo ve como una persona. Si mi hijo no está contenido, el médico se va y él se saca el suero que le acaban de poner”, cuenta María Laura. Y agrega: “Nos ha pasado que no pueda hacerse un electrocardiograma porque el médico se pone nervioso y le transmite ansiedad”.

En cambio, cuando se familiariza con los médicos y sus prácticas, todo se vuelve más fácil.

“Necesitan que alguien les comunique lo que va a pasar, porque no tienen la anticipación que recibís de la visión o la audición”, explica Alejandra Camperi, especialista de Fátima. Y remarca: “Es necesario un mediador, alguien que le diga: ‘Ahora te van a dar tafirol’”.

La comunicación para una persona con sordoceguera suele darse palpando objetos o mediante un lenguaje de señas por tacto, en las manos.

Gonzalo comunicándose en lenguaje de señas.

Por todo eso, María Laura, explicó previamente la situación a los médicos de la clínica privada donde Gonzalo se atiende. Pero no todos pueden hacer esta previsión.

María Laura cuenta que, en plena pandemia, un chico con discapacidad múltiple debió ser internado: estuvo aislado dos horas hasta que su madre logró que la dejaran acompañarlo.

En este contexto, resalta María Laura, cada protocolo “debería tener número de resolución, para no ir con el papelito en la mano, dependiendo de la buena voluntad del personal médico”.

***

Los protocolos comparten principios a tener en cuenta por médicos y enfermeros, como la necesidad de un acompañante en ciertos casos.

El profesional debe conocer las particularidades de la persona con discapacidad. Para esto, Santa Fe y Entre Ríos instan a los familiares a completar previamente fichas con esta información.

Un recurso clave son los pictogramas, dibujos que figuran en varios protocolos para explicar situaciones a personas con autismo, discapacidad intelectual o auditiva. “Incluso las personas con TEA que se comunican hablando pueden requerir una forma más sencilla en situaciones de estrés”, aclara Ivana.

Pictogramas del protocolo de Entre Ríos.

Se debe mantener a la persona informada y anticipar los procedimientos (por ejemplo, mostrando el estetoscopio que va a usarse).

Pero cada caso es especial. Por ejemplo, para hablar con personas con discapacidad auditiva se recomienda usar barbijos transparentes y, si esta habla Lengua de Señas Argentina, se sugiere buscar un intérprete. O en personas con discapacidad visual se deben identificar los medicamentos en braille.

Por eso, la empatía y la paciencia nunca tendrían que faltar.

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Esta nota fue publicada originalmente el 23 de junio de 2020 y actualizada en noviembre.

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Una mirada constructiva que busca cambiar la realidad. Por Juan Carr

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En mayo, la Villa 31 —donde viven más de 40.000 personas— era uno de los lugares más críticos en relación a los contagios de coronavirus en la Argentina. En el inicio del mes había unos 300 casos confirmados y el día 18, por ejemplo, ya eran 913: representaban la gran mayoría de los 1.323 que se contaban en todos los barrios marginales de la ciudad de Buenos Aires y más del 10% de los 8.371 que había ese día en todo el país.

Los contagios crecían por la alta densidad poblacional en la que se encontraban los habitantes y también por las condiciones materiales: un comité de crisis con representantes de organizaciones locales denunció en esos días falta de comida, techo, acceso a la salud y servicios básicos como el agua.

En la Villa 31, antes que en otros lugares, comenzó en mayo el operativo Detectar para ir puerta por puerta tras los posibles contagiados. Los promotores de salud recibían un informe de domicilios de gente que había estado en contacto estrecho con personas con COVID-19 y salían a examinarla junto con un médico.

Llevaban barbijo, máscara facial y un camisolín celeste: el EPP, Equipo de Protección Personal. “La gente nos miraba raro y se sorprendía”, dice Patricia Auza, que tiene 31 años y que es parte de los 16 promotores de salud que hay en la Villa 31, justamente el barrio en el que ella vive. “Muchas veces, hasta hoy, nos ven con intriga, miedo y rechazo. Pero nosotros no nos preocupamos porque vamos a transmitir ayuda e información”.

En realidad, la pandemia cambió el trabajo que tenía Auza como promotora de salud y que había aprendido con un curso en 2015 en un centro de atención primaria del sector San Martín de la Villa 31, al que había llegado impulsada por el sueño de cuidar y asistir niños (antes había trabajado de niñera) y también adultos. Formada como una especie de mensajera sanitaria, antes de la pandemia era parte de un equipo territorial junto a un médico, un asistente social y un enfermero. Hacía base en uno de los tres centros de atención primaria que hay en el barrio (la gente los conoce como “salitas”) y recorría las calles y los pasillos hablando con los vecinos sobre asuntos de prevención, alimentación, vacunas o salud sexual. Las principales necesidades de los habitantes del barrio pasaban por la falta de turnos de atención o la falta de acceso a la información.

Una foto tomada por Auza desde el centro de salud: se ve el sector YPF de la Villa 31.

“Teníamos de todo”, dice, de esa época. “Gente con diabetes, embarazos no deseados, enfermedades crónicas, obesidad en grandes y en chicos, gente herida, tests de HIV, vacunas y un montón de violencia de género”. Pero muchas de esas consultas ahora fueron reemplazadas por las de los síntomas del coronavirus.

Al principio, cuando la pandemia llegó a la Villa 31, el protocolo de identificación de casos establecía que había que tener dos síntomas o más para que alguien fuera considerado como un posible portador del virus. “Había gente que tenía un solo síntoma y quizás eso nos limitó, y llevó a que hubiera más contagios”, dice Auza. En esos primeros días no se veía demasiada gente caminando en las calles del barrio aunque, al mismo tiempo, en algunos puestos de venta callejera de verdura y carne había muchas personas y pocos barbijos.

Los problemas y las oportunidades que la cuarentena trajo a emprendedores de la Villa 31

“Nos decían: ‘No existe tal virus’ o ‘Yo ya lo tuve’ o ‘Todos lo tenemos’”, dice Auza. “Esa gente no estaba viendo la realidad ni siendo consciente de lo que pasaba alrededor: casos, contagios, fallecidos”. El barrio se movía como un péndulo entre esos dos extremos: las calles vaciadas por el miedo y algunos comerciantes arriesgados. “También había gente que se curaba tomando sus yuyos”, dice Auza. “Según ellos, funcionaban”. Pero los promotores de salud recomendaban a las personas con síntomas ir al Polo Educativo María Elena Walsh, del Ministerio de Educación de la Ciudad, donde ahora también hay atención médica.

Un comedor en el sector Cristo Obrero, donde se comenzaron a hacer los tests serológicos.

Para Auza, la preocupación más grande era no llevar el virus a su casa, situada en el sector Ferroviario de la villa (también conocido como Barrio Chino por una época en la que era un escenario frecuente de delitos). Auza vive con seis familiares: su madre (una mujer de 56 años que emigró desde Cochabamba, Bolivia, y que trabaja como empleada doméstica), tres hermanos, una cuñada que también es promotora de salud y un sobrino de 4 años. “Cuando llegaba a casa”, dice, “me sacaba todo lo que tenía y le echaba desinfectante en aerosol. Me lavaba las manos y me bañaba”.

El 17 de mayo murió Ramona Medina, una referente que había denunciado la falta de agua en el sector Bajo Autopista. En un video se la ve diciendo: “Nos piden que nos higienicemos, que nos lavemos las manos, que tengamos mayor cuidado, que nos pongamos tapabocas, que no salgamos a la calle. ¿Y con qué lo hacemos si no tenemos agua?”. La situación generó roces por la responsabilidad del corte entre el gobierno porteño y las autoridades de AySA.

El plan Detectar tuvo su bautismo en la Villa 31.

Ese pico de la pandemia en la Villa 31 demandaba un esfuerzo sin descanso de parte de los equipos de salud, que durante unos tres meses trabajaron de lunes a lunes. Con el plan Detectar, Auza recorrió todos los sectores.

“Entré a pasillitos que eran como laberintos”, dice. “Me acuerdo de familias hacinadas en el sector del Playón [el corazón del barrio] y también de una señora mayor, una abuelita de pelo blanco, jorobadita, que caminaba con un bastón y se vestía con un ponchito, a quien yo había visto muchas veces pidiendo comida y monedas en un supermercado cerca del barrio. Encontramos a esa señora cuando hacíamos la recorrida. Estaba en su casa, vivía con dos hijos que parecían responsables y salían a un comedor a buscar comida. Me llamó mucho la atención que esa señora pidiera comida cuando podía quedarse a comer en su casa con sus hijos”.

Una red de emprendedores de la Villa 31 se organizó para seguir produciendo y hacer envíos a toda la Ciudad

Auza también anduvo por el paredón del sector San Martín, muy cerca de las vías del tren, un rincón del barrio adonde nadie llegaba de casualidad y por donde caminaban los adictos y los que no tenían hogar. Eran jóvenes de cuerpos costilludos y fantasmagóricos que, sin embargo, conocían muy bien todas las medidas de higiene frente a la pandemia.

Auza (a la derecha) y otros promotores de salud en la Villa 15.

Ahora el plan Detectar se realiza de lunes a viernes, ya no de lunes a lunes: lo peor en la Villa 31 parece haber pasado. “Fue por tres cosas”, dice Silvana Figar, una médica epidemióloga que trabajó con Auza. “La primera fue el comportamiento social: las personas cumplieron las medidas de aislamiento. La segunda fue el plan Detectar, que se hizo con mucha coordinación. Y la tercera es que, siempre, a medida que avanza un brote epidemiológico el porcentaje de personas susceptibles va bajando. Porque cuando la gente se cura, el virus encuentra barreras: personas que ya tuvieron la enfermedad y no se vuelven a contagiar”.

Según los datos oficiales, los peores días de contagios en los barrios populares fueron, hasta ahora, el 28 y el 29 de junio. Desde entonces los casos caen cada día, con una suave pendiente. En la Villa 31, los picos se vivieron entre el 10 y el 24 de mayo. Este es un gráfico de casos diarios de SARS-CoV-2 en la Villa 31 entre el 19 de marzo y el 19 de octubre:

En septiembre, cuando el drama estaba cediendo en Retiro, Auza se dio cuenta con un test de sangre de que había tenido coronavirus. Estaba haciendo su trabajo en otro barrio —Palermo— y en un tiempo libre se sometió a la prueba. “Yo no tenía ningún síntoma, pero en ese mismo momento me mandaron a hisopar [para saber si todavía tenía el virus]”, dice. Le preguntaron si prefería aislarse en su casa o en un hotel, y eligió el hotel para no poner en riesgo a su familia. La enviaron al Rochester, en el centro de la ciudad.

“Mi mamá estaba recontrapreocupada, pero yo estaba tranquila”, dice. Allí pasó una noche y al día siguiente le dieron un resultado negativo: alguna vez había sido asintomática, imposible saber cuándo. “Ya me había hecho otros tests y estaba esperando que un día me diera positivo”, dice. Regresó caminando a su casa y, cuando llegó, se cambió de ropa y desayunó unos mates. Luego salió. El trabajo debía continuar.

Auza comenzó a trabajar como promotora de salud en 2015.

Hoy Auza y el equipo de promoción de salud de la Villa 31 ya no hacen lo que se llamaba “búsqueda activa” de contactos estrechos. Ya no van puerta por puerta. En cambio, hacen un seguimiento de casos particulares. El jefe del centro de salud recibe una lista de nombres de personas y domicilios (o simplemente un número de manzana) y se la pasa al equipo. Auza sale con una colega, llega y se presenta: “¿Se acuerda de que vinimos anteriormente?”, le pregunta a la persona a la que fue a ver. Cómo se siente, si necesita medicación o algún tipo de asistencia: más preguntas. Y, si todo está bien, se retira. Los habitantes de Retiro ya se acostumbraron a ver a las promotoras de salud cubiertas con un camisolín. En otros barrios y villas, el plan Detectar continúa con búsquedas activas.

El virus ya está dejando una lección: “Tenemos que ser más solidarios y menos prejuiciosos”, dice Auza. “En los barrios más humildes, la gente es muy solidaria y entre vecinos siempre nos estamos ayudando. Pero con el coronavirus, al principio la solidaridad se desvaneció y solo tomamos conciencia de lo peligroso que era estar expuesto cuando la persona que teníamos al lado se infectaba, y más aún cuando empeoraba”. Algún día, la pandemia se acabará en la Villa 31.

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1: La guerra de las especies

Está repleto de espinas y eso es probablemente lo que más llama la atención. Espinas sin filo ni punta que cubren todo el cuerpo redondo, como engordado, de este virus. Por esas espinas, que un grupo de científicos ingleses vio por primera vez en 1967 a través de un microscopio electrónico, los virus de esta familia recibieron el nombre de coronavirus. Los científicos dijeron que la figura asemejaba a la del sol con su corona luminosa, pero el virus no se parece a un sol, sino quizás a un asteroide errante, acelerado y fuera de control. Hay muchos integrantes en la familia de los coronavirus porque estos mutan, pero recién se volvieron famosos cuando uno de ellos causó un brote agresivo de neumonía que afectó a miles de personas a lo largo del mundo y que se desvaneció tan misteriosamente como había surgido. Ahora, 17 años después, la neumonía ha regresado. No es exactamente la misma, tampoco es el mismo coronavirus. Es tremendamente peor.

Se llama SARS-CoV-2 y mide alrededor de 100 nanómetros. Un ejército de 10.000 de estos coronavirus, puestos uno al lado del otro, alcanzaría la longitud de un milímetro (y todavía necesitaría 50.000 soldados más para llegar al tamaño de una pulga). Las espinas que le dan el nombre son en realidad proteínas y se llaman Spike. Una vez en el interior del organismo humano, se unen a otras proteínas que sobresalen en algunas de nuestras células. Así los cuerpos del virus y de la célula se fusionan. En ese encuentro, el virus libera un poco de su ácido ribonucleico. El ARN es una molécula (en los manuales de biología aparece dibujada como una cadena de ADN, pero no doble, sino simple) que carga el paquete de genes del coronavirus: su sencillo genoma o, dicho de otro modo, un manual de instrucciones 100.000 veces más breve que el del ser humano (30.000 unidades contra 3.000 millones). 

La célula humana actúa siguiendo las órdenes de ese ARN ajeno y comienza a trabajar sin que el sistema inmunitario se entere (lo hará unos 15 días después). Todos los virus hacen lo mismo: secuestran, parasitan, confiscan las células de un hospedador. Así se reproducen. Por eso, sólo la mitad de los científicos los consideran seres vivos; para la otra mitad, los virus son meros residuos genéticos. Lo que se discute en verdad no es qué define a un virus sino a la vida, y esa es una discusión difícil. Luego de un día, una sola partícula de coronavirus puede generar con una célula entre 10.000 y 100.000 copias de sí misma. Éstas capturarán más células y harán lo mismo. Después cada una de las células capturadas será aniquilada y eso, en la superficie, es la enfermedad COVID-19: la fiebre, la tos, el dolor de garganta, la neumonía. Un virus es un zombie hambriento.

Y aunque un coronavirus es 17 millones de veces más pequeño que un hombre, en la guerra de las especies, durante un instante que ya se prolonga demasiado, con sus espinas está siendo capaz de acorralar a la humanidad.

2: La nueva perplejidad 

El mundo colonizado por el SARS-CoV-2 nos ofrece una colección de escenas en las que hay una nueva vida repleta de perplejidad. El virus revolucionó todo a su paso. Dejó al descubierto los lazos de solidaridad que florecen entre los desconocidos, la fragilidad de algunas estructuras de poder y el triste lugar de los ancianos en la sociedad. Hasta las palabras y los nombres han cambiado. Un niño y una niña, mellizos nacidos en la India el 27 de marzo, fueron llamados Corona y Covid. “Queríamos que los nombres fueran memorables y únicos”, dijo Preeti Verma, la madre. En Filipinas, otro bebé recibió el nombre de Covid Bryant: un homenaje al basquetbolista recientemente fallecido Kobe Bryant. Y uno nacido el 15 de abril en la pequeña ciudad de Ceres, acá en Argentina, se llamó Ciro Covid. “Así está documentado en el hospital, pero no sabemos si en el Registro Civil lo aceptarán”, dijo una médica. Adaptarse al nuevo mundo no es fácil.

Mi hijo cumplió un año hace un tiempo. Es un niñito sonriente y audaz que va y viene corriendo y tropezándose por toda la casa, diciéndonos con su mirada y sus silabeos: “¡Ey, qué hacen ahí, vamos a jugar!”. Fue un primer año cargado de emociones, como cualquier padre y cualquier madre saben por experiencia propia, y Higashi, mi esposa, dijo que nuestro hijo merecía una buena fiesta, porque además en su familia –que es de origen japonés– los cumpleaños de 1 son algo especial. Así que cinco meses antes ya habíamos empezado a armar una larga lista de invitados y luego de unas semanas su madre se puso a cocinar pastelitos y a guardarlos en el freezer. 

Y entonces llegó marzo, llegó el coronavirus y Argentina se cerró en cuarentena total. Para hacerla corta: el cumpleaños fue una tarde en Zoom. Pusimos una torta sobre la mesa, en casa, y nos conectamos usando dos teléfonos. ¿Invitados? Apenas los abuelos, emocionados, y un par de amigos nuestros cortando el aburrimiento de su encierro. Nos quedan de esa “fiesta” unas cuantas screenshots, que en este nuevo mundo ocupan el lugar que antes tenían las fotos.

Nosotros no fuimos los únicos que en esas semanas iniciales de cuarentena celebramos un cumpleaños en Zoom: la app se convirtió en el magma digital por el que viene fluyendo la vida cotidiana. Zoom también sirve para la educación a distancia y el trabajo remoto y, de hecho, algunas mañanas yo tengo una videoreunión con mis colegas de la redacción (mejor dicho, mis videocolegas) y Higashi da clases a estudiantes de colegio que se conectan con cara de dormidos. Otras personas usan la app para tomar lecciones de tango o para compartir un café con sus amigos. Boris Johnson, el primer ministro británico, la usaba para sus reuniones de gabinete antes de caer contagiado en abril.

Eugenia no se adapta a hacer terapia de grupo vía Zoom. Lo intentó, claro, pero qué resultado puede tener una sesión para ella si tiene que conectarse encerrada en su habitación, desde su teléfono. Es una mujer que está en sus 40, con dos hijos, un marido y un trabajo que atender desde su casa en un suburbio de Buenos Aires. Y no es falta de experiencia: hace análisis desde los 16 años. Tuvo sesiones por teléfono, sí, pero sentada en un banco en la plaza, no como ahora.

“Se hablaba un poco de qué nos pasaba en cuarentena, de los miedos”, me cuenta sobre su primera sesión en grupo: la mitad de los pacientes estaban en el consultorio con la psicóloga, la otra mitad en sus teléfonos. Eugenia logró conectarse luchando primero contra su Mac y después contra un pequeño trípode, corriendo al gato, sosteniendo finalmente el teléfono con la mano. “Me distraje, no pude concentrarme”, me cuenta. Luego de otra sesión igual de mala, ahora piensa que va a abandonar el grupo.

3: El ingeniero chino

En este nuevo mundo en el que la mayoría hemos quedado como perdedores perplejos, hay un ganador definitivo: Eric Yuan. Es el ingeniero chino que en 2011 creó Zoom. En su adolescencia solía viajar diez horas en tren para ver a su novia y fantaseaba con un dispositivo del futuro en el que pudiera hacer clic en un botón para verla y hablar con ella. 

Con los años, él mismo lo construyó y, con las medidas de aislamiento alrededor del mundo, Zoom emergió por sobre otros servicios de videollamadas y alcanzó un valor de 35 mil millones de dólares en Wall Street: más que la suma de las cinco primeras aerolíneas de Estados Unidos, jaqueadas por la crisis. Eric Yuan ocupa ahora, según Bloomberg, el puesto número 192 entre las 500 personas más ricas del mundo. Antes del coronavirus ni siquiera estaba en la lista. 

4: Comienzan los testeos

Hoy, que es lunes 27 de abril, llegaron las primeras muestras de pacientes al laboratorio de testeo de COVID-19 en la Universidad Nacional de Quilmes. Diez científicos las estaban esperando desde las 8:30 pero 38 muestras aparecieron en ambulancia a las 11:40; y a las 4 de la tarde, once más. Así que, un poco ansiosos, los científicos se pasaron la mañana rotulando unos 300 tubos y aguardando. Cada muestra vino adentro de tres envases. Hubo que extraerlas con cuidado: algunas se derramaban al abrir el pote que contenía el hisopo y un error podía significar un contagio.

Habían armado el laboratorio en tres semanas, cuando el Gobierno decidió multiplicar los tests. “Lo hicimos corriendo”, me cuenta el jefe del equipo, el biotecnólogo Hernán Farina. Es un hombre enérgico, evidentemente apasionado. Para montar el sitio tuvo que hacer cosas a las que, como científico, no estaba habituado: deformar algunos laboratorios para armar otro, hacer instalaciones nuevas, unir cables, desarmar cosas. Y traer el QuantStudio, un termociclador en tiempo real. Es una máquina blanca y brillante, del tamaño de un CPU, que lee material genético.

El proceso no es demasiado complicado: alguien extrae lo que llegó en el hisopo y lo somete a un tratamiento bioquímico en el que transforma el ARN del supuesto virus (cadena simple) en ADN (cadena doble); luego la muestra se somete adentro de la máquina a una reacción de amplificación. Esto significa que la temperatura se eleva en ciclos de 65 a 95 grados y la doble cadena se divide en dos. Luego, con química, la cadena simple es copiada. Así que ahora tenemos dos cadenas simples. Y se convierten en una nueva cadena doble. De este modo se siguen duplicando hasta que el ADN se vuelve visible para la máquina, que da su veredicto después de tres horas: hay virus, no hay virus.

“Si yo me hubiese quedado con la duda, pensando que teníamos todo para hacer tests pero que no los hicimos por miedo, porque costaba mucho prepararse o porque era más fácil quedarse en casa, no sé si me hubiera gustado demasiado”, me dice Farina. 

Son días que ya se vuelven inolvidables y hoy, en la primera jornada de pruebas, volvió a casa de noche. Dejó los zapatos afuera, rociados en la suela con alcohol, se desvistió en el lavadero, metió toda su ropa en una bolsa de residuos, echó alcohol a la billetera, al reloj, a las llaves del auto y al teléfono, pasó corriendo desnudo al baño y se duchó: se desinfectó. Recién después saludó a su esposa y a sus dos hijos. Era hora de descansar.

5: Un asunto de definiciones

Hasta 14 días en una heladera, el coronavirus puede permanecer activo. O vivo. Esto es el doble de lo que vive un mosquito, pero algunos dirán que un virus no está vivo. Los virus se reproducen, tienen ADN o ARN y evolucionan, pero carecen de autonomía y de metabolismo, y pueden atravesar períodos de inercia. Los límites de la vida y la muerte a veces se vuelven grises. ¿Viven los virus? ¿O son sólo una cosa? 

La biología tiene una definición de la vida. También la medicina, la cosmología, la física, la psicología, la genética y las religiones. Pero volviendo a la biología, toda la vida conocida en este planeta está basada en polímeros de carbono: ácidos nucleicos, proteínas y polisacáridos; químicos no vivos que se combinaron de un modo azaroso hace mucho tiempo y que dieron lugar a una competencia de microorganismos que buscaron subsistir y reproducirse. Pero en otro planeta, la vida podría tener otra forma y seguir siendo vida. ¿Viven los virus? Para responder a esa pregunta primero hay que saber exactamente qué es estar vivo, y eso quizás aún no lo podamos comprender del todo.

6: Actos de la vida doméstica

Cómo describir todo esto que viene ocurriendo está más o menos claro. Hay que buscar historias, extraerlas de la realidad y traerlas a la pantalla. Cómo escribir no es tan sencillo. Si ya es difícil de por sí sentarse a contar algo con palabras en la computadora, hacerlo al acecho del coronavirus es como una carrera de obstáculos. Vivo en un departamento con Higashi y con nuestro hijo. No vemos series, salvo la breve Unorthodox, la historia de una chica que escapa de una comunidad de judíos ultraortodoxos, que me tocó al punto de llevarme a presenciar, unos días después, una lectura de Megillat Hashoah, un símbolo de la solidaridad judía en tiempos de crisis. Fue en Zoom y como el rabino leía en hebreo (y yo no sé hebreo) me fui rápido. Tampoco vemos películas porque no tenemos tiempo y quizás porque no tengamos ánimo. Ni siquiera pude leer más de cuatro páginas de un libro desde que todo esto comenzó; estoy capturado por las redes sociales, que muestran a la pandemia como un biothriller en fragmentos. 

Aquí cada cual hace sus cosas. Incluso nuestro pequeño hijo hace sus cosas: juega, corre, se cae, ríe, llora, come, se entusiasma cuando escucha un ladrido, quiere tocar los enchufes y romper los vidrios. Él era puro instinto y ahora, de a poco, se está volviendo algo más. Nos alegra cada instante a la vez que hunde la casa en una nueva era de caos y anarquía. Higashi hace sus cosas: encabeza un grupo de ceremonia del té, da clases. Y yo hago las mías y aquí estoy, escribiendo donde logro acomodarme mientras escucho a lo lejos videos de canciones japonesas para bebés y el viento que sopla en este día soleado. En un rato, luego de mi reunión de trabajo en Zoom, almorzaremos.

Sin embargo, es la madrugada, y no la mañana, el mejor momento para escribir. No hay distracciones, no hay apuro, es como si el té no se enfriara en la taza. Hay otro tiempo. Como saben las monjas de clausura, los presos y los científicos de la Antártida, estar todo el día entre cuatro paredes te cambia la percepción. Pero la cuarentena hace que incluso esto sea específico y distinto. Mucha gente va perdiendo fácilmente la noción de qué día es, de un día para otro. Las búsquedas en Google de “what day is today” han aumentado considerablemente en Estados Unidos y casi que duplican las de fines de febrero. El tiempo se ha vuelto blando.

Higashi volvió en estos días a Hojoki, el clásico de la literatura japonesa escrito por Kamo no Chōmei, un monje recluido en una choza. Hoy Hojoki tomó la forma de un libro breve y poderoso que describe algunos desastres que cayeron sobre Kioto en el siglo XIII: terremotos, incendios, hambrunas y epidemias. Se ha vuelto ineludible entre los tratados budistas sobre la impermanencia. El monje escribió: “De allí me pregunto/ ¿Dónde debemos vivir y cómo?/ ¿Dónde buscar refugio/ y descansar un rato?/ Y ¿cómo podemos hallar la paz/ siquiera fugaz/ en el alma?”. Higashi me dijo, luego de leérmelo en su iPhone: “Más contemporáneo, imposible”.

7: El amor en los tiempos del coronavirus

Una semana antes de que comenzara la cuarentena obligatoria en la Argentina, Natalia conoció a Daniel en un bar. Ella entró, saludó en una mesa y lo vio. Como era habitué también se acercó a la barra, le dijo hola al dueño y al cocinero, y sintió que alguien la miraba. Daniel se acercó y le habló primero. Rompió el hielo y le contó, con acento madrileño (era un diplomático de España apostado en Buenos Aires), que venía de viaje y ella le respondió que tenía la ilusión de viajar desde hacía mucho tiempo. Sacaron sus teléfonos, se agregaron a Instagram y él regresó a la mesa con sus amigos. El primer match había concluido.

Él se fue más tarde, pero no tan tarde. “Qué lindo conocerte”, le escribió cuando llegó a casa. “A ver si un día vamos a tomar algo”. Y se vieron esa misma noche. “Estuvimos caminando por la calle, sin rumbo, besándonos”, me cuenta ella ahora. “Por Palermo, sólo caminábamos y nos besábamos”. 

Al día siguiente, que fue sábado, ya todo el mundo sabía que el encierro era inminente. Daniel la invitó a una cita, pero Natalia prefirió cenar por última vez con sus amigas. Él insistió: “¿Lunes, en un hotel?”. Ella, que en verdad estaba terminando con otra persona, le dijo que no.

Pero el jueves, después de que esa otra persona quedara fuera de juego, Natalia se quedó sola con un malbec y le escribió a Daniel. A la medianoche comenzaba la cuarentena; decidieron que la cita sería con una videollamada de WhatsApp. “Después de varios días de pijama y pantuflas”, me cuenta ella, “volví a maquillarme y destapé el vino”. La emergencia había depurado los sentimientos: charlaron mirándose por la pantalla, quedándose en silencio muchas veces, sólo mirándose. “Imagino que ese espacio es el que ocuparían los besos”, me dice.

Luego del flechazo hablaron todas las mañanas y todas las noches. A veces también durante el día. Sí, pensaron en romper la cuarentena y verse, pero era imposible porque él vivía en una residencia española con guardias en la puerta. Sólo podía salir a trabajar; no podía recibir amantes. Así que se enviaban poemas y fotos: algunas eróticas, por supuesto. 

Un apasionado beso de 10 segundos puede transmitir, además del coronavirus, 80 millones de bacterias, según la Organización de Investigación Científica Aplicada (TNO), de Holanda. Mononucleosis, herpes, estreptococo del grupo A, citomegalovirus: estar enamorado nunca fue una actividad sencilla. Ahora la seguridad fría de una cama sin compartir es un símbolo que, como en la década de 1980, ha vuelto a imponerse. La autosatisfacción fue recomendada por el Gobierno de la ciudad de Nueva York en una guía para la práctica del sexo ante la pandemia, y en Buenos Aires un especialista del Ministerio de Salud habló de “sexo virtual”. “Pero al final el nuestro es un vínculo basado en las palabras”, me cuenta Natalia. “No nos podemos abrazar ni besar y eso genera un poco de desesperación… Ni siquiera sé si llamarlo ‘relación’”.

Después, de a poco, Daniel comenzó a alejarse. Dijo que tenía mucho trabajo. Un día le avisó que se iba. Que se tenía que ir. Que quedaban pocos españoles para repatriar y él viajaba en el último avión con ellos. Lo enviaban primero a Francia y después a Madrid. Fue un golpe duro, pero esperado. Ella le armó una playlist de Spotify para el avión: los títulos, puestos uno a continuación de otro, formaban un mensaje de amor. “Motivos”, de Mery Granados y Juani Bernal, era el primer tema. Pero él ni se dio cuenta.

8: La recuperación de los organismos

“Hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido”, dijo el Papa Francisco el 27 de marzo, en una bendición ante una Plaza de San Pedro sin público, vacía de un modo lúgubre, mojada por una llovizna nocturna. “Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas, llenando todo de un silencio que ensordece y de un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos”. 

Un muchacho de 26 años lo miraba por televisión desde Buenos Aires, internado en un hospital, infectado, sintiendo una presión desconocida en los pulmones cada vez que intentaba una respiración profunda. Era la neumonía del coronavirus. Se había contagiado en el avión que lo había traído de regreso de sus vacaciones europeas: un vuelo largo interrumpido por toses y estornudos que en esos días sonaban aterradores. “Ver el Vaticano vacío”, me cuenta ahora, “ver lo que estábamos empezando a vivir acá, estando yo solo en la habitación del hospital… En ese momento lloré mucho”. 

Se llama Facundo Ahumada, trabaja en el área de informática de la Fuerza Aérea, y evoca un mal recuerdo, quizás el peor de los que le dejó el virus. Unos días más tarde logró recuperarse. Antes de dejar el hospital le ofrecieron donar plasma; entonces pocos hablaban de ese fluido acuoso que queda de la sangre una vez retirados los glóbulos rojos, las plaquetas y otros componentes celulares. El plasma contiene los anticuerpos de inmunoglobulina G desarrollados por un organismo recuperado: pueden enfrentar al coronavirus y se pueden transferir a enfermos graves. En alguna gente funcionan y en otra no, por eso el tratamiento sigue en investigación. Facundo, que estaba agradecido con su nueva salud, sintió que debía devolver algo a los médicos y aceptó donar.

Veintidós días más tarde lo llamaron para hacer un análisis de sangre que confirmara los requisitos. Parecía uno más, pero no lo fue. En los resultados encontraron un nivel sumamente alto de anticuerpos, cuatro veces más de lo normal. Nadie sabía por qué, ni lo sabe hoy. “Es genético y fortuito: cursaste la enfermedad con síntomas más o menos severos, y tu cuerpo se defendió”, le dijo un médico a cargo de la investigación de plasma. 

Facundo donó una semana más tarde. El proceso fue sencillo: se sentó, se dejó colocar una vía en un brazo y vio cómo, durante algo más de una hora, una máquina bombeaba, extraía sangre, filtraba plasma y devolvía el resto de la sangre mientras su cuerpo recibía, por suero, un plasma artificial. 

Un mes después volvió a donar, y le dijeron que tenía aún más anticuerpos. Facundo sentía cómo su organismo se regeneraba y la congestión se retiraba de a poco. Luego de otro mes, donó de nuevo y había, de vuelta, más anticuerpos. Y en agosto dio una vez más, pero los anticuerpos ya no eran tantos. Donó un total de cuatro litros de plasma: suficiente para volver a poner de pie a 15 personas enfermas (medio litro fue enviado a la Universidad Nacional de Córdoba, donde se investiga por qué algunos recuperados generan más anticuerpos que otros, y se busca crear un medicamento en base al plasma). Sin esperárselo, Facundo Ahumada se convirtió en un superdonante: un raro oponente del virus caminando entre nosotros.

Pero ahora decidió darle un descanso a su cuerpo. Mientras la investigación continúa, sus venas se acomodan un poco. Facundo sale a la calle cubierto como si nunca hubiera tenido ningún escudo: barbijo, guantes, anteojos protectores. “Porque los médicos no saben si uno se puede volver a contagiar o no”, me dice. “Y cada uno tiene su propia historia con el virus”.

9: Murciélagos y laboratorios

El coronavirus SARS-CoV-2 estaba lejos, en el otro lado del planeta. Así lo vimos primero: su forma era el vacío que había dejado en las avenidas de Wuhan. Después lo tuvimos entre nosotros. Aunque el virus se adueñó de las ciudades y las paralizó, la hipótesis más sólida es que nació en un hábitat natural: en murciélagos de la familia Rhinolophus affinis. Son animales pequeños de ojillos negros, nariz deforme y dientes puntiagudos. El genoma del SARS-CoV-2 comparte el 96,2% de su contenido con el de un virus que anida en ellos. Mucho más no se sabe; todos los murciélagos tienen una formidable resistencia a los virus que llevan y que diseminan.

De los primeros 41 pacientes chinos, 27 habían estado en el mercado de animales de Wuhan. A esta altura cualquiera escuchó que en Wuhan se come sopa de murciélago, pero esto parece no ser suficiente para explicar cómo el virus saltó del murciélago al humano. ¿Pudo ser, en cambio, por una mordedura? ¿O a través de un animal intermedio? Se habla de un pangolín: un mamífero escamoso en peligro de extinción, muy cotizado, que se alimenta con frutas y vive en los árboles. Hay varios tipos de coronavirus, y uno que puede hallarse en el pangolín es similar en ciertas proteínas al que ahora nos afecta a los humanos. Algunos científicos creen que hubo una recombinación de los virus, pero es como para encogerse de hombros… quién sabe. La moraleja es que el hombre invade hábitats salvajes y la naturaleza responde.

Otros científicos se inclinan por la construcción artificial del coronavirus. En un mundo desordenado, una buena historia es como un bálsamo. Estados Unidos acusó a China y China a Estados Unidos, pero la hipótesis más original es la de Luc Montagnier, el virólogo francés que ganó el Premio Nobel por descubrir el VIH, y que en una entrevista en televisión explicó que el SARS-CoV-2 fue creado en un laboratorio en el que se insertaron secuencias de ADN del VIH en un coronavirus, quizás con el objetivo de encontrar una vacuna contra el sida. “Es el trabajo de profesionales, de biólogos moleculares”, dijo Montagnier. “Un trabajo muy meticuloso”.

10: Una noche de fiesta

Me pregunto cuánto de todo esto recordará mi hijo. Cuánto se quedará guardado en su inconsciente para, quizás, despertar en muchos años. Me pregunto si habremos sido unos buenos padres como para conducirlo a través de la pandemia sin echarle nuestros miedos. De repente ya no sale tanto a la calle y no ve a sus abuelos más que en videollamadas: ¿cómo se sentirá con eso? Aún no habla. Si hablara, ¿podría comunicarlo? Llegar y salir de casa con barbijos, desinfectar con alcohol los envoltorios de los alimentos que compramos, tocar con aprehensión los picaportes y los botones en el cajero automático: ¿de qué modo todo eso a su vez nos ha tocado a nosotros?

Hay recreos. Un viernes a la noche nos llegó un envío de 878, nuestro bar favorito. Es un lugar de luces tenues, con mesas y sillas altas en la barra. Sirven tragos y comida muy buena. Ahí Higashi y yo tuvimos nuestra primera cita; ahí festejamos nuestro casamiento tres años más tarde con muchísimos amigos, invadiendo el bar un miércoles, hasta que cerró a la madrugada. No es el típico lugar que uno esperaría que hiciera delivery, pero en esta nueva economía todo el mundo se está adaptando. Así que nos llegaron unos platitos y, en dos botellas, un ponche de torrontés y un gimlet de pera. Trajimos unos vasos con hielo y cada botella alcanzó para dos vueltas. Brindamos. El alcohol estaba en su punto justo. 

En español no tenemos esa diferencia de palabras como “loneliness” y “solitude”, del inglés. Tenemos “soledad” para ambas. “Soledad” puede estar recargada de estigma y ser una palabra con la que nadie quiere identificarse. O también puede referir a estar con uno mismo, en un viaje interior, sin gente alrededor. La cuarentena agranda estas cuestiones y yo soy de los ermitaños, como el monje Kamo no Chōmei. Por eso a veces me pregunto cómo me hubiera tocado el encierro si hubiera estado solo, realmente solo. Cuánto habría sufrido. Cuánto habría disfrutado.

Hay una fiesta que se volvió la sensación de esta cuarentena en Buenos Aires: se llama Bresh, va en vivo por Instagram los sábados a la medianoche, dura varias horas y reúne a miles de personas. Es como estar en una rave, pero cada uno está bailando en su casa, mirando a DJ Bröder y su novia, Ruidito, dos chicos enérgicos que pasan reggaetón en un living decorado como si fuera una discoteca. Una noche me quedé prendado ante el hechizo de sus movimientos y la música que hacían sonar: Don Omar, Bad Bunny, Daddy Yankee y, por supuesto, J Balvin. Solo en el living, pasé el tiempo fluyendo con el dembow y sentí que estaba ante algo adictivo y un poco misterioso. Miles de comentarios cruzaban la pantalla, la mayoría de chicos bastante jóvenes que necesitaban salir de fiesta desesperadamente. Y recordé. 

Recordé muchas noches, hace algunos años, cuando yo mismo era uno de esos chicos. Recordé aquella vez que fui a un galpón a escuchar a un dúo de tecno, Audio Bullys, porque quería estar ahí aunque nadie me acompañara. O ese festival en el que vi a M.I.A. en una carpa con las luces prendidas, llena de gente frenética y feliz a los empujones. O aquella vez que, después de un show de Erick Morillo en el que uno de los nuestros llegó con unas pastillas, volvimos en un taxi que iba demasiado rápido por una avenida y el conductor nos hablaba dándose vuelta para mirarnos a la cara y contarnos que también trabajaba en una casa funeraria. No sé por qué no nos estrellamos. Al bajarnos seguíamos vivos, jóvenes y espléndidos, aunque ya no tan colocados. Igual no podíamos dejar de reírnos. Llevo todas esas noches conmigo, pero ya no sé bien dónde.

Al día siguiente de la fiesta Bresh me desperté tarde, con ese sabor a ruido de otras épocas, y encontré que Higashi y nuestro hijo ya habían desayunado y estaban jugando en el suelo con unos muñecos. Tomé un té y lentamente fui entrando en el día. Mi afterparty llegó un rato después con más dembow, bailando con mi hijo en brazos, que se reía porque le encanta la música. El sábado siguiente, me dije, me voy de fiesta de nuevo.

11: En busca de la vacuna

Mientras voy llegando al final de este texto (pero no al de esta historia), alrededor del mundo hay al menos 180 proyectos para dar con una vacuna contra el coronavirus SARS-CoV-2. Dieciocho están siendo probadas en ensayos clínicos en seres humanos: las más avanzadas parecen ser la de Sinovac Biotech (de China), la del laboratorio Moderna (de Estados Unidos), y la de la Universidad de Oxford y AstraZeneca. En la Argentina hay unas 4.400 personas que han aceptado ser voluntarias en las pruebas y ninguna ha informado, hasta ahora, una reacción grave. 

El problema es que nadie sabía, al principio, cómo vencer a un virus nuevo. Así que hubo que empezar desde cero, regresando a otras vacunas y combinando distintos métodos. La carrera por encontrar la cura va a un paso veloz nunca visto en la historia de la medicina. A la vez, otros investigadores prueban terapias para los pacientes internados con antivirales como el Remdesivir, que también se usa contra el ébola (es uno de los medicamentos que le dieron a Donald Trump); el Favipiravir, que en Japón prescriben a los engripados; y la hidroxicloroquina, que puede actuar frente a la malaria, el lupus y la artritis reumatoide. Pero si parece que la investigación se acerca a dominar al coronavirus, este a veces encuentra nuevas formas de desenvolverse y produce complicaciones inesperadas que se les escurren a los científicos como arena entre los dedos.

Cuando un elemento desconocido se presenta en el cuerpo humano, es reconocido como algo extraño y es combatido. El hombre debe aprender a producir anticuerpos, y lo hace exponiéndose. Las vacunas no son más que un poco de virus sin capacidad para enfermar. Algunas contienen un virus vivo (o activo) para que infecte sin desarrollar la enfermedad. Otras, un virus muerto (o inactivo). Y otras, sólo una parte de un virus. Muchos de los ensayos de vacunas para el coronavirus están protagonizados por la proteína Spike, la espina que se une a las células y permite la entrada del virus. Esas vacunas buscan que el cuerpo reconozca esta proteína e impida que se junte con el receptor celular. Un ensayo chino utiliza la proteína Spike purificada junto con adyuvantes tomados de una vacuna contra la influenza. Otro ensayo, estadounidense, introduce en el cuerpo un ARN que lleva a las células a sintetizar aquella misma proteína. De uno u otro modo, ambos buscan crear anticuerpos contra la proteína Spike. 

Y tarde o temprano lo lograrán. La comunidad científica lo jura. La humanidad lo necesita, y no solo esa cosa abstracta que es la humanidad. También las personas como Eugenia, Facundo Ahumada, Hernán Farina, Natalia y Daniel, DJ Bröder y Ruidito, Eric Yuan, Luc Montagnier; las personas como vos y yo. Cuando el coronavirus haya sido derrotado volveremos a las calles y a los parques. Saldremos a respirar un aire diáfano con estos pulmones sobre los que ya no pesará una amenaza.

¿Será un nuevo mundo? ¿Será una nueva era? Leo las opiniones de los especialistas más variados, que dicen que todo mejorará. Pero es imposible saber qué viene después de esto y si al final del camino habremos aprendido algo. O si al menos seremos capaces de decidir cómo queremos vivir. La historia de la vida en este planeta está hecha de parásitos y de hospedadores que evolucionan juntos, cooperando en su destino. Y aquí estamos, perplejos, viviendo un hito en la historia de la vida en este planeta… casi sin darnos cuenta.


Una versión anterior de esta crónica aparece en el libro And We Came Outside and Saw the Stars Again: Writers From Around the World on the Covid-19 Pandemic, editado en Nueva York por Restless Books.

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¿Qué tendencias o cambios tuvieron lugar en el sector textil tras el COVID-19?
—La pandemia del COVID-19 ha traído una nueva normalidad en cuanto a formas de comprar en general, creando una serie de condiciones para que las personas puedan ser más conscientes sobre sus hábitos de consumo. Desde Animaná y Hecho por Nosotros creemos que el hecho de que los consumidores y las marcas puedan reconocer sus excesos, despejará el camino hacia una nueva normalidad más responsable en cuanto a gastos y la llamada slow fashion. Es importante recalcar que una gran cantidad de marcas de ropa no han podido presentar sus colecciones a causa de la pandemia. En algunos casos se han adaptado y lo han hecho en formato digital, pero para muchas otras la crisis significó un punto de partida para cambiar su filosofía. Así, varias marcas han anunciado el fin de las colecciones estacionales, un hecho significativo en la historia. El sector textil generará una mayor demanda por diseños únicos y atemporales, producción sustentable y trabajo en condiciones éticas.

¿Cómo definirías la moda circular y qué lugar ocuparía en el nuevo paradigma?
—La moda circular es una moda versátil en uso y sostenible en diseño, ya que el concepto básico de circularidad implica un circulo virtuoso de producción y consumo en el que no hay desechos. En la industria de la moda, esto significa ir un poco más allá de una simple prenda de vestir. Este concepto prioriza la creatividad y responsabilidad social para garantizar que los diseños generen la menor contaminación posible, y aprovechen la utilización de los materiales. La moda circular es mucho más que reciclar y por eso creo que en el nuevo paradigma se vuelve un pilar para avanzar hacia una moda sustentable, al ser una manera de transformar las prácticas derrochadoras y perjudiciales que han predominado en la industria.

¿Qué oportunidades crea el COVID-19 para mejorar las prácticas textiles a favor de la moda sustentable?
—La reducción en el consumo de prendas trae consigo una oportunidad en la industria de repensar los modelos de producción. La mayor oportunidad que nos esta dejando es mejorar las condiciones laborales en las fábricas. La naturaleza de expansión del coronavirus ha dejado expuestas las prácticas riesgosas. El aumento de contagios entre los trabajadores de la industria ha obligado a las empresas a reorganizar los espacios, reducir horarios y priorizar la sanitización y salud ante el riesgo de cerrar por completo. Si bien es lamentable que esta sea la causa por la que los gigantes de la moda buscan mejorar sus prácticas laborales, no deja de ser un avance.

Este contenido fue publicado originalmente en Otra Economía, la newsletter sobre economía circular, inclusiva y de triple impacto que edita Florencia Tuchin. Podés suscribirte en este link.

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Este contenido contó con participación de miembros co-responsables y lectores de RED/ACCIÓN

“Desde que entré al secundario veía a los chicos de 6° con sus camperas. Pensaba en cuando me tocara… El año pasado ya lo palpitábamos: estábamos pagando el viaje, diseñando las prendas de la promo, viendo salones para la fiesta de egreso. Todo el verano estuve pensando en eso”. 

Los planes de Francina, una alumna del último año de la secundaria en Córdoba, quedaron truncos por el coronavirus y la suspensión de las clases a solo días del inicio del año lectivo. Y su vivencia sintetiza la de muchos de los chicos de la “Promo 2020”: alumnos de entre 16 y 18 años que cursan 5°, 6° o 7° (según el distrito y si es una escuela técnica) y viven un año de egreso inédito: sin clases presenciales en la gran mayoría de escuelas del país desde hace casi seis meses.

Varios de ellos son parte de la comunidad de RED/ACCIÓN. Y nos contaron cómo viven estos días.

Francina es de Córdoba y ya estaba pagando el viaje y viendo salones para la fiesta de egreso.

“Esto nos tiró abajo un montón de momentos que nos daban identidad como promoción”, resume Máximo, de una escuela de Trelew.

Florencia, de la localidad bonaerense de Boulogne, se “imaginaba disfrutando con amigas y afianzando vínculos con muchos compañeros”. Martina, de la Ciudad de Buenos Aires, se lamenta por el viaje y la fiesta, los que cree “momentos únicos que te hacen unirte más”.

“Hay mucha decepción. Hay vivencias que hacen este el año esperado. Además, es la bisagra entre una etapa y otra con responsabilidades mayores”, resume Karen Baukloh, docente, psicopedagoga, y coordinadora de Educación Socio Emocional Misiones, un grupo de profesionales que trabajan bajo la órbita del Ministerio de Educación provincial. Ellos, con la educación basada en las emociones como eje, asesoran y capacitan a docentes de la provincia. 

“A esta situación se le suma el aislamiento, que es difícil para los adolescentes”, agrega.

Tristes, con angustia y sin ganas: cómo la cuarentena golpea la salud mental de las y los adolescentes

Isabela, de Ciudadela, representa la vivencia de muchos: “Ni bien empezó la cuarentena teníamos bastantes esperanzas de volver rápido al colegio, pero cuando se empezó a alargar comenzamos a preocuparnos por saber qué iba a pasar con el viaje, la fiesta, la presentación de buzos… Me sentí desilusionada y triste”.

A Tadeo, de Mar del Plata, la campera de la promoción le quedó chica. “Para qué la voy a cambiar, si total no la voy a usar”, le dijo a su mamá.

“Vivo una montaña rusa: de a ratos triste, de a ratos te acostumbrás”, dice Valentina, de San Isidro, quien visualizaba un 2020 lleno de risas y anécdotas.

Otros tiempos. Valentina y sus compañeros de curso antes de la pandemia.

Micaela, de Formosa, suma que muchos de sus compañeros “se van a ir a otras partes a estudiar”.

Agostina, de Monte Grande, ahora está “superdesanimada”: había visto a su hermana pasar por 6° y anhelaba vivir lo mismo. También se lamenta por no participar del proyecto Misión (llevan donaciones al norte del país junto con sus compañeros).

El grupo, clave

Para Baukloh, hoy es clave mantener la comunicación virtual con un grupo de pares: “Poner en palabras lo que nos pasa, compartirlo con los amigos, ayuda a reducir esta frustración, angustia, ira e incertidumbre”. También advierte que “es importante que el joven pueda convertir al grupo en un equipo con objetivos sencillos, como hacer juntos la tarea de una materia”.

Micaela es una de quienes se fortalece en grupo: “Nos preocupa cómo seguiremos, pero tratamos de no pasar un día sin estar en contacto”.

“Nos mantenemos en contacto por un grupo de WhatsApp de todo el curso y por Instagram. Además, con un grupo de compañeros hacemos las tareas juntos mediante llamada, así se nos hace más fácil”, cuenta María, de Neuquén.

¿Qué significa ser la promoción de la pandemia? Egresados 2020 nos cuentan cómo lo viven

Máximo agrega que en su grupo también hacen chistes: “Ahora que se puede hacer ejercicio acá, organizamos para salir a correr y ‘ponernos en forma para la fiesta’”.

Claro que no todos se sienten cómodos con la comunicación virtual. 

“Al principio hacíamos reuniones por Zoom bastante seguido y hablábamos más, pero a medida que fue avanzando la cuarentena yo al menos dejé de compartir un montón de cosas”, dice Lourdes, de Villa Adelina.

Camila y sus compañeros durante una clase virtual.

Camila, de Olivos, cuenta que en su grupo del curso “se habla 24/7”, pero aclara que “no es lo mismo” que el encuentro personal.

La contención familiar

“Era un año muy esperado, no solo por ella sino también por mí: hace años venía escuchando sus sueños”, admite Marisa, la madre de Francina. “Los primeros días llorábamos juntas. Intentaba consolarla diciéndole que iba a hacer historia. Ahora la noto a ella y a sus compañeros más tranquilos, quizás resignados”, agrega.

“Veo a mi hijo desganado. Siempre fue muy activo, amiguero y hoy no puede juntarse con sus amigos”, cuenta Norma, la mamá de Tadeo. Y señala que la situación hasta afectó su rendimiento escolar.

“Lo ideal es que el adolescente esté acompañado por la familia, que haya diálogo y que los padres fortalezcan el proceso de aprendizaje mediante su afecto”, recomienda Baukloh, quien es especialista en Abordaje Familiar Integral e Educación en contexto de encierro. Para ella, “la pandemia es una oportunidad para fortalecer el vínculo con los hijos y conocer sus intereses reales”. 

Norma lo aprendió: “Este tiempo nos sirvió para aprender qué le gusta, descubrir, por ejemplo, que le encanta stremear. También para cocinar y ver películas juntos”.

Tadeo junto a su mamá.

Baukloh también aconseja a los padres “sostener la motivación del chico, marcarle que hay vida más allá de este año”. Los alumnos lo valoran: “Hoy entiendo que mi familia es un lugar de apoyo, donde puedo expresar mis dudas y preocupaciones”, dice Florencia.

El rol del docente

“Es importante que los docentes brinden espacios en sus clases para que los estudiantes digan qué piensan o sienten y que la clase se construya a partir de ahí. Los alumnos necesitan su acompañamiento más que nunca, sin tanto contenido enciclopédico”, reflexiona Baukloh, coautora de la Ley de Educación Emocional de Misiones (la cual destaca el valor de trabajar a partir de las emociones y las relaciones interpersonales para potenciar la enseñanza).

Podés conocer más sobre la Educación Emocional en esta edición de Reaprender, nuestra newsletter de Educación.

Baukloh advierte que muchos docentes incorporan estos espacios de diálogo y que muchos están aprendiendo a cómo llevar adelante esta situación. Pero señala que, si estos momentos señalados no surgen del profesor, los alumnos, con respeto, debieran plantear esta necesidad.

“Estamos superapoyados por el colegio, eso me anima. Organizan actividades para hacernos sentir unidos, como hacer un video cada uno desde su casa con su buzo de egresados”, cuenta Catalina, de Los Cardales.

Una clase virtual de Valentina, con sus compañeros.

En esa línea, Myriam Prado, docente de Historia, propuso a sus alumnos de 6° de Moreno (Buenos Aires) usar la campera de promoción en las clases virtuales. “La compraron con mucho esfuerzo y es algo que les da un sentido de pertenencia”. Prado también dedica tiempo a las charlas con sus alumnos, a quienes nota preocupados y desilusionados.

Agustina Palczewicz enseña Economía en un 6° de Santa Rosa, La Pampa. En su colegio se hacen concursos con premios a través de Facebook y se estimula a publicar fotos de lo que cocinan.

Expectativas, desilusiones y lecciones aprendidas

En los casi seis meses que llevamos de cuarentena, muchas expectativas se han convertido en desilusiones. Y la educación no escapa a eso. Parecen lejanas las palabras del último 27 de mayo, cuando Nicolás Trotta, ministro de Educación, garantizó que habrá viajes de egresados, aunque no se sabe cuándo: por entonces, el funcionario dijo se buscará un momento entre este año y el que viene para realizarlo “en forma escalonada y sin saturar el mercado interno”. 

Tres meses y medio más tarde —en una fecha en la que habitualmente muchos estudiantes hacen sus viajes de egresados—, el panorama aún carga incertidumbre. “No saber qué va a pasar con todo lo planeado me pone muy mal”, dice Catalina.

Además, la cuarentena reconfiguró los planes universitarios de muchos, con casos disímiles. 

“Tuve la oportunidad de pensar más en la universidad. Estando en el colegio no creo que lo hubiese hecho a esta altura”, cuenta Gadiel, de Tierra del Fuego.

Otros, en cambio, están preocupados por comenzar más tarde la universidad (no se sabe cuándo terminará este ciclo lectivo).

“Este año planeaba hacer la mayor cantidad de materias posibles por UBA XXI para terminar el CBC antes. Esto me desmotiva”, dice Lourdes.

Camila, por su parte, esperaba en 2020 ir a las charlas de universidades y sacarse las dudas sobre qué carrera seguir.

Hacer planes en cuarentena: la necesidad de esperanza ante la incertidumbre

En este contexto, Baukloh señala: “Es genial tener un camino marcado, pero no hay que pensar todo el tiempo en lo que no se puede hacer, porque genera ansiedad. En lugar de ello, es un momento para pensar en cómo hacer algo bueno con esto. Por ejemplo, en cómo ayudar a un amigo que no tiene conectividad”.

La promo 2020 del curso donde va Gadiel.

A pesar de la frustración, varios chicos de la Promo 2020 saben que este año atípico les deja lecciones. 

“Esto me hizo aprender a tener paciencia, saber que no tenés garantizados tus planes”, dice Gadiel. Valentina aprendió a “valorar más los momentos”. “Ahora entiendo la escuela no solo como un lugar donde estudiar, sino donde tener contención”, repasa Máximo.

Y Constanza, de La Rioja, resume la sensación de muchos: “Cuando vuelva voy a disfrutar más los mates, las charlas y los juegos con mis compañeros”.

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Este contenido fue publicado originalmente el 2 de junio de 2020 y actualizado el 9 de septiembre de 2020

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El Covid-19 no ha desaparecido por completo en China. Pero en muchos lugares ya se han aliviado las restricciones y la vida está volviendo a una aparente normalidad. Ahora que América Latina y el Caribe se han convertido en el epicentro de la pandemia, registrando más de 210.000 muertes, personas desde Wuhan hasta Beijing compartieron sus experiencias de confinamiento con Diálogo Chino, ofreciendo sus recomendaciones para afrontar este tiempo sin precedentes.

Más allá de permitirles redescubrir sus habilidades culinarias, algunos dijeron que esta experiencia les dio la posibilidad de reflexionar profundamente sobre la salud y el bienestar de sus seres queridos, pensamientos globales que muchos de nosotros compartimos ahora. Al mismo tiempo, los chinos han tenido que enfrentarse a las afirmaciones xenofóbicas de políticos que señalaban al Covid-19 como un "virus chino", y al mismo tiempo, a las confusas restricciones de movimiento e información implementadas por el gobierno que, a raíz del brote se volvieron cada vez más estrictas.

Bajo este telón de fondo, nos pareció importante escuchar a algunos de ellos. Los nombres de los entrevistados se han modificado para proteger sus identidades.

La historia de Gao Lingyuan

En la actualidad, vivo en Hefei, provincia de Anhui (este) en China. Actualmente, en Hefei no hemos visto ningún caso nuevo desde finales de marzo. Muchas compañías han regresado al trabajo y están tomando precauciones, garantizando que se siga tomando la temperatura de sus estudiantes y su personal. La situación no es absolutamente normal, pero estamos llegando a ese punto. A causa del brote de Beijing, ahora hemos incrementado la seguridad en las comunidades para asegurarnos que las personas puedan ser monitoreadas de cerca.

Soy profesor de inglés y trabajo en un departamento internacional en un instituto. Económicamente, fui cauteloso porque estaba nervioso sobre la posibilidad de que la empresa cerrara. Pude ahorrar tres cuartos de mi sueldo por mes. He tomado una mayor conciencia sobre mis hábitos de gastos y después del confinamiento analizaré si realmente necesito comprar ciertos artículos.

En lo relacionado con la comida y la salud, también me he vuelto más cauteloso, especialmente cuando se trata de comer en pequeñas tiendas y comprar comida callejera vinculada a comestibles, antes no me importaba si estaba empaquetada o no, pero ahora compro más alimentos envasados que no han estado expuestos a espacios abiertos, donde la gente puede respirarlos o tocarlos.

Mi nuevo yo: cosas que hacemos en cuarentena y queremos mantener

Para tener una vida más viable durante el confinamiento, ya sea que hayas estado trabajando desde casa o haciendo tareas domésticas, el objetivo es mantenerse ocupado. Hay muchos días para holgazanear, pero hay que tratar de fijar una rutina y ceñirse a ella, aunque siempre se pueden hacer algunos ajustes para no aburrirse. Lo más importante es vestirse todos los días.

Si tuviera que hacer todo esto de nuevo, definitivamente ordenaría más alimentos desde casa, compraría una máquina de coser y aprendería a hacer mi propia ropa. Pero lo más importante es que iniciaría un pequeño club para que los jóvenes tengan un mayor compromiso social con otras culturas y con las diferentes experiencias que han atravesado durante el Covid. Sería un espacio seguro para que los jóvenes interactúen con otras personas de todo el mundo.

También aprendí que si el medio ambiente está enfermo o no se desarrolla de manera óptima, tampoco podrán hacerlo las personas a su alrededor. Debemos mejorar el reciclaje y asegurarnos de cuidar nuestro entorno natural si queremos mantener una buena salud. También les grito a las personas cuando las veo sin sus máscaras o escupiendo y les digo que podrían hacerlo mucho mejor. No creo que otras personas en China sean tan audaces para decirles a otros que practiquen buenos hábitos, pero espero que todo esto mejore.

Conectados con la naturaleza: cómo la pandemia y la cuarentena evidencian la necesidad de un consumo responsable

Ilustraciones Eréndira Derbez

La historia de Zhao Tingting

Vivo en Beijing y la vida ha vuelto a la normalidad para mí. Todos los restaurantes están abiertos, pero los clubes aún no lo están. Las salas de cine están comenzando a abrir. Soy traductora, por lo tanto, no hay demasiado trabajo. Pero definitivamente no me encuentro en una situación tan mala en comparación con las personas que han perdido su trabajo.

Mi familia está en Wuhan. Allí la situación es muy similar a la de Beijing, pero recientemente mi mamá me comentó que todavía hay casos de Covid en Wuhan, aunque el gobierno no lo informa. Ella no se siente totalmente cómoda con esta situación. Ella siente que el virus todavía está ahí fuera.

Si tuviera que hacerlo [el confinamiento] de nuevo, probablemente no compraría tanta comida. Compré cantidades increíbles de granos. Compré comida suficiente para aproximadamente un año. No sabías cuáles eran las noticias reales y cuáles las falsas. Realmente hemos sentido que esto iba a ser un apocalipsis. Compré demasiada medicina y ahora solo tengo que terminarlas, lo cual es molesto. Vendas, jarabe para la tos, curitas y desinfectante.

Descubrí que la comida casera es mucho mejor que la de los restaurantes. Me volví mucho más conocedora de la comida y agradezco que el Covid nos haya convertido en cocineros a todos.

Definitivamente siento que quiero estar más saludable, te das cuenta de que esto es lo más valioso. Cuando el Covid estaba sucediendo en Wuhan, vi un video de un hombre de 50 años que murió en su apartamento. Tenía dinero, pero nada de esto le sirvió al momento de morir. La salud y la felicidad son más importantes que la ambición o el dinero, el dinero es importante pero no debe reemplazar la felicidad y la salud.

lockdown has made many turn to cooking at home

El primer mes fue muy estresante, llamaba (a mi familia en Wuhan) tres veces al día. Los hospitales estaban llenos de gente, las personas se caían en la calle. No sabíamos si era algo que sería mucho más grande de lo que veíamos, había tanta incertidumbre. A juzgar por la información que estábamos recibiendo, por primera vez sentí que las cosas podrían colapsar por completo. En un contexto en el cual nadie realmente confía en el medio oficial de noticias, nadie sabía qué creer.

Cómo transitar la ansiedad y el estrés durante el aislamiento

Antes del 26 de enero, el gobierno no se había reunido y puesto de acuerdo para censurar Internet y había muchas voces disidentes, en ese período de tres días, había una gran ira sobre la situación real.

Todos pudimos ver en tiempo real como tanto el contenido como todos los periodistas ciudadanos estaban siendo eliminados. La mayor parte de la información salió en el Twitter chino [Weibo]. Ellos borraron esas publicaciones y contrataron gente para realizar comentarios positivos, a veces se podían vislumbrar reacciones reales, pero luego las reemplazaban por otras de contenido positivo.

Probablemente, todos a mi alrededor estarían de acuerdo en que la gente realmente perdió la fe.

Hay que pagar un precio muy alto para ejercer el periodismo ciudadano en China. Leí sobre un hombre que recopiló información sobre las protestas y ahora ha sido sentenciado a cuatro años de prisión. La censura se ha vuelto más draconiana después del Covid. Hemos vivido bajo una estricta censura. Algunos chinos recopilaron todos los informes de noticias, eliminaron información sobre el Covid, la compartieron en github.com y finalmente fueron arrestados. Realmente hoy no sabemos qué está pasando con ellos.

Pienso que no tenemos un espacio público gratuito para que la gente pueda intercambiar sus ideas y pensamientos, por lo que no existe una reflexión pública [sobre la pandemia]. Quizá exista en lugares muy limitados, en el marco de una comunidad pequeña, pero no diría que como sociedad hoy se esté produciendo una conversación.

Podemos hablar de ello personalmente, pero incluso cuando dialogamos uno a uno en WeChat reemplazamos las palabras que podrían ser detectadas por la IA. Tenemos que pensar en lo que no podemos decir en caso de que nos comprometa, no es un gran lugar en línea para poder hablar de este tipo de temas.

La historia de Deng Wenxuan

Ahora vivo en Beijing. En el primer brote de febrero, solo unos pocos cientos de personas fueron infectadas por el virus. Sin embargo, la ciudad casi fue cerrada. Los adultos trabajaban desde casa y los estudiantes estudiaban en sus hogares. Mi hija menor tiene cuatro años. Hasta ahora su guardería ha estado cerrada y no sabemos cuándo volverá a abrir. La política de control de la interacción social se relajó a finales de mayo, pero en las últimas dos semanas ha habido un nuevo brote de casos en Beijing. Nuevamente, la política se está endureciendo. Mi hijo, un estudiante de séptimo grado, está estudiando en casa otra vez. Sospechamos que nuestras vidas no podrán volver a la normalidad.

Trabajo en un instituto de investigación, que es propiedad del estado. La pandemia no me afecta económicamente. Como no salgo a cenar, ni envío a mis hijos a actividades extracurriculares, ni tampoco viajo, de hecho, reduzco mis gastos y puedo ahorrar más dinero. Trabajo en mi casa desde fines de enero. Pero como mis hijos están en casa, mi trabajo no es eficiente. Soy menos productiva como investigadora, leo menos y escribo menos. A veces estoy demasiado deprimida como para hacer algo. No he salido de Beijing desde hace casi seis meses.

Quemados: el combo home office + cuarentena no nos permite desconectar del trabajo

Reducir la interacción interpersonal podría ser la forma más eficaz [para no contraer el virus]. Pero es imposible e inhumano. Las personas se sienten deprimidas cuando están aisladas en sus casas durante mucho tiempo.

El servicio de entrega en China es muy conveniente. Hacemos compras en línea y recibimos la entrega de comestibles en la puerta de nuestra unidad residencial. Hay muchas unidades residenciales de este tipo en Beijing y en otras grandes ciudades de China. Estas condiciones de vida hacen que la movilidad de la población sea más fácil de controlar.

Sin embargo, presto mayor atención a la salud y he comenzado a hacer ejercicio con regularidad. Soy más pesimista sobre el futuro de los seres humanos en general. A veces, creo que la pandemia es una maldición para las personas que explotan la tierra sin piedad.

Sedentarismo y cuarentena: por qué el ejercicio físico es más importante que nunca y claves para empezar

No creo que la gente se encuentre reflexionando todavía sobre esta situación de manera colectiva. La gente en China parece apegarse más firmemente a sus valores y al sistema político. Supongo que la pandemia y la presión internacional mantuvieron al pueblo chino más consolidado como nación.

¡No comas animales salvajes! Creo que esta es la lección más importante sobre el medio ambiente. Pero creo que aquellos a los que les gusta comer animales salvajes los consumirán de todos modos, mientras que los que no los comen no lo harían en ninguna circunstancia. No creo que la actitud general con relación al medio ambiente cambie mucho en China.

¿Podemos evitar una próxima pandemia? Nuestro vínculo con la naturaleza tiene la respuesta

La historia de Fang Yao

Soy periodista independiente, trabajo en temas culturales y sociales para un instituto internacional en China y escribo sobre Wuhan. Vivo entre Beijing y Wuhan. En general en Wuhan todo está volviendo a la normalidad. En el último mes no hubo nuevos casos, los negocios están volviendo a la normalidad y en las calles, la gente está regresando al trabajo.

En la actualidad existe un código de salud que funciona como tu identidad digital. Todo el mundo tiene este código. Si estás sano, tu código será verde. Si has estado en contacto cercano con alguien que tiene el virus o tiene síntomas, es amarillo y si te da positivo es rojo. Si quieres moverte libremente debes tener un código verde.

Para mí la parte más difícil fue entre enero y abril. Después del 15 de febrero nadie podía salir de sus recintos por orden del gobierno, así que trabajé como voluntaria en grupos de WeChat. Había muchas personas que pedían ayuda para registrar información o necesitaban asistencia para conseguir comida. Algunos no sabían a qué hospital debían acudir para ciertos procedimientos. Me ofrecí como voluntaria para hacer llamadas y ayudar a las personas a recibir tratamiento. Trabajé desde las 9 AM hasta la medianoche ya que había mucha gente pidiendo ayuda. Fueron muchas las personas que no pudieron acceder a la asistencia médica.

Muchos hospitales no aceptaban a personas menores de 65 años y no había nada que pudiéramos hacer. Solo podíamos ayudarlos a conseguir comida o medicinas. Todo aún se estaba desarrollando. Había mucha información falsa.

Aunque tengo más de 3000 mensajes en mi WeChat y todavía siguen comunicándose hasta ahora, a menudo no puedo verlos porque tuve un colapso emocional. Después de tres meses de ser voluntaria, ahora ya no veo noticias, no las sigo, leo libros que no son relevantes para el Coronavirus. Leo y hago trabajos de traducción, ya todo es demasiado para mí.

Si deseas proteger tu salud [mental], es mejor no concentrarse tanto en las noticias, es un momento en el cual se puedes aprender cosas que siempre quisiste aprender. Puedes leer más libros o hacer algunas llamadas telefónicas a amigos.

Creo que es importante registrar lo que está sucediendo. Si puedes, trata de ser sincera o sincero documentando el recuerdo de un año que es significativo en la historia de la vida de cada persona.

Recalculando: cómo la cuarentena nos hace replantearnos prioridades

Ahora, valoro las cosas todo lo que puedo. Antes gastaba más dinero. Tenía la costumbre de comprar muchas cosas que no necesitaba. No es una cuestión vinculada a mi situación económica, sino que se trata de lo que realmente es necesario en la vida. Es importante hablar con la gente. El consumismo se está convirtiendo en entretenimiento, es una pérdida de tiempo y dinero. Ahora miro mi vida hacia atrás y creo que inconscientemente estaba viviendo una vida que realmente no quería vivir.

Aquí la gente todavía está perdida en las secuelas del Coronavirus, la situación aún se está desarrollando. Algunas personas piensan que no tiene nada que ver con el gobierno o el sistema, mientras que otras personas están pensando en responsabilizar al gobierno. También, hay muchas personas que solo quieren volver a la normalidad y no pensar en lo que pasó, porque fue horrible.

Pero hay algo que siempre debes recordar: eventualmente tendrá su fin.


Este contenido fue publicado originalmente en Diálogo Chino el 2 de septiembre de 2020.

Este contenido contó con participación de lectores de RED/ACCIÓN

Para entender mejor lo que estamos viviendo, interpretar a funcionarios y expertos que nos mantienen al tanto de medidas o descubrimientos, o para que puedan ser más precisos cuando ustedes, la comunidad de RED/ACCIÓN, quiere hablar del tema con alguien o en sus redes sociales. Principalmente con esos tres objetivos, pensamos y armamos este glosario de palabras y frases muy usadas cuando hablamos de la pandemia y el nuevo coronavirus.

De hecho, algunos de estos términos fueron elegidos por ustedes, nuestros lectores y seguidores en redes sociales, para que los sumáramos a esta guía:

Empecemos con protocolo, que, según uno de nuestro lectores, puede convertirse en la palabra del año:

PROTOCOLO. Es el conjunto de normas aprobadas por las autoridades sanitarias que se debe seguir en determinadas actividades para mantener la distancia física, la higiene, y así prevenir la transmisión viral.

CARGA VIRAL. Es la cantidad de virus que tienen las personas infectadas. Una vez que el virus entra en el cuerpo, invade las células y se replica. Una mayor "carga viral" (como se conoce a la concentración del virus) significa que la gravedad de la enfermedad es probablemente mayor.

HISOPADO. En la situación epidemiológica actual, se indica que a todos los casos sospechosos de COVID-19 se les realice una toma de muestra nasofarígea (por uno de los orificios de la naríz) para analizar si tienen el virus SARS-CoV-2.

CIRCULACIÓN COMUNITARIA. Es el momento en el que el virus ya circula por una ciudad o comunidad y no se puede determinar cómo se producen los nuevos contagios porque se ha perdido el nexo. 

INFODEMIA. Cantidad excesiva y dudosa de información sobre un problema o tema, como por ejemplo el nuevo coronavirus, lo que dificulta encontrar fuentes y orientación fiables.

CASO. Persona en quien se sospecha, de la que se presume o de la que se confirma que padece una enfermedad o evento de interés epidemiológico.

CONTAGIOSO O INFECCIOSO. A menudo se usan indistintamente, pero tienen diferencias sutiles. “Contagioso” está relacionado con la propagación directa o indirecta de persona a persona. La gripe es, por ejemplo, muy contagiosa, pero el ébola no. “Infeccioso” implica que el contacto con una pequeña cantidad de virus puede causar enfermedad y, por ejemplo, el ébola es muy infeccioso.

PERÍODO DE INCUBACIÓN. Lapso de tiempo que transcurre desde la exposición inicial a un agente infeccioso y la presentación del primer signo o síntoma de la enfermedad que ese agente produce.

PERÍODO INFECCIOSO. Lapso de tiempo en el que la persona puede transmitir la enfermedad. Este período puede preceder a los síntomas y puede durar más que los síntomas.

PERÍODO DE CONTAGIOSIDAD. Lapso de tiempo durante el cual un agente infeccioso puede ser transferido, directa o indirectamente, de una persona a otra.

PORTADOR. Persona (o animal) que alberga un agente infeccioso específico de una enfermedad, sin presentar síntomas o signos clínicos de esta, y que constituye una fuente potencial de infección para el ser humano. 

TASA DE INCIDENCIA. Se define como el número de casos nuevos de una enfermedad dividido por la población en riesgo de la enfermedad (población expuesta) en un lugar específico y durante un período específico

TASA DE LETALIDAD. Porcentaje de personas afectadas por una enfermedad o un evento determinado que mueren en un período determinado. 

TASA DE MORTALIDAD. Porcentaje de personas que mueren en una población sobre el total de población, y puede expresarse por cada 100, cada 1.000 o cada 100.000, por ejemplo.

TRIAJE. Método que utilizan los servicios de salud para clasificar a los pacientes según su prioridad para la atención, la evacuación o el transporte.

VIRULENCIA. Es la capacidad del agente infeccioso de producir casos graves y mortales. 

TRANSMISIÓN DIRECTA. Es el contagio de persona a persona. Puede ser por la propagación de gotitas respiratorias, o por contacto directo físico.

TRANSMISIÓN INDIRECTA. Contagio a través de objetos o materiales contaminados o por intermedio de un vector, como un insecto o cualquier otro portador vivo.

SUSCEPTIBLE. Toda persona o animal que no posee suficiente resistencia contra un agente patógeno determinado que le proteja contra la enfermedad si estuviera en contacto con ese agente.

INMUNIDAD. Estado de resistencia general que posee una persona, asociado con la presencia de anticuerpos o células que poseen acción específica contra el microorganismo causante de una enfermedad infecciosa o contra su toxina.

Cómo es el proceso de donación de plasma de pacientes recuperados de COVID-19

INMUNIDAD ACTIVA. Suele durar años, se adquiere naturalmente como consecuencia de una infección o artificialmente a través de una vacuna.

INMUNIDAD PASIVA. Es de corta duración (de algunos días a varios meses), se obtiene naturalmente por transmisión materna o artificialmente por inoculación de anticuerpos protectores específicos.

INMUNIDAD DE REBAÑO. Cuando la proporción de población inmune es alta y el agente tiene menor probabilidad de diseminarse.

CONGLOMERADO (de casos). Agrupamiento de casos de un evento relativamente poco común en un espacio o un tiempo definidos en una cantidad que se cree o se supone es mayor a la que cabría esperar por azar. 

BROTE: Dos o más casos asociados epidemiológicamente entre sí. La existencia de un caso único bajo vigilancia en una zona donde no existía el padecimiento se considera también un brote. Un brote sucede por el aumento inusual del número de casos de una enfermedad más allá de lo normal. 

CASO CONFIRMADO. Cuando una prueba de laboratorio confirma que alguien tiene una infección.

NEXO EPIDEMIOLÓGICO. Antecedente de riesgo de contagio, por ejemplo, contacto con un caso confirmado de infección durante su periodo de transmisibilidad o haber estado en una zona de transmisión comprobada.

EPIDEMIA. Aumento inusual del número de casos de una enfermedad determinada en una población específica, en un período determinado. 

PANDEMIA. Una epidemia que se ha extendido por varios países, continentes o todo el mundo y que, generalmente, afecta a un gran número de personas.

NÚMERO REPRODUCTIVO (R0). Es el número de personas a las que una persona infectada puede transmitir la enfermedad o el número de casos secundarios que cada caso primario genera en promedio (durante el tiempo que es contagioso). La epidemia se propaga si y solo si el R0 es mayor de 1 (cada caso contagia a más de una persona); si el R0 es igual a 1 entonces se dice que hay equilibrio epidémico (o endémico) y si el R0 es menor de 1 la situación, invariablemente, se dirige al agotamiento epidémico. Se deduce, entonces, que en una situación epidémica la consigna es reducir el R0 a menos de 1 y hacerlo lo más pronto posible.

INFECCIOSIDAD. Probabilidad que tiene una persona susceptible de contagiarse por cada exposición única a una persona infecciosa. Esta infecciosidad puede reducirse con medidas de prevención y protección personal, como el lavado de manos o el uso de condones, mascarillas o guantes, según la enfermedad.

CURVA EPIDÉMICA. Para establecer que se está ante una epidemia es necesario conocer la frecuencia precedente de la enfermedad. Una de las maneras más simples y útiles es trazar una curva epidémica, que consiste en la representación gráfica de las frecuencias diarias, semanales o mensuales de la enfermedad en un eje de coordenadas.

DISTANCIAMIENTO FÍSICO O SOCIAL. Estrategia para evitar la transmisión de algunas enfermedades. Las autoridades de un país pueden instar a la población a adoptar un distanciamiento físico y preventivo.

AISLAMIENTO. Es separar a las personas enfermas o infectadas de los demás, para evitar que se propague la infección.

CUARENTENA: Consiste en restringir el movimiento de las personas sanas que pueden haber estado expuestas al virus, pero no están enfermas.

PCR. Técnica molecular de diagnóstico que detecta el ARN del virus en una muestra biológica, normalmente del exudado nasofaríngeo que se realiza en personas con COVID-19. PCR es una sigla en inglés que significa reacción en cadena de la polimerasa. 

PRUEBAS DIAGNÓSTICAS RÁPIDAS. Las pruebas de antígenos detectan si un paciente alberga el virus, mientras que las pruebas de anticuerpos detectan si un paciente está o ha estado infectado, porque ha generado defensas inmunitarias contra el virus. 

ANTÍGENO. Parte de un virus que desencadena una respuesta inmunitaria. Cuando una persona ha estado expuesta a ciertos tipos de virus, los antígenos aparecen en la sangre antes de que el cuerpo produzca anticuerpos.

VACUNACIÓN: Forma sencilla, inocua y eficaz de proteger a las personas contra enfermedades dañinas antes de que entren en contacto con ellas.

SEGURIDAD DE LAS VACUNAS: La vacunación es inocua y, aunque pueda producir efectos secundarios, como dolor en el brazo o fiebre baja, suelen ser muy leves y temporales. Los beneficios de la vacunación superan con creces los riesgos a los que exponen.

Fuentes: Organización Mundial de la Salud y Ministerio de Salud de la Nación

Guía para vivir en tiempos de coronavirus

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“Nosotros somos de reunirnos, de besarnos, abrazarnos, apretujarnos… Es nuestra marca registrada, pero en este momento hay que decirle que no a estas costumbres argentinas”, decía Guillermo Francella en el comercial de una cerveza al principio de la cuarentena obligatoria. Continuaba: “Resistamos las ganas de darnos un beso, de chocar las manos, de encontrarnos, de sentarnos todos en una larga mesa…”.

Tener que estar a dos metros de cualquier otra persona resultaba, antes del 20 de marzo, difícil de imaginar.

En esos mismos días, el presidente Alberto Fernández contaba que el secretario de Asuntos Estratégicos, Gustavo Béliz, le había enseñado un nuevo saludo para evitar el contacto: “Poner la mano derecha en el corazón y decir: ‘¿Cómo estás?’”. Agregaba: “Yo soy abracero, besuquero, doy la mano, abrazo cuando hablo. Me estoy volviendo nórdico, más frío” (aún no se había referido a las estadísticas suecas).

Lo que el presidente y el actor hacían notar era el relevante desafío cultural que para los argentinos empezó cuando llegó el coronavirus: ¿cómo renunciar a nuestra famosa cercanía interpersonal, esa que nos lleva a besar a personas que no conocemos y a tocar a cualquiera en (casi) cualquier situación? ¿Cuán cerca viene siendo, desde entonces, demasiado cerca? ¿Cuán cerca viene siendo… peligroso?

En 2017, un estudio titulado “Distancias interpersonales preferidas: una comparación global” midió en casi 9.000 personas de 42 países la distancia tolerada frente a extraños, conocidos e íntimos. Argentina, con 77 centímetros, resultó el país que acepta mayor cercanía física con extraños. Perú y Bulgaria completan el podio. Y esto se sigue viendo todos los días en la calle, en los negocios y en el transporte público, donde a veces la gente guarda poco la distancia. Incluso en cuarentena y con un decreto que dice: “Que el distanciamiento social interpersonal de DOS (2) metros junto con la utilización de tapabocas, la higiene de manos, respiratoria y de superficies son medidas preventivas para reducir la transmisión interhumana del SARS-CoV 2”.

El costo anímico de todo esto no es menor. “Al tener que aislarnos y recluirnos, la oportunidad de abrazarnos, tocarnos o besarnos ha quedado suspendida”, dice ahora la psicóloga Mariela Rodríguez Rech, que coordina el Área de Gestión y Planificación de la Dirección de Salud Mental del Ministerio de Salud de Mendoza, y que es miembro de RED/ACCIÓN. “Esto genera, entonces, la vivencia de que cuanto más lejos estemos del otro, mucho mejor. La distancia social deja como secuela un no saber cómo manifestar el afecto hacia el otro. La palabra es una manera, pero muchas veces es necesario el cuerpo como vehiculizador de la misma. No hay palabra sin cuerpo, porque en el cuerpo es donde resuena”.

“¿Qué hacemos entonces, en los tiempos que corren, para acompañar un ‘te quiero’ con la correspondiente expresión corporal, sea un abrazo, una caricia o un beso?”, se pregunta Rodríguez Rech. “Por el momento estamos contenidos, pero quizás esto nos lleve a transformar esta situaciones, a volvernos creativos, innovadores. Un abrazo no se puede reemplazar, pero se puede acompañar este ‘te quiero’ con la voz. La voz es cuerpo también y no es lo mismo escribir ‘te extraño’ en un texto de WhatsApp que grabarlo, ponerle intención, emoción. En definitiva, ponerle la carga emocional necesaria para hacerle saber al otro que a pesar del distanciamiento social, el afecto está y habrá que buscar modos alternativos que suplan transitoriamente lo que por el momento no está”.

No todos los gobiernos del mundo indican dos metros de distancia, aunque sí la mayoría. Estados Unidos ordena 1,83 metro (6 pies); Alemania, Turquía y México: 1,50; Italia, China e India: 1.

La Organización Mundial de la Salud informa que las partículas de coronavirus pueden viajar hasta 1 metro cuando una persona las expulsa con su saliva. Pero en Wuhan, donde comenzó la epidemia, los científicos encontraron partículas de coronavirus en el aire tan lejos como a 4 metros. Y en el MIT de Estados Unidos las partículas alcanzaron 8 metros.

El riesgo de contagio es mayor cuando el tiempo de contacto crece. Y es peor en lugares cerrados: un estudio en 120 ciudades chinas demostró que de 318 brotes, sólo 1 se dio al aire libre (108 fueron en el transporte público y 254 en casas, la primera categoría, lo que hace del coronavirus un virus esencialmente doméstico).

Google Sodar usa realidad aumentada en Chrome.

En este mundo en el que nosotros mismos parecemos estar convirtiéndonos en partículas aisladas, la novedad de Google es Sodar, una función de realidad aumentada para Chrome (en Android) que utiliza la cámara del teléfono para comprobar si estás manteniendo la distancia de 2 metros con la gente a tu alrededor.

Además, en la Argentina, una empresa de tecnología, Practia, desarrolló un sistema para medir la circulación de personas y su distancia en espacios públicos abiertos o cerrados; y para contribuir a contabilizar la cantidad de gente con tapabocas.

Y en Rosario, a principios de julio se delinearon círculos en el Parque de las Colectividades para garantizar el distanciamiento físico:

Le preguntamos a nuestros miembros y lectores si habían cambiado sus hábitos relacionados con los abrazos y los besos. Esto nos respondieron:

  • “No abrazo más que a mi novio-marido desde el 15 de marzo” / @gigigro
  • “Me siento maaal, quiero abrazar, besar, compartir, ir al teatro, cine, bar, boliche, museo, etc etc etc!” / @nadiuskaruiz
  • “Me junté con mi novia después de mucho tiempo y fue raro, como desconocidos” / @santibuscaglia
  • “+4 meses que no beso, abrazo ni tengo sexo… Nunca me gustó el sexting, estoy intentándolo…” / @luciacaponpaul

Anteayer, una joven arquitecta mendocina, Belén Miralla, prendió la tele y estaban dando una película. Comenta en Facebook que los personajes, dos amigas, se saludaron con un beso y un abrazo, y que a ella le dio una sensación de rechazo: “Espero que esa sensación se me vaya cuando vuelva la normalidad post-nueva normalidad”.

“Creo que cabe una hipótesis a futuro, aun con la vacuna, de que disminuya la costumbre argentina de efusividad que algunos extranjeros ven con cierto rechazo y otros con envidia”, dice ahora Miguel Espeche, coordinador general del Programa de Salud Mental Barrial del Hospital Pirovano. “Me parece que va a bajar, pero luego de a poco retornará la confianza, una vez que se vaya el miedo. Y surge una reflexión: si no hubiera aparecido esta pandemia, muchos de nosotros ni siquiera hubiéramos sabido que otra pandemia, la de la gripe española, mató a 50 millones de personas en 1918, el año en el que terminó la Primera Guerra Mundial. Una vez que pasa una pandemia, la gente se olvida. No pasa lo mismo con las guerras”.

Foto: AP

Mientras tanto, la vida sigue. Y el dueño de un complejo de canchas de fútbol con pasto sintético acaba de inventar en Pergamino el “metegol humano”. Se llama Gustavo Ciuffo y así lo describió: “Hay dos equipos de cinco jugadores como máximo, o estaríamos fuera del decreto. Es una cancha de 12 rectángulos. Cada jugador va a un rectángulo. El objetivo es pasar la pelota de línea a línea para convertir goles sin que el equipo contrario la intercepte, prohibiendo la salida del rectángulo”. Se inspiró en los entrenamientos de Marcelo Bielsa.

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Controles en los ingresos a la localidad. Barbijo al salir a la calle y negocios que reabrieron pero con restricciones de personas para ingresar. Rubros que aún esperan volver, como el turismo. Por supuesto, escuelas cerradas y restaurantes que funcionan con protocolos y varios metros entre mesas.

Aunque despierte el anhelo de habitantes de zonas como el Área Metropolitana de Buenos Aires, la fase 5 del aislamiento social preventivo y obligatorio (que también permiten algunos deportes y reuniones de hasta 10-15 personas) es una etapa en la que, todavía, el COVID-19 marca la agenda de ciudades y pueblos del país. Lugares, algunos, que se mueven al compás de un virus que nunca tocó sus puertas.

Durante las últimas semanas, conversé con lectores, miembros y personas cercanas a la comunidad de RED/ACCIÓN que viven en zonas donde nunca hubo un caso positivo del coronavirus: queríamos saber cómo viven y de qué hablan. (En ocasiones, el positivo llego en el medio de nuestras charlas).

Para varios, la ausencia de casos hizo que la pandemia dejara de eclipsar todas las conversaciones y prácticas. “Al principio le teníamos miedo, nos resguardábamos. Como nunca llegó, empezamos a tener confianza, a juntarnos, a no tener tan presente la distancia social”, admite Emiliano (16 años), de la Emilia, Buenos Aires.

“Bajó la intensidad de repetir información de otros lugares”, dice Carina, de San Rafael, Mendoza, una ciudad con 120 mil habitantes.

Para Florencia (22), de Oliva, Córdoba, hablar menos del tema ayuda a “no caer en una paranoia colectiva”.

¿Medidas desmedidas?

Aun sin casos confirmados de coronavirus, muchas medidas preventivas persisten. Algunos creen que gracias a ellas la pandemia no los tocó. Otros creen que las restricciones han llegado a un punto desmedido. 

Migue Roth es periodista y vive en Colonia Santa Teresa, un pueblo de 550 habitantes de La Pampa, que, cuando escribo esto, es la provincia argentina con menos casos de coronavirus (unos 7).

“Hay bronca y enojo porque se mantienen restricciones pese a que estamos a 160 kilómetros del caso más cercano reportado”, cuenta. Muchos en la región acostumbraban a cruzar a Darregueira (a 5 kilómetros, en provincia de Buenos Aires) para trabajar (sobre todo en el campo), pero hoy solo lo hace un listado de personas con permisos municipales. “Esto generó incordio”, explica. Y dice que está vigente la “quietud tensa” de la que hablaba en mayo en un texto del sitio Angular.

Un camino cerrado en Colonia Santa Teresa, La Pampa, para restringir el ingreso de vecinos de otros distritos. Foto: Migue Roth

 “Tengo bronca por la exageración de restricciones, por el miedo generado desde los medios y la falta de libertad”, señala Paula desde Daireaux (Bs. As.), donde en más de 4 meses de cuarentena hubo dos casos.

“Molesta estar tan encerrados y algunas cosas parecen sin criterio: por ejemplo, abren todos los negocios y la calle se llena de gente, pero como no podés entrar de a más de a 2, tenés que esperar afuera con frío; eso se mantiene así, pero a la vez podés hacer reuniones en casas…”, suma Gisela (37) de Pigüé.

Diego (34) define como “rara” la situación de Victoria (Entre Ríos), que el 10 de julio tuvo su primer caso, y que es una ciudad turística con hoteles y su casino cerrado, por lo que mucha gente dejó de trabajar.

“Todos están expectantes por la economía. Muchos opinan que se usa la pandemia como excusa para hacer manejos políticos. Además de no haber casos, casi nadie conoce a personas que hayan tenido o tengan el virus, y hay dudas de qué tan cierto es todo, de qué tan peligroso es realmente”.

Paulina (18) vive en otra ciudad turística: Santa Rosa de Calamuchita. Pero, para ella, “no fueron en vano las restricciones, sino que gracias a ellas estamos bien hoy”. Igualmente, advierte que hay “una mezcla de miedo y necesidad económica”.

Carina (San Rafael) dice: “Aunque hubo enojos entre la gente mayor, hemos entendido que nos están cuidando al tomar medidas como el cierre de fronteras”. En su ciudad se debate si reiniciar el turismo. “Algunos lo piden, pero mucha gente dice que no, que, si ya hemos esperado tanto, mantengamos la medida”, cuenta.

Jesica (38) destaca que el control y aislamiento evitaron que el COVID-19 llegara a Las Toscas (Santa Fe), pese a que localidades cercanas registraron casos:

Temor relajado

“Acá tenés los dos extremos: o se asustan o creen que no va a pasar nada”, introduce Luly (19), de Esquel.

La cuarentena en Esquel.

Por un lado, la flexibilización y el correr de los días sin contagios hizo que muchos bajaran la guardia. “Si no fuera por los barbijos, no te das cuenta de que estamos en cuarentena. Se flexibilizó tanto que pensamos que, el día que haya un caso, nos contagiamos todos”, dice Luly.

Algunas personas se sienten como en un limbo. “Hay restricciones que se contradicen con habilitaciones o aparecen situaciones poco claras”, analiza Paulina.

Y, a la vez, el temor está latente en estos lugares. “Se está siempre pendiente de qué pasa en las ciudades vecinas donde se han reportado casos”, dice María Cristina (67), de Rojas, provincia de Buenos Aires.

En parte, también parece que la postura de las personas en relación al coronavirus depende de qué tanto se acerque.

Juan Pablo (40) vive en Pomán, un pueblo de 10 mil habitantes a 160 kilómetros de San Fernando del Valle de Catamarca.

La primera vez que hablamos del tema, cuando Catamarca era la única provincia sin casos de COVID-19, me dijo que la gente iba y venía por todos lados, que los controles dentro de la localidad eran mínimos y las personas se preguntaban por qué no funcionaban con normalidad restaurantes y hasta escuelas. “Todo cambió en un fin de semana, cuando saltaron casos en la capital y se suspendieron los colectivos interurbanos. Ahora estamos todos con la idea de ‘hay que cuidarse, no sabés si hay un asintomático dando vueltas’”, cuenta.

En una nota de Ariana Budasoff de hace más de 4 meses, la investigadora del CONICET Flavia Demonte, doctora en Ciencias Sociales y docente del Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martín, había advertido con notable precisión varios de estos comportamientos: “La idea negacionista que supone que ‘a nosotros no nos va a pasar porque no somos como ellos y/o porque estamos lejos”, cuando el virus no llega, o, cuando llega, la sensación de fragilidad, de “que las medidas de seguridad […] nunca son suficientes”, y “la crítica al aparato estatal”.

Policías vecinales

Buena parte del miedo es que la aparición de un caso obligue a una marcha atrás en la flexibilización: “Por ahí se hace el chiste de que cuando llegue el primer caso, la persona va a ser linchada porque vamos a volver a fase 1 y perder las libertades de ahora”, cuenta Carlina (23), de Jesús María, Córdoba, donde no hubo casos de ciudadanos locales, pero se atendió a dos personas de otras localidades.

La Cuarentena en Jesús María. Foto: Municipalidad de Jesús María.

En este contexto, se mira con especial recelo a quienes llegan desde afuera.

Durante la producción de esta nota, el coronavirus llegó a Pigüé: el primer positivo fue un policía que volvía del AMBA. “Mucha gente trató mal al chico, que tuvo que cerrar sus redes sociales. Varios criticaron al municipio por dejarlo entrar”, comenta Gisela.

Por su parte, Malena cuenta desde Junín de los Andes: “En las redes se trabaja para ayudar a preservar la identidad de casos sospechosos, porque hay rechazo y discriminación”. Y añade: “A pesar de la flexibilización, hay bastante temor y nadie quiere ser LA persona que traiga el virus”.

“La cuestión no debería ser ‘que no entre nadie’, porque esto genera otro tipo de reacciones que pueden tornarse patológicas: unas de tipo antisocial, más bien xenófobas, cuadros con características de fobia”, considera Néstor Tamburini, doctor en Psicología y jefe del servicio de Salud Mental del Hospital de Boulogne (San Isidro). 

Lo cierto es que, en ocasiones, se mira que quien llega de otro lugar haga la cuarentena.

“Se generó un estado de policía vecinal entre los habitantes”, describe Migue sobre su pueblo pampeano.

En la nota citada de febrero, ya Demonte advertía sobre “la estigmatización de ciertas poblaciones y la culpabilización” y sobre “la desconfianza ante cualquier persona que haya estado en ‘ese’ lugar [el del virus]”.

Tamburini, quien también dirige el espacio de reflexión y difusión S.O.S mental, explica que “la amenaza del virus exacerba mecanismos de culpa preexistentes. Muchos dicen: ‘Me muero si contagio a mi familia’. Otros, en cambio, proyectan sus miedos en el tema del coronavirus y entonces, si viene alguien que ‘nos manda para atrás’, hay que condenarlo. Ambas cuestiones tienen que ver con mecanismos bastante infantiles. Hay una excesiva creencia en que se tiene el control, de que si hago lo que tengo que hacer no me va a pasar nada y, casi paranoicamente, fijarse en todo lo que hacen los demás para ver si atentan contra mi vida”.

Para Tamburini, “el mejor antídoto contra las reacciones impulsivas es la palabra y la capacidad reflexiva: hay que hablar de estos mecanismos del psiquismo de una manera entendible y accesible, convocar a profesionales de salud mental para dar charlas sobre estos mecanismos y sobre todo usar el humor para analizarlos”. 

¿Evitar o prevenir?

“Se habla mucho de que el virus no llegue, pero no de qué vamos a hacer si llega”, analiza Diego (37), de Las Toscas. Muchos creen que será posible cerrarle la puerta al COVID-19 indefinidamente, mientras que otros entienden que las medidas preventivas, apuntan a que, cuando llegue, el sistema de salud esté listo y la curva de contagios no se dispare.

Al respecto, Tamburini aclara que “una cosa es evitar y otra cosa es generar las mejores condiciones posibles para bajar el nivel de virulencia”. Y usa una metáfora: “Por saber que hay accidentes no voy a dejar de salir a manejar. En lugar de eso, tomo medidas para evitarlo como el cinturón de seguridad, un auto con airbag, ABS… Son medidas de protección, pero tampoco me hacen inmortal”.

Cuarentena en una plaza de Las Toscas.

A pesar del intento de esta nota, es difícil generalizar qué sienten y cómo viven quienes lo hacen en lugares sin coronavirus. Pero sí hay algo en lo que la mayoría, sino todos, coinciden: saben que son privilegiados. Paula, de Daireaux, resume el pensamiento de varios acerca de estar lejos del COVID-19: “Es una bendición, lo agradezco todos los días”.

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En la Argentina, muy pocas comunidades indígenas tuvieron casos del nuevo coronavirus, pero gran parte de ellas se vieron afectadas por el aislamiento obligatorio. Esta medida, necesaria para evitar la expansión del COVID-19, provocó la paralización del empleo y una abrupta reducción de los ingresos de muchos pueblos indígenas del país.

Antonio Patricio forma parte de una comunidad qom que sí sufrió contagios de COVID-19. Vive en el Gran Toba, un conglomerado que agrupa a seis barrios populares en la periferia de Resistencia. Esta zona es considerada uno de los epicentros del virus en el Chaco. Allí, donde se encuentra el mayor asentamiento qom de la ciudad, hubo más de 140 contagios y una decena de muertes.

“El virus llegó al barrio Toba, corazón del conglomerado, porque un joven de la comunidad se internó por apendicitis en el Hospital Perrando y allí se contagió. No se detectó que estaba infectado y se le dio el alta”, cuenta Patricio, que es el presidente de la comisión vecinal y tiene 49 años.

Un gran golpe para la comunidad qom del barrio Toba fue la muerte por COVID-19 de Juan Rescio. Era uno de los fundadores y más antiguos integrantes del Coro Qom Toba Chelaalapí y unos días antes había perdido a su esposa, Juana Romero, también por el virus. Rescio tenía 67 años y vivía en el barrio Cheliyí, que forma parte del complejo Gran Toba.

“En las últimas semanas, bajaron los contagios. Ahora, estamos en estado de precaución y alerta. A partir de las 21 no sale ni entra nadie al barrio. Tampoco podemos salir sin el permiso para circular. Nos costó mucho hacer entender a la juventud sobre la necesidad del aislamiento”, dice Patricio.

Testeo en el barrio Toba.

Muchas de las familias del barrio Toba se dedican a la venta de artesanía. Elaboran canastos con hojas de palma o totora. También hacen productos artesanales con barro que extraen de la laguna.

“En este momento, las artesanas no pueden salir del barrio a vender y eso las complica en sus ingresos. Los changarines y albañiles tampoco tienen trabajo en este momento. Yo soy empleado municipal, soy chofer de un camión de basura, y me dijeron que no me presente a trabajar hasta que no bajen los casos”, cuenta Patricio.

Por la falta de ingresos han sido claves la asistencia del Gobierno nacional con el programa Alimentar, la Asignación Universal por Hijo (AUH), el cobro de pensiones, las tarjetas alimentarias y el Ingreso Familiar de Emergencia (IFE). También Patricio reconoce la importancia de las donaciones de alimentos y productos de higiene.

En muchos casos, sobre todo en las zonas urbanas, los altos niveles de hacinamiento de familias indígenas condiciona tanto las posibilidades de llevar adelante el aislamiento obligatorio como las condiciones mínimas de higiene y ventilación de la vivienda. La vicepresidenta de la comisión vecinal del barrio Toba, Laura Pérez, señala que escasearon mucho los barbijos y los elementos de limpieza. Además, dice que en el barrio suelen vivir dos familias en cada vivienda. En el Gran Toba viven unas 5000 personas.

La falta de acceso a servicios de agua y saneamiento o de elementos básicos de higiene limitan la posibilidad de contar con condiciones de salubridad para hacer frente a la pandemia del COVID-19. Otro factor que limita esta posibilidad es la ausencia o baja frecuencia en la recolección de residuos, que terminan tapando los desagües cloacales.

Volver al monte

Otra realidad totalmente distinta, es la de Javier Karai Villalba, referente de comunidades mbyá-guaraníes de Misiones. Allí no tuvieron casos de COVID-19. De todas formas, el aislamiento obligatorio también los dejó sin ingresos por la suspensión del turismo.

Ante la falta de ingresos muchas familias se vuelcan a realizar actividades tradicionales. Suelen trabajar la tierra, crían pollos y tienen sus huertas.

Esto mismo observa la presidente de Fundación Gran Chaco, Fabiana Mena. Ella cuenta que era recurrente que frente a una crisis, las comunidades de la región de Chaco se escondieran en el monte, que era un lugar de protección.

"No en todas las zonas tienen el mismo acceso al monte, pero sigue existiendo la idea. Se dice mucho que la gente se volvió a acordar de los cabritos y justamente quiere decir que está volviendo al monte. Como no hay escuela, no es necesario estar cerca del pueblo. Se está dando un proceso de revalorización del monte como protector y proveedor de alimentos”, explica.

Villalba cuenta que las comunidades indígenas tienen sus propias autoridades sanitarias: desde enfermeras que se capacitaron en el sistema de salud tradicional hasta los guías espirituales.

“Antes de empezar la pandemia, muchos guías espirituales, como chamanes, venían prediciendo que este año no iba a ser tan bueno en salud. En base a eso, las autoridades sanitarias y políticas venían tomando decisiones. Por ejemplo, si una persona de una ciudad llegaba, había que indagar con qué fin se acercaba. Una vez que se estableció el decreto de aislamiento, las autoridades de las comunidades pusieron más barreras para entrar. Se hizo más estricto el control. Si una persona infectada con COVID-19 entra a una comunidad va a provocar un exterminio”, relata.

Una vivienda de la comunidad mbyá-guaraní.

Las limitaciones para ver un médico

De acuerdo con el estudio “Efectos socioeconómicos y culturales de la pandemia COVID-19 y del Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio (ASPO) en los pueblos indígenas en Argentina”, elaborado por más de 100 académicos de 30 grupos de investigación, en el caso de las poblaciones indígenas que viven en ámbitos rurales o en zonas aledañas a los centros urbanos, les resulta más difícil trasladarse hacia los centros de atención de salud. Esto se debe a la reducción o suspensión de los servicios de transporte y los controles policiales que obstaculizan la libre circulación.

En el mismo informe, se señala que en algunos centros de salud las poblaciones originarias reciben un trato discriminatorio y racista.

“Entendemos que la falta de participación de referentes indígenas, agentes sanitarios y promotores de salud en las comisiones de abordaje de la emergencia sanitaria que se da en algunos casos, fortalece estas relaciones de discriminación y maltrato”, describen los especialistas. Para el doctor en Ciencias Naturales y profesor de la maestría en Diversidad Cultural de la Universidad Tres de Febrero Darío Hermo, otro problema es la falta de información en lenguas originarias.

De hecho, la guía visual que RED/ACCIÓN hizo en marzo pasado y explica cómo lavarse correctamente las manos se convirtió en la primera campaña intercultural de prevención del COVID-19: la Red de Comunidades Rurales la tradujo a ocho lenguas de pueblos originarios, lo que permitió que llegara a comunidades de diversas culturas que viven en la Argentina.

La guía traducida al pilagá.

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A principios de este año, la atención estuvo puesta en las comunidades wichi por la muerte de niños por malnutrición y falta de acceso al agua potable. Las organizaciones que integran Infancia en Deuda observaron que transcurrida la mitad del año 2020 aún no se han implementado políticas públicas adecuadas para garantizar los derechos de niñas y adolescentes de la comunidad wichi. Por el contrario, las medidas de aislamiento social han profundizado la ausencia estatal denunciada.

Liliana López pertenece a la comunidad wichi La Loma, ubicada en Aguaray, en el departamento San Martín, Salta. Ella es hermana del cacique y durante el verano fue todos los días al hospital Juan Domingo Perón de la ciudad de Tartagal para asistir, acompañar y apoyar aquellos miembros de las comunidades que necesitaban atención por malnutrición.

“Antes ya estábamos complicados, y ahora es peor. Hay comunidades alejadas de la ciudad que no tienen provisiones ni sustentos para el día a día. Por el aislamiento, no hay ingresos ni trabajo. Sigue la desnutrición y el hambre. También, hay otras enfermedades como chagas y diabetes. El Estado está ausente en ese sentido. Hoy, el foco principal del Estado es el COVID-19 y no se atienden otras enfermedades. Estamos recurriendo mucho a la medicina ancestral. Tenemos que agradecer a Dios y los ancestros, que no tenemos casos en nuestras comunidades. Tratamos de cuidarnos y buscar soluciones para las personas que no tienen nada”, dice López.

En La Loma viven 50 familias. López dice que eventualmente llega ayuda con comida, pero que no alcanza. “Si antes éramos pobres, con esta pandemia vamos a ser repobres. Los niños siguen muriendo en Santa Victoria, pero se dejó de visibilizar”, enfatiza.

Aumentaron los precios de productos esenciales

En otro extremo del país vive Orlando Carriqueo, que es secretario de la Coordinadora del Parlamento Mapuche, en Río Negro. “A principios de abril vimos problemas en las comunidades porque por el aislamiento se produjo una suba indiscriminada de precios en los pueblos chicos. También hubo problemas para anotarse en el IFE por falta de conectividad”, cuenta.

Carriqueo dice que hoy para muchos integrantes de las comunidades es más seguro estar en el territorio que en la ciudad. “De todas formas, hay que ir al pueblo a comprar alimentos, forraje y leña. Para eso la gente se traslada, pero no es tan fácil porque hay poco transporte”, dice.

Crédito: Red de Comunidades Rurales

Son clave las diversas redes de contención que trabajan para subsanar las dificultades que tiene un importante sector de la población para acceder a las diferentes prestaciones sociales y garantizar la alimentación a través de viandas solidarias.

Según Fabiana Mena, de Fundación Gran Chaco, lo que muestra la pandemia es que fortalecer las organizaciones de base, el trabajo en red y la conectividad es muy importante. “El acceso a los programas de apoyo en la pandemia es posible porque existe esta red de organizaciones previa. Miles de gestiones para el Ingreso Familiar de Emergencia se realizaron a través de las organizaciones”, señala.

Querés apoyar a una fundación que trabaja con comunidades del Gran Chacho

En muchos casos las comunidades ya venían siendo afectadas por situaciones vinculadas a dinámicas extractivistas en los territorios en que se asientan, como la expansión de la frontera agraria con los consiguientes desmontes. “Las comunidades vieron sus actividades laborales frenadas por el aislamiento, pero las que destrozan y envenenan el paisaje donde viven siguen funcioando”, opina Hermo.

Según el director Ejecutivo de la Red Comunidades Rurales, Patricio Sutton, los mayores riesgos de este contexto están dados por la crónica postergación en la que la mayoría aún se encuentra. “El problema es que desde hace décadas se los ha segregado y abandonado. Viven en contextos con alta vulnerabilidad social y ambiental. Sin agua potable, sin cloacas, sin electricidad, sin gas, sin viviendas adecuadas, sin alimentos en la cantidad y calidad necesarias, sin acompañamiento médico preventivo, para atender emergencias o tratar enfermedades de todo tipo. Tampoco hay escuelas secundarias suficientes, centros para desarrollo de capacidades laborales, menos aún universidades u otros estudios terciarios”, reflexiona Sutton.

Y agrega: “No hace falta que llegue el COVID-19, sus efectos colaterales ya acrecientan esos cuadros crónicos y sus efectos devastadores. Y si llega la enfermedad tal como está comenzando a ocurrir en pueblos del Impenetrable chaqueño, la posibilidad de extenderse incluso en áreas rurales remotas, es enorme. Podría desaparecer para siempre una cultura entera”.

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Este contenido contó con participación de lectores de RED/ACCIÓN

El domingo 5 de julio fue un día complicado. Ricardo Villagra, un médico de 29 años, llegó a las 8 de la mañana al hospital Piñero, donde trabaja, para hacerse cargo de una sala de internación repleta de pacientes con coronavirus, como lo hace cada domingo. Pero esta vez, de los 16 pacientes que había en total, 10 necesitaban oxígeno y 3 se encontraban en problemas graves.

A un hombre de 69 años, Villagra le dio un medicamento para bajar la fiebre, le suministró oxígeno y lo cambió de posición en la cama, y así logró que recuperara el aire; y con otro –que hacía mucho esfuerzo por respirar– no le quedó más opción que enviarlo a terapia intensiva.

La última era una anciana de 88 años que padecía obesidad, además de coronavirus, y que había llegado al hospital hacía solamente dos horas. Villagra estaba en la oficina, escribiendo la historia clínica de ella, cuando lo llamaron los enfermeros: la anciana respiraba muy mal y echaba secreciones en la vía aérea que le habían colocado.

Villagra volvió junto a ella e intentó ayudarla con un succionador. Pero no funcionó. La mujer fue de mal en peor, sin aire, sin remedio. El paro cardíaco fue inapelable: Villagra le hizo masajes de compresión en el pecho y dos enfermeros lo ayudaron, pero no hubo chance de nada. Ya nadie puede saber qué número de víctima fatal de COVID-19 habrá sido esa mujer, si acaso importe.

“No es habitual que un paciente con COVID-19 se descompense de un momento a otro”, me dice Villagra al día siguiente, cuando hablamos por tercera vez por teléfono. “Pero en la medicina dos más dos no es cuatro”.

En sus guardias ya han fallecido algunas otras personas y él, de a poco, se va acostumbrando: como médico a veces no puede evitarlo, pero sí puede acompañar a alguien para que esto sea una experiencia menos traumática. Aunque en su estadística personal poca gente ha muerto, la pandemia no permite bajar la guardia: un amigo de su novia, que era un chico de 30 años, murió hace pocos días. “Lo que más me amarga es cuando fallece gente joven: este virus es bastante complicado”, me dice Villagra. “Además, ahí se mezclan los miedos de que le pase a uno”.

Suele hablar del asunto –de los miedos– con Hilda, su novia. Viven juntos en un departamento de dos ambientes en Flores, no muy lejos del hospital Piñero. Ella también es médica, es pediatra. Se conocieron hace dos años: Villagra trabajaba en una ambulancia y ella en la guardia de un sanatorio. El flechazo, la relación, la convivencia: todo fue muy rápido. Ahora los dos pasan los domingos fuera de casa; están de guardia, cada uno en su puesto de batalla.

“Ella está un poco más despreocupada que yo porque ve pacientes pediátricos y no es habitual que se compliquen; los que yo veo, sí”, dice él. Hablan bastante seguido de los riesgos y los miedos, es un tema importante y aparece antes de irse a dormir o en el almuerzo. “Pero bueno, uno ya había elegido ser médico antes de esto…”, sigue él.

Ayer, luego de las corridas durante el día en la guardia, vino la calma. Villagra se desocupó a la medianoche. Con los pacientes a salvo, se echó a dormir sin compañía en una habitación para dos.

Uno de los sectores del Hospital Piñero destinado a los médicos que atienden COVID-19.

A lo largo de 15 días estuvimos más o menos cerca de Villagra, asistiendo a la vida cotidiana de este médico que no es famoso ni ocupa un cargo jerárquico, pero lucha contra el virus SARS-CoV-2 en un hospital público de la ciudad de Buenos Aires en el que hace guardias dos veces por semana, 24 horas cada vez. Cuando entra, lo perdemos de vista por un buen rato: no puede salir hasta que termina su jornada. El coronavirus es tan infeccioso que impone este enclaustramiento.

En la sala de aislamiento hay tres áreas. Verde, amarilla y roja. Para ir a la roja, Villagra me cuenta que debe colocarse un barbijo N-95 y otro más, desechable, sobre ese; una máscara de protección ocular, dos pares de guantes, una cofia, botas estériles de tela, un camisolín y un ambo con fluido repelente. “La primera vez que te ponés todo eso te llenás de dudas”, me dice.

Villagra ya está envuelto en esta armadura de friselina quirúrgica, y ahora recorre las camas. Hace un rato revisó la historia clínica de cada persona, y cuando tomó la guardia el médico saliente le contó el panorama. Aunque los pacientes se controlan a sí mismos la temperatura, la saturación de oxígeno y la frecuencia cardíaca –y luego los enfermeros pasan a anotar esos registros–, Villagra quiere confirmar esa información que luego le servirá para ordenar estudios de laboratorio, placas y tomografías.

Cuando entra a verlos el ambiente es extraño, como de burbuja: los encuentra aburridos, prendidos a sus teléfonos o leyendo uno de los libros que los médicos les han traído. Algunos otros están ansiosos, o angustiados. A veces hay familias enteras internadas. “Es difícil estar ahí adentro”, me dice Villagra. “Hablo con ellos para que sepan que hay un médico. Aunque tenga que entrar tapado y no me conozcan la cara, me presento… y a la vez lo hago rápido porque tengo que reducir el tiempo de contacto”.

Después de la recorrida, Villagra vuelve al sector para los médicos y llega el momento de desvestirse. Es lo peor: ahí está el verdadero riesgo de tocar con un manotazo al virus. Hay carteles con instrucciones pegados en las paredes. Primero te sacás un par de guantes y presionás con el codo un dispensador de alcohol para limpiarte los otros guantes, que aún llevás puestos. Después, el camisolín, dándolo vuelta mientras te lo vas sacando, y lo desechás en un cesto de basura. Alcohol de nuevo. Las botas. Te quitás los últimos guantes y otra vez te ponés alcohol, directo en las manos. Y entonces te retirás la máscara, tomándola desde atrás, y la dejás en un cubículo que después será desinfectado. A continuación, la cofia. El primer barbijo. Luego un lavado de manos con jabón, de un minuto. Entonces retirás con cuidado el barbijo N-95, que no es descartable, y lo guardás en un sobre de papel. Y, al final, un segundo lavado de manos con jabón.

El Hospital General de Agudos Parmenio T. Piñero, situado en el barrio de Flores y cerca de la villa 1-11-14, tiene un índice alto de casos de coronavirus. En el primer piso hay tres salas para COVID-19, divididas en habitaciones con dos camas (antes correspondían a clínica médica y a traumatología).

En total, en cada sala hay 18 camas en las que esperan pacientes con una enfermedad de nivel moderado –o sea, que ya está dañando los pulmones–; y también otros que están ahí porque su enfermedad es leve, pero por diabetes, un tumor, VIH u otras causas (“comorbilidades”), podrían llegar a evolucionar mal. A veces, el coronavirus se vuelve poderoso adentro del cuerpo y una persona tiene que ser derivada a terapia intensiva: allí puede estar hasta 30 días (o más) en lo que los médicos llaman “ARM” –asistencia respiratoria mecánica– mientras el tejido de los pulmones se regenera.

La primera vez que hablamos, Villagra me cuenta sobre una paciente de 32 años que comenzó a quedarse sin aire. “Con oxígeno suplementario levantaba la saturación a 99%, que es ideal”, me explica. “Cuando le hice la tomografía de tórax, pensé que iba a tener un pulmón dañado, pero no… estaba sano y me llamó la atención… Todavía no sé exactamente a qué atribuirlo”. Cosas como ésta, extrañas, se ven cada día en la guardia: el virus aún es un enigma.

Cómo se hace el test para saber si tengo coronavirus

En la Argentina hay un total de 172.502 médicos, según datos del Observatorio Federal de Recursos Humanos en Salud del Ministerio de Salud de la Nación (de 2016). El promedio es de 3,96 profesionales cada mil habitantes. Pero en la ciudad de Buenos Aires es de 13,12. Villagra es uno de ellos. Sobre él conocían poco nuestros lectores y miembros cuando lanzamos una invitación en redes sociales para que sumaran sus preguntas. Sólo sabían que trabajaba en un hospital público con pacientes de COVID-19.

Responde Villagra: “Pienso que hay gente que no es totalmente anticuarentena y plantea cosas razonables para no detener toda la industria. Pero quienes están en contra, lo hacen desde el desconocimiento y desde la suerte de que no hayan contraído la enfermedad. Yo les contaría mi experiencia cotidiana con pacientes que terminan mal o intubados. Obviamente, hay que hacer cuarentena”.

  • María Maratea: ¿Cómo se curan los que se curan? ¿Con qué medicaciones? ¿Con qué terapia?
    Villagra: Para el SARS-CoV-2 no hay un medicamento. En los pacientes que progresan a infecciones pulmonares, muchas veces hay un proceso bacteriano. Se pone antibióticos: un tratamiento para neumonías bacterianas. Una complicación muy habitual es la coagulación de la sangre en trombos, y para eso se da anticoagulantes. Siempre se está probando medicación.
  • Lorena Tcach Lufrano: ¿Puede un testeo rápido dar un falso negativo?
    Villagra: Sí. El testeo rápido se hace con una muestra de sangre y se usa más en personal de salud. Lo que importa es el ojo clínico: si hay síntomas y da negativo, además del test rápido hacemos el hisopado. La medicina no es una ciencia exacta. Toma herramientas de la ciencia, pero las aplica a una persona.
  • Cecilia Lede: ¿Qué pasa con las personas jóvenes inmunodeficientes? ¿Resisten?
    Villagra: Los pacientes inmunocomprometidos son una población muy extensa. Los que tienen diabetes no están progresando bien. Los que vi con VIH cursaron enfermedades como todos los demás. Cualquier enfermedad infecciosa, en general, es más nociva en una persona inmunodeficiente.
  • Julián Berenguel: Teniendo en cuenta que todavía no hay una vacuna, ¿qué significa concretamente que un paciente esté recuperado y qué pasa si esa persona vuelve a tener contacto con el virus? ¿Se puede volver a contagiar?
    Villagra: Que esté curado sería que haya erradicado el patógeno de su cuerpo. O sea, un hisopado negativo. Si esa persona se curó pero vuelve a exponerse, hay muchas chances de que se recontagie. Pero esto todavía está en estudio.

Villagra se crió en la zona del kilómetro 29 de González Catán, hijo de un colectivero de la línea 378 y de la administradora de una clínica odontológica. Tiene dos hermanas y dos hermanos; él es el mayor. Es albino. Y eligió la carrera de Medicina porque, dice, cuando uno viene de una familia obrera no ve muchas otras opciones si quiere ser un profesional.

Se mudó entonces a la ciudad de Buenos Aires, a Flores, y llegó al Piñero, el hospital es su barrio, porque en el cuarto año de la facultad lo eligió para su residencia. Cuando se recibió, logró emplearse ahí. Ahora además está preparando su especialidad –cardiología–, en otro hospital donde también trabaja, el Santojanni. Juan Cruz Díaz Beltrán, el médico del Piñero que se hace cargo de la guardia cuando el turno de Villagra termina, dice de él: “Es un tipo meticuloso y cálido con los pacientes. Los mira a todos y le presta atención a todos los detalles hasta el último minuto. Que te entreguen la guardia bien completa es muy importante, y es un gesto de respeto hacia el colega. Trabajar con Villagra es espectacular”.

Así pasan los días, y al volver a casa toca la guitarra. Tiene varias: una Washburn-335, una Fender Stratocaster, una criolla de Antigua Casa Núñez y una cigar-box guitar. Jazz, blues, funk, los viernes asiste a clase por Facebook Messenger. Pero la pandemia siempre está ahí. Es un nubarrón que truena cada vez más seguido.

¿Cómo se siente ser un médico en estos momentos?
—¡Se siente como que querés encerrarte en tu casa…! Se ven cosas... Yo estoy excedido de peso y, en mi experiencia personal, muchos pacientes con exceso de peso y sin otros factores de riesgo progresan mal. Uno de 34 años terminó intubado: ver esas cosas no es gratuito. Da miedo, no es un miedo que te paraliza, pero cuando estás en tu casa y te relajás y pensás, te das cuenta de que sí, de que te podés morir… Parece que la carga viral es mayor si te infectás por sobreexposición. Pero, por otro lado, esto va a quedar en la historia. Lo hablábamos con un colega el otro día: no hubo tantas pestes en el mundo y esta va a ser una de esas históricas.

Fue la segunda vez que hablamos. En su voz se mezclaba la incertidumbre y la fascinación, el vértigo y la resignación, la frialdad, la esperanza. Sólo otro médico podría comprenderlo realmente. “Si llegamos a poder contarlo, va a ser muy loco”, me dijo Villagra al final. “Haber estado ahí, en la primera línea…”.

Cara a cara con el virus: quién atiende la salud mental de médicos y enfermeros

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Este contenido contó con participación de lectores de RED/ACCIÓN

La guía visual que RED/ACCIÓN hizo en marzo pasado y explica cómo lavarse correctamente las manos se convirtió en la primera campaña intercultural de prevención del COVID-19: la Red de Comunidades Rurales la tradujo a ocho lenguas de pueblos originarios, lo que permitió que llegara a comunidades de diversas culturas que viven en la Argentina.

Las diferentes traducciones fueron publicadas en el sitio de Mapas de Recursos para el Desarrollo Rural, una iniciativa de un grupo de organizaciones y actores sociales convencidos de la necesidad de movilizar recursos y articular esfuerzos para acompañar el desarrollo humano de las comunidades rurales que se encuentran en situación de pobreza y exclusión social.

Este fue el afiche original que armó RED/ACCIÓN en el inicio de la pandemia:

Y estas son las adaptaciones a cada una de las 8 lenguas originarias:

Pilagá

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Wichí

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Qom

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Mbyá-Guaraní

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Quechua

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Qomleit

Moqoit

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Mapudungun

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Si querés comunicarte con la Red de Comunidades Rurales podés hacerlo a través de su mail: [email protected]

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Una de las cualidades que ha demostrado el sistema científico argentino es su versatilidad. En medio de una crisis sanitaria inédita, el cambio abrupto de planes no fue un hecho traumático, sino una decisión estratégica de una comunidad de investigadores e investigadoras que se mueve sobre una plataforma con múltiples capacidades.  

En ese contexto y con casi 28 años de historia, la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM) se ha transformado desde el inicio de la pandemia en una usina de herramientas para enfrentar el avance de la COVID-19. 

“Se trata de tener la capacidad para resolver nuestros propios problemas”, dice el rector de la UNSAM, Carlos Greco, quien intenta definir con esa frase sencilla el rol que ocupa la universidad como espacio de investigación y desarrollo de soluciones.

En los meses que lleva la pandemia, son varios los desarrollos que nacieron del corazón científico de esa universidad pública. Uno de ellos, el kit de diagnóstico rápido de COVID-19, que ya es utilizado en el sistema público y privado de salud. Otros dos están en pleno desarrollo y con buenas perspectivas: un suero hiperinmune equino que logró neutralizar el virus SARS-CoV-2 en pruebas de laboratorio, y una vacuna en base a proteínas recombinantes.

Pruebas de laboratorio para el desarrollo del suero equino. Foto: Inmunova.

Suero equino: un tratamiento que ayudaría a neutralizar al virus

Ya en las puertas de los ensayos clínicos, este desarrollo genera expectativas por los resultados logrados in vitro para neutralizar al nuevo coronavirus, pero también por la seguridad que transmiten los científicos que lo están desarrollando. 

Quien lidera el trabajo es Fernando Goldbaum, director del Centro de Rediseño e Ingeniería de Proteínas del Instituto de Investigaciones Biotecnológicas de la UNSAM y socio fundador de la empresa biotecnológica INMUNOVA.

“Estábamos trabajando muy activamente desde hacía 5 años en el desarrollo de un suero similar para otra enfermedad, que es el Síndrome Urémico Hemolítico (SUH). Así, aprendimos el proceso de producción y de trabajo con las autoridades regulatorias, para poder analizar la seguridad y potencialmente la eficacia del producto, y cómo se realizan los ensayos clínicos. El desarrollo de una vacuna lleva en general varios años, por lo que entendimos que se iba a necesitar de la inmunoterapia pasiva. En ese escenario, nos abocamos a buscar antígenos (una molécula para inducir una respuesta inmune) para desarrollar una buena cantidad de anticuerpos neutralizantes contra el nuevo virus, y comenzamos a probar una rutina recombinante. Tuvimos resultados muy buenos en unos 70 días de trabajo”. 

El protocolo ya fue presentado, y se espera que en los próximos días, la ANMAT autorice los ensayos clínicos. En principio, las pruebas en aproximadamente 250 pacientes se realizarán en alrededor de 15 hospitales y clínicas privadas del Área Metropolitana de Buenos Aires. El objetivo es demostrar la seguridad y eficacia del producto.

Los investigadores que trabajan en el suero equino. Foto: Inmunova

¿Cómo funcionaría la inmunoterapia pasiva con suero equino?
—El suero desarrollado se basa en anticuerpos policlonales equinos, que se obtienen mediante la inyección de una proteína recombinante (o sea que se logran a partir de una especie o línea celular distinta a la original) del SARS-CoV-2 en estos animales, inocua para ellos. Los caballos tienen la capacidad de generar gran cantidad de anticuerpos capaces de neutralizar el virus. Luego, esos anticuerpos se tratan con biotecnología para evitar reacciones de hipersensibilidad o de rechazo. La estrategia es similar a la del plasma de personas recuperadas de COVID-19 que se está probando en ensayos clínicos, sin embargo en pruebas de laboratorio se demostró que la potencia del suero equino es alrededor de 50 veces mayor. Además, se podrá escalar su producción para atender una demanda importante de pacientes en etapas tempranas de la Covid-19. 

Goldbaum explica: “Vamos a probar la aplicación en personas con una infección de menos de diez días de evolución desde la aparición de los síntomas, para evaluar si los anticuerpos pueden frenar la proliferación del virus, principalmente en los pulmones, y así evitar la internación de pacientes en terapia intensiva. A la vez, se les dará tiempo a las personas con la infección para desarrollar sus propias respuestas inmunes”.

El suero anti-COVID-19 es similar a los que se usan para tratar el envenenamiento por picaduras de serpientes y alacranes, intoxicaciones por toxina tetánica, exposición al virus de la rabia e infecciones como la influenza aviar. 

“El concentrado de inmunoglobulina con tanta potencia sería, a nuestro entender, el primer tratamiento del mundo en humanos que podría funcionar. Tenemos mucha esperanza que esto suceda, pero aún lo tenemos que demostrar en ensayos clínicos controlados”, aseguró Goldbaum. 

Muestras del suero con anticuerpos neutralizantes anti-COVID-19. Foto: Inmunova

“En el marco de una pandemia no existe tiempo para una curva de aprendizaje. La única forma de desarrollar algo rápido es que cada uno haga lo que ya sabía de antemano y en ese sentido fue una oportunidad porque ya veníamos desarrollando un suero similar”, concluyó el investigador superior del CONICET y jefe del Laboratorio de Inmunología y Microbiología Molecular en la Fundación Instituto Leloir.

Este proyecto fue uno de los seleccionados por la Agencia Nacional de Promoción de la Investigación, el Desarrollo Tecnológico y la Innovación en el marco de la convocatoria “Ideas Proyecto COVID-19” de la Unidad Coronavirus, creada por el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación.

Goldbaum le contó a RED/ACCION la génesis de lo que hoy es el suero equino: es fruto de la articulación pública-privada con el Instituto Biológico Argentino (BIOL), la Administración Nacional de Laboratorios e Institutos de Salud “Dr. Carlos G. Malbrán” (ANLIS), con la colaboración de la Fundación Instituto Leloir (FIL), la compañía especializada en anticuerpos monoclonales mAbxience y el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET).

Un test nacional que en julio alcanzará las 100 mil unidades 

Test molecular ELA-Chemstrip: Esta herramienta de testeo también tiene una historia previa al inicio de la pandemia. Diego Comerci es doctor en biología molecular y biotecnología en la UNSAM e investigador principal del CONICET. En febrero de este año, había presentado junto a un equipo multidisciplinario un kit diagnóstico para detectar el dengue en diez minutos, sin necesidad de equipos complejos. 

Esa fue la base sobre la que comenzó a gestarse el test diagnóstico para el nuevo coronavirus. El desafío era tenerlo listo en seis semanas. “Imposible”, recordó Comerci que le contestó a las autoridades universitarias, que ya estaban en conversaciones con el gobierno nacional. Pero tras una noche de descanso, las ideas se ordenaron. 

Así es el test molecular ELA-Chemstrip. Foto: UNSAM

“Había una posibilidad de hacerlo rápido. Si reconvertíamos el diagnóstico para dengue, podríamos usar esas tiras (similares a los test de embarazo) para detectar el material genético del virus. Pero faltaba algo y era lo que tenía un grupo de la Universidad de Quilmes (UNQ), que había desarrollado un test para clamidya, una enfermedad de transmisión sexual, y que usaba esa tecnología. Y llegó el momento de hacer algo juntos”. 

De esta forma, se hizo realidad la unión entre Chemtest (una empresa incubada en la UNSAM) con otro emprendimiento de base tecnológica de la UNQ, Productos Bio-Lógicos (PB-L), creado por Marcos Bilen.

“Hace diez años, caminando por la Puna salteña, a Bilen se le ocurrió juntar barro de una fuente termal y lo congeló para estudiarlo algún día. Una década después, lo descongeló y encontró una bacteria que resistía altas temperaturas. Extrajo la polimerasa, la modificó por ingeniería genética y esa es la base de la tecnología Easy Loop Amplification o ELA, que hoy se usa para diagnosticar la COVID-19”, detalló Comerci.

“Marcos Bilen no buscaba eso. Pero a un científico lo mueve la curiosidad y el conocimiento. Espero que esta pandemia cambie la mirada de la gente sobre la comunidad científica”, agregó el profesor de microbiología de la UNSAM.     

El equipo completo que trabajó en el desarrollo. Foto: UNSAM

Más que un desafío científico, el desarrollo del kit fue un reto organizativo, tecnológico y productivo, porque el conocimiento de cómo hacerlo ya existía. “Ante la demanda creciente de un recurso crítico, quisimos desarrollar un test nacional que permitiera la detección directa del virus y que fuera una alternativa diagnóstica de similar o igual efectividad al que se usa en todo el mundo”, reveló el investigador.

Y lo lograron. ELA Chemstrip es una prueba capaz de detectar la presencia del virus en personas que incluso no tienen síntomas, en alrededor de una hora y sin necesidad de equipamiento costoso, como el que se emplea en el test RT-PCR.

Esta tecnología permite, con una simple incubación a 60 grados, amplificar en forma exponencial el material genético viral que puede quedar en el hisopado. Con una tira reactiva dentro de ese tubo y en unos minutos, si ese material genético existe, aparecen dos bandas de colores que revelan el resultado positivo. 

Durante julio, se producirán entre 80 y 100 mil unidades. Foto: UNSAM

El equipo de investigadores que lideró el desarrollo está integrado por Diego Comerci, Juan Ugalde y Andrés Ciocchini, del Instituto de Investigaciones Biotecnológicas de la UNSAM. Por la Universidad Nacional de Quilmes, el grupo de trabajo es dirigido por Marcos Bilen, Daniel Ghiringhelli, Cristina Borio y Ana Ventura.

El kit diagnóstico ya está siendo distribuido en distintos hospitales del conurbano bonaerense y en laboratorios públicos y privados, y también se están enviando determinaciones a distintas provincias. Durante julio, se producirán entre 80 y 100 mil unidades, con la posibilidad de escalar a unas 300 mil en agosto. 

Cómo funcionan los tres test que existen en la Argentina

Los primeros pasos hacia una vacuna argentina

El proyecto, que está en pleno desarrollo en la UNSAM, se encuentra entre los 128 en fase preclínica en el listado elaborado por la Organización Mundial de la Salud. La directora es Juliana Cassataro, a cargo del Laboratorio de Inmunología, enfermedades infecciosas y desarrollo de vacunas del Instituto de Investigaciones Biotecnológicas (IIB).

En esta primera etapa se desarrollará una composición farmacéutica. Si se obtienen buenos resultados, se continuará con pruebas adicionales in vivo, y luego en las fases clínicas. El grupo de trabajo de la UNSAM se fijó un tiempo máximo de hasta un año para determinar la fórmula que utilizarán para comenzar con las pruebas.

Juliana Cassattaro y parte del equipo de investigadoras de la UNSAM.

La cepa argentina. Aunque el virus no está manifestando mutaciones significativas, la idea es desarrollar una vacuna en base a las cepas, que son poblaciones de microorganismos de una sola especie, que circulan en la Argentina. 

El desarrollo de la vacuna y del test molecular de la UNSAM fueron elegidos entre los 64 proyectos seleccionados para su financiamiento con hasta 100 mil dólares por la convocatoria extraordinaria IP COVID-19 de la Agencia de Promoción de la Investigación, el Desarrollo y la Innovación (Agencia I+D+i). 

Carlos Greco es actualmente el rector de la UNSAM.

Con el rector Carlos Greco también hablamos sobre el rol de la universidad y cómo estos avances se alcanzan a pesar de los vaivenes que sufre la inversión en ciencia y tecnología en nuestro país. 

—¿Por qué las universidades están dando una respuesta tan importante ante esta crisis sanitaria?
—Las universidades poseen una autonomía responsable, algo que es fundante en el sistema universitario argentino, como así también la gratuidad y el cogobierno. Deben estar atentas a las necesidades de la sociedad. El sistema tecnológico y universitario es una de las instituciones con mayor reconocimiento de la sociedad. Y eso es porque ha sabido dar respuesta a estas urgencias. Ahora, el gran desafío es sostener en el tiempo esa ponderación, para poder construir un sistema científico fuerte y atento al territorio. Nosotros no somos los dueños de la verdad pública, tenemos que dialogar con los saberes populares y de otros entornos.

¿Cómo se mantuvo este nivel de investigación pese a los recortes presupuestarios que sufrieron en los últimos años la ciencia y la tecnología en la Argentina?
—Pudimos superar momentos de restricciones, y sin las posibilidades de expansión que hubiésemos querido. Pero insistimos en que la formación y la investigación son actividades inescindibles, es algo que no podemos declinar porque la formación está basada en la investigación. Para nosotros es vital la investigación porque es algo que nutre la formación. Lo hicimos con menores recursos y capacidad de expansión, pero manteniendo los equipos, las estrategias de financiamiento y también buscando ese financiamiento que nos faltaba en el exterior. Estoy profundamente agradecido por el compromiso de nuestros científicos. La respuesta de los investigadores no es azarosa. Es el resultado de muchos años de dedicación y de esfuerzos. Tampoco es azaroso que un profesor esté delante de un estudiante, en un laboratorio, porque todo eso construye una identidad, una forma de hacer.

Vacuna argentina contra el COVID-19: las características de los dos proyectos

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👩🏻‍🏫 A partir de agosto, el 85% de los niños, niñas y adolescentes del país volverán a las escuelas, según lo permita la situación epidemiológica de cada lugar.

👉🏼 Este Protocolo Nacional es el piso para que cada jurisdicción pueda adaptarse e incluso profundizar las medidas que va a tomar. Además, cada escuela puede armar su propio protocolo trabajando aún más lo establecido a nivel nacional y provincial.

¿Qué dice el protocolo nacional?


1. Asistencia:
A) Dividirse en grupos para alternar los días.
B) Estrategia “de burbuja” donde alumnos están en grupos de 3 o 4 personas en las esquinas del aula con el docente en el medio.


2. Adentro del aula:
Mantener la distancia, usar tapabocas a partir de primer grado, lavarse las manos, ventilar y desinfectar, dejar la puerta abierta y no compartir útiles.


3. Al entrar y salir de la escuela:
El ingreso y el egreso de alumnos y docentes será escalonado para evitar la aglomeración de gente.


4. Sin eventos.
Se prohíben las reuniones, eventos y actos patrios.


5. Recreos por turno.
Serán en diferentes horarios según los cursos y sin juegos de interacción.


6. Medidas de higiene obligatorias.
Todas las escuelas tienen que garantizar agua, jabón, alcohol en gel y toallas descartables.


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